Ernesto Filardi

Realmente es muy perverso este mundo en el que vivo si ahora lo alternativo es querer escribir verso.

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Allegri, Kyoto, Azúa y JotDown

Hace ya casi siete años que visité Japón. Estuve cinco semanas en Kobe, dirigiendo unos entremeses de Cervantes para los alumnos del Departamento de Español de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Plasmé mis experiencias en un blog que dejé inconcluso y en el que faltan las tildes en la mayoría de los posts porque el ordenador del que disponía allí tenía teclado asiático. Guardo buen recuerdo de ese blog, aunque, por supuesto, guardo mejor recuerdo de todo lo que viví allí.

Hoy he leído en JotDown un artículo delicioso sobre Mozart y el Miserere de Allegri firmado por Félix de Azúa. Fue precisamente ese miserere, compuesto para dos coros a capella, el causante de una de las mayores experiencias personales en ese viaje a Japón y, por qué no decirlo, de toda mi vida. Muy corta, por supuesto: poco más de once minutos. Pero tras leer el artículo he vuelto a leer el post de ese día, y, más concretamente, lo que escribí para intentar explicar dicha experiencia:

En esto me hallaba cuando llegue al último edificio que me había propuesto visitar hoy: el templo de Ryoanji, que según mis noticias era distinto de todo lo que había visto hasta entonces (y aquí tampoco me refiero solo a Japón), pues el jardín interior es un recinto de grava rastrillada sobre el que se levantan 15 rocas de distinto tamaño y forma. Construido a finales del siglo XV, se habla de este templo como inicio de todas las tendencias minimalistas occidentales desde que gente como Gropius o Brook se entusiasmaran hasta los tuétanos con algo tan simple y profundo a la vez. Algo escéptico por lo que voy a ver, me sitúo en la puerta del templo, me descalzo, me muero de frío porque hoy hace una rasca espantosa y el templo no tiene puerta alguna.

Como imaginaba, el jardín esta lleno de gente hablando y cuchicheando y hablando por el móvil en ese sonsonete wakarimasen que me vuelve loco desde hace ya la friolera de dos semanas, pero para no perderme la sensación primera decido mirar al suelo (un simple tatami de madera) mientras espero a que se abra un hueco entre la gente que admira las delicias de la grava. Cuando noto que alguien se ha marchado me coloco, me siento cómodamente, y una vez instalado busco el Miserere de Allegri, que es tan bello que hace llorar a los vientos del sureste.

De tal modo que levanto la vista según suena el primer acorde, y lo que se presenta ante mí es tan sólo lo que me imaginaba: un conjunto de piedras mal puestas y aburridas como no veía desde aquella exposición de Tapies en el Reina Sofía. Pero algo me dice que me quede los más de diez minutos que dura el Miserere. Subo un poco el volumen para aislarme de las voces a mi alrededor, pensando que la meditación que sin duda buscaba Soami (el pintor y jardinero que lo diseñó) no puede llegar en diez segundos.

Y sucedió que, en una curiosa mezcla de polifonía renacentista y jardines Zen, al cabo de un pequeño rato me empiezan a sacudir algunos pensamientos, no todos definibles, pero que producen una emoción real, casi tangible. Pienso en don Rodrigo rechazado por doña Inés, en que yo soy una simple pieza de grava, en las hojas que mueren en otoño sin que nadie lo sepa, en que el mar no siempre tiene la culpa, en mi madre cabizbaja y en un presente en el que todo vale. Y por un segundo, y por diez segundos, e incluso por algo más, quiero romper a llorar. A llorar de la emoción, a llorar de simpleza, a llorar compungido por no saber recordar siempre que la pena dura tanto como uno le permita. Quiero abrazarme al señor que tengo al lado, enroscarme a él como una salamandra y llorarle a gritos aunque no me entienda o no quiera entenderme.

De repente, mientras todo esto me acomete, un rayo de sol me ciega por un instante, y cuando consigo abrir los ojos noto que algo esta cayendo. Me froto los ojos para comprobar que no es un efecto del deslumbramiento, y me basta estirar la mano para notar que no se trata de eso, sino que comienza a llover, a chispear, a orvallar. Pero el sol no se esconde, sino que hace brillar las poquitas gotas que se atreven a deslizarse hasta mi rostro, y, de nuevo, tan fugaz como vinieron, se marchan.

El Miserere de Allegri ha terminado. Han sido los mejores once minutos dieciocho segundos desde que llegué a este archipiélago tan loco como paradisíaco.

