Ernesto Filardi

Realmente es muy perverso este mundo en el que vivo si ahora lo alternativo es querer escribir verso.

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Mis labios

He salido de casa dejando mis labios
pudrirse en el fondo de una pecera.
Presiento que es ése su sitio, pues ya no me sirven.

No los echaré de menos.
No los necesitaré. Quiero cambiarlos.
Ya sólo repiten palabras y besos que no dicen nada.

Mis labios se pudren en una pecera
mientras busco indeciso el camino que me conduzca
hacia un mundo nuevo que sin ellos no sabré describir.

(Foto: Montse Labiaga)

Aquiles

No soy feliz, ni lo seré venciendo.

(Julio Martínez Mesanza)


No soy el más humilde de los hombres.
Así es como aprendí a sentirme libre
en medio de la lucha, en el placer de la agonía del contrario.
No soy el más humilde de los hombres
y sé que entre las filas enemigas hay algunos que me admiran en silencio
y hay doncellas que aún aguardan que liquide esta batalla entre sus brazos.

Y yo, que soy el hombre al que tantos desearían parecerse,
he venido hasta aquí porque tú me querías aquí,
frente a esta ciudadela amurallada en cuya playa
aguardas cada día el justo pago de tu esfuerzo.
He dejado mi tierra por ti, mi palacio, mi gente,
el sueño sereno de una existencia tranquila y dichosa;
te he ayudado a soñar con la gloria que sé que mereces,
he luchado por ti mucho más
de lo que cualquier otro estaría dispuesto a pensar,
y la sangre que tiñe mis manos
es la misma que impide a la noche traerme el descanso.
Pero no pidas más si tu trato es injusto
y compensas mi esfuerzo con medias mentiras
que sólo pretenden calmar el dolor de una nueva derrota.

No voy a luchar más. Has de saberlo.

No soy el más humilde de los hombres, ya lo he dicho:
soy un hombre que sabe que existe la vida y que existe la muerte
porque he visto en los ojos de muchos suplicar una de ellas
y no quiero luchar, sino hacerte entender
que mañana,
cuando todo parezca perdido,
sentirás un clamor de mil ojos dolientes
que exigen saber la verdad de tus labios cansados
y, aunque intentes huir de sus reproches,
cuando todo parezca perdido
dirás mi nombre en medio de la lucha
y no te servirá de protección.

Garibaldi

Antes te prefiero volando feliz

que mirando al cielo desde mis manos.

(Soraya Gonzalo)

Era sólo un polluelo. El más hermoso,
pero sólo un polluelo al fin y al cabo
que un buen día, tirado en el asfalto,
fue encontrado por alguien que apreciaba
su porte, su viveza, su plumaje.
Le llevaron a casa, le cuidaron
poniéndole de nombre Garibaldi,
le dieron de comer como a otro hijo
y en poco tiempo fue uno más de ellos
hasta el punto de que un día la madre
reconoció que aquello era un problema:
“¿Qué va a pasar el día que nos deje
para echar a volar? ¡Hagamos algo!”
El padre sólo dijo, imperturbable,
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
y calló, melancólico y seguro
con un deje de orgullo en la mirada.

Tan solo un mes después, una mañana
hubo un gran alboroto en la familia
porque nadie encontraba a Garibaldi.
Los niños, pesimistas y llorones,
dejaron de comer. La pobre madre
dudaba entre acusar a su marido
o darle la razón como a los tontos
cada vez que el buen hombre repetía
“no hay que cortarle las alas a un pájaro.”
Pero ni ella ni nadie conocía
la verdad: hacía sólo algunas horas,
mientras todos dormían, inocentes,
el padre salió al campo con el pájaro
y le dijo, atusándole la cola:
“Echa a volar, que a mí me es imposible.”
Al volver hacia casa miró al cielo
y su orgullo lloró con gran ternura.

Pasó bastante tiempo. El suficiente.
Los niños casi ya no preguntaban
por Garibaldi. Sólo lo añoraban
y pensaban en él con estoicismo
aunque no comprendieran qué era eso,
hasta que un grito trajo la noticia:
“¡Mamá, papá, ha venido Garibaldi!
¡Vamos a hacerle un nido en algún árbol!”
Salieron hacia el patio, escopetados,
y lo vieron llegar, volando raso,
posándose en el hombro de su dueño
que sólo repetía para sí
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
mientras que, satisfecho y orgulloso,
veía en qué se había convertido
aquel polluelo chico pero hermoso:
un gavilán que, bello, inteligente,
valiente, luchador y responsable,
fue el motivo de orgullo de su casa,
fue el mejor gavilán que se haya visto.

