La culpa no era nuestra

Amelia y Victoria van a cumplir tres años y medio a final de mes. Se han convertido en dos charlatanas incorregibles que se pasan el día entero explicando a mamá y a papá todo lo que ven, lo que descubren, lo que imaginan. Ya empiezan incluso a construir sus primeras frases en inglés, su segundo idioma, con el que interactuarán diariamente en el colegio en este país al que llegamos hace casi tres años. Todavía son muy pequeñas para comprender conceptos como emigración, arraigo o nostalgia, pero para ellas sus abuelos son una gente muy graciosa que aparece de vez en cuando en la pantalla del ordenador haciendo monerías. “Mamá, mamá, vamos a ver a los yayos por Skype”, dicen de vez en cuando, y cuando la diferencia horaria nos permite conectarnos sus risas iluminan a la vez dos viviendas alejadas entre sí por un océano tan grande que un avión tarda ocho horas en cruzarlo.

Tras tanto tiempo en Canadá –dos años y ocho meses, exactamente- por fin vamos a tener la ocasión de volver a España, aunque solo será por vacaciones. Será la primera vez que nos reencontremos con tanta gente querida, con aquella luz cotidiana que apenas recordamos, con ese país añorado y algo ingrato donde nacieron Amelia y Victoria y del que tuvimos que emigrar para buscar la salida que no conseguíamos encontrar. Tres de los cuatro abuelos han conseguido saltar el charco al menos una vez para venir a vernos, pero este viernes –apenas puedo creerlo- será la primera vez que pueda abrazar a mi padre en todo este tiempo. El último abrazo nos lo dimos ente lágrimas en la zona de salidas de Barajas y el próximo nos lo daremos en la zona de llegadas, presumiblemente entre lágrimas también.

Una ocasión así, como os podéis imaginar, nos tiene nerviosos a todos. Llevamos semanas hablando con unos y con otros para cuadrar agendas y ver a la máxima cantidad de gente posible. No sé cuántos planes llenos de cocido y croquetas hemos escuchado desde que anunciamos nuestras vacaciones, y este fin de semana pasado nos hemos encerrado en casa a preparar las maletas para no dejarlo para el último minuto. En uno de los descansos que nos tomamos echamos un ojo a las noticias y leímos algo que nos dejó algo tocados: según El Confidencial, Rodrigo Rato recurrió al despacho panameño Mossack Fonseca para borrar el rastro del patrimonio que ocultaba en el exterior. Más de tres millones y medio de euros que necesitaba esconder para que Hacienda no le pillara.

¿Y por qué, os preguntaréis, nos dejó tocados esta noticia? No es que nos pillara de sorpresa, claro que no. Era una cuestión de fechas, básicamente: la primera de las dos sociedades opacas de Rato se cerró el 12 de julio de 2013, poco más de un mes antes de aquella despedida en Barajas. La última transferencia con la que se culminó el tinglado tiene fecha del 11 de febrero de 2014, una semana después de que nos confirmaran que por fin íbamos a tener un apartamento propio tras un año y pico de vivir en España en casa de mis suegros y seis meses viviendo en casa de mi hermano, aquí en Canadá. Dicen que hay noticias que se entienden mejor cuando las lees en conjunto con otras, así que a todos aquellos que no conozcáis nuestras andanzas canadienses os puede interesar leer este texto que publiqué por aquel entonces en este mismo blog una vez que hayáis leído lo de Rato. Quizás al leer ambas cosas comprenderéis un poco mejor los sentimientos mezclados que me pasaron por la cabeza. Que el gran artífice del milagro económico español era un bluf ya lo sabíamos desde hacía un tiempo, pero las fechas ayudan a que todo tenga un poco más de sentido.

Nosotros, por ejemplo, emigramos el 16 de agosto de 2013. El día antes tuiteé esto, cuando –siempre según El Confidencial- el apaño ya estaba más que en marcha.

 

Aunque ya llevábamos pensándolo desde hacía un tiempo, decidimos hacer las maletas cuando se nos acabó la famosa prestación de 425 euros para los que ya no tenían derecho a paro. Todo ello con Amelia y Victoria recién nacidas, y tras dos años seguidos en los que mi esposa estuvo trabajando en el extranjero para dos ministerios españoles. Pero ambos contratos eran de becaria, con lo que no llegó a cotizar nada por ello y, por tanto, con poco podíamos contar cuando debido a la crisis esos ministerios decidieron incluso recortar aquellos puestos. Eran los tiempos del “todos tenemos que apretarnos el cinturón”, del “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Nos hicieron creer que la culpa era nuestra, de los ciudadanos, que éramos unos despilfarradores por querer tener una tele HD. Y es ahora, tres años de mis hijas sin abuelos después, que confirmamos la sospecha de que en esas mismas fechas –en esas mismas fechas, insisto- alguien se lo estaba llevando por debajo de la mesa.

Hablamos de un señor que estuvo ocupado moviendo dinero de un lugar a otro mientras yo esperaba el autobús a -35º para ir a hacer salchichas, y mientras tantos otros como yo –miles, decenas de miles de emigrantes como nosotros- estaban emprendiendo nuevas vidas por causas ajenas. Lo que ninguno de nosotros sabíamos entonces es que esa causa fuera tan cutre, pero estoy seguro de que tanto ellos como los que no pudieron ni siquiera marcharse (y por supuesto también todos aquellos que apretaron los puños mientras veían a los suyos marcharse con solo un billete de ida) habrán sentido estos días un sentimiento agridulce: una cierta satisfacción por que se sepa todo esto pero teñida a su vez por una amargura que ojalá nunca se nos convierta en rencor hacia nadie. Ni siquiera hacia esos patriotas de pega que se dan golpes de pecho con sus pulseritas de España mientras a causa de sus delitos fiscales miles de compatriotas tienen que marcharse fuera.

Pero no quiero que este texto suene a resentimiento. Que odien ellos si quieren. A nosotros, a esos centenares de miles, no nos hace falta porque estamos satisfechos de saber que, pese a todo, pudimos salir adelante mediante nuestro esfuerzo. Tenemos claro que en esta historia nosotros somos los buenos y ellos los delincuentes. En nuestro caso particular, por ejemplo, el vuelo Toronto-Madrid para cuatro personas nos ha salido por un buen pico, pero volaremos con la certeza de que lo hemos pagado con nuestro trabajo. Habrá, imagino, quien lea esto pensando que somos unos ingenuos o unos muertos de hambre y no se me escapa que, mientras tecleo, algún otro gran preboste patrio estará brindando con Moët & Chandon por un nuevo pufo del que quizás nunca llegaremos a saber. Me da igual, nos da igual. Lo único que nos quita el sueño es que alguna de nuestras hijas se despierte con sed en mitad de la noche. Otros, sin embargo, sospecho que no podrán dormir tranquilamente.

En los últimos meses, Amelia y Victoria han empezado a comprender que a veces las personas nos sentimos de formas diferentes. Ya saben que ellas mismas a veces están contentas, a veces tristes, a veces sorprendidas y a veces frustradas. Cada vez que les sucede algo intentan explicárselo a sí mismas mediante alguno de esos estados de ánimo, y su madre y yo estamos haciendo lo posible por ampliarles su abanico de sentimientos con otros nuevos. Es muy posible que durante nuestras vacaciones aprendan unos cuantos. Tendremos que explicarles en el aeropuerto, por ejemplo, que papá y el abuelo no están tristes sino emocionados porque hace casi tres años que cruzamos aquel maldito detector de metales con ellas en brazos y que ahora no paran de saltar y correr de un lado a otro. Y aunque ahora sea un poco pronto para que comprendan conceptos como emigración o nostalgia, son suficientemente inteligentes para apreciar que sus padres regresan a casa con la cabeza bien alta.

4814758w-640x640x80.jpg      (Foto: http://www.que.es)

El sabor de un falafel

No sé dónde leí hace años que a partir de los cuarenta las interconexiones neuronales ya están tan establecidas que no es posible crear nuevas. El artículo en cuestión concluía que a causa de eso el cerebro humano no es tan moldeable y que por tanto no podemos adaptarnos a los cambios a partir de esa edad. Ya por aquel entonces pensé que aquello era un disparate: yo trabajaba en un centro de educación de adultos dando clase de teatro a un grupo de alumnos de tercera edad y aún guardo como oro en paño algunas anécdotas sobre cómo el ir a clase les había cambiado la vida. Como la de Carmen, aquella mujer que al enviudar había perdió el apetito y diez kilos y estuvo dos meses sin salir de su casa. Alguien –su hija, su yerno, no recuerdo- la convenció para apuntarse a teatro porque otro alguien iba y decía que estaba muy bien. Eso había sido dos años antes de empezar yo a trabajar allí y cuando me lo contaron no me lo podía creer ya que en clase era una mujer tremendamente divertida. Cuando hacía buen tiempo Carmen casi nunca aparecía, provocando el cabreo de sus compañeros que no podían ensayar sus escenas con ella. Un día de lluvia se presentó con un paraguas de colores y la llamé aparte.

– Carmen, necesitamos que vengas a los ensayos – le dije-. ¿Ha sucedido algo para que faltes tanto?

– ¿Qué me va a pasar? Que me he echado un novio y prefiero irme con él al parque a darnos besos que quedarme aquí con estas viejas que están todo el día quejándose.

