Excursión

El tren con un retraso de seis horas.
La lluvia os ha pillado por sorpresa
y no tenéis abrigos ni paraguas.
Teresa se ha olvidado el DNI,
Cristina se ha caído y se ha hecho daño,
y a ti la regla se te ha adelantado.
El hostal (que no encuentra la reserva)
está a cuatro kilómetros del mar
cuya playa es de piedras, está sucia,
y con bandera roja por mal tiempo.

Sois tres chicas perdidas en un pueblo
costero, sin parejas y sin padres.
Os miráis y os reís. No imagináis
que pueda haber un plan más deseable.

Federico García Lorca – Charla sobre teatro

Hoy, Día Internacional del Teatro, quiero dejaros el más bello manifiesto teatral que conozco: la ya conocida charla de Federico García Lorca. Que la disfrutéis.

Queridos amigos:

Hace tiempo hice firme promesa de rechazar toda clase de homenajes, banquetes o fiestas que se hicieran a mi modesta persona; primero, por entender que cada uno de ellos pone un ladrillo sobre nuestra tumba literaria, y segundo, porque he visto que no hay cosa más desolada que el discurso frío en nuestro honor, ni momento más triste que el aplauso organizado, aunque sea de buena fe.

Además, esto es secreto, creo que banquetes y pergaminos traen el mal fario, la mala suerte, sobre el hombre que los recibe; mal fario y mala suerte nacidos de la actitud descansada de los amigos que piensan: “Ya hemos cumplido con él”.

Un banquete es una reunión de gente profesional que come con nosotros y donde están, pares o nones, las gentes que nos quieren menos en la vida.

Para los poetas y dramaturgos, en vez de homenajes yo organizaría ataques y desafíos en los cuales se nos dijera gallardamente y con verdadera saña: “¿A que no tienes valor de hacer esto?” “¿A que no eres capaz de expresar la angustia del mar en un personaje ?” “¿A que no te atreves a contar la desesperación de los soldados enemigos de la guerra?”.

Exigencia y lucha, con un fondo de amor severo, templan el alma del artista, que se afemina y destroza con el fácil halago.

Los teatros están llenos de engañosas sirenas coronadas con rosas de invernadero, y el público está satisfecho y aplaude viendo corazones de serrín y diálogos a flor de dientes; pero el poeta dramático no debe olvidar, si quiere salvarse del olvido, los campos de rosas, mojados por el amanecer, donde sufren los labradores, y ese palomo, herido por un cazador misterioso, que agoniza entre los juncos sin que nadie escuche su gemido.

Huyendo de sirenas, felicitaciones y voces falsas, no he aceptado ningún homenaje con motivo del estreno de Yerma; pero he tenido la mayor alegría de mi corta vida de autor al enterarme de que la familia teatral madrileña pedía a la gran Margarita Xirgu, actriz de inmaculada historia artística, lumbrera del teatro español y admirable creadora del papel, con la compañía que tan brillantemente la secunda, una representación especial para verla.

Por lo que esto significa de curiosidad y atención para un esfuerzo notable de teatro.

Doy ahora que estamos reunidos, las más rendidas, las más verdaderas gracias a todos.

Yo no hablo esta noche como autor ni como poeta, ni como estudiante sencillo del rico panorama de la vida del hombre, sino como ardiente apasionado del teatro de acción social.

El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso.

Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera.

El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y del sentimiento del hombre.

Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo; como el teatro que no recoge el latido social, el latido, histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama “matar el tiempo”.

No me refiero a nadie ni quiero herir a nadie; no hablo de la realidad viva, sino del problema planteado sin solución.

Yo oigo todos los días, queridos amigos, hablar de la crisis del teatro, y siempre pienso que el mal no está delante de nuestros ojos, sino en lo más oscuro de su esencia; no es un mal de flor actual, o sea de obra, sino de profunda raíz, que es, en suma, un mal de organización.

Mientras que actores y autores estén en manos de empresas absolutamente comerciales, libres y sin control literario ni estatal de ninguna especie, empresas ayunas de todo criterio y sin garantía de ninguna clase, actores, autores y el teatro entero se hundirá cada día más, sin salvación posible.