Me giré, disfruté del resto del jardín, volví a calzarme, salí del recinto, y, con las mismas, apagué la música que sonaba en ese momento (Bach, Grieg, qué mas da…) para dirigirme hacia la estación, silbando la grandeza que tenemos los seres anónimos.

No sé si este post de urgencia que estáis leyendo es un ejercicio de nostalgia asiática, o es que me estoy haciendo mayor. Dejadme pensar que se trata de una excusa como otra cualquiera para compartir con vosotros una de las obras de arte más hermosas que ha compuesto el ser humano. Una prueba más de que la belleza quizás no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás.

Glosa de la ternura merecida

Para Amalia, por la letra.
Para Soraya, por el alma.

Ahora que me tienes y te tengo
debajo del calor de mi cintura;
ahora que, por fin, no me detengo
a calcular, escéptica, si dura
esto de ser felices, te prevengo;
no pienso hacer el rol de chica dura
que va a exigirte más de lo que eres:
yo no soy de ese tipo de mujeres.

Lo digo, más que nada, porque quiero
saber que sabes que ni soy divina
ni pretendo intentarlo, y que prefiero
un tête a tête fregando en la cocina
a que me muestres siempre en candelero
como a esas niñas monas de oficina
que son, cuando les quitas la armadura,
incapaces de amor y de ternura.

Por eso ahora, por favor, intenta
no imitar ni de lejos a esa gente
que piensa que lo ajeno es una afrenta
dispuesta a ser vengada, y ten en mente
que nunca es el más macho el que más cuenta.
No necesito un vengador valiente
que de amor en la calle se desangre:
yo se lo que es valor y lo que es sangre.

Bésame más, amor, dime al oído
“vamos a amarnos siempre”, como aquellos
que no necesitaron otro nido,
sacrificando todos sus destellos
a la constancia, y que por eso han sido
héroes de un cuento bello entre los bellos;
aunque odies la constancia y te repugne,
aunque odie el sacrificio y me repugne,

prometo serte fiel de pensamiento,
de potencia, de acto y devaneo,
seré protagonista de tu cuento,
y no sospecharé si no te veo
ni sembraré reproches en el viento
si me hablan bien de ti, pues, según creo,
los celos suelen ser siempre, en esencia,
la vanidad que nace en la violencia.

Algunas noches puede que hasta veas
mis lágrimas bailar en tu mejilla.
Conquístame sin más: lo que deseas
lo tendrás frente a ti: soy muy sencilla
y digo la verdad; quiero que creas
que antes que estancarme ante la orilla
de un triste restregón de calendario
quiero ser la mujer de un mercenario.

Si el ardor me encuentra entretenida
rogando por favor a tu costado
estar dentro de ti, roba mi vida
y llévame a un rincón, apasionado,
para ser la constancia del suicida,
la urgencia sin piedad de un abogado;
por ser, seré la causa del abismo
de un poeta, de un mártir, es lo mismo.

Seré pues, sí, tu estatua, tu sorpresa,
tus medias de Berkshire, tu veintitantos,
tu zorra, tu abanico, tu princesa,
la pequeñaja musa de tus cantos
si clavas en mis ojos tu promesa.
Quizás porque he besado ya a unos cuantos
o quizás porque no supe sus nombres,
yo sé mirar los ojos de los hombres.

Y ahora que por fin cierro la boca
delante de tus lágrimas de santo
corramos el telón, porque ya toca
comenzar la función, y, por lo tanto,
recuerda siempre el texto de esta loca:
para que no se desgaste mi encanto
ni tu voz se convierta en mi tortura
conozco a quien merece mi ternura.

(Como indica el título de un poema, se trata de una glosa. Es decir, de una versión ampliada de un poema anterior. En este caso, un poema bellísimo de Amalia Bautista que podéis encontrar aquí. Si os apetece leer algo más sobre las glosas, podéis echar un ojo a este otro texto mío.)

Firma en la Feria del Libro de Madrid

Este sábado, 11 de junio, por la tarde, firmaré ejemplares de mi poemario La niña y el mar en la caseta 218 (Editorial Reino de Cordelia) de la Feria del Libro de Madrid, en el Retiro. Compartiré caseta con el gran poeta Luis Alberto de Cuenca.

Si queréis información sobre el libro, la podéis encontrar aquí.

A los que aún no tenéis el libro, os espero allí. A los que ya lo tenéis, os espero también.

 

 

Día internacional del Teatro

Hoy, 27 de marzo, es el Día Internacional del Teatro. Y, como ya hice el año pasado, quiero dejaros aquí un bellísimo texto defendiendo las virtudes de esta profesión tan noble. En este caso, de Cervantes. Más concretamente, el capítulo 12 de la segunda parte del Quijote.