Las demás, que sabían de lo que estábamos hablando y conocían al susodicho, refunfuñaban delante de mí. Pero cuando Carmen volvió a su asiento la miraron con una sonrisa de complicidad, como deseando que les pusiera al día y acaso con un poquito de envidia.

Han pasado casi veinte años de aquello. Ahora vivo en Toronto, una ciudad multicultural en la que, cuando dos personas se conocen, la primera pregunta suele ser cuál es su país de origen. He escrito unas cuantas entradas en mi blog sobre nuestra experiencia de emigrantes. Sin embargo, ya que ahora estamos instalados en nuestra nueva rutina lo que podamos contar de nosotros en este lado del océano es más carne de muro de Facebook para familia y amigos que otra cosa. No puedo prometer una determinada periodicidad, pero a partir de ahora mis entradas serán acerca de otros. Gente fascinante que he conocido por aquí, cuyas historias me han hecho reflexionar hasta qué punto el ser humano puede adaptarse a una nueva realidad, aunque no siempre sea la deseada.

Hace unos días estuvimos en un restaurante de Oriente medio en el que hacen unos shawarmas buenísimos. Amelia y Victoria estaban tan encantadas comiéndose unos falafel cuando oímos dos mesas más allá una voz que decía en inglés: «¡Hola, hola! ¿Nos veis bien? ¿Seguro que nos veis? ¡Hola!» Era un hombre joven y robusto que miraba su móvil con los ojos húmedos mientras no dejaba de gritar y sonreír. Sentado en su regazo había un chico de unos siete años que miraba el móvil con un gesto tan sorprendido como feliz. El hombre abrazaba al chico con fuerza y ternura al mismo tiempo, como si fuera el tesoro más preciado que uno puede imaginar. Por supuesto que todo hijo es un tesoro, pero ese abrazo era mucho más intenso y dulce que lo que yo jamás había visto en un hombre como aquél. El chico también saludaba a los interlocutores del teléfono: «Hola, soy Henry, ¿tú quién eres?», decía.

Alguien dijo algo al otro lado del teléfono y el hombre robusto se echó a reír. «Esa es tu abuela», le dijo al chico. Este sonrió fascinado y dijo «¿Tú eres mi abuela de verdad? ¡Hola, abuela, soy tu nieto Henry!» El hombre seguía riendo con la boca bien abierta. Abrazó al chico, que no tenía ni posibilidad ni ganas de soltarse y le revolvió el pelo con su mano enorme mientras decía a la pantalla «Sí, mamá, este es tu nieto. ¿Has visto qué grande y qué guapo está?»

Entendí que era un momento suficientemente privado, aunque sus gritos se oyeran en todo el local. También es cierto que apenas había nadie en ese momento. Intenté concentrarme en lo sabrosa que estaba nuestra comida, pero no pude evitar mirar cada vez menos de reojo en cada ocasión en la que el chico o el hombre decían algo a sus interlocutores, mezclando frases en inglés con algunas palabras en árabe. «¿Y tú quién eres has dicho? ¿Mi tío? ¡No sabía que tenía un tío tan joven!», decía el chico, cada vez más involucrado en la conversación con aquellos hasta entonces desconocidos. Y el hombre reía, «Sí es verdad que es muy joven para ser tu tío», decía, ya con lágrimas de ternura mientras abrazaba a su hijo, seguramente sintiendo latir la espalda del pequeño en su pecho.

Durante toda aquella conversación aquel hombre y yo nos miramos unas cuantas veces. Yo sonreía casi avergonzado porque no quería meterme donde no me llamaban. No sé si él se daría cuenta de eso, pero en una de las veces en que nuestras miradas se volvieron a cruzar giró el móvil hacia mí con una sonrisa claramente amiga. En la pantalla había una mujer con la cabeza cubierta por un hiyab. Por supuesto, ni ella sabía quién era ese señor alto de Toronto con barba que tenía frente a ella ni yo tenía idea de qué debía decir. El hombre contento gritó a carcajadas: «Es mi familia de Bagdad. Dígale hola, por favor». Saludé a la señora y ella me respondió en inglés con un acento muy marcado. Victoria –que al igual que su hermana ya ha aprendido el vocabulario de los estados de ánimo- señaló hacia el chico y me dijo «¡Papá, papá, niño contento!».

El hombre me preguntó en inglés qué había dicho la niña. Se lo traduje, y mientras el chico volvía hablar con aquella familia a la que no conocía, el padre le dio un beso en la cabeza -casi podría asegurar que se la olió- y le dijo a Victoria: «Sí, niño contento. Y su papá más contento». Y las dos, Victoria y Amelia, se echaron a reír porque les hace mucha gracia comprender a la gente que habla en inglés.

– ¿Cuántos años tienen? –me preguntó.

– Van a cumplir tres.

– Henry tiene ya siete. Hacía más de cinco años que yo no lo veía –dijo, mientras el chico ponía ahora a su abuela al día sobre su comida favorita y otros de esos datos que tanto les gusta saber a las abuelas de todo el mundo.

No es la primera vez que conocemos aquí a alguien que haya estado años sin ver a un hijo. Soraya y yo le miramos y le sonreímos: sabemos que cuando alguien explica algo tan íntimo a un desconocido es muy posible que lo haga porque necesita hacer las paces con la realidad.

«Llegué de Irak hace unas semanas. Estuve en la cárcel unos años porque, bueno, al gobierno no le gustamos los suníes. La política allí… En fin. Mi mujer se vino a Canadá cuando me detuvieron y se trajo al niño con ella. Mi madre esto de internet no lo entiende bien y Henry nunca había podido hablar con su abuela como ahora. Una vecina tiene un smartphone y gracias a ella estamos hablando. Estaba preocupado porque desde que llegué no había sabido nada de ellos, y en Bagdad ha habido unos cuantos atentados estos días. Ahora mismo debería estar trabajando detrás de la barra, pero esta es la única hora a la que mi madre podía conectarse y el jefe me ha dicho que me tome el tiempo que necesite» Entonces miró a Victoria y añadió: «por eso estoy tan contento. Porque estoy aquí con mi hijo y él está hablando con su abuela por primera vez»

Las dos volvieron a reírse. Ya digo que les hace gracia entender a la gente, y aún son tan pequeñas que no han descubierto que hay cosas que ni siquiera los adultos pueden comprender. Amelia se acercó a él y le dio el falafel que tenía en la mano, que es algo que solo hace con la gente que le cae bien. El hombre le dio las gracias, se lo comió, Amelia se volvió a reír y Victoria se puso a celebrar tanta alegría dando vueltas alrededor de la mesa. Henry seguía a lo suyo, cantándole a su familia su canción favorita.

«Nunca me han gustado mucho los falafel, pero aquí cualquier cosa me sabe a gloria», añadió. «Aquí puedo salir a la calle sin tener miedo, allí no podía ni imaginarlo. Antes nos mataba Sadam, luego nos mataban los americanos y ahora nos mata el gobierno este que tenemos o nos matan los del Estado Islámico. Yo no he conocido otra cosa más que vivir con miedo, pero para Henry estando aquí va a ser distinto. Va a crecer como deberían crecer todos los niños del mundo: sin ver cuerpos despedazados en la calle cada día».

Amelia y Victoria empezaron a decir que querían ir al parque, así que nos despedimos de Henry y de su padre, del que no llegamos a saber el nombre. Un rato después, mientras las veíamos ir cogidas de la mano hacia los columpios, su madre y yo seguíamos pensando en algo a lo que llevamos dando vueltas desde hace meses: nosotros somos emigrantes, sí, y a mucha honra. Estamos saliendo adelante y nos sentimos orgullosos de ello. Pero no tenemos ningún derecho a llamarnos refugiados.

Digo esto no solo porque mucha gente confunde ambos términos, sino porque bastantes veces hemos visto y leído a emigrantes llamarse a sí mismos refugiados o exiliados. Imagino que el motivo es el halo de grandeza poética o yo qué sé qué que desprende la palabra cuando pensamos en la historia reciente de España. Refugiado era Machado cruzando la frontera con su maleta húmeda, o los españoles a los que salvó Neruda cuando fletó el Winnipeg. Pero emigrante era el pobre currito anónimo que se marchaba a Alemania con un hato y dos mudas y  claro, puestos a elegir hoy en día es más resultón compararse con el primero.

Pero no. Los que hemos salido de España a buscarnos las castañas no somos refugiados: somos emigrantes. Nuestra vida no corría peligro en nuestro país, nadie quería encarcelarnos ni estábamos amenazados de muerte. Muchos podríamos incluso habernos quedado y habríamos conseguido tirar para adelante, aunque fuera tras muchas penalidades. Pero nuestro gobierno, por muy mal que lo esté haciendo, no nos persigue para matarnos. En otros países sí sucede esto. En demasiados, de hecho. De ahí que un refugiado necesite ayuda de otro país, y de ahí que los países desarrollados necesiten ponerse de acuerdo para conseguir ayudar a esta gente. Soraya, Amelia, Victoria y yo podríamos volver a España si quisiéramos y ya veríamos cómo nos las apañaríamos. Tal como están las cosas no sería fácil, pero podríamos. El padre de Henry no puede, y como ser humano que es necesita un país que le dé aquello que el suyo le niega.