El delicioso teatro ligero de revistas, vodevil y comedia bufa, géneros de los que soy aficionado espectador, podría defenderse y aun salvarse; pero el teatro en verso, el género histórico y la llamada zarzuela hispánica sufrirán cada día más reveses, porque son géneros que exigen mucho y donde caben las innovaciones verdaderas, y no hay autoridad ni espíritu de sacrificio para imponerlas a un público al que hay que domar con altura y contradecirlo y atacarlo en muchas ocasiones.

El teatro se debe imponer al público y no el público al teatro. Para eso, autores y actores deben revestirse, a costa de sangre, de gran autoridad, porque el público de teatro es como los niños en las escuelas: adora al maestro grave y austero que exige y hace justicia, y llena de crueles agujas las sillas donde se sientan los maestros tímidos y adulones, que ni enseñan ni dejan enseñar.

Al público se le puede enseñar, conste que digo público, no pueblo; se le puede enseñar, porque yo he visto patear a Debussy y a Ravel hace años, y he asistido después a las clamorosas ovaciones que un público popular hacía a las obras antes rechazadas.

Estos autores fueron impuestos por un alto criterio de autoridad superior al del público corriente, como Wedekind en Alemania y Pirandello en Italia, y tantos otros.

Hay necesidad de hacer esto para bien del teatro y para gloria y jerarquía de los intérpretes. Hay que mantener actitudes dignas, en la seguridad de que serán recompensadas con creces.

Lo contrario es temblar de miedo detrás de las bambalinas y matar las fantasías, la imaginación y la gracia del teatro, que es siempre, siempre, un arte, y será siempre un arte excelso, aunque haya habido una época en que se llamaba arte a todo lo que nos gustaba, para rebajar la atmósfera, para destruir la poesía y hacer de la escena un puerto de arrebatacapas.

Arte por encima de todo. Arte nobilísimo, y vosotros, queridos actores, artistas por encima de todo. Artistas de pies a cabeza, puesto que por amor y vocación habéis subido al mundo fingido y doloroso de las tablas. Artistas por ocupación y preocupación.

Desde el teatro más modesto al más encumbrado se debe escribir la palabra “Arte” en salas y camerinos, porque si no vamos a tener que poner la palabra “Comercio” o alguna otra que no me atrevo a decir.

Y jerarquía, disciplina y sacrificio y amor. No quiero daros una lección, porque me encuentro en condiciones de recibirlas.

Mis palabras las dicta el entusiasmo y la seguridad. No soy un iluso. He pensado mucho, y con frialdad, lo que pienso, y, como buen andaluz, poseo el secreto de la frialdad porque tengo sangre antigua.

Yo sé que la verdad no la tiene el que dice “hoy, hoy, hoy” comiendo su pan junto a la lumbre, sino el que serenamente mira a lo lejos la primera luz en la alborada del campo.

Yo sé que no tiene razón el que dice: “Ahora mismo, ahora, ahora” con los ojos puestos en las pequeñas fauces de la taquilla, sino el que dice “Mañana, mañana, mañana” y siente llegar la nueva vida que se cierne sobre el mundo.

El Día Internacional de la Belleza

Escribo poesía y dirijo teatro. Puede decirse, por tanto, que el mes de marzo es un mes especial para mí, ya que el 21 de marzo es el Día Internacional de la Poesía, y el 27 el del Teatro (lo cual me recuerda que estáis todos invitados al Ambigú Artístico que haremos mañana sábado en el Teatro La Galera de Alcalá de Henares, dentro de la programación de La Noche de los Teatros de la CAM). Me gusta pensar que esta zoociedad se acuerda, al menos un día al año, de semejantes cosas. Luego leo opiniones como la de Rosalía y me doy cuenta de que también tiene razón. Llevo dándole vueltas unos cuantos días y creo que lo mejor que tengo que decir sobre esto ya lo escribí en un blog que terminé abandonando hace tiempo. Así que retomo ese texto descontextualizándolo y volviéndolo a contextualizar para dar hoy mi opinión sobre esto:

