Del arte de la glosa

Imaginemos por un momento que, más allá de mirarse el ombligo, intentar convertirse en el paradigma de la incomprensión o hacerse un autolewinsky, llega el día insospechado en que un poeta decide (¡oh dioses!) contar algo en un poema. Esta práctica, tan infrecuente como placentera para el poeta y para los lectores (si los hubiere o hubiese), puede realizarse sin problema, siempre que uno sepa, en primer lugar, qué es lo que quiere contar.

Pongamos, por ejemplo, que ese día el poeta ha discutido (una vez más) con la/el que últimamente se ve algo más de lo que en un principio hubiera pensado. Todo comenzó, como suele pasar en estos casos, cuando la/el susodicha/o (por economía lingüística, lo llamaremos a partir de ahora “rollete ido a más”) y el poeta se conocieron en un recital de este último en un bar o similar. Amigos comunes les