Aquello fue hace unos días. Desde entonces he encontrado noticias que no sé cómo casar con todo esto. He leído que Rusia está bombardeando Siria y que Estados Unidos ha bombardeado un hospital en Afganistán. He leído que en la ciudad donde me he criado hay un partido con representación en el ayuntamiento que critica las ayudas a los refugiados. Que primero hay que ayudar a los españoles, dicen, y luego, si acaso, a los extranjeros, como si la solidaridad y la cooperación se basaran solo en unas líneas puestas en un mapa. He leído también que en Finlandia unos extremistas vestidos del Ku Kux Klan han agredido a unos refugiados, y que en Hungría se ha legalizado que se les detenga, sabiendo que su único delito ha sido recorrerse miles de kilómetros a pie para encontrar un lugar donde poder dormir sin miedo a que su propio gobierno les mate.

Nunca me gustaron demasiado los falafel. Los encuentro un poco pastosos y algo insípidos. Tras escuchar esas risas y ver esa ternura tan de cerca, sin embargo, los comeré con más frecuencia. No es que ahora me vayan a saber a esperanza y felicidad ni cursilerías de esas. Pero la próxima vez que lea según qué noticias en la prensa sabré qué pedir para quitarme el mal sabor de boca.

Amelia y Victoria de la mano

Las dos caras de la moneda

Para Gloria Montero y Yazmín Páez,

porque sin ellas no sería lo que soy.

 Hace ya año y medio que emigramos a Canadá. Un año y medio lleno de nieve y de autobuses, pero sobre todo de triunfos pequeños y grandes. Estamos muy orgullosos de lo que hemos conseguido en este tiempo, pero también tenemos claro que nadie consigue nada sin ayuda. Por eso, más que contar nuestros logros os quiero hablar hoy de los trabajadores sociales y otras profesiones similares en las que normalmente no reparamos cuando pensamos en el desarrollo y el bienestar de un país y sus habitantes. Hoy, por tanto, os voy a presentar a Gloria y Yazmín, dos mujeres extraordinarias que no se conocen pero que tienen muchas cosas en común a pesar de que las historias que voy a contar de una y de otra están separadas por cuarenta años.

Cuando mi madre llegó a Canadá no sabía lo que le esperaba. Era la década de los sesenta y nada más bajar del avión, con mis dos hermanos aún en pañales, comenzó una experiencia digamos complicada que ya os resumí aquí. Ella, al igual que tantos emigrantes que habrán venido a Canadá en todo este tiempo, contactó con un centro comunitario multicultural de los muchos que hay en este país y que son el verdadero lugar de encuentro para los recién llegados. En uno de estos centros consiguió la ayuda necesaria para, entre otras cosas, que alguien cuidara a los niños mientras ella iba a clase de inglés.

Gloria es una australiana encantadora de ojos oscuros y palabras claras a la que mi madre conoció años después, cuando ya había conseguido sacarse un título universitario y conseguir un trabajo para sacar adelante a mis hermanos. Gloria, por tanto, no fue la asesora de mi madre, pero sí quién más le ayudó a entender quién era y qué quería en esta vida. Además de su trabajo en el Centro para Gente de Habla Hispana, centro que ella misma ayudó a fundar, Gloria también era parte activa del comité antifranquista en Toronto. Gracias a ella mi madre entabló amistad con muchos veteranos de las Brigadas Internacionales, descubrió que existían otros tipos de gobierno además de la dictadura, conoció a la viuda de Allende, leyó por primera vez a Lorca, a Machado y a otros autores prohibidos en España…

Algunos diréis que menuda pajarraca esa tal Gloria e incluso habrá quien deje de leer aquí mismo, encolerizado por haber malgastado su tiempo en leer sobre mi madre, una señora que emigró en los sesenta con una mano atrás y otra delante para terminar siendo una roja de esas que le ponían a sus hijos el nombre del Che Guevara. Pero no es ahí donde quiero llegar. Para lo que os quiero contar, hubiera dado igual que Gloria hubiera encaminado a mi madre hacia la apatía política o hacia la presidencia del club de fans de la División Azul. Y es que aparte de la logística, la burocracia y la nostalgia, todo migrante se enfrenta tarde o temprano a la terrible dicotomía de la identidad. A lo largo de su vida, mi madre había sido hija, huérfana, esposa y madre soltera: categorías todas ellas en función de su madre, su padre, su marido y sus hijos. Pero una vez que consiguió su independencia personal y económica tras evitar tener que regresar a la España de los sesenta y convertirse en la mujer abandonada con niños, ¿quién era realmente ella? ¿A qué aspiraba? ¿Quería regresar alguna vez a España o prefería quedarse para siempre en Canadá? Tuvo que ser Gloria, una australiana en Canadá, quien le mostrara la mitad de España prohibida por la otra mitad. Solo así, abriendo el abanico de posibilidades, podría elegir teniendo toda la información necesaria para ello. Y eligió regresar para luchar por una España mejor tras la muerte de Franco.

toronto-baldwin9(Toronto, 1970. Foto: Charles Dobie)

Gloria vive desde hace décadas en Barcelona y se dedica a su pasión de siempre: la escritura. Como todo aquel que desafía profesionalmente al vértigo del folio en blanco, ella sabe dónde hay una buena historia. Durante años, mientras trabajaba en aquel centro, escuchó muchas que merecían la pena ser contadas. Así que pidió permiso a sus protagonistas y en 1977 publicó «The Immigrants», un buen reflejo de la multiculturalidad que ya se respiraba en Canadá en esa época. Entre las muchas historias que hay en ese libro se encuentra la de mi madre, con lo que en casa teníamos un ejemplar que yo siempre miraba de forma casi reverencial cuando era un niño porque, uy, lo había escrito una amiga. Una amiga nuestra que escribía libros, qué locura. Y nosotros teníamos uno, un objeto casi mágico que, además, estaba escrito en inglés y hablaba de nosotros, de nuestra familia. Incluso era posible que hablara de mí. Me recuerdo de pequeño leyendo ese libro a escondidas con un diccionario para desvelar el misterio de mi familia, como un Génesis enigmático del que un niño no alcanza a comprender ni el idioma ni el contenido ni mucho menos un concepto tan grande como el de tener que emigrar para dar una vida mejor a tus hijos.

Pasaron muchos años y fui yo el que se convirtió en escritor, sobre todo gracias a las clases de don Miguel. Estrené mi primera obra de teatro, estrené mi segunda y otras tantas más. Un día, casi treinta años después de que Gloria publicara su libro, mi amiga Déborah Vukušić me pidió que le escribiera un texto teatral para su proyecto de final de carrera de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid, donde yo mismo había estudiado unos años antes. El único requisito era que debía ser una obra para cuatro actrices que girara en torno a la emigración. Acepté, claro, porque con un encargo así era ella quien me estaba haciendo un favor.

Y decidí adaptar «The Immigrants». Era la época de la preburbuja en la que España era un país lleno de posibilidades y de gente que decía que los emigrantes venían a llevarse el dinero. Ahora que sabemos que quienes se llevaron el dinero fueron otros, es posible que muchos de esos patriotas de boca grande y corazón pequeño estén trabajando de quién sabe qué en algún país en el que les llaman gallegos o PIGS o bloody spaniards, y ya no les harán tanta gracia esos motes tipo panchito o machupichu. Pero qué más da. El caso es que por aquella época la emigración era un tema a la orden del día porque éramos un país que, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes, presumía de tener migas de pan en la casaca.

En mi caso, la emigración era un tema conocido pero que me tocaba de lado. Mis padres regresaron a España cuando yo tenía dos años, y todo lo que sabía de su vida en Canadá era de oídas, como sucede con cualquier batallita familiar de la que uno se siente orgulloso solo porque a quien te la contó le brillaban los ojos al hacerlo. Aun así, me sentía bastante concienciado sobre el tema como para afrontar un texto así. En la obra, a la que titulé «Lo que dejé por ti», planteé una doble trama con dos mujeres protagonistas: una de ellas me serviría para tratar el drama del desarraigo y la identidad perdida mientras que la otra se enfrentaría a todo tipo de problemas legales y administrativos. Dos caras distintas para hablar de esas dos grandes cruces a las que se enfrenta todo migrante. El libro de Gloria estaba lleno de testimonios sobre ambos aspectos, y fue un placer doloroso bucear en todos ellos para ponerlos en boca de unos personajes que se relacionaran entre ellos sin que el resultado fuera una mera acumulación de historias. En un momento determinado de la obra, por ejemplo, unas cuantas mujeres coincidían en un locutorio para compartir sus penas cuando la protagonista estaba a punto de tirar la toalla y regresar a casa. La dueña del locutorio entonces le respondía con un texto que alguien le dijo a Gloria allá por los años setenta:

Hace tiempo me llamó alguien de inmigración diciéndome que meses antes había llegado un matrimonio de mi país que no hablaba bien el idioma. Me pidieron que fuera a visitarles porque estaban muy deprimidos con lo que habían encontrado. Cuando llegué a su casa, les vi empaquetando sus cosas. Me dijeron que se volvían, que llevaban tres meses aquí y no aguantaban más. Esperad un momento, les dije, os prometo que de aquí a un año vais a tener un trabajo y una casa y un coche. Quedaos un año y prometedme que cuando tengáis el coche me llevaréis a dar una vuelta a la ciudad. Pensaron que estaba loca, pero el case es que se quedaron. Un día, al año siguiente, llamaron a mi puerta y eran ellos. Venían a visitarme con frecuencia, pero ese día no les esperaba. Les dije que entraran. No, no entramos, eres tú la que tiene que salir, me dijeron. Salí con ellos y me enseñaron su coche nuevo. De segunda mano, pero para ellos como nuevo. Sólo habían venido para cumplir su promesa.