A lo largo de mi vida he tenido la suerte de poder viajar bastante, y si algo he podido aprender de todo ello es que quizás la belleza no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás. Quiero decir que en nuestro día a día se está haciendo cada vez más fuerte el odio generalizado, el mal rollo porque sí, la tensión ineludible, el ruin stress que nos corroe, la mala educación, la lucha por la lucha, el sí porque sí o porque no. Pero el hombre no puede sentirse siempre cansado de estar vivo, y en su intento fugaz por huir de la corriente tenebrosa descubre algo (cada cual lo suyo) que le habita, le complementa y le resume. Y así llegamos a la belleza, pues lo que ha caracterizado al Ser Humano a lo largo de la Historia (y hablo de Seres Humanos con mayúsculas y no de hotentotes militarizados que sólo respiran al ritmo de las guerras, que de todo ha habido en este cielo no siempre azul) ha sido la búsqueda permanente de la Belleza, sea en Kyoto, en Alcalá, o en Roma, en Écija, en Boston o Port Moresby. El concepto de Belleza ha ido cambiando a lo largo de los siglos y los lugares, claro, pero que Rubens se hubiera espantado ante las obras de Modigliani o Tomas Luis de Victoria ante las sinfonías de Mahler no cambia nada. No es un tema que tenga que ver con religiones, culturas, nacionalidades, vivencias esotéricas u otras zarandajas. Hablo de que la Belleza, también con mayúsculas, ha sido, es y seguirá siendo una búsqueda innata del Ser Humano: todas las culturas dejan tras de sí una huella que los identifique en un futuro quizás no tan lejano, cuando hayan muerto todos aquellos que vieron cómo se iba levantando aquella obra. Esas huellas, casi siempre dignas de ser recordadas y conservadas, representan el Patrimonio de la Humanidad, que, como bien indica la Unesco, “es nuestro legado del pasado, con el que vivimos hoy, y lo que dejaremos a las generaciones futuras”. De ahí que necesitemos Días Internacionales de la Poesía o del Teatro.

Ahora bien: es tal la amenaza que nos inflige la fealdad absoluta que nos rodea que se ve urgente contraatacar con belleza. Porque no siempre tenemos el tiempo necesario para visitar una catedral gótica o para escuchar a Brahms o para leer a Garcilaso. Ojalá lo tuviéramos, por supuesto. Pero ya que no es así, saquemos de una vez y sin pudor lo bello que hay en nosotros mismos. Me refiero a las palabras tiernas, los exquisitos modales, los buenos momentos compartidos con nuestros más cercanos, el intento cotidiano de ayudar al prójimo sin más, el cambiar la descalificación gratuita por un intento de conversación, el apagar el claxon para siempre, el sonreír sin motivo aparente, el buenos días, el buenas tardes, el buenas noches, el qué guapa vas esta mañana, el qué suerte tenerte a mi lado, el necesita usted algo, el déjeme que le ayude por favor, el gracias cómo se lo agradezco… Todo eso forma parte también -y cómo- de la Belleza. Y todos somos, de algún modo, bellos. O al menos eso quiero creer. A fin de cuentas, ¿qué es el amor sino el deseo de ser uno con aquello que consideramos bello?.

Por eso, porque no seríamos nadie sin ella, hagamos un trato: procuremos desde hoy, o al menos hoy, entregarnos al gozo indescriptible de ser felices y hacer felices con la Belleza, con la de cada uno de nosotros. Porque no cuesta nada y vale mucho. Porque cuando ya no estemos aquí, será ella quien nos avale y nos haga ser recordados. Porque también nuestra propia e intransferible Belleza es lo que dejaremos a las generaciones futuras.

Feliz día de La Poesía. Feliz día del Teatro. Feliz día de la Belleza.