-Así es verdad -replicó don Quijote-, porque no fuera acertado que los atavíos de la comedia fueran finos, sino fingidos y aparentes, como lo es la mesma comedia, con la cual quiero, Sancho, que estés bien, teniéndola en tu gracia, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la república, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se veen al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos della, quedan todos los recitantes iguales.

-Sí he visto -respondió Sancho.

-Pues lo mesmo -dijo don Quijote- acontece en la comedia y trato deste mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

Feliz día, comediantes. Feliz día del Teatro.

Compañía de Teatro Didáctico

Como ya os dije la semana pasada, mañana viernes se estrena “Historia de España en 70 minutos”, interpretada por Luna Paredes, Javier Rodenas y yo mismo, que también me he encargado del texto y la dirección.

El estreno es parte de un proyecto más ambicioso: la Compañía de Teatro Didáctico de la Universidad de Alcalá. Podéis encontrar información sobre el proyecto aquí. Pinchando en el título de cada obra podéis descargaros el dossier de cada espectáculo.

Aquí os enlazo además dos entrevistas que nos han hecho en vista al estreno de mañana: ésta es de Prensa de la Universidad y ésta es del Diario de Alcalá.

Os dejo. Me voy a repasar un poco el texto y a buscar una jarra de cerveza para el Archiduque Carlos.

Oda a la alegría, de Pablo Neruda

Alegría,
hoja verde
caída en la ventana,
minúscula
claridad
recién nacida,
elefante sonoro,
deslumbrante
moneda,
a veces
ráfaga quebradiza,
pero
más bien
pan permanente,
esperanza cumplida,
deber desarrollado.
Te desdeñé, alegría.
Fui mal aconsejado.
La luna
me llevó por sus caminos.
Los antiguos poetas
me prestaron anteojos
y junto a cada cosa
un nimbo oscuro
puse,
sobre la flor una corona negra,
sobre la boca amada
un triste beso.
Aún es temprano.
Déjame arrepentirme.
Pensé que solamente
si quemaba
mi corazón
la zarza del tormento,
si mojaba la lluvia
mi vestido
en la comarca cárdena del luto,
si cerraba
los ojos a la rosa
y tocaba la herida,
si compartía todos los dolores,
yo ayudaba a los hombres.
No fui justo.
Equivoqué mis pasos
y hoy te llamo, alegría.

Como la tierra
eres
necesaria.

Como el fuego
sustentas
los hogares.

Como el pan
eres pura.

Como el agua de un río
eres sonora.

Como una abeja
repartes miel volando.

Alegría,
fui un joven taciturno,
hallé tu cabellera
escandalosa.

No era verdad, lo supe
cuando en mi pecho
desató su cascada.

Hoy, alegría,
encontrada en la calle,
lejos de todo libro,
acompáñame:

contigo
quiero ir de casa en casa,
quiero ir de pueblo en pueblo,
de bandera en bandera.
No eres para mí solo.
A las islas iremos,
a los mares.
A las minas iremos,
a los bosques.
No sólo leñadores solitarios,
pobres lavanderas
o erizados, augustos
picapedreros,
me van a recibir con tus racimos,
sino los congregados,
los reunidos,
los sindicatos de mar o madera,
los valientes muchachos
en su lucha.

Contigo por el mundo!
Con mi canto!
Con el vuelo entreabierto
de la estrella,
y con el regocijo
de la espuma!

Voy a cumplir con todos
porque debo
a todos mi alegría.

No se sorprenda nadie porque quiero
entregar a los hombres
los dones de la tierra,
porque aprendí luchando
que es mi deber terrestre
propagar la alegría.

Y cumplo mi destino con mi canto.

 

Wolfgang

Todos tenemos nuestros secretos. Uno de los míos es que de pequeño me llamaban Mozarín porque me pirraba la música clásica. Ese mote me daba una rabia inmensa, pero ahora, que ha pasado ya algún tiempo, me empiezo a sentir algo parecido a orgulloso de que se me asociara con el que, aún hoy, me sigue pareciendo el mayor genio de la Historia de la Música. Hoy, 5 de diciembre, aparte de mi cumpleaños, es el aniversario de su muerte. Su 219 aniversario. Y desde Palermo, donde me encuentro, quiero regalarle, a él o a su recuerdo, un deseo: que su música pueda ayudarnos a reencontrar cuatro elementos que -creo- estamos perdiendo todos poco a poco: me refiero a la magia, la humanidad, el juego y la belleza. Y, para ello, permitidme que os sugiera aquí diez piezas que son, para mí, algunos de sus momentos más magistrales, aunque no las ordene por preferencia pues sería imposible. Tampoco muchas de las versiones que os enlazo me parecen las mejores, pero sí bastante dignas para hacerse una idea.