La obra se estrenó hace años y funcionó muy bien, aunque fue una pena que Gloria no pudiera verla por cuestiones de agenda. Hace dos años mi gran amiga Iria Márquez la adaptó para volver a representarla con un grupo de alumnos de teatro, y esta vez ni siquiera yo pude asistir porque acababan de nacer mis hijas. Es un texto al que tengo mucho cariño, por supuesto, y que está disponible por si algún productor está leyendo esto y le pica la curiosidad. Aunque solo sea para darle la alegría a Gloria, claro.

Lo+que+dejé+por+ti+010(Imagen del estreno de «Lo que dejé por ti»)

Pero pasó el tiempo y llegó el día en que tuve que decirle a mi madre, igual que ella se lo dijo a mi abuela, que ahora era yo quien tenía que marcharse a hacer las Américas. Aterrizamos en Canadá los cuatro con nuestras maletas y ahí comenzó nuestra aventura. Bastaron unas pocas semanas para comprender que no todo iba a ser tan fácil como pensábamos en un primer momento. Tras muchas vueltas y revueltas alguien me sugirió acudir a uno de esos centros comunitarios multiculturales que, ¡oh, sorpresa!, seguían existiendo tanto tiempo después. Allí llegué con mis papeles y mis preguntas, y allí conocí a Yazmín Páez, una colombiana de gafas pequeñas y sonrisa grande.

Durante las semanas que me ha llevado escribir este texto en el metro que me lleva al trabajo cada día, he reflexionado mucho sobre este año y medio. Además del (imprescindible) apoyo familiar y de los amigos, hay dos o tres personas sin las que nos hubiera sido imposible salir adelante. Y una de ellas es, sin duda alguna, Yazmín. Ella fue la que nos desentrañó los entresijos burocráticos, quien se informó debidamente para ayudarme ya que mi caso era un poco especial. Yazmín me puso en contacto con unos y con otros e incluso nos trajo a casa regalos de Navidad de parte del centro multicultural: pañales, potitos y juguetes para las niñas que nos vinieron más que bien por aquel entonces, cuando aún no teníamos ingresos de ningún tipo. Pero lo más importante es que supo decirme en cada momento lo que yo necesitaba escuchar. A veces yo llegaba a su oficina ilusionado con un proyecto y ella decía que no me esforzara porque eso no me iba a servir para nada. Otras era yo quien no lo veía claro y Yazmín me animaba a seguir porque veía luz al final de ese camino.

Recuerdo una vez en que estuve tentado de bajar la cabeza y comprar el billete de vuelta para los cuatro. Llevábamos meses allí y no había conseguido trabajo porque con casi cuarenta años mi experiencia laboral previa en Canadá era cero. Había empapelado media ciudad con mi currículum, del que había eliminado previamente mis títulos académicos para que no consideraran que estaba sobrecualificado. Recorrí gasolineras, tiendas de ropa, supermercados, bazares chinos, cafeterías, papelerias, restaurantes… En algunos centros comerciales los dependientes ya me conocían y me deseaban buena suerte cuando me veían aparecer. Pero pasaron semanas y nunca conseguí que me llamaran para ninguna entrevista. Me fui a ver a Yazmín más para desahogarme que para pedirle consejo. Y no sé cómo lo hizo, pero el caso es que consiguió animarme prometiéndome que un día iba a encontrar mi sitio. “Este es un país enorme lleno de posibilidades, solo que las posibilidades aún no te han encontrado a ti. Pero créeme, llevo años trabajando en esto y no eres el primero ni el último en sentirse así. Encontrarás tu sitio”.

Poco después empecé a hacer salchichas y otros trabajos a través de una agencia temporal, pero esta historia ya os la he contado antes. Tuvieron que pasar unos meses aun hasta que, gracias a la ayuda de Yazmín, me inscribí en un evento de networking en el que conocí a Minerva, una española tan encantadora como profesional que trabaja en Centennial College, el college más antiguo de Toronto. Le dejé mi CV (o, como lo llaman aquí, resumé) y al cabo de unos días ya estaba trabajando con ella como asistente de admisión de estudiantes internacionales. Unos meses después de llegar a Centennial me ofrecieron cubrir una baja de maternidad de un año, y ahí es donde estoy ahora. Soy el gerente de la oficina de movilidad exterior y me dedico a enviar estudiantes a otros países para que adquieran experiencia internacional. Lo que es la vida, ¿verdad? Yo, que siempre tuve la espinita de no haber estudiado en el extranjero; yo, que tanto he disfrutado siendo un extraño en países en los que he vivido; yo, emigrante hijo de emigrantes, me dedico a convencer a gente de que lo mejor que puede hacer uno es marcharse un tiempo a otro país. El mismo día en que me dieron mi identificación personal lo celebré, por supuesto, bajándome a la cafetería a comerme una salchicha.

Podría acabar aquí poniendo una imagen de mi oficina con su asiento reclinable y sus fotos de lugares exóticos. Sería un final adecuado para esta aventura, claro, aunque no sería el mejor porque, como he dicho al principio, eso es solo lo que se ve desde fuera. Podría también dar un golpe de efecto diciendo que nos compramos un coche e invitamos a Yazmín a dar una vuelta, como hizo aquel inmigrante en el libro de Gloria. Pero tampoco es eso: el seguro de automóvil es aquí carísimo (hasta cuatrocientos dólares al mes para alguien sin experiencia previa como conductor en Canadá), así que hemos preferido mudarnos a un apartamento en Toronto cerca del metro.

Lo que hice, en cambio, fue escribir a Yazmín para decirle que por fin había conseguido trabajo en lo mío, pero sin especificar más. En educación, en un college. Me respondió enseguida diciendo que se alegraba mucho, que le diera más detalles. Y entonces no respondí por escrito, sino que me acerqué a su oficina para darle la noticia en persona. Ella, que lo último que sabía de mí era que trabajaba horas sueltas en una planta de reciclaje desmontando televisiones, se encontró de repente con mi nueva tarjeta de visita y mi flamante título de gerente en ella.

Un momento tan hermoso se describe por sí mismo, así que os ahorraré las palabras innecesarias. Dejadme decir tan solo que no recuerdo haber dicho nunca un muchas gracias que significara tantas cosas.

Estábamos a finales de noviembre, y en el centro multicultural estaban terminando de preparar los regalos de navidad para todos los recién llegados inscritos allí, igual que el año anterior nosotros habíamos recibido los pañales y todo lo demás. Ese año, además, querían añadir algo más en el paquete de regalos: una carta de alguien que, tras vivir esa incertidumbre, hubiera llegado a buen puerto. Alguien que compartiera su testimonio para pasar el testigo del claro que se puede aunque ahora te cueste creerlo. Tanto Yazmín como su jefa, Jimena, pensaron que yo era el candidato ideal para escribir esa carta. Y la escribí, claro. No la incluyo en este post para no extenderme aún más, pero por si acaso os apetece echarle un vistazo la tenéis aquí.

Me gusta escribir y tengo la suerte de haber recibido cierto reconocimiento por ello. Aparte de mis obras teatrales estrenadas he ganado algún que otro premio literario, he publicado dos libros de poesía, colaboro en Jot Down y espero algún día escribir la palabra “Fin” en esta novela que tengo entre manos. En cuanto a mis textos en primera persona, hace años que (man)tengo este blog y no se me escapa que escribir sobre uno mismo es, ante todo, un desahogo autocomplaciente. Mis últimos textos sobre nuestra vida de emigrantes han tenido cierta repercusión en redes sociales y no puedo negar que eso me provoca cierto placer ombliguista (aunque, siendo esto un blog, quizás la palabra adecuada sería ombloguista). He recibido comentarios de ánimo de familia, amigos y, aún mejor, mensajes de agradecimiento de desconocidos que están en situaciones similares o están tentados de hacer la maleta. Con todo, creo que mi mayor satisfacción como escritor sería conocer a alguien dentro de unos meses que me dijera que gracias a ese texto que escribí para Yazmín decidió darse una oportunidad más y que ahora ha encontrado, por fin, su sitio.

Ser escritor, ya digo, me ha proporcionado satisfacciones de todo tipo. No me cabe duda de que la mejor parte ha sido haber conseguido transmitir a mis lectores cualquier tipo de emoción. Qué poco es todo eso, sin embargo si lo comparo con la enorme satisfacción que deben sentir todos aquellos que trabajan duro para ayudar a otros a encontrar su sitio. Y sobre todo, qué poco reconocimiento obtienen por ello. Gente anónima y sencilla cuyo propósito en la vida es hacer que otras personas vivan más dignamente. Qué sería de nosotros si no existieran los maestros, las enfermeras, los bomberos o los trabajadores sociales, por poner solo algunos ejemplos.

Si cada uno de nosotros tiene un lugar al que pertenecer, personas como Gloria o Yazmín son quienes se encargan de buscar el modo de encajar ese puzzle de dos piezas que somos los emigrantes. Y hoy, desde este humilde blog de otro emigrante más, quiero darles las gracias. A ellas y a todos sus compañeros de profesión en el mundo entero. Por su tiempo y su dedicación. Por ayudarnos a encontrar nuestro camino y, sobre todo, por mostrarnos que somos mucho más fuertes de lo que creíamos.