Tanto

Tanto afán de besarte muy despacio,
tanto tiempo sin irnos de verbena,
tanto sólo un cubierto para cena,
tanto ver que en la cama sobra espacio,

tanto soñarte reina en mi palacio,
tanto reloj inmóvil con cadena,
tanto cirio que no vale la pena,
tanto hablar por hablar sin un prefacio,

tanto echarte de menos de improviso,
tanto no acostumbrarme a las costumbres,
tanto hacer de galán sin estandarte,

tanto echarme a llorar sin tu permiso,
tanto domesticar incertidumbres,
tanto futuro en risas para darte.

Temo que vuelvan los tiempos pasados

Temo que vuelvan los tiempos pasados
a herir con sus dudas los besos presentes:
tiempos oscuros de glosas urgentes,
de mares que ahogan, de insomnios llorados.

Temo que vuelvan los tiempos pasados
a hurgar con sus dedos de adioses ardientes:
tiempos furtivos de noches ausentes,
de buenas estrellas, de versos cansados.

Temo que vuelvan los tiempos pasados,
temo que mi temor te intranquilice,

temo que vuelvan los tiempos pasados,
temo que mi temor te atemorice,

temo que vuelvan los tiempos pasados,
temo que mi temor te independice.

Monstruos de infancia



El payaso con dientes afilados,
el ogro comeniños que descansa
bajo la cama, la bruja piruja
con el diablo y el hombre del saco,
el gato del infierno de ojos rojos,
el vampiro escondido tras la sombra,
la sombra reflejada en el espejo,
el espejo en que veo el funeral
del niño que murió haciendo la ouija,
la chica autoestopista de la curva,
Verónica, el espíritu del hombre
que vivió en esta casa hace diez años,
la cabeza cortada sobre el coche
donde, aterrorizada, está la novia
que escucha las noticias por la radio…


La noche es el lugar donde se juntan
monstruos, miedos, fantasmas, fantasías,
leyendas, invenciones y demonios
en un lugar realmente espeluznante:
la puerta del armario que no cierra.


(Siempre llega el remedio más dulce y oportuno:
el padre, sonriendo, trae un vaso de agua.)




Nota: Gracias a todos los que el martes pasado os acercasteis a Bertrand. Fue una tarde preciosa. Aitor, el próximo eres tú.

El ponente ha vuelto

Cuando uno crea una empresa, es necesario hacer un análisis de mercado para ver, básicamente, qué está haciendo la competencia y en qué líos te vas a meter. Cuando uno crea un blog (o bitácora) es más o menos lo mismo, especialmente si es temático. En mi caso, y dado que este blog pretende tratar sobre poesía, me zambullí y sigo zambulléndome en blogs poéticos, algunos de los cuales ya seguía, algunos otros han sido felices descubrimientos.


Otro día haré una clasificación sobre los tipos de blogs que uno puede encontrarse en la blogosfera. Lo que quiero hoy es compartir con vosotros la gran alegría que me he llevado hoy: el regreso de un blog que creí hace tiempo acabado. De hecho, en el listado que podéis encontrar a la derecha con enlaces a algunos de mis blogs favoritos, nunca llegué a incluirlo dado que pensaba que ya no más. Sea como sea, el ponente ha vuelto. Se trata de un blog con poquitas entradas, pero que tiene mucho que ver con mi visión cómica de cómo está el patio serapio de la poesía. Os recomiendo, por tanto, que entréis en él. Como muestra, un botón desternillante que estaba en mi mente mientras hacía esto. Comienza así:




“Tiende el aspirante a poeta, para poder autoconsiderarse como tal, a hablar mucho. Del tiempo, de libros, de fútbol, de la vida y milagros de sus heroes, de la vida y milagros de gente que no conoce, de paises que no podría situar en el globo terraqueo y, generalizando, de todo. La cuestión es pronunciar una palabra más que el resto de interlocutores juntos. Los poetas hablan mucho. No aprecian en su justa medida la tan famosa belleza del silencio. En realidad no es cierto que el silencio sea bello -todos sabemos que el silencio es tenso-, sino que el interés de lo pronunciado suele ser tan escaso que el aprecio por el vacío suele crecer en proporción directa con el número de palabras que el poeta expulsa.

Es justo entonces que, ya que el poeta debe hablar sin descanso, su obra sea condensada en versos breves y poemas minúsculos. La razón es sencilla. Lo bueno, si breve, dos veces bueno. Lo malo, por favor por favor, que sea breve.”




