Ernesto Filardi

Realmente es muy perverso este mundo en el que vivo si ahora lo alternativo es querer escribir verso.

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La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Allegri, Kyoto, Azúa y JotDown

Hace ya casi siete años que visité Japón. Estuve cinco semanas en Kobe, dirigiendo unos entremeses de Cervantes para los alumnos del Departamento de Español de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Plasmé mis experiencias en un blog que dejé inconcluso y en el que faltan las tildes en la mayoría de los posts porque el ordenador del que disponía allí tenía teclado asiático. Guardo buen recuerdo de ese blog, aunque, por supuesto, guardo mejor recuerdo de todo lo que viví allí.

Hoy he leído en JotDown un artículo delicioso sobre Mozart y el Miserere de Allegri firmado por Félix de Azúa. Fue precisamente ese miserere, compuesto para dos coros a capella, el causante de una de las mayores experiencias personales en ese viaje a Japón y, por qué no decirlo, de toda mi vida. Muy corta, por supuesto: poco más de once minutos. Pero tras leer el artículo he vuelto a leer el post de ese día, y, más concretamente, lo que escribí para intentar explicar dicha experiencia:

En esto me hallaba cuando llegue al último edificio que me había propuesto visitar hoy: el templo de Ryoanji, que según mis noticias era distinto de todo lo que había visto hasta entonces (y aquí tampoco me refiero solo a Japón), pues el jardín interior es un recinto de grava rastrillada sobre el que se levantan 15 rocas de distinto tamaño y forma. Construido a finales del siglo XV, se habla de este templo como inicio de todas las tendencias minimalistas occidentales desde que gente como Gropius o Brook se entusiasmaran hasta los tuétanos con algo tan simple y profundo a la vez. Algo escéptico por lo que voy a ver, me sitúo en la puerta del templo, me descalzo, me muero de frío porque hoy hace una rasca espantosa y el templo no tiene puerta alguna.

Como imaginaba, el jardín esta lleno de gente hablando y cuchicheando y hablando por el móvil en ese sonsonete wakarimasen que me vuelve loco desde hace ya la friolera de dos semanas, pero para no perderme la sensación primera decido mirar al suelo (un simple tatami de madera) mientras espero a que se abra un hueco entre la gente que admira las delicias de la grava. Cuando noto que alguien se ha marchado me coloco, me siento cómodamente, y una vez instalado busco el Miserere de Allegri, que es tan bello que hace llorar a los vientos del sureste.

De tal modo que levanto la vista según suena el primer acorde, y lo que se presenta ante mí es tan sólo lo que me imaginaba: un conjunto de piedras mal puestas y aburridas como no veía desde aquella exposición de Tapies en el Reina Sofía. Pero algo me dice que me quede los más de diez minutos que dura el Miserere. Subo un poco el volumen para aislarme de las voces a mi alrededor, pensando que la meditación que sin duda buscaba Soami (el pintor y jardinero que lo diseñó) no puede llegar en diez segundos.

Y sucedió que, en una curiosa mezcla de polifonía renacentista y jardines Zen, al cabo de un pequeño rato me empiezan a sacudir algunos pensamientos, no todos definibles, pero que producen una emoción real, casi tangible. Pienso en don Rodrigo rechazado por doña Inés, en que yo soy una simple pieza de grava, en las hojas que mueren en otoño sin que nadie lo sepa, en que el mar no siempre tiene la culpa, en mi madre cabizbaja y en un presente en el que todo vale. Y por un segundo, y por diez segundos, e incluso por algo más, quiero romper a llorar. A llorar de la emoción, a llorar de simpleza, a llorar compungido por no saber recordar siempre que la pena dura tanto como uno le permita. Quiero abrazarme al señor que tengo al lado, enroscarme a él como una salamandra y llorarle a gritos aunque no me entienda o no quiera entenderme.

De repente, mientras todo esto me acomete, un rayo de sol me ciega por un instante, y cuando consigo abrir los ojos noto que algo esta cayendo. Me froto los ojos para comprobar que no es un efecto del deslumbramiento, y me basta estirar la mano para notar que no se trata de eso, sino que comienza a llover, a chispear, a orvallar. Pero el sol no se esconde, sino que hace brillar las poquitas gotas que se atreven a deslizarse hasta mi rostro, y, de nuevo, tan fugaz como vinieron, se marchan.

