Ernesto Filardi

Realmente es muy perverso este mundo en el que vivo si ahora lo alternativo es querer escribir verso.

Archivar en la categoría “Penúltimo momento”

Futuro imperfecto

Perdido, despistado, camino por la noche
como un pobre ratero que roba tapacubos
creyendo, en su inocencia, que así saldrá del hoyo,
y a cada paso pienso dónde está la salida
de este tremendo absurdo, de este mérito incierto,
que no seré perfecto y que jamás lo he sido,
o si valdrá la pena querer llegar a serlo.

Afortunadamente, es al llegar a casa
cuando caigo rendido y me dices en sueños
que todo está tranquilo, que duerma sin problemas,
que un amante perfecto tampoco es lo que buscas,
que vas a conjugarme tu amor en imperfecto
y que el futuro entonces será nuestro por siempre.
Me dices “te amaré”, y yo, por fin, descanso.

city-street-night-rain

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Madame Godot

Acaba la función, los bravos cesan,
y según el telón cierra la sala,
la esencia de Estragón muere y exhala
los lamentos de amor que tanto pesan.

Ella no ha vuelto y los sueños regresan
mordiendo el corazón en hora mala.
Mientras, los invitados, con gran gala,
riendo en el vestíbulo se besan.

Y el actor por dentro se hace viejo
pues su alma se torna en elegía
a aquel tiempo brillante como el oro.

Se limpia el maquillaje en el espejo,
abre la puerta hacia la calle fría
y de nuevo hace mutis por el foro.

Madame Godot

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Dante

Fue soberbia pensar que te tendría
destinada por siempre a mi destino.
La gula, por su parte, no previno
que tus labios sin pausa yo querría.

La envidia apareció en el mismo día
que soñaste el calor de otro camino.
La ira, entonces, vino como vino,
y quebró los espejos de agonía.

Fue lujuria el recuerdo de tu espalda,
me durmió en tus laureles la pereza,
la avaricia prohibió cualquier empate.

Así, siguiendo el guiño de tu falda
he cruzado el cartel que, frío, reza:
“Lasciate ogni speranza voi che entrate.”

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

La buena estrella

Todo aquello que en mí anduve buscando
estaba traicionando aquella noche.
Con duda y con reproche, mas sin pausa
como un matón de causa intolerable,
se me cruzó algún cable releyendo
aquel montón tremendo de señoras
vendiendo amor por horas a cualquiera
que pagando acudiera a sus servicios
desvelando sus vicios más secretos.

Con los dedos inquietos pulsé el timbre.
Desde un sillón de mimbre, la madama
me condujo a la cama sin paciencia,
y, con su sabia ciencia, al sonreír,
me propuso elegir entre tres nenas
que ocultaban sus penas malamente.
Quise bajar la frente, pero ellas,
instruidas doncellas en lo suyo
soltaron un murmullo aprobatorio
quemando el purgatorio de mis males:
tres mujeres fatales ahí delante
con un frío talante malherido.
De la primera, Olvido se llamaba,
creo que me asustaba su figura
de vetusta escultura contrahecha.
Atrás, a su derecha, había otra
que aun siendo mejor potra, parecía
regarme de agonía con su tacto.
Nervioso, cerré el pacto con Estrella,
que no era la más bella; sin embargo,
en besos por encargo era precisa,
y un no sé qué en su risa dulce y clara
consiguió que pagara sin recato,
cobrando por un rato diez billetes.

Experta, con arietes en el alma,
me desnudó con calma tras decirme
que cumpliría firme mis deseos
sin prisas ni rodeos, que en la cama
le gustaba ser dama cumplidora
y que hasta que la hora nos llegase
daríamos desfase a nuestros fuegos.

Como en lucha de griegos y troyanos
precipité mis manos en su pecho,
y ella, reina del lecho y sus hechuras,
en mil y una posturas se ofrecía
a la vez que pedía que la entrara
mirándole a la cara con lujuria.
Su desatada furia enfurecida
colmó cada embestida de coraje,
y al soltar lo salvaje de mí mismo
forzando un cataclismo en mi interior
(sabiendo que su ardor era ensayado
y su gesto excitado un burdo engaño)
me provocaba daño darme cuenta
que la carne nos tienta de tal modo
que lo destruye todo cuando pasa,
que el amor sí fracasa algunas veces,
que siempre te mereces el infierno
cuando cambias lo tierno por lo adusto.
Pero era tanto el gusto que por fuera
causaba la ramera en mis sentidos
llenando de gemidos mi pesar,
que no pude aguantar ya ni un momento:
rendido y sin aliento acabé el trato.

No hubo pasado un rato de demora,
cuando vi que era hora de marcharme.
Al punto de asearme, la vi quieta;
su oscura silueta de palillo
fumaba un cigarrillo largo y caro.
Mirando sin descaro mi pellejo
me regaló un consejo clandestino
que hizo mi destino comprender:
“Olvida a esa mujer: no te conviene.”

Aún hoy me retiene el pensamiento
recordar ese acento caribeño
que, con mínimo empeño y sacrificio
regresaba a su oficio de fulana
mientras yo, con desgana y desamor
bajé en el ascensor, la cara seria,
llorando de miseria por tu adiós.

(Foto: montecarlodailyphoto)

 

(Nota: Este poema pertenece a mi poemario “Penúltimo momento“)

Casandra

Con tu gran clarividencia,
sibila desprestigiada,
no viste en lo nuestro nada.
Mas me pudo la impaciencia,
y, a pesar de tu advertencia,
al caballo abrí la puerta
sin estar la mente alerta
de cualquier posible daño.
Ese amor nuestro de antaño
es ahora Troya muerta.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“. La foto es de greyguardian)

Ellas. Sextina a lo intangible

Hay chicas que resurgen de la niebla
trayéndote el almíbar de la luna
que hará que resucites aquel sueño
que hace tiempo enterraste muy al fondo:
son esas que aparecen una noche
al fondo de una barra en plena risa.