El resto de la entrada está aquí. Se admiten comentarios.


Y ahora me marcho, que en un rato estaré, como ya sabéis, aquí. Espero que vosotros también.

Teseida

El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros

nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer,

del cual nos defendemos espantados.

(Milan Kundera)


…y no se me ocurre nada.

(Joan Manuel Serrat)




El vértigo es la hoja de papel
que espera –blanca y pura- que la estrenen.
Es ella el mar que temen y añoran los marinos.
Es ella el escenario donde el pánico
convive con el ego y el aplauso.
Es ella el ancho bosque donde acechan
los monstruos que me impiden escribirte
los versos que mereces y no he escrito
por miedo, por pereza, por duda o por despiste.

Yo no conozco a nadie que los merezca más,
y sin embargo hay veces –demasiadas-
en que me es imposible concretarme
una imagen de amor, de este amor nuestro
del que estoy tan seguro como de que eres bella.
Y al decir una imagen
quiero decir un tema o un punto de partida
para empezar a hablar de ese misterio
que son tus manos cerca de mis labios.
Pensar en ti o en cómo he de pensarte
o en cómo pensarás que yo te pienso
o si piensas que no pensamos juntos
es todo un laberinto de posibilidades
del que no sé salir siempre: lo reconozco.
No soy tan buen poeta
como para encerrar el firmamento
en un endecasílabo como éste.
Y, sin embargo, sigo recorriendo
tu imagen con palabras y con dedos,
con gestos, con sospechas,
con sílabas contadas, con suspiros,
en busca de ese ovillo, de esa imagen
que me permitirá,
escribirte, por fin, lo que mereces:
unos versos sinceros que condensen mi alma.


Mientras tanto, amor mío, mientras tanto,
tendrás que conformarte
con un poema frío o extraño que, como éste,
tampoco lo consiga, aunque lo intente.


Solución

(Nota: La imagen no es mía, y no he conseguido saber quién la ideó. Si alguien considera que debo quitarla de aquí, sólo tiene que ponerse en contacto conmigo. Y así aprovecharé para darle la enhorabuena)

Del arte de la glosa

Imaginemos por un momento que, más allá de mirarse el ombligo, intentar convertirse en el paradigma de la incomprensión o hacerse un autolewinsky, llega el día insospechado en que un poeta decide (¡oh dioses!) contar algo en un poema. Esta práctica, tan infrecuente como placentera para el poeta y para los lectores (si los hubiere o hubiese), puede realizarse sin problema, siempre que uno sepa, en primer lugar, qué es lo que quiere contar.

Pongamos, por ejemplo, que ese día el poeta ha discutido (una vez más) con la/el que últimamente se ve algo más de lo que en un principio hubiera pensado. Todo comenzó, como suele pasar en estos casos, cuando la/el susodicha/o (por economía lingüística, lo llamaremos a partir de ahora “rollete ido a más”) y el poeta se conocieron en un recital de este último en un bar o similar. Amigos comunes les presentan, hola qué tal, cómo me ha gustado lo tuyo, qué ojos tan bonitos, se nota que has leído a Sylvia Plath, ábrete un poco más, dónde tienes el café… De eso hace unos meses, y el poeta, a pesar de (o quizás debido a) su imagen maldita de despreocupado sentimental, ha descubierto que eso del jijí jajá está muy bien, pero que necesita a alguien cerca a quien poder leerle su última “deconstrucción semántica” o “marginalidad cosmogónica” y a quien abrazar por las mañanas sin tener que verbalizar su miedo humano a la muerte. Pero hace unos días que el rollete ido a más ha entrado en la esfera de otro poeta / poetisa o, incluso, de un o una artista dedicado a otra expresión artística. Un escultor, un percusionista, un grafittero. Y esto a nuestro poeta no le gusta. De hecho, le da bastante por saco. Así que hete aquí que nuestro protagonista, ofendido como pocos, rememora sus felices y lejanos tiempos de BUP o ESO, aquellos días en que todo era fácil y los dolores de amor se reflejaban en los versos esbozados en los separadores de las carpetas. ¡Oh, poemas de carpeta de instituto, cuánto mal y cuánto bien habéis vertido al mundo!

