Ernesto Filardi

Realmente es muy perverso este mundo en el que vivo si ahora lo alternativo es querer escribir verso.

Archivar en la categoría “Baúl de los recuerdos”

Sueña en la calle…

Sueña en la calle con otras nostalgias
que vuelvan como entonces, nauseabundas,
repletas de luciérnagas inertes
que nunca habrán de darte luz ninguna:
olvidas que entre todas las batallas
hay una, quizás dos, poco frecuentes,
y en la noche hay llamadas que se prestan
a comer de tu mano como alondras.

Voy a romper el muro de los muertos
y ver cómo de nuevo se construyen
las calles, las estufas, los dinteles
y los nervios que cierran una mano
en el momento justo de probar la derrota.

Quizás mientan las charcas o los ciervos
y nunca ha habido estampas ni claveles,
quizás es todo esto un simple nido
en que, mudos aún, nos esfumemos.
Has de buscar, no tardes, otros ríos
en que pueda tu afán humedecerse
y teñirse de almíbar a cantar versos frescos,
a pulir los rosales de la noche marchita.

Serán estrellas siempre lo que cuentes;
útil serás a todas, no lo dudes.
Mas piensa en no pensar, vuelve de lado
los ojos a los trinos de la mente,
sacude el polvo a miles de conceptos,
destroza sellos, frases, palcos y palacios,
no vaya a ser que un día te descubras
transformando elefantes en sombreros.

Fantasía

Donde vuelan las hadas sus cometas
y peinan los enanos a los astros.
Donde visten los duendes tornasoles
y llueven, por el día, frutos secos
y moras y luciérnagas y dulces.
Allá donde la muerte baile alegre
y me enseñe, desnuda, a comportarme
como siempre quisieron mis ancestros.
Allá, a lo lejos, siempre sin descanso
cada vez que regrese su recuerdo:
donde pueda olvidarme del ahora
y ella sepa mirarme como entonces.

Amor en la distancia

Dicen todos que menos da una piedra.
Que no me queje tanto, que ya muchos
darían lo que fuera por estar
siquiera tan despiertos como yo.

Y lo que más me jode de la historia
es que tienen razón, estoy seguro;
pero aún así no consigo conformarme
a una dosis diaria de tu voz,
esa voz que me anuda en el sofá
si el móvil pierde toda cobertura,
para ver si el teléfono (ese trasto
que empiezo a aborrecer por traicionero)
se decide a sonar enloquecido
trayéndome tu risa y mi descanso.

Raimundo Oñoro

Raimundo Oñoro es un hombre muy raro. Sus vecinos aún no se han acostumbrado a verle por la escalera. Es relativamente imposible cruzarse con él y no quedarse mirándole fijamente.

Raimundo Oñoro siempre camina mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de sus siempre perfectamente planchados pantalones bombachos, y sus pocos amigos ya consideran que es un caso perdido.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hace a Raimundo Oñoro parecer tan distinto de sus semejantes. La verdad es que Raimundo Oñoro no se considera distinto, pues ni tan siquiera se lo ha planteado nunca: está siempre muy ocupado buscando su felicidad por donde sea.

Y ese es precisamente el problema de Raimundo Oñoro: le obsesiona la felicidad. Siente la obligación de tener que encontrarla.

Raimundo Oñoro estudió desde pequeño en un colegio de moral rígida en el cual fue educado en unas costumbres un tanto extremas.

Raimundo Oñoro conoció el amor y la muerte de casualidad, con poca diferencia de tiempo y en la misma persona, en su pueblo natal, al cual hace cerca de veinte años que no regresa desde el accidente fatídico de aquella mujer, la mujer de su vida.

Raimundo Oñoro siente que nunca ha habido ni habrá una mujer capaz de hacer olvidar a aquella otra, que en el fondo fue un simple romance de verano que nunca hubiera llegado a más, aunque él desconozca esto.

Raimundo Oñoro se acostumbra a la idea de que la vida se acabó con ella y marcha a la capital a trabajar en algo con que ganar un sueldo decente y así refugiarse mejor en su dolor.

Un buen día, Raimundo Oñoro decide comprarse un libro de citas, pues es de la opinión de que los muertos saben más de la vida que nadie y puede aprender de ellos.

Raimundo Oñoro aprende de memoria en ocho meses las doscientas dieciocho páginas clasificadas por temas y decide aumentar su biblioteca adquiriendo más y más libros de citas. Considera que él no es nadie frente a la grandeza de los libros y se confía a ellos.

Raimundo Oñoro descubre una cita de cierto poeta japonés que afirma que la felicidad es el más preciado de los dones que el ser humano puede conseguir. Entusiasmado por la inteligencia de los muertos, Raimundo Oñoro decide de repente que tiene que ser feliz a costa de todo.

Raimundo Oñoro corre a comprar un televisor para ver comedias antiguas, pero tras visionar las obras completas de Laurel y Hardy se da cuenta de que eso no le hace en absoluto feliz.