-         El “Kyrie” de la Gran Misa en do menor K.427, donde la soprano solista ha de conocer el infierno para poder pedir piedad al Señor.

-         El segundo movimiento de la sonata para piano nº 8 en la menor K.310: Mozart acaba de perder a su madre y en el segundo movimiento consigue que el piano, desconsolado, llore.

-         La sinfonía concertante para violín y viola K.364, cuyo segundo movimiento es, quizás, la más bella escena de amor jamás escrita en la Historia del Arte.

-         “Ach, ich fühl’s”, de La flauta mágica. La pobre Pamina, hija de la Reina de la Noche, cree que Tamino no la ama. La versión de Anna Moffo es insuperable.

-         El concierto para piano nº21 K.467, que sé que alguna vez interpretaré en público, cuando tenga una orquesta disponible que se atreva conmigo.

-         “Soave sia il vento”, de la ópera Cosí fan tutte, que es la despedida más dulce que conozco.

-         “L’ho perduta, me meschina”, de Las bodas de Fígaro, en el que Mozart, como un señor, regala su alma al completo a una pobre muchacha desesperada por perder un simple alfiler.

-         La entrada final del Comendador en Don Giovanni, sólo apto para los que no sufran del corazón. Y no me refiero a asuntos sentimentales.

-         El “Aleluya” del Exsultate Jubilate K.165, que no necesita explicación alguna.

-         El “Lacrimosa” del Requiem K.626, porque no todos los días el cielo se abre para nosotros.

 

Según repaso la lista me doy cuenta de que la mayoría son piezas lentas que invitan a la melancolía. No pasa nada. Empezad por aquí o por cualquier otro sitio: Mozart es tan grande que cabemos todos. Si os ha gustado, prometo hacer una segunda lista con piezas más alegres. O mejor aún, sugerid también vosotros. Compartamos, disfrutemos, engrandezcámonos, sonriamos, vibremos… Mozarinémonos todos. Pero sin acomplejarnos por ello.

 

Todos tenemos nuestros secretos. Uno de los míos es que de pequeño me llamaban Mozarín porque me pirraba la música clásica. Ese mote me daba una rabia inmensa, pero ahora, que ha pasado ya algún tiempo, me empiezo a sentir algo así como orgulloso de que se me asociara con el que, aún hoy, me sigue pareciendo el mayor genio de la Historia de la Música. Hoy, 27 de enero, es su cumpleaños. Su 250 aniversario. Y quiero regalarle, a él o a su recuerdo, un deseo. Que su música, en este año Mozart, pueda ayudarnos a reencontrar cuatro elementos que -creo- estamos perdiendo poco a poco: me refiero a la magia, la humanidad, el juego y la belleza. Y por si acaso a ustedes ya les picaba el gusanillo, permítanme que les sugiera aquí diez piezas que son, para mí, algunos de sus momentos más magistrales, aunque no las ordene por preferencia pues sería imposible.

 

- El “Kyrie” de la Gran Misa en do menor K.427, donde la soprano solista ha de conocer el infierno para poder pedir piedad al Señor.

- La sonata para piano nº 8 en la menor K.310: Mozart acaba de perder a su madre y en el segundo movimiento consigue que el piano, desconsolado, llore.

- La sinfonía concertante para violín y viola K.364, cuyo segundo movimiento es, quizás, la más bella escena de amor jamás escrita en la Historia del Arte.

- El Trío en Mi bemol Mayor para piano, viola y clarinete K.498, al que Eric Rohmer dedicó su única obra teatral.

- El concierto para piano nº21 K.467, que sé que alguna vez interpretaré en público, cuando tenga una orquesta disponible que se atreva conmigo.

- “Soave sia il vento”, de la ópera Cosí fan tutte, que es la despedida más dulce que conozco.

- “L’ho perduto, me meschina”, de Las bodas de Fígaro, en el que Mozart, como un señor, regala su alma al completo a una pobre muchacha desesperada por perder un simple alfiler.

- La entrada final del Comendador en Don Giovanni, sólo apto para los que no sufran del corazón.

- El “Aleluya” del Exsultate Jubilate K.165, que no necesita explicación alguna.

- El “Lacrimosa” del Requiem K.626, porque no todos los días el cielo se abre para nosotros.