Plegaria nocturna

No creo en ningún dios. Sólo en tus besos,
y no voy a cambiar aunque lo intentes:
condúceme al infierno de tus dientes
o al cielo de tu boca y sus excesos.

Sacúdeme el pudor de los confesos,
dame la dignidad de los dementes,
bórrame el porvenir de los prudentes,
concédeme la fe de los obsesos,

líbrame de la angustia y sus despojos,
prohíbeme el adiós, el no, el jamás,
despójame de miedos y reproches.

Prometo no cerrar nunca los ojos
sin haber recordado una vez más
el color de los tuyos. Buenas noches.

Adán

Todo empezó -ya lo sabéis- con un susurro.
No había nada entonces que no fuera oscuridad.
Yo estaba en ningún sitio, acurrucado en el silencio,
desprovisto de mis manos, de mis sueños, de mi nombre.

Cuando se hizo la luz La vi llegar. No tuve miedo
y algo tibio en los labios recorrió todo mi cuerpo
(yo entonces no sabía que ese algo tenía nombre y que ese nombre era “sonrisa”).
Cuando estuvo a mi lado susurró aquella palabra
con que el mundo parecía responderle iluminándose a su paso
(sabéis que esa palabra no la puedo compartir).

Me tomó de la mano. Me miró. Me levanté
y empezamos a andar, Ella enseñándome al detalle
el nuevo paraíso que creó para ser nuestro:
un paraíso acorde con su boca y con sus dedos
ajeno a toda pena, a todo mal, a toda culpa.
“Todo lo que aquí ves es nuestro reino”,
me dijo acariciándome en el dorso de la mano,
“Haz lo que te apetezca sin dudarlo”.

Han pasado diez años que parecen un instante
en este paraíso en el que el único pecado es no mirarnos a los ojos.
Han pasado diez años y ahora escribo estas palabras
porque desde ese día yo -ya lo sabéis- soy su profeta
y he de cantar su nombre porque Ella me ha elegido para hacerlo.

Cuando llegue la hora

Cuando llegue la hora estaré listo
para partir, sin miedo ni equipaje.
Me vestiré, feliz, mi mejor traje
consciente de que estoy aquí y existo.

Orgulloso de mí y de lo que he visto
pagaré sin dudar cualquier peaje.
Sé que tendré el suficiente coraje
para que no me inquiete un imprevisto.

Si vuelvo alguna vez a tocar fondo,
quizás mi corazón se desabroche
la maldita costumbre de estar triste.

Y tú, que no sabrás dónde me escondo,
querrás imaginarme cada noche
detrás de cada paso que no diste.

Cuando mi mente

Cuando mi mente, tranquila, reposa
pensando en tu mirada más traviesa;
cuando los dos, sentados a la mesa,
reímos al decirnos cualquier cosa;

cuando, en la ducha, piensas sigilosa
el modo de morderme por sorpresa;
cuando tu piel perfumada me besa
formando un remolino que me acosa,

comprendo que el amor no es un combate
donde deba humillarme al enemigo
ni un ejemplo jovial de escaparate,

sino un dejar de mirarme al ombligo
para que el verte alegre me delate
que el mundo es colosal si estoy contigo.

 

Invocación

En nombre del amor y la pasión, que son un solo laberinto ilimitado que nos lleva a completarnos;

en nombre del deseo y la belleza, grandes dioses que sabrán permanecer cuando no estemos;

en nombre del placer, ese demonio sibarita que se muere si lo encierran en un cofre de costumbres;

en nombre del calor que la lujuria proporciona a los amantes y a sus cuerpos;

en nombre de las siete maravillas y de los cuatro elementos que contiene un corazón cuando es amado;

en nombre de la piel y la ternura, dos hermanos susurrantes que se aplican en las mieles del incesto;

en nombre de la vista, cuyo logro es regalarnos el alud de maravillas que dejaron en la tierra quienes sí supieron verlas y cuidarlas;

en nombre de los miles de sabores que una lengua puede hallar en el camino de una vida bien repleta de delicias;

en nombre del olfato y de las tibias sensaciones que su influjo nos reparte por la espalda;

en nombre de los gritos, los gemidos, los jadeos, los susurros, los rumores, los murmullos y los simples cuchicheos que se saben vulnerables;

en nombre de la música, remedio incalculable a la fatiga de las horas venideras;

en nombre del teatro, la poesía y la novela, infatigables mensajeros de caricias y lamentos;

en nombre del cariño y la bondad, dulces espejos sin fisuras donde habremos de encontrar nuestras victorias;