Raimundo Oñoro lee en otro libro que la felicidad más grande radica en amar y ser amado; decepción de Raimundo Oñoro porque cree que nunca podrá amar.

Raimundo Oñoro sufre una pequeña crisis de personalidad al entrar en conflicto las opiniones de los muertos con la suya propia. Siente que debe amar y ser amado y siente que eso es imposible. Como consecuencia de esa crisis, Raimundo Oñoro enferma y está dos días en cama con gripe.

De repente, animado por la sabiduría de los muertos, Raimundo Oñoro baja las escaleras de su casa a toda velocidad para pedirle matrimonio a su portera, que escandalizada le rompe la escoba en la cabeza.

Raimundo Oñoro no entiende que ningún libro le explique por qué su portera, con la cual jamás había tenido trato alguno, no le ama y le corresponde para ser los dos felices en la eternidad.

Raimundo Oñoro busca a más mujeres cercanas para pedirles matrimonio. Su vecina, la pescadera, dos señoras que vienen de la peluquería en ese momento, una compañera del trabajo y algunas más le ratifican en su sorpresa.

Raimundo Oñoro no entiende que la vida no sea fácil.

Raimundo Oñoro cree que algo debe estar mal, y no deja de buscar libros de citas célebres sobre el amor, ni de pedir matrimonio a las mujeres con las que él cree que podrá ser feliz.

Raimundo Oñoro no se da cuenta de que así nunca podrá alcanzar la felicidad.

Quizás un día Raimundo Oñoro regrese a su pueblo y encuentre la muerte en el mismo sitio que aquella mujer perdida en el recuerdo que una vez le dio un beso de pasión y, viendo cara a cara a la de la guadaña, se crea el muy iluso que, por fin, ha encontrado la felicidad.

Determinación

Si ahora que te marchas de mi lado
vuelvo a sentir aquellas penas viejas,
permíteme regar mis tristes quejas
con el vino dulzón del desenfado.

Te confieso que estoy desorientado
en este gran desierto en que me dejas:
es duro contemplar cómo te alejas
quedándome en un poste encadenado.

Pero no voy a derramar el llanto,
ni hacer falsos alardes de lamento,
ni colgarme la túnica de santo.

Así como lo pienso te lo cuento:
prefiero que disfrutes de tu encanto
a que padezcas tú por lo que siento.

Punto final

Sí, de verdad, hoy me voy de tu lado.
Han sido varios años; sé que es triste,
pero lo que te di y lo que me diste
son sólo un sinsabor mal baremado.

Desconfío del peso del pasado;
no hay nada que salvar, y aún persiste
la sospecha feroz de que el alpiste
mató esta vez al pájaro enjaulado.

Y así me marcho ya; no me entretengo,
que no quiero que caiga más la tarde,
que es tiempo de poesía y no de ripios.

Tuviste lo que tuve y lo que tengo,
pero lo que tendré quizás lo guarde
para alguien que valore mis principios.

(Que nadie se alarme: sólo es un poema.)

Reencuentro

Es fácil ciertas noches encontrarme
como quien descubre su alma en una pecera
y canto y sufro y beso las paredes
cediendo el tiempo a lo que siempre pierdo
y te sueño y me muero y te evaporas.

Libros que pesan como suspiros pasados,
historias que recuerdan lo que ha sido,
cerillas que se apagan sin prenderse.

El canto general no siempre acierta
y hay veces que un silencio me aterra
y hay silencios que llaman al llanto
y hay llantos que secan las montañas.

Duermo o no, quién lo sabrá si no me llamas
a preguntar por alguien que eleve tu voz
hasta más arriba de los armarios donde
habremos de guardar sin dudarlo
los anillos de nácar y las cuerdas.

Descubrir que es posible amarte sin poemas
ni nadie que idolatre la amargura
que de siempre ha acompañado a la ignorancia
y al verte reposar entre franelas.

Aprender a mirar ya sin postales
ni canarios ni adoquines ni contratos.
Contar el tiempo por velas,
por canciones o por besos
o por valses teñidos de agridulce
y saber que las agujas no son nuestras,
que fabrican un aroma para otros destinos.

Si tan solo pudiera hacer un agujero
en que tú te mostraras como eres,
como sé que debes ser en la penumbra,
imaginándome y nombrando mi nombre
como si siempre fuera este ahora mismo
y tus pisadas pudieran anunciarse.

Tan solo has de llamar a cien guardianes
que quieran expulsarme o engatusarme.
Aquí estaré desnudo y algo cabizbajo
pero con un futuro que aguarda tus barajas.

Desliza tu azafrán entre las servilletas para siempre
o permite que al menos mis delirios
permitan descifrar tu anatomía,
y así bailar por siempre en la marea,
hasta que el océano haga sonar sus campanadas.

(Nota: Lo escribí hace muchos, muchos años. Hoy me lo he vuelto a cruzar, y quería compartirlo con vosotros, aunque sólo sea porque llevo no sé cuantos sonetos seguidos en el blog. Se admiten/ruegan comentarios.)

Navegación de entrada

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 27 seguidores