Todo va a ir bien

(Nota: esta carta la escribí por encargo del centro comunitario multicultural de Brampton (Ontario, Canadá), donde durante meses nos proporcionaron la ayuda necesaria para emprender nuestra nueva vida en este país. Se trata de una carta de motivación para aquellos emigrantes que, como me sucedió a mí, estaban a punto de tirar la toalla al ver que no todo se solucionaba tan rápido como creían. La original, por supuesto, estaba en inglés, pero aquí os dejo la versión traducida por mí mismo)

Llegué a Canadá en agosto del 2013 con mi esposa y nuestras dos gemelas. Por aquella época tenían nueve meses y vinimos desde España para darles su propia habitación. Las cosas en España se habían complicado bastante en los últimos años a causa de la crisis económica, el desempleo había alcanzado límites insospechados y no parecía que las cosas pudieran ir a mejor. El año anterior habíamos vivido con mis suegros, unas personas extraordinarias que nos ayudaron cuando más lo necesitábamos. Pero hacía años que mi mujer y yo soñábamos con irnos a vivir a Canadá, el país en el que nací ya que mis padres fueron también emigrantes en este país. Esa es la razón por la que tanto mis hijas como yo tenemos la nacionalidad canadiense. Como les sucede a muchos inmigrantes que llegan por primera vez a este país, tanto mi esposa como yo tenemos bastante experiencia internacional. Mi hermano, que vive en Brampton, nos ofreció vivir en su casa hasta que pudiéramos encontrar trabajo y casa propia. Todo tenía muy buena pinta, así que ¿por qué no íbamos a arriesgarnos a dar el salto?

Y así lo hicimos. Cogimos nuestros ahorros, metimos en la maleta unos cuantos trastos, nos despedimos de nuestros amigos, dejamos a nuestros padres llorando en el aeropuerto y dimos el salto, como los héroes de una película de aventuras. Mi hermano nos recogió en el aeropuerto y nos ayudó con el papeleo: abrir nuestra primera cuenta de banco, pedir la tarjeta sanitaria… Modifiqué mi CV europeo al estilo del resumé canadiense. Fui a cursos de búsqueda de empleo, conocí a mucha gente y todos me decían lo mismo: aunque yo era canadiense, no tenía experiencia canadiense de ningún tipo. Nunca había estudiado ni trabajado aquí, así que a fines administrativos yo solo era un número en una carpeta. Y lo que tenía que hacer era llenar esa carpeta como fuera. Así que mis dos carreras y mi doctorado valían de poco porque, básicamente, nadie en Canadá podía dar referencias de mí y, seamos sinceros, por muy buenos títulos que tengas nadie va a llamar a otro país para preguntar si eres de fiar.

Además de eso, yo estaba en una extraña zona sin acotar ya que, aun siendo inmigrante recién llegado, técnicamente no lo era por ser canadiense. Eso conllevaba no poder acceder a ningún tipo de ayudas o cursos reservados para inmigrantes. Por si fuera poco, el gobierno canadiense me exigía demostrar tener algún tipo de ingresos para poder comenzar el proceso de esponsorización de mi mujer y así evitar que tuviera que volver a España. Necesitaba desesperadamente cualquier trabajo si no quería que se llevaran a mi mujer a España. Cualquier trabajo.

Mi cuñada y mi mujer llevaban por las mañanas a las gemelas a actividades para niños en un colegio de la zona. Un día regresaron a casa gritando: “¡El próximo día te vienes con nosotras!” “¿Por qué?”, pregunté. “¡Porque en el mismo colegio hay una consejera para recién llegados que cree que, aún con tu situación tan particular, te puede ayudar!” Así que me reuní con ella y esa reunión era justo lo que necesitaba en ese momento de mi vida. Entre otras cosas me sugirió que hiciera cita en el centro comunitario multicultural de Brampton, donde ella trabajaba y desde donde cada día de la semana iba por unas horas a un colegio distinto a ayudar a los padres de los alumnos a arraigarse en Canadá. Me acerqué al centro comunitario, por supuesto. Allí conocí a gente tan maravillosa como Yazmín Páez o Cecille Cansino, que me dieron consejos y valor para enfrentarme a lo que fuera. “Van a ser unos meses duros, lo sé. Pero confía en mí: este es un país maravilloso y al final vas a encontrar tu sitio”.

Estas palabras de Yazmín me acompañaron durante esos meses que, en efecto, fueron un poco duros: me acostumbré a borrar mis títulos académicos de mi resumé para conseguir cualquier trabajo tras haber trabajado como profesor universitario en varios países. Repartí periódicos en la calle a -32º para ganar 70 dólares al mes. Hice entrevistas de trabajo en agencias temporales de dudosa calaña, fui a cursos de venta callejera que básicamente consistían en acosar al peatón hasta convencerle de que se sacara una tarjeta de crédito, me saqué el carnet de manipulador de carretilla elevadora porque en caso de conseguir un puesto de mozo de almacén el sueldo era un poco mejor. Finalmente me aceptaron en una de las mejores agencias temporales de la zona y comencé a realizar trabajos de todo tipo para ellos: hice salchichas en una de las mayores compañías alimentaria de Canadá, empaqueté botellas de plástico, trabajé en una empresa de cartones troquelando y biselando y desmonté televisores en una planta de reciclaje. Todo ello, claro, esperando el autobús cada día en el frío invierno canadiense porque no podíamos permitirnos comprarnos un coche ni menos aún pagar el seguro de automóvil, que puede llegar a 400 dólares al mes para alguien que no tiene experiencia como conductor en Canadá.

Sé que no soy el único que ha vivido todo esto al llegar a este país y entiendo que haya quien piense que estas situaciones son humillantes. Pero no lo son. Tener que dejar de lado mi experiencia previa para empezar de nuevo en otro país en el que no era nadie y en un idioma que no era el mío me ayudó a darme cuenta de que soy mejor y más fuerte de lo que nunca pude imaginar. Y tú, querido amigo, seas quien seas y vengas de donde vengas, sabes que eres suficientemente fuerte para enfrentarte a algo así o a lo que sea en este país frío pero maravilloso. Créeme si te repito las mismas palabras que me dijo Yasmín: encontrarás tu sitio, igual que yo lo he encontrado.

Me llevó un tiempo conseguir experiencia canadiense y por fin pudimos permitirnos alquilar nuestro nuevo apartamento. Unos meses después conseguí un buen trabajo en un College y, por supuesto, nuestras hijas tienen su propia habitación. Ahora tienen dos años y no entienden lo que ha pasado este año, pero cada vez que las veo reír y jugar en su habitación sé que cada minuto en la parada del autobús -o haciendo salchichas, o empaquetando botellas- mereció la pena.

Quién sabe, quizás el año que viene serás tú el que esté escribiendo unas palabras para dar ánimo a los recién llegados. Hace un año jamás se me habría ocurrido que podría ser yo y aquí me tienes, sentado en mi despacho, pidiéndote que no desesperes. Incluso si crees que es imposible y estás a punto de tirar la toalla, créeme: todo irá bien.

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Felicitaciones de Navidad

Para cualquier expatriado, la Navidad es una época del año que no pasa desapercibida. Pasar las fiestas en familia es algo que no todos pueden permitirse, sea por razones económicas, laborales, sanitarias, administrativas o vaya usted a saber por qué. Sea como sea, quienes viven fuera de su país asumen estas fiestas como parte del peaje que se ha de pagar por transitar la carretera del desarraigo. Y no podemos olvidar la tristeza de la familia que se ha quedado en el país de origen: mientras que el expatriado -o inmigrante- suele aprender a (sobre)vivir sin hacerse daño, para la familia la Navidad es un puñadito adicional de impotencia ya que a ellos la ida de su hijo o nieto les fue de algún modo impuesta y no siempre llegan a comprender por qué uno se marcha si en el fondo, ay, cualquier dolor lo es menos con los tuyos cerca.

El caso es que llega esta época y uno se da cuenta del poder terapéutico de las redes sociales. Ya sé que facebook, twitter y demás son también nido de otras muchas cosas menos elogiables, pero yo hoy he venido a hablar de amor y cariño: ojalá mi madre hubiera tenido, cuando emigró hace cincuenta años, las facilidades que tengo hoy en día para comunicarme con unos y otros. En estas semanas me han llegado decenas de mensajes de cariño de parte de gente con la que he tenido la suerte de compartir caricias y lamentos en unas cuantas partes del mundo. Vivo a no sé cuántos miles de kilómetros de donde me crié, pero las benditas redes sociales me han permitido enterarme de que uno de mis mejores amigos está pensando en su posible jubilación y otro ha encontrado trabajo en lo suyo. Ver las fotos de boda en bicicleta de una amiga me ha emocionado casi tanto como saber que alguien muy querido se está recuperando poco a poco de una enfermedad seria.

Algunos dicen que las redes sociales son frías, que son como contenedores de metacrilato en los que metemos nuestras cabezas virtuales de avestruz para no aferrarnos a la vida real, que está esperándonos en la calle con su olor a buenos días y a pan recién horneado. Eso es muy cierto, me temo: yo mismo me he sentido a veces un poco esclavo de la pestaña de menciones y de las actualizaciones de mi muro.