 

Según repaso la lista me doy cuenta de que la mayoría son piezas lentas que invitan a la melancolía. No se preocupen. Empiecen por aquí o por cualquier otro sitio: Mozart es tan grande que cabemos todos. Si les ha gustado, prometo hacer una segunda lista con piezas más alegres. O mejor aún, sugieran también ustedes. Compartamos, disfrutemos, engrandezcámonos, sonriamos, vibremos… Mozarinémonos todos. Pero no nos acomplejemos por ello.

Sensación

En tardes de verano me iré por los senderos
y pisaré la hierba mientras me araña el trigo;
sentiré, soñador, la frescura en los pies
y dejaré que el viento bañe mi tez desnuda.

No diré una palabra, no iré pensando en nada.
El amor infinito irradiará mi alma
y, como los gitanos, me iré lejos, muy lejos,
feliz entre los campos como si alguien me amara.

Sensation

Par les soirs bleus d’été, j’irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l’herbe menue:
Rêveur, j’en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,
Et j’irai loin, bien loin, comme un bohémien,
Par la Nature, – heureux comme avec une femme.

(Arthur Rimbaud. Traducción: Ernesto Filardi)

Nuevas funciones de Antígona

La próxima semana, la Compañía del Aula de Teatro de la UAH realizará tres representaciones de Antígona, de Sófocles, en versión y dirección de un servidor de ustedes dentro de la Muestra de Teatro Universitario de la Universidad Rey Juan Carlos.

La primera función será el miércoles 27 en Madrid. El día 28, en Fuenlabrada. El 29, en Móstoles.

Horarios y precios, en la imagen.

¿Nos vemos allí?

 

 

Joan Sutherland

Debía yo tener 13 o 14 años, más o menos. Era la época en la que yo suspiraba por las esquinas al salir de clase de francés. Llegaba a casa y me refugiaba en el piano, en las piezas de Mozart que tenía que preparar para clase, y mientras los dedos trastabillaban yo soñaba que aquellas no eran teclas, sino plumas que se convertían en alas dispuestas a llevarme a un sitio lejano y mágico en el que la timidez fuera un grado y la melancolía una virtud. En aquel entonces, Mozart era para mí todo lo que una persona podía desear.

Fue gracias a él, por tanto, que llegué a la fascinación de la ópera, que me cautivó con sus arrebatados encantos pasionales y trágicos. Mientras la música sinfónica me parecía el caballero apuesto, decidido y sentimental en que yo quería convertirme algún día, la ópera fue la mujer madura en cuyos brazos quise descubrir los misterios que creía reservados para los elegidos por su gracia.

(Me costó años comprender que el arte no tiene que ver con una casta divina tocada por la mano de ningún dios, pero prefiero dejar esa historia para otro momento.)

En poco tiempo, y gracias al apoyo, al dinero y a la paciencia de mis padres conseguí hacerme con una colección de ópera bastante aceptable. Era tal mi obsesión que llegué a aprenderme óperas completas que iba cantando por la calle, que llevaba en el walkman, que escuchaba en diferentes versiones a altas horas en Radio 2. En carnavales me disfrazaba de Papageno, escribí poemas sobre personajes de ópera y una obra de teatro en la que aparecía una relación de amor anónima basada en la de los protagonistas de “La flauta mágica”, elegimos a Puccini para que sonara en el momento del beso en nuestra boda, bauticé a mis discos duros externos con nombres de personajes de óperas de Mozart… No miento, pues, si digo que la ópera ha sido y es un elemento importante en mi vida.

El pasado domingo calló para siempre una de las voces más fascinantes del siglo XX: la soprano australiana Joan Sutherland. No voy a detenerme en encontrar adjetivos que describan su voz, ni incluiré datos biográficos que deben ser fácilmente encontrables a un golpe de google. Prefiero dejar claro que ella fue una de las culpables de todo lo que acabo de contar. Sin su Lucia, su Olympia, su Marguerite, su Gilda, su Lakmé, su Turandot… no sabría explicar lo que ha sido mi vida, pues son, sin duda alguna, parte de su banda sonora.

De su inmensa carrera, como podéis imaginar, no es fácil seleccionar una pieza. Yo me he decantado por el aria de Julieta “Je veux vivre…” del Romeo et Juliette de Gounod. Buscad en youtube y encontraréis maravillas. Os lo aseguro. Yo, desde este pequeño blog, escribo estas líneas para darle las gracias de todo corazón, porque nadie (excepto, por supuesto, la Castafiore) supo reírse como ella al verse tan bella en un espejo.

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