El Miserere de Allegri ha terminado. Han sido los mejores once minutos dieciocho segundos desde que llegué a este archipiélago tan loco como paradisíaco.

Me giré, disfruté del resto del jardín, volví a calzarme, salí del recinto, y, con las mismas, apagué la música que sonaba en ese momento (Bach, Grieg, qué mas da…) para dirigirme hacia la estación, silbando la grandeza que tenemos los seres anónimos.

No sé si este post de urgencia que estáis leyendo es un ejercicio de nostalgia asiática, o es que me estoy haciendo mayor. Dejadme pensar que se trata de una excusa como otra cualquiera para compartir con vosotros una de las obras de arte más hermosas que ha compuesto el ser humano. Una prueba más de que la belleza quizás no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás.

Glosa de la ternura merecida

Para Amalia, por la letra.
Para Soraya, por el alma.

Ahora que me tienes y te tengo
debajo del calor de mi cintura;
ahora que, por fin, no me detengo
a calcular, escéptica, si dura
esto de ser felices, te prevengo;
no pienso hacer el rol de chica dura
que va a exigirte más de lo que eres:
yo no soy de ese tipo de mujeres.

Lo digo, más que nada, porque quiero
saber que sabes que ni soy divina
ni pretendo intentarlo, y que prefiero
un tête a tête fregando en la cocina
a que me muestres siempre en candelero
como a esas niñas monas de oficina
que son, cuando les quitas la armadura,
incapaces de amor y de ternura.

Por eso ahora, por favor, intenta
no imitar ni de lejos a esa gente
que piensa que lo ajeno es una afrenta
dispuesta a ser vengada, y ten en mente
que nunca es el más macho el que más cuenta.
No necesito un vengador valiente
que de amor en la calle se desangre:
yo se lo que es valor y lo que es sangre.

Bésame más, amor, dime al oído
“vamos a amarnos siempre”, como aquellos
que no necesitaron otro nido,
sacrificando todos sus destellos
a la constancia, y que por eso han sido
héroes de un cuento bello entre los bellos;
aunque odies la constancia y te repugne,
aunque odie el sacrificio y me repugne,

prometo serte fiel de pensamiento,
de potencia, de acto y devaneo,
seré protagonista de tu cuento,
y no sospecharé si no te veo
ni sembraré reproches en el viento
si me hablan bien de ti, pues, según creo,
los celos suelen ser siempre, en esencia,
la vanidad que nace en la violencia.

Algunas noches puede que hasta veas
mis lágrimas bailar en tu mejilla.
Conquístame sin más: lo que deseas
lo tendrás frente a ti: soy muy sencilla
y digo la verdad; quiero que creas
que antes que estancarme ante la orilla
de un triste restregón de calendario
quiero ser la mujer de un mercenario.

Si el ardor me encuentra entretenida
rogando por favor a tu costado
estar dentro de ti, roba mi vida
y llévame a un rincón, apasionado,
para ser la constancia del suicida,
la urgencia sin piedad de un abogado;
por ser, seré la causa del abismo
de un poeta, de un mártir, es lo mismo.

Seré pues, sí, tu estatua, tu sorpresa,
tus medias de Berkshire, tu veintitantos,
tu zorra, tu abanico, tu princesa,
la pequeñaja musa de tus cantos
si clavas en mis ojos tu promesa.
Quizás porque he besado ya a unos cuantos
o quizás porque no supe sus nombres,
yo sé mirar los ojos de los hombres.

Y ahora que por fin cierro la boca
delante de tus lágrimas de santo
corramos el telón, porque ya toca
comenzar la función, y, por lo tanto,
recuerda siempre el texto de esta loca:
para que no se desgaste mi encanto
ni tu voz se convierta en mi tortura
conozco a quien merece mi ternura.