Pero ha sido, ya digo, a veces. Otras cuantas, quizás la mayoría desde que vivo aquí, me ha conmovido el calor humano que hay detrás de esos ciento cuarenta caracteres y de esos estados a los que ponemos un simple “me gusta” porque sería imposible llegar a expresar el agradecimiento que sentimos al comprobar que aquel bolero que decía que la distancia es el olvido mentía como un bellaco. Y es que además de los bits y los algoritmos y las invitaciones para jugar al Candy Crush, las redes sociales están llenas de avatares. Y detrás de los avatares hay gente. Buena gente. Como @juaneckel, por ejemplo, a quien le he robado este tuit para escribir este párrafo. O como @laliliquelee o como @senorcito o como @08181 o tantos otros tuiteros anónimos a los que no tengo el placer de conocer en persona pero cuyos tuits son tan parte inseparable de este año y medio en Canadá como mi experiencia haciendo salchichas.

La distancia no es el olvido, claro que no. Pero, por muy de perogrullo que suene, la distancia siempre es distancia. Y cualquier expatriado sabe que la distancia no se mide en kilómetros ni en millas sino en reuniones de amigos en las que tu silla está vacía. Por eso, porque nos hemos acostumbrado a que ciento cuarenta caracteres o un rato de skype sean el mejor sustituto del tenerse delante y del respirar profundamente durante un abrazo, es necesario recordar cómo hacían nuestros mayores para sosegar esa distancia.

Ayer recibí en mi buzón un sobre que venía desde España. Lo enviaba @tuices, una tuitera a la que he visto ¿dos? ¿tres? veces en mi vida y con la que sin embargo me siento más cercano que con mucha gente con la que he trabajado durante años. La buena de @tuices se había encargado de poner en marcha junto a otros cuantos amigos del tuiter lo que han bautizado como pandillismo postal. Yo les había oído hablar de ello (sería mejor decir les he leído, claro) y no me quedaba muy claro lo que era. Hasta ayer.

El sobre tenía once postales de otros tantos tuiteros amigos. Solo dos de ellos son amigos al uso, de esos con los que he compartido una vida real y por los que sería capaz de hacer [inserte aquí la exageración que le parezca conveniente] si me lo pidieran. A otros cuatro los he visto tantas veces como a @tuices, y a los otros cinco no los conozco en persona. Pero tengo tantas anécdotas de todos ellos que podría escribir los versos más emotivos y ridículos esta noche.

Todos ellos son buena gente de esa que se esconde detrás de un avatar, como lo demuestran sus mensajes de cariño escritos a mano. Con letra urgente, dulce, sonriente. Y todos ellos mandando abrazos y bares desde Madrid, Granada y qué sé yo qué otros sitios. Amigos, sí, que han comprendido mejor que yo mismo que me hacía falta tener en las manos algo que ellos tocaron con sus manos. Un trocito de ellos, aunque sea un trocito en el que han escrito “caca” o dibujado un pene con patas. Y yo ahora intento con estas líneas darles las gracias por esos trocitos, aunque sé que me voy a quedar corto escriba lo que escriba.

Uno sabe que madura cuando comienzan a emocionarle ciertas cosas que siempre pensó que eran para viejos. A mí me pasó la primera vez que lloré viendo “Sonrisas y lágrimas”, una película que odiaba de pequeño, o aquella tarde en que disfruté por primera vez tomando un helado de vainilla y fresa. Por eso ayer maduré un poco cuando descubrí también que las felicitaciones de Navidad de toda la vida (esas que ya nadie manda porque, total, ya está el Internet) son mucho más que una tradición sosa y cursi. Y que los amigos siempre están ahí. En los bares, en las fiestas con sillas vacías, en los algoritmos, en los ciento cuarenta caracteres o en las tarjetas de Navidad.

Ser expatriado significa, literalmente, estar fuera de la patria, que es un concepto muy serio que no tiene que ver con las banderas ni con los pasaportes ni con los topónimos ni con todo eso que te enseñan y te reseñan unos y otros. La patria es donde está la gente querida. Y con gente tan buena, que diría @juaneckel, es imposible sentirse completamente expatriado.

Tarjetas de Navidad Blog

Los duros de mi abuela

En el arranque de Ana Karenina, Tolstoi escribe que todas las familias felices se parecen pero que cada familia infeliz tiene un motivo distinto para ser desdichada. La frase es muy bonita, sí, pero yo no estoy de acuerdo con ella. Al menos con la primera parte. Porque hay muchos motivos muy distintos para ser felices.

Hoy, once de septiembre de 2014, hace diez años que mi esposa y yo nos casamos. Y para celebrarlo quiero contaros la historia más bonita de mi familia. La que más nos hace sonreír. Hay historias más bellas, más intensas y más memorables que esta que os voy a contar. Pero esta es mi historia y como tal es parte de mí. Y por eso quiero compartirla con vosotros.

La protagonista es mi abuela, de quien ya os hablé cuando escribí sobre mi madre aquí. Era una mujer maravillosa a la que jamás oí hablar mal de nadie, igual que jamás he oído a nadie hablar mal de ella. Era, en el sentido más amplio de la palabra, una persona buena. Le tocó una vida complicada, pero siempre supo sonreír porque alguien tenía que hacerlo; y así lo hizo hasta el fin de sus días, cuando ya tenía 94 años y estaba casi ciega.

Allá por los tiempos de la Segunda República, mi abuela y mi abuelo se dedicaban a pelar la pava. Él era alto y espigado y ella tenía unos ojos tan bonitos que era imposible no quedarse mirándolos. Un día en que ambos estaban dando una vuelta un hombre se quedó mirando a mi abuela quizás más tiempo de lo que se consideraba correcto, y mi abuelo se enfadó y comenzó a pedirle explicaciones a mi abuela. Fue una pelea de enamorados en la que ella le intentó explicar que no había hecho nada. Mi abuelo, que debía ser fino, le respondió que la culpa de que la miraran así era suya por tener ojos de puta. Mi abuela, que nunca en su vida se dejó pisar por nadie, le respondió con una frase antológica:

– Pues vete con tu madre, que los tiene de santa.

Y se marchó, dejando a mi abuelo plantado ahí mismo. Estuvieron un tiempo sin hablarse durante el cual él le pidió perdón varias veces. Cuando a mi abuela se le pasó el cabreo se fueron a dar una vuelta al Retiro para arreglarlo. Y allí mismo, en un banco, hicieron las paces. Mi abuelo se puso cabezón con que quería un beso de reconciliación y finalmente mi abuela se lo dio. Pero con tan mala suerte que un guardia les vio y les puso una multa por escándalo público. Un duro de multa. Cinco pesetazas que en aquella época debía ser una cantidad considerable. Mi abuelo había salido de casa sin dinero y fue mi abuela la que tuvo que pagar la multa. Desde entonces, el duro de multa fue una broma de pareja entre ellos dos.

Pasó el tiempo y se casaron. Tras muchos contratiempos nació mi madre y luego mi tío. Mi abuelo fue detenido tras la guerra, y cuando salió cogió una tuberculosis y murió muy pronto. Mi abuela se quedó viuda antes de los cuarenta años y nunca volvió a besar a otro hombre. Siempre le tuvo en su memoria e hizo lo que pudo por sacar a sus hijos adelante.

Pasó aún más tiempo. Nacieron mis hermanos y mi abuela dejó su casa de España para irse a vivir a Canadá y así ayudar a mi madre cuando se quedó sola con ellos. Entonces llegó mi padre, y llegué yo, y mi abuela se quedó a vivir con nosotros para siempre. Tengo muchos recuerdos de ella, pero uno de mis favoritos es que cada vez -cada vez- que mis hermanos o yo le preguntábamos por nuestro abuelo, al que nunca llegamos a conocer, nos contaba cualquier historia para siempre terminar con la misma frase:

– Tú abuelo muy majo, sí. Pero el duro lo tuve que pagar yo. Que nunca se me ha olvidado.

Y entonces le daba un ataque de risa recordando todo aquello. Esa era su forma de echarse las penas a la espalda: con una risa sincera que provenía de lo más profundo de su dolor.

Pasaron muchos más años y conocí a Soraya, mi esposa. Mi abuela ya tenía noventa y un años y, como dije antes, ya estaba casi ciega. Las dos hicieron muy buenas migas desde el mismo día en que se conocieron. Y cuando los nervios de la presentación familiar se pasaron, Soraya y yo nos dimos un beso. Un simple beso de cariño y complicidad. Y ahí empezó todo:

–   ¡Os he pillado! -gritó mi abuela riéndose- ¡Me debéis un duro!

Soraya no sabía de qué iba la historia, claro. Y se quedó más sorprendida aún cuando yo, siguiendo la broma, saqué un duro del bolsillo y se lo di a mi abuela, que comenzó a mondarse de la risa y se marchó a su habitación murmurando que vaya nieto más salado que tenía. Le expliqué a Soraya la historia y le pareció que en esa familia estábamos todos locos. Pero no debió asustarle demasiado, imagino, ya que hoy estoy aquí hablándoos de nuestro décimo aniversario de boda. Así que el duro se convirtió en una tradición entre mi abuela, Soraya y yo. Cada vez que íbamos a casa de mi madre y nos dábamos un beso, mi abuela aparecía como un ninja silencioso y nos exigía el duro. A veces, incluso, yo le decía:

– Abuela, que no tengo cambio y te tengo que dar una moneda de cinco duros. ¿Qué hago? ¿Me devuelves cuatro o me das permiso para darle cinco besos a Soraya?