en nombre de esa diosa transparente, sosegada y fugitiva a la que llaman amistad;

en nombre de la fe y la confianza, despojados caballeros que el azar suele arrojar hacia el olvido;

en nombre de la siempre sin igual naturaleza, cuyos límites escapan a la ciencia y a la magia y a la mera inteligencia;

en nombre de la paz y la justicia, responsables inocentes de las crueles tropelías realizadas en su nombre;

en nombre del delirio, aquella dama solitaria que consigue cuando quiere que la amemos a escondidas sin pudores;

en nombre del saber, ese insaciable peregrino que no entiende de fronteras;

en nombre de la vida, que se explica por sí sola;

en nombre de los pájaros, los peces, las tormentas, la prudencia, los designios olvidados, la frecuencia, las sospechas, las costumbres, la certeza, los barrancos, los detalles más dichosos, las escalas pentatónicas, los árboles frutales, los abrazos, las canicas, las llamadas a deshora, los bálsamos, las duchas, las miradas seductoras, los estantes bien repletos, el azul, los almanaques, la violencia, el paraíso;

en nombre del océano y del ansia exploradora, de los himnos, del azúcar, los caballos, las meriendas, las azadas, los caminos que se abren y se cierran, las victorias sospechadas, los jazmines, la dulzura que destila un “buenos días”, los retrasos, los camiones de reparto, las cosquillas, el calor bajo una manta, el desenlace de una lucha, los olvidos, los juguetes, las pizarras, los recuerdos;

en nombre del futuro que me aguarda y en nombre de las huellas de los míos, que conducen al adulto que ahora soy.

 

Cervantes da la vuelta al mundo

Moscú es una ciudad inmensa en la que uno puede encontrarse de todo. Restaurantes privados instalados en casas donde durmió Napoleón, taxistas armenios que al oír hablar de España dicen “Real Madrid, Raúl”, mafiosos elegantes que se consideran asirios, camareros de Tayikistán que te hablan en español… Incluso niños disfrazados de Stalin que te piden dinero si quieres hacerte una foto con ellos.

Lo que no imaginaba que me encontraría aquí era a una encantadora española haciendo la vuelta al mundo mientras lo cuentan en un blog de Cruzcampo. Ha sido compañera nuestra en el albergue donde estamos alojados, y se vino al Instituto Cervantes de Moscú con nosotros para después sorprendernos con este vídeo.

Un abrazo fuerte a Meritxell. Suerte en el resto del viaje. Te seguiremos en tus aventuras.

La ramita verde

Como sabéis, estaré en Rusia hasta el día 12 de septiembre. Ayer, tras cinco larguísimas horas de autobús, llegamos a Yasnaya Polyana desde Moscú. Como era bastante tarde, nos limitamos a cenar, hacernos unas risas e irnos a dormir. Esta mañana, en cambio, ha sido más intensa. Tras el desayuno, y a pesar de que amenazaba lluvia, nos han enseñado la casa natal de Tolstoi. Se trata de una finca museo de proporciones desmesuradas en la que a día de hoy se sigue cultivando, arando y recolectando como hace cien años. De todo lo que nos han contado, sin lugar a dudas me quedo con la historia de la “ramita verde”.

Leo Tolstoi, que vivió más de ochenta años, nunca olvidó un día en el que, de pequeños, su hermano y él jugaban en el campo. El hermano, que debía tener una imaginación desbordante, cogió una ramita verde del suelo y la enterró en un lugar secreto, diciéndole a Leo que quien alguna vez lograra encontrar esa ramita sería capaz de encontrar la solución para que el ser humano viviera feliz y en paz durante toda la eternidad. Muchos años después, poco antes de morir, Tolstoi, que ya era una eminencia moral que habría de influir en Gandhi y en Luther King, escribió un artículo sobre la ramita verde en el que hablaba de esa felicidad escondida que se podría hallar. Antes de morir, Tolstoi pidió a su familia que se le enterrara en un claro del bosque en el que creía que su hermano había enterrado la ramita. Y así se hizo. Su tumba, que hemos visitado hoy, es un sencillo  y emotivo montículo cubierto de hierba. Al verlo, he recordado ese poema japonés que hace años me hizo llorar en Himeji:

¿Por qué pensé

que las gotas de rocío

eran efímeras?

Sólo porque yo

no yazco sobre la hierba.

(Nota: la foto no es mía, porque no tengo modo de pasar las fotos al portátil. Cuando llegue a España, actualizaré las sucesivas entradas que vaya escribiendo sobre Rusia con fotos propias.)

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