(Como indica el título de un poema, se trata de una glosa. Es decir, de una versión ampliada de un poema anterior. En este caso, un poema bellísimo de Amalia Bautista que podéis encontrar aquí. Si os apetece leer algo más sobre las glosas, podéis echar un ojo a este otro texto mío.)

El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.

Liturgia anual

Crecer es, ante todo, conocerse
dándose a conocer a los demás,
y ya estás en edad de preguntarte
qué imagen quieres dar a todo el mundo:
romántica, rebelde, independiente,
si buscas provocar o ser parte del grupo.
Tardaste una semana en decidirte
entre actores, paisajes, monumentos,
grupos de pop, de rock, fotos abstractas,
películas, caballos o gatitos.

Los adultos que piensan que los jóvenes
no tienen ni principios ni valores
olvidan con frecuencia una liturgia
privada, imprescindible y minuciosa
que debe repetirse cada año:
tijeras, pegamento, algunas fotos,
plástico de forrar y una carpeta.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Del amor, lo cursi y demás hierbas

Con la perspectiva de mis treinta y seis años, a veces me da por pensar que, socialmente hablando, eso del amor no se tiene aún del todo claro: recuerdo que primero, en el cole, nos hablaban de él como algo distante, lejano, a lo que sólo tenían acceso los príncipes y las princesas que vivían en castillos con hadas y malísimas madrastras. Luego crecimos un poquito, y según cambiábamos el brazo de nuestros padres por el balón de fútbol, los chicos presumíamos de saberlo todo -qué inocentes los doce años- y nos reíamos de las chicas, que empezaban a soñar con casarse y tener hijos de carne y hueso en lugar de sus muñecas, cuando la verdad era que nosotros habíamos cambiado radicalmente de conceptos y únicamente pensábamos a escondidas en tetas y culos muy grandes: al igual que un movimiento artístico siempre destruye el anterior, nosotros habíamos sustituido la cursilería rosa de Walt Disney por lo que suponíamos que era sexo duro, y tuvimos nuestras primeras experiencias en el “amor” a solas.

Y seguimos creciendo, y un mal día descubrimos -unos y otras- que la tonta de la Nuri, a la que siempre hemos tirado del pelo llamándola piojosa, se ha quitado el aparato y ahora tiene una sonrisa preciosa; o que el Juanjo, con lo bruto que es, que siempre ha disfrutado capando gatos, pues como quien no quiere la cosa, ha echado unas buenas espaldas. Y así, de repente, fue cuando sentimos por primera vez ese gusanillo por entre los pulmones que nos deja tontos cuando vemos a “él” o “ella”, según los casos, y medio empezamos a entender qué es eso del pecado del que tanto nos hablaban. Nosotros, ilusos, nos negamos a creer que eso es algo pasajero -válgame el cielo, yo con quince años, que ya tengo granos y todo, que ya soy todo un adulto- y, claro, como es algo que apetece tanto, unos tenían suerte y conseguían sus primeros besitos dulces como preciados trofeos de guerra, y algunos hasta rozaban un culo. Otros lloraban por primera vez, presumiendo de ser más desgraciados que nadie, sin saber ni unos ni otros lo que aún les quedaba en esta vida. Era el turno de las canciones melosas que nos hacen soñar a base de creernos los protagonistas; los padres, a los que les hace gracia que su pequeñín haya crecido -tú no te preocupes, hijo, que como tus padres no te va a querer nadie-; los amigos, que parece que esas historias les resbalan y que son inmunes a todo eso -lo que tienes que hacer es olvidarlo y pensar en tal otra/o, que está bien buena/o-…

Así, con mejor o peor suerte, pasamos la adolescencia según podemos. Y un día que nos paramos y miramos alrededor haciendo recuento de cuanto hemos pasado, vemos a parejitas perfectas que con dieciocho añitos parece que llevan juntos toda la vida, pobres desgraciados que por más que lo intentan no ligan ni a la de tres, deprimidos, ilusionados, presuntuosos, expectantes, pendencieros, cariñosos, egoístas, polígamos secretos, quimeristas, besucones, humillados, cornudos, tímidos, babosos, vencedores y vencidos, embusteros, ignorados, aburridos, soñadores… Y todos ellos enamorados más o menos locamente. Queramos o no, por maravillosas y singulares que parezcan nuestras historias, todas ellas se repiten hasta la eternidad. Y es que, amigos, en esta vida todo está escrito.