Hay otras, que, escondidas tras la risa,
despluman fríos pájaros de niebla
al morirse las luces de la noche,
que no cantan boleros a la luna
porque están convencidas que, en el fondo,
despertarán un día de su sueño.

Hay chicas que te roban hasta el sueño
al salpicarte entero con su risa;
de repente te calan hasta el fondo
dejando entre los huesos como niebla
y luego se evaporan con la luna
rompiendo calendarios en la noche.

Hay otras que te duran una noche
para ayudarte a conciliar el sueño:
tú le prometes todo, hasta la luna
-procura no morirte de la risa-,
que ya verás que son de triste niebla
y están todas vacías en el fondo.

Hay chicas que te arrastran hasta el fondo
despiertas por el día y por la noche,
que te inyectan canela entre la niebla
destrozando con saña cualquier sueño,
que llegan a aterrarte con su risa
de dientes antipáticos de luna.

Hay otras que residen en la luna
porque no tienen nada por el fondo,
que a veces te dedican una risa
y que temen salir ya muy de noche;
es normal que estas tengan algún sueño
que luego se confunda entre la niebla.

Pero otras son la luna entre la niebla,
un fondo de violines cada noche
y un sueño en la frescura de una risa.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Taller de coches

Para Victoria Herrero, que supo comprender,
in memoriam.

Muy cerca de mi casa hay un taller de coches:
un taller de desguace, de chapa y de pintura
donde constantemente pernoctan viejos autos
vencidos, reventados, vacíos y abollados.
Yo les oigo de noche sus lloros añorantes
por lo que antaño fueron antes de ser chatarra,
cuando, ebrios de furia, devoraban kilómetros.
Es un llanto muy triste que pronto ha de apagarse
con una llave inglesa y un poco de soplete.
Pero me da más miedo descubrir observando
el amasijo crudo en que se han convertido,
(pensando que, inocentes como nosotros mismos,
jamás tuvieron claro que otro los guiaba
cambiando, por su antojo, sus marchas y sus ritmos),
que les era imposible a sus revoluciones
sentir que hay más caminos, no todos paralelos,
pero envidiables todos si llevan a buen puerto.
Y que nunca supieron ni por mínimo asomo
en qué mojón exacto su ruta acabaría,
que no hay prisa en llegar al final del trayecto
por esta carretera tan nuestra que es la vida.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

La dulce indecisa

Para Iria Márquez

Inquietos se deslizan estos dedos
buscando servilletas en la mesa
para evitar tu mano, que no cesa
de causarme sin pausa mil enredos.

Y entre miradas, puedos y no puedos,
comprendo que tu boca no se expresa
con calma, para así no quedar presa
de luchas con fantasmas y otros miedos.

Juro que intentaré ser consecuente
con lo que me has pedido, aunque se iguale
mi ardor con el mejor de los cantares.

Pero entiende que es duro ser paciente
mientras tu risa fresca me regale
margaritas de pétalos impares.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Party Zone

Para Enka Alonso, por supuesto.

Duránte cuánto tiempo cumpliré mi condena
de buscar en los cuerpos y en la noche
todo eso que sé
que no esconden la noche ni los cuerpos.
(Vicente Gallego)

Ocurre algunas veces, sobre todo
en las noches tranquilas, apacibles,
cuando todo está en calma y a lo lejos
parece que resuenan nuevas voces
que te invitan, de nuevo, a lo de siempre,
y accedes, cómo no, tan complaciente,
pues piensas de algún modo no consciente
que al fin y al cabo aquello es atractivo
como un sueño prohibido y renovado
que tan solo se ofrece a elegidos.

Durante algunas horas todo marcha
sin prisa pero amigo qué más quieres
tranquilo muchachito ya habrá tiempo
todo vendrá la gracia está en la espera
y sigues dale dale que te pego
y vuelve y vienes no te espero fuera
dormirás para qué ya tendrás siesta
y si no pues total por seis horitas
nadie se muere tío esto es la hostia,
y comienzas a pensar en retirarte
cuando llega la hora prometida
en forma de canción, beso, cerveza,
alboroto, partida o cachondeo
compartido con alguien (o con muchos)

Lo prometido es deuda, por supuesto,
pero ocurre (ya dije) algunas veces
que al estar disfrutando de tu premio
(sea líquido, sólido o intangible)
llega ella otra vez, parapetada
en un gesto, en un vaso, en un verso
de una canción trivial de versos cutres,
bajo un ventilador, sobre una risa,
desde un espejo frío, entre los vómitos
o en una cucharada de café,
y te mira y pregunta lo que haces.

Siempre hay alguno que dice “qué ocurre”;
“Nada”, respondes, y entonces, te largas.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

La media vuelta

Ya se muere la tarde, ya me marcho
con ciento ochenta grados tras mi espalda
y restos de neumático en mis pasos.
Ya has probado otros labios con un dueño
que espero haya sabido comprenderte
(quererte como yo es más complicado
por mucho que te marches por el mundo)

Sólo era una canción. ¿Por qué tuviste
que hacer caso precisamente a esa
de todas las que habíamos vivido?

Valses, boleros, rumbas, rocanroles,
y tuvo que ser esa.
Detesto las rancheras, Jose Alfredo.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)

Navegación de entrada

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 28 seguidores