Movido por su afán sentimentaloide, nuestro poeta decide recurrir (¡oh dolor, oh pavor!) a una práctica tan anquilosada y arcaica como la de la rima y, aún peor, a una técnica tan fascista y retrógrada como la de contar sílabas. Y, tras largas horas de sufrimiento y flexión de dedos, llega a parir los siguientes cuatro versos:

Si quieres jugar conmigo
marquemos reglas del juego
para que no te desprecie
si me necesitas luego.

Eso es. De eso se trata. El poeta lo lee, lo relee, se da cuenta de que ha hecho algo con cierto ritmo y cierta musicalidad. Se va a enterar ese rollete ido a más de lo que es bueno. Que se joda. Que aquí estamos mis algosílabos y yo para dar caña.

Pero se le queda corto. Porque él quiere hacer otra cosa. Decir algo más. El mensaje es potente, sí, pero su ira le lleva a más. Él, con todo, quiere demostrar que, como persona civilizada, como poeta de recital, puede domeñar esa ira en cualquier momento. No le valen ahora, por tanto, esos versículos largos del tipo “la bilis fraudulenta que acarreo ante la pose no ensayada”. Tiene que centrarse. Que seguir por donde iba. Porque, fíjate tú qué cosas, esto de los pocosílabos con ritmo y rima le ha dado cierto placer.

De entre sus variopintos libros, el poeta rescata de su estantería un manual de métrica que alguien le compró una vez en la cuesta de Moyanos para hacer la gracia. Lo abre. Está lleno de palabros extraños (hemistiquio, hipérbaton, heptasílabo… ¿por qué todos empiezan con “h”?) Tras un largo rato, descubre que existe un tipo de composición llamado glosa, al que la RAE define como “Composición poética a cuyo final, o al de cada una de sus estrofas, se hacen entrar rimando y formando sentido uno o más versos anticipadamente propuestos.”

Y así, tras varios cafés, múltiples espidifenes y cientos de temas de música indie desoladoramente autodestructiva, nuestro poeta consigue encajar unos cuantas sílabas para explicar, por fin, al rollete ido a más, lo que necesitaba decirle: unos versos sinceros que condensen su alma.

Cariño, me has traicionado
mas bien por partida doble:
yo creía que eras noble
pero te has enamorado
de un muchacho afortunado
que hace tiempo que es tu amigo.
Escucha bien lo que digo:
podemos hacer un pacto,
pero trátame con tacto
si vas a jugar conmigo.

Juega, de acuerdo, a dos bandas
porque, al menos yo, te quiero
y te adoro y te venero
con cada paso que andas,
y sabes que a tus demandas
siempre sin dudar me pliego;
soy tu esclavo, no lo niego,
y tu costumbre es herirme,
mas, para no confundirme
marquemos reglas del juego.

No importa el cómo ni el cuando
de tu respuesta esperada,
pues las penas no son nada
con tus ojos como mando;
seguiré, pues, esperando
siempre que el dolor no arrecie,
que las penas de esta especie
pueden derretir a un hombre:
así que nombra mi nombre
para que no te desprecie.

No me olvides por el día
si eres tú quien me reclama
y me conduce a la cama
buscando mi compañía
cuando te sientes vacía:
aunque maltrates tu ego
no te escondas, te lo ruego,
o ya no podré encontrarte
para quererte y amarte
si me necesitas luego.

El poeta, satisfecho, se lo leyó al rollete ido a más, que decidió abandonarle definitivamente aduciendo que “definitivamente, a este tío se le ha ido la pelota”. Ahora, el rollete ido a más naufraga dos días por semana entre los brazos de un diseñador gráfico que ha vuelto de Japón. Nuestro poeta sigue dando recitales de tarde en tarde, y cuando le preguntan por Sylvia Plath cambia amablemente de tema.


(Nota: el poema original puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento”, publicado por Sial.)