Hoy es catorce de febrero, y ante ese día, desde que tengo memoria y seguro que mucho más, los ejércitos de enamorados se reparten en dos bandos bien diferenciados: la novia de un buen amigo mío acaba de telefonearme urgentemente porque le apetece tener un detalle con él, y duda entre unas cuantas cosas, así que le he sugerido que no hay nada mejor que olvidarse por un día de todo y tener una jornada íntima para recordar mejor ese hoyuelo de la barbilla, el brillo de los ojos, cómo suena la palabra “cariño” dicha de cerca… Al colgar, otra amiga -que estaba oyendo la conversación- ha sentado cátedra: “Pues yo hoy no pienso regalar nada. Mi novio sabe que le quiero igual que ayer y que mañana, sin que nadie nos diga cuándo tenemos que decirlo; y, es más, yo me enfadaría mucho con él si decide hacer una ñoñería así.” Y de nada me ha valido decirle eso de que a nadie le amarga un dulce.

Es curioso: si yo de pequeño era amigo de las chicas me llamaban mariquita; pasado el tiempo, si no iba con chicas, me lo volvían a llamar; pero si por culpa de, digamos, Cupido, me apetecía mandar rosas a su casa, me llamaban cursi. Ante lo cual opté por hacer lo que me dio la real gana, sin que nadie me coartara en ningún momento, y si me apetecía mandar un poema robado a la dueña de esos ojos que no me dejaban dormir, pues a ver quién era el machito que me lo iba a prohibir. Y es que no lo entienden. O no quieren entenderlo, que es peor. Parece ser que ahora lo que está de moda es ser autista, una ameba insensible que castre los impulsos primarios del hombre, la necesidad de abrazar y sentirse abrazado.

En una sociedad -zoociedad, que diría Mafalda- como la que nos ha tocado en suerte, en la que los únicos códigos válidos son la competitividad, las prisas, el stress (esa palabra tan de moda), Internet, los teléfonos móviles y facebook, San Valentín debe ser para todos nosotros un recordatorio de que el amor, como la vida y la muerte, son cosas eternas que el paso del tiempo no podrá nunca tirar por tierra, y si ésta es la única forma que tenemos de recordarlo, como si el mundo fuera una agenda, pues bienvenido sea.

Veamos: tenemos un día del padre, de la madre, del niño, del voluntariado especial, del sida, de la paz, de la ecología, del árbol, de la mujer trabajadora, de la Constitución, del Pilar, del Señor, de la Hispanidad -de la raza, que se decía antes-, del no fumador, del Amazonas, de los damnificados, del deporte, de Santa Cecilia, Santo Tomás de Aquino, Santo Domingo de Guzmán y San Bartolomé, de la Comunidad Autónoma que corresponda, de los tetrabriks de leche caducados y de las vendedoras de Avón. ¿Es que no tenemos derecho los enamorados a tener un día, por simbólico y frío que parezca, para reivindicar nuestro derecho a suspirar por las calles?

Relájense. Tómense hoy cinco minutos libres, caramba, y piensen un poco en esa persona que siempre está en cartelera. Después salgan a la calle silbando un bolerito, olviden la idea absurda de que para demostrar amor hay que ir al Corte Inglés, y proclamen a los cuatro vientos que sí, que efectivamente, digan lo que digan, siempre hay alguien ahí por quien seguir adelante. Verán cómo, después de todo, no es tan malo.

(Nota: este texto se publicó hace exactamente 15 años en el Diario de Alcalá. He tenido que cambiar algunas cosas para publicarlo hoy -antes tenía veintiuno, ahora treinta y seis, por ejemplo-, pero me gusta saber que sigo pensando lo mismo: tras todo este tiempo, nada ha cambiado sustancialmente en mi forma de concebir el amor. Y tengo claro que eso se lo debo a mi mujer, pues entre los dos, y a pesar de la distancia, hemos sabido mantener día a día la hoguera de los besos y las miradas traviesas)

Garibaldi

Antes te prefiero volando feliz

que mirando al cielo desde mis manos.

(Soraya Gonzalo)

Era sólo un polluelo. El más hermoso,
pero sólo un polluelo al fin y al cabo
que un buen día, tirado en el asfalto,
fue encontrado por alguien que apreciaba
su porte, su viveza, su plumaje.
Le llevaron a casa, le cuidaron
poniéndole de nombre Garibaldi,
le dieron de comer como a otro hijo
y en poco tiempo fue uno más de ellos
hasta el punto de que un día la madre
reconoció que aquello era un problema:
“¿Qué va a pasar el día que nos deje
para echar a volar? ¡Hagamos algo!”
El padre sólo dijo, imperturbable,
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
y calló, melancólico y seguro
con un deje de orgullo en la mirada.

Tan solo un mes después, una mañana
hubo un gran alboroto en la familia
porque nadie encontraba a Garibaldi.
Los niños, pesimistas y llorones,
dejaron de comer. La pobre madre
dudaba entre acusar a su marido
o darle la razón como a los tontos
cada vez que el buen hombre repetía
“no hay que cortarle las alas a un pájaro.”
Pero ni ella ni nadie conocía
la verdad: hacía sólo algunas horas,
mientras todos dormían, inocentes,
el padre salió al campo con el pájaro
y le dijo, atusándole la cola:
“Echa a volar, que a mí me es imposible.”
Al volver hacia casa miró al cielo
y su orgullo lloró con gran ternura.

Pasó bastante tiempo. El suficiente.
Los niños casi ya no preguntaban
por Garibaldi. Sólo lo añoraban
y pensaban en él con estoicismo
aunque no comprendieran qué era eso,
hasta que un grito trajo la noticia:
“¡Mamá, papá, ha venido Garibaldi!
¡Vamos a hacerle un nido en algún árbol!”
Salieron hacia el patio, escopetados,
y lo vieron llegar, volando raso,
posándose en el hombro de su dueño
que sólo repetía para sí
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
mientras que, satisfecho y orgulloso,
veía en qué se había convertido
aquel polluelo chico pero hermoso:
un gavilán que, bello, inteligente,
valiente, luchador y responsable,
fue el motivo de orgullo de su casa,
fue el mejor gavilán que se haya visto.

Joan Sutherland

Debía yo tener 13 o 14 años, más o menos. Era la época en la que yo suspiraba por las esquinas al salir de clase de francés. Llegaba a casa y me refugiaba en el piano, en las piezas de Mozart que tenía que preparar para clase, y mientras los dedos trastabillaban yo soñaba que aquellas no eran teclas, sino plumas que se convertían en alas dispuestas a llevarme a un sitio lejano y mágico en el que la timidez fuera un grado y la melancolía una virtud. En aquel entonces, Mozart era para mí todo lo que una persona podía desear.

Fue gracias a él, por tanto, que llegué a la fascinación de la ópera, que me cautivó con sus arrebatados encantos pasionales y trágicos. Mientras la música sinfónica me parecía el caballero apuesto, decidido y sentimental en que yo quería convertirme algún día, la ópera fue la mujer madura en cuyos brazos quise descubrir los misterios que creía reservados para los elegidos por su gracia.

(Me costó años comprender que el arte no tiene que ver con una casta divina tocada por la mano de ningún dios, pero prefiero dejar esa historia para otro momento.)

En poco tiempo, y gracias al apoyo, al dinero y a la paciencia de mis padres conseguí hacerme con una colección de ópera bastante aceptable. Era tal mi obsesión que llegué a aprenderme óperas completas que iba cantando por la calle, que llevaba en el walkman, que escuchaba en diferentes versiones a altas horas en Radio 2. En carnavales me disfrazaba de Papageno, escribí poemas sobre personajes de ópera y una obra de teatro en la que aparecía una relación de amor anónima basada en la de los protagonistas de “La flauta mágica”, elegimos a Puccini para que sonara en el momento del beso en nuestra boda, bauticé a mis discos duros externos con nombres de personajes de óperas de Mozart… No miento, pues, si digo que la ópera ha sido y es un elemento importante en mi vida.