Yo siempre le pagaba el duro. Religiosamente. Recuerdo que siempre hacía lo que fuera para tener cambio disponible en la cartera y así mantener la broma. Y así lo hicimos durante años, hasta que mi abuela se fue apagando poco a poco y nos dejó, unos meses antes de que Soraya y yo decidiéramos casarnos. No es que fuera la crónica de una muerte anunciada, pero estando casi centenaria todos sabíamos que nos daría el susto un día u otro. Aún así, fue un mal trago que pasamos como pudimos. Mi madre, por ejemplo, no pudo entrar a su habitación durante meses y yo arrastré durante un tiempo cierto complejo de culpa por no haber pasado más tiempo con aquella mujer tan extraordinaria.

El caso es que unos meses después decidimos casarnos. Quien haya pasado por eso sabe el jaleo que es, así que no será necesario explicar la marabunta de cosas en las que hay que pensar. En nuestro caso, y por razones que no vienen a cuento, necesitábamos casarnos en tres o cuatro meses. Y con un verano de por medio, sabiendo que España es un país que cierra en agosto. Sí, se nos ocurrió esa gracia pero en aquel momento tenía mucho sentido. Así que nos pusimos a pensar en cómo diseñar una boda a nuestra medida.

Digo a nuestra medida porque ni Soraya ni yo queríamos casarnos por la iglesia -yo, de hecho, ni siquiera estoy bautizado- y las bodas en el jugado nos parecían y nos siguen pareciendo demasiado burocráticas para nuestro gusto. Como ambos nos dedicábamos al mundo del arte dramático, decidimos que lo mejor era casarnos en un teatro. Montar nuestra boda como la mejor función que jamás hubiéramos representado. Uno de nuestros mejores amigos fue el maestro de ceremonias y otros cuatro ejercieron de padrinos y madrinas. Todos aquellos que alguna vez habían compartido escenario con nosotros estarían en escena, mientras que aquellos familiares y amigos ajenos a la farándula pasarían al patio de butacas. Por supuesto que esa ceremonia no tenía validez legal, así que dos semanas más tarde fuimos con seis u ocho invitados a cierto pueblo a que el alcalde, amigo de un amigo, nos casara.

Pero la ceremonia buena, a la que asistieron casi trescientas personas, fue la del teatro. Y por eso queríamos prepararla pensando en todos los detalles, prescindiendo de protocolos establecidos porque, total, era nuestra obra y la escribíamos, la dirigíamos y la interpretábamos nosotros mismos. Así que nos quedamos con lo que nos gustaba de las bodas al uso y prescindimos de todo aquello que no iba con nosotros. ¿Lectura de un texto de la Biblia o, en todo caso, de un poema de Benedetti? No. Preferimos pedir a unas cuantas personas importantes en nuestras vidas que escribieran unas líneas contando alguna anécdota graciosa nuestra y que las leyeran durante la ceremonia. ¿Vestido de novia? Pues no lo teníamos pensado, pero un día que Soraya iba con su madre por la calle vieron un vestido precioso en una tienda y no se pudieron contener, así que encontramos un frac a juego para mí y tan contentos. ¿Que el novio no vea a la novia vestida de novia hasta el día de la boda? Sí, eso nos parecía algo romántico. Así que lo dejamos. ¿Las arras? No teníamos ni idea de qué demonios era eso de las arras, pero en la familia de Soraya había unas con cierto valor sentimental así que dijimos que bueno, que las buscaran para poder decidir. ¿Aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre»? En absoluto. Quienes teníamos algo que decir, en todo caso, éramos nosotros, así que eso se quedaba fuera. ¿Banquete con las típicas peleas de con quién siento a Fulanito para que no vea a Menganita? A tomar por saco. Un catering con camareros y todos los invitados de pie en un salón de tres pisos, y el que no quiera verse que no se vea. ¿La música? Ni Mendelssohn ni Wagner. La banda sonora de nuestra vida. Soraya eligió la música con la que yo entraba a escena y yo elegí la suya. Y así con todo. Como toda buena obra, hubo programa de mano, cartel y estrellas invitadas. Lo único que nos faltaba para que todo fuera perfecto era mi abuela, que ya hacía un año que había muerto, y a quien le hubiera encantado estar con nosotros y habría iluminado la ceremonia con sus ocurrencias y su buen humor.

Faltaban unas dos semanas cuando recibimos una llamada de mi madre pidiéndonos que fuéramos a su casa a toda prisa. No sabíamos qué era, pero parecía importante. Cuando llegamos nos dijo, riendo y llorando al mismo tiempo, que estaba muy nerviosa con todo lo de la boda, y que para pensar en otra cosa por fin se había decidido a entrar en la habitación de mi abuela. Llevaba todo el día ordenando y tirando trastos y había encontrado algo en el armario que era para nosotros. Y entonces nos dio una bolsita de tela bordada que yo desde niño había visto en casa. La abrimos, y Soraya y yo no nos podíamos creer lo que había dentro.

Eran nuestros duros. Mi abuela los había ido guardando uno a uno cada vez que nos dábamos un beso. Y ahí estaban, casi cien monedas de casi cien multas. Casi cien besos cómplices que mi abuela no quiso que se perdieran.

Y fue entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado las arras ideales para nuestra boda. Dicen que las arras son unas monedas que se entregan como símbolo de la riqueza que se va a compartir. Y mi abuela, que había estado viuda más de la mitad de su vida, nos estaba diciendo desde yo qué sé dónde que no hay mayor riqueza en un matrimonio que los besos impregnados de risas.

Llegó el día de la boda y apenas dos o tres personas sabían la historia. Una de ellas era el maestro de ceremonias al que le pedimos que antes de dar paso a las arras contara la historia por nosotros para que familia y amigos -el público de la mejor obra del mundo- pudieran disfrutar de un momento tan especial. Y así lo hizo, y se produjo uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida. Porque todos los asistentes se pusieron a aplaudir para, de algún modo, agradecerle a mi abuela una lección tan especial.

Así era ella. Genio y figura hasta la sepultura y más allá.

Así que Soraya y yo nos hicimos entrega mutua de aquellos duros tan especiales ante la emoción compartida de nuestras personas más queridas. Y como aquella era nuestra obra y la podíamos representar como quisiéramos, también cambiamos el texto típico de esa escena: mirándonos el uno al otro nos ofrecimos esas monedas en nombre de los besos que íbamos a compartir.

Hoy hace diez años de eso y puedo asegurar que cada día hemos tenido en cuenta la lección de los duros. Ha habido momentos más complicados que otros, por supuesto, pero no hemos olvidado llenar nuestra vida de besos y risas. Cuando hace un año nos vinimos a vivir a Canadá pensamos que era mejor no traernos aquellos duros hasta que no estuviéramos bien asentados. Por nada del mundo queríamos que se perdieran en alguna mudanza o alguna cosa así. Pero ahora que hemos encontrado una casa tan especial aprovecharemos que los padres de Soraya vienen en unas semanas a visitarnos para pedirles que nos traigan la bolsa bordada con los casi cien duros de mi abuela. Porque ya que no sabemos dónde van los besos que no se dan, al menos tener la certeza de que los besos que sí nos dimos -y los que nos quedan por darnos- nos acompañarán para siempre.

04. Commitment Ceremony

Sin hacerse daño

Para @oh_rus.

 Ya hace un año que llegamos a Canadá. Un año desde que mi mujer y yo nos marchamos de España para dar a Amelia y Victoria un futuro digno. Pero futuro digno es un concepto muy abstracto y nuestra historia es una historia concreta, como la de miles de españoles más que han tenido que emigrar. Así que será mejor decir, por ejemplo, que mi mujer y yo nos marchamos de España para darles a Amelia y Victoria una habitación. Hace ya un año por tanto que escribí este post en el que explicaba nuestra situación, asemejándola a una suerte de condena centenaria demasiado común en la historia reciente de España. Ahora, un año después, echo la vista atrás y no puedo dejar de alegrarme al ver el camino recorrido. Me gusta más mirar hacia delante, claro. Sobre todo en la habitación de Amelia y Victoria, donde ahora están sus juguetes, sus camas y sus peluches.

Siempre sonrío cuando entro en esa habitación, porque es la mejor demostración de que lo estamos haciendo bien y que mi mujer y yo hicimos lo que teníamos que hacer. Y sobre todo sonrío al verlas a ellas, y pienso cómo irán creciendo -ellas, que aún no han cumplido dos años- y ocupando más espacio en esas camas que ahora parecen gigantescas a su lado. Las imagino, por ejemplo, volviendo del colegio y tirando sus mochilas sobre el colchón, o leyendo a deshoras bajo las sábanas o haciendo un castillo de almohadas y cojines. Ninguna de estas imágenes es muy original, claro. Ni falta que hace. Me interesa más ser feliz que ser original, y es en estas pequeñas cosas donde radica la felicidad: en las cosas concretas. Imagino que sabéis a lo que me refiero, pero dejadme que os explique.