El pasado domingo calló para siempre una de las voces más fascinantes del siglo XX: la soprano australiana Joan Sutherland. No voy a detenerme en encontrar adjetivos que describan su voz, ni incluiré datos biográficos que deben ser fácilmente encontrables a un golpe de google. Prefiero dejar claro que ella fue una de las culpables de todo lo que acabo de contar. Sin su Lucia, su Olympia, su Marguerite, su Gilda, su Lakmé, su Turandot… no sabría explicar lo que ha sido mi vida, pues son, sin duda alguna, parte de su banda sonora.

De su inmensa carrera, como podéis imaginar, no es fácil seleccionar una pieza. Yo me he decantado por el aria de Julieta “Je veux vivre…” del Romeo et Juliette de Gounod. Buscad en youtube y encontraréis maravillas. Os lo aseguro. Yo, desde este pequeño blog, escribo estas líneas para darle las gracias de todo corazón, porque nadie (excepto, por supuesto, la Castafiore) supo reírse como ella al verse tan bella en un espejo.

Un camino de aquí al mar

Aún hoy en día, en las tierras de Carewall, todos cuentan aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. Nunca dejarán de contarlo. Para que nadie pueda olvidar lo agradable que sería si, para cada mar que nos espera, hubiese un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de tomamos de la mano y encontrar aquel río -imaginarlo, inventarlo- y posarnos en su corriente, con la levedad de una sola palabra, adiós. Esto, por cierto, sería maravilloso. Sería dulce, la vida, cualquier vida. Y las cosas no harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, podríamos primero rozarlas y luego tocarlas y sólo por último dejarnos tocar. Dejarnos herir, incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo finalmente sería humano. Sería suficiente la fantasía de alguien -un padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente y hermoso. Un camino desde aquí hasta el mar.

(Alessandro Baricco: Océano mar.)

La chica por la que aprendí francés

Este año ha sido el 25 aniversario del colegio Cristóbal Colón, donde estudié 6º, 7º y 8º de EGB. Entre las muchas actividades programadas, el ejercicio máximo de nostalgia fue hace unas semanas, con una fiesta encuentro de alumnos de estos 25 años. Desde el colegio se pusieron en contacto conmigo por si estaba interesado en echarles una mano con la organización. Como me cuesta poco apuntarme a un bombardeo, allí que me presenté. Lluvia de ideas, planificación, reparto de tareas… Ya había pisado alguna vez el colegio en todo este tiempo, así que la sorpresa no fue tanta. No pasó lo mismo cuando, desde el AMPA (nunca dejarán de hacerme gracia estas siglas), me dejaron acceder a las fichas de antiguos alumnos, en un intento de recordar nombres y apellidos de ex compañeros de clase para procurar localizarlos vía facebook, google o similar. Y allí, entre listas y listas, apareció el nombre de la chica por la que aprendí francés.

Debía ser 1987. Principios de 8º de EGB. Desde el año anterior, o quizás antes, yo no podía dejar de pensar en el azul sonriente de sus ojos. Se llamaba Ana. Ana Isabel, para ser más exactos, pero lo dejaremos en Ana. No me detendré en adjetivos, pues mis recuerdos no son demasiado nítidos. Si a mi timidez compulsiva de entonces le añadimos nuestros irreconciliables gustos musicales (a mí me llamaban Mozarín y ella compraba discos de Europe y Bon Jovi por Discoplay), me será más fácil explicar por qué jamás me atreví a decirle, por ejemplo, que era en ella en quien pensaba mientras practicaba en casa los valses melancólicos de Chopin que tenía que preparar para el Conservatorio. Imagino que sería vox populi en el patio lo pillado que estaba por ella, pero, como digo, nunca se lo dije en voz alta.

Era el principio de 8º, pues, y ese año, por primera vez, se ofreció francés como asignatura extraescolar. Mi padre, que era el presidente del APA, llegó un día a casa diciendo que quizás se tenía que cancelar el curso porque sólo se había matriculado una chica: Ana. Como podéis imaginar, no tardé ni un minuto en decirle que yo me quería apuntar. Creo recordar que utilicé como excusa algo de la música clásica (por aquel entonces yo quería ser director de orquesta), porque no podía desvelarle mis verdaderos motivos: por un lado, yo estaría a solas con ella, aunque fuera con un profesor al lado; por otro, ella no se llevaría el disgusto de que se cancelara el curso. Quién sabe. Quizás ella iba a clase obligada por sus padres y por mi culpa tuvo que ir.

En fin, durante un año, quizás menos, Ana y yo fuimos juntos a clase de francés. Mis recuerdos siguen siendo tan difusos que de hecho ni siquiera le pongo cara al profesor, así que no puedo describir lo felices que fueron aquellos tiempos. Imagino que lo fueron, por supuesto. Pero no quiero mentir en una historia como ésta. No me parece justo añadir algo sólo para hacerlo más literario. Al menos, no en este caso.

Terminó el curso. Acabó el colegio, por tanto, y comenzó el instituto. Ana y yo no fuimos al mismo, y jamás la volví a ver. Pero no se acaba aquí la historia, porque llegó el momento de hacer la matrícula. Y mi padre, que me estaba ayudando a rellenarla, vio la casilla de “Segundo idioma: Francés”, y la marcó. Yo le dije que no, que lo borrara. Que no quería apuntarme. Su respuesta fue algo así como: “Hemos estado un año pagándote esas clases. ¿Qué es eso de que no quieres aprender francés?”

¿Qué podía hacer? ¿Reconocerle que les había mentido durante un año? ¿Reconocerle, además, que su hijo era un cagoncete que no fue capaz en un curso entero de aprovechar la situación para hablar a una chica mirándole a los ojos?

El resultado, por supuesto, fue tomar clases de francés durante tres años. De primero a tercero de BUP. Para más inri, el francés de tercero lo suspendí (me suspendieron, podríamos decir, pero es una larga historia que no merece la pena ser contada aquí), y estuve todo el verano yendo a clases de refuerzo. Llegué a odiarlo como se odia a un enemigo feroz, y me maldije cientos de veces por culpa de esa historia que, con los años, me parecía una tontería de niños bobos.

Aprendí francés, al fin. Terminé el instituto, tras haberme enamorado de otras cuantas compañeras. Comencé a hacer teatro. Dejé el piano. Fui a la facultad. Comencé a trabajar como profesor de teatro. Y llegó el pluriempleo, y conocí a la que hoy es mi mujer, y nos compramos un piso. Para poder pagarlo, durante unos cuantos meses trabajé haciendo visitas guiadas a Alcalá de Henares. Muchas de ellas en francés. Y durante años tuvimos que alquilar una habitación a estudiantes extranjeros que venían a aprender español. Muchos de ellos, franceses. No puedo decir que el francés se convirtiera en mi modo de subsistencia, pero sí que fue una tremenda ayuda en su momento.

No volví a verla, ya lo he dicho. Y pensé que en el encuentro de antiguos alumnos podría hacerlo. Me hacía ilusión, la verdad. No desde un punto de vista sentimental, por supuesto. Me apetecía tan solo verla, saber qué fue de su vida, si volvió a estudiar francés. Contarle esta historia mientras nos reíamos y decirle algo así como je vous remercie, madame. Explicarle que, al igual que Casciari comenzó a ser humorista gracias a Paola, yo aprendí francés por ella. Sin embargo, no acudió al encuentro. O no nos vimos. No sé. La busqué en facebook, en google, ya por curiosidad, pero tampoco hubo suerte.

Esta historia acaba así. De un modo (demasiado) prosaico. Lo siento si esperabais un final más acorde con un blog de poesía. Yo, de hecho, aún no sé por qué llevo semanas queriendo escribir este texto. Quizás para compartir con vosotros mis miserias infantiles. Quizás con la secreta esperanza de que llegue a leerlo. Quizás para demostrarme a mí mismo que, después de tantos años, ya no soy tan cagoncete.

Aunque sé que, una vez publicado, si me la encuentro algún día no seré capaz de mirarle a esos ojos que espero que sigan sonriendo.

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