Hace un año esas camas eran solo una idea. Sabíamos, por supuesto, que algún día Amelia y Victoria tendrían una habitación para ellas y dormirían en unas camas. También imaginábamos que al menos uno de los dos tendría trabajo para que el otro se encargara de las niñas y que por las noches, cuando estuvieran durmiendo, veríamos nuestra serie favorita. No hay nada de extraordinario en esto, al menos en el primer mundo. Una vida de lo más común la que queríamos, como podéis ver. No hay nada de extraordinario y sin embargo hace un año no nos lo podíamos plantear. Hace un año, digo, esas camas eran una idea. Un concepto abstracto, general. Y ahora están delante de mí. Las puedo tocar, me tumbo en ellas. Y nuestro futuro ahora es un poco más concreto porque en él aparecen esas camas y también el sofá azul en el que vemos The good wife, y el conductor de autobús que cada día me saluda cuando voy al trabajo, y los vecinos que nos invitan a las fiestas de cumpleaños de sus hijos y nuestra cerveza canadiense favorita y los columpios de debajo de casa en los que Amelia y Victoria se ríen juntas cuando una se tira por el tobogán y la otra aplaude. Hace unos meses este país era para nosotros un camino por recorrer y hoy ya es un proyecto de vida en el que las cosas tienen una forma concreta y las personas una cara reconocible.

Lo último que escribí en este blog sobre mi vida laboral es que conseguimos independizarnos gracias a que yo había estaba trabajando en una fábrica de salchichas. Esto fue a través de una empresa de trabajo temporal con la que también hice hamburguesas, carne picada, botellas de plástico para líquido de lentillas, envases de cartón e incluso desmonté televisores en una planta de reciclaje. Fue una etapa de mi vida que siempre recordaré con mucho cariño: Canadá es un país de muchas oportunidades, pero para acceder a ellas necesitas tener experiencia laboral canadiense. Eso obliga en muchas ocasiones a hacer una cura de humildad y aceptar cualquier trabajo que encuentres. Imagino que esa cura de humildad habrá quienes la llevarán mejor y otros peor. En mi caso, como ya os dije, me sirvió para sentirme muy orgulloso de mí mismo.

Pero de eso hace ya unos cuantos meses. Ahora trabajo en el departamento de estudiantes internacionales de Centennial College, en Toronto. El college que mayor cantidad de estudiantes internacionales recibe de todo Canadá. Si alguno de los que estáis leyendo esto os planteáis estudiar en Centennial, es muy posible que paséis por mi mesa en algún momento. Así que estoy de nuevo en un entorno laboral que me gusta, que conozco, en el que me muevo con comodidad y para el que sé que valgo. Además de eso, sigo escribiendo para Jot Down, sigo haciendo traducciones, y tengo entre manos algunos proyectos teatrales y literarios que parece que van a salir adelante.

(Lo que son las cosas: el párrafo anterior es el más corto de los que llevo escritos en este post, y es el que más me hubiera gustado leer hace un año)

En los primeros meses fuera de su país, un emigrante se enfrenta simultáneamente a dos aspectos que tiene que solucionar. Por un lado está el aspecto práctico: el trabajo, la vivienda, las facturas, el móvil, el transporte… Todas aquellas cuestiones necesarias para comenzar una nueva vida y que en nuestro caso ya están bien encarriladas. El otro aspecto es el emocional. Es decir, la asimilación de una nueva cultura y el darse cuenta de que para bien o para mal ya no estás en casa. Nunca se escribirá suficiente sobre este aspecto emocional, ya que cada persona lo vive de distinta forma. Hay quienes a los cinco años siguen deseando regresar y quien a los dos meses ya ni se acuerda de dónde venía. Además, es un proceso que en algunos aspectos es más complejo que el tener cubiertas tus necesidades económicas porque, como digo, se vive de forma individual: conozco parejas bien establecidas aquí en los que uno no ve la hora de marcharse y el otro está encantado de la vida, con lo que no siempre se puede contar con el apoyo de la pareja. Por si acaso alguien lo duda, no es este nuestro caso.

Sea como sea, ese sentimiento agridulce y pendenciero al que llamamos morriña suele cobrar gran protagonismo en la vida del expatriado: como ya escribí en este poema, todos los que nos hemos ido a vivir a otro lugar cargamos siempre con la maldición de echar de menos a alguien. Ahora mismo yo estoy en Canadá y echo de menos a mucha de mi gente en España. Pero si alguna vez logro recuperar una vida laboral estable en España sé que echaré de menos a otras cuantas personas que ahora tengo aquí. Es lo que tenemos las personas: que nos encariñamos de otras personas. Yo me enfrenté a esa maldición por primera vez hace unos años, y ahora puedo sonreír con la seguridad del que sabe que está consiguiendo vencerla.

¿Pero cómo es eso, Filardi? ¿Es que acaso ya no echas de menos a toda esa gente imprescindible en tu vida? Sí, pero no. La echo de menos, por supuesto. Pagaría (casi) cualquier cosa por estar ahora mismo tomándome una caña -o comiéndome unas croquetas- con alguna gente que no necesito mencionar, porque ellos saben quiénes son. Gente que estoy seguro que al leer esta misma frase sentirán que les estoy guiñando un ojo cómplice. A algunas de esas personas, incluso, no las conozco en persona sino que han arraigado en mi corazón gracias a las redes sociales. Pero de eso hablaremos otro día con más calma. Lo que quiero decir ahora es que a todas esas personas las echo de menos, pero en este año he aprendido a asumir que casi nadie es imprescindible. Para bien o para mal, por supuesto, y habida cuenta de que en ese casi solo hay lugar para tres personas que viven en mi casa. Yo me marché de España y mi gente sigue su vida, igual que aquí sigue la mía sin ellos. Es cierto que ya no es la misma vida, pues su ausencia es como un pequeño hoyito donde a veces se queda incrustada la arena de la melancolía y de los recuerdos de aquellos tiempos. Ya no es la misma vida, pero es vida a fin de cuentas. Contamos con la tecnología suficiente para estar en contacto, aunque no siempre se dispone del tiempo ni la entereza suficiente como para ponerse a escribir: hay veces que por fatiga, por rutina o por dejarlo para un mejor momento se aplaza el escribir unas palabras para mantener el contacto, pero también es cierto que una verdadera amistad no se desvanece así como así. Todo esto es un poco como aquel terrible tango de Gardel: “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”. Siempre me ha provocado una terrible angustia esa segunda parte de la frase. Y ahora, ay, ya la he comprendido.

Pero no. He dicho ay y no es así. Ay es una palabra reservada a los que sufren, y tengo la suerte de que ese no es el caso. O en todo caso es un ay pequeñito y juguetón. Porque uno es uno y sus circunstancias, y cuando se marcha a otro país cambian las circunstancias. Así que el silogismo está claro: cuando uno se marcha a otro país, uno deja de ser ese yo para convertirse en otro yo distinto. Mi yo está ahora impregnado de una estabilidad laboral que hace años que no tenía, lo que me ayuda a ser el Ernesto más sereno que recuerdo de los últimos años. Especialmente a raíz de este tuit, que es el causante de toda esta parrafada y -aunque suene exagerado- de una buena parte de mi estabilidad en todo esto de lo que estoy hablando.

OhRus

Echar de menos sin hacerse daño. Qué genialidad, ¿verdad? Esa es la clave en todo esto. Ese es el objetivo. Yo no quiero olvidarme de mis amigos ni de mi familia. Claro que no. Me niego a olvidar las cenas multitudinarias de Nochebuena, las gachas de mi suegra, las horas de ensayos o los cafés a deshoras. Pero he asumido la certeza de que es muy posible que no vea crecer a los hijos de mis mejores amigos igual que ellos quizás no verán crecer a mis hijas, o que una de las personas a las que más quiero en este mundo vive en Tokyo y no tengo la más remota idea de cuándo ni dónde volveremos a coincidir. Ya lo veis: escribo estas líneas y no puedo contener las lágrimas al imaginar el abrazo que daré a cualquiera de esas personas cuando pueda volver a verlas.

Pero poco a poco esas lágrimas están dejando de provocarme dolor para convertirse en otra cosa. Ahora son parte de esas nuevas circunstancias en las que me hallo, y por tanto ya son parte de mí. No es ya un dolor, no, sino más bien una pequeña marca que nos caracteriza a los expatriados: aprendemos a llevarnos bien con nuestras nostalgias, igual que otros aprenden a llevarse bien con sus canas, sus estrías, sus lunares o sus manchas de nacimiento. Preferiríamos no tener esas marcas, pero son parte innegable de nosotros.

Y esto es todo lo que puedo contaros, que no es poco. Quizás esperabais otro texto emotivo y melancólico de esos que de vez en cuando me da por escribir, no lo sé. Hoy no traigo nada de eso porque no tengo lágrimas para compartir con vosotros. Solo felicidad. En un año, nuestra vida ha cambiado lo suficiente como para dar gracias por ella: escribo estas líneas en el autobús que me lleva al trabajo, y cuando regrese me iré al parque a encontrarme con mis tres mujeres. Cenaremos allí -al menos mientras dure el buen tiempo-, jugaremos un rato, ellas disfrutarán de los columpios y mi chica y yo con sus risas. Las dos irán diciendo adiós con la manita a los coches y a los aviones de camino a casa, y una vez allí uno las bañará mientras el otro recoge la casa. Se irán a dormir a sus camas y su madre y yo nos tomaremos nuestra cerveza viendo un capítulo más. Después seremos nosotros los que nos iremos a la cama. Pero antes echaremos un último vistazo a la habitación de Amelia y Victoria para verlas dormir, y volveremos a sonreír con la certeza de que lo estamos haciendo bien y que hicimos lo que teníamos que hacer.

Ya lo veis, nada original. Ni falta que hace.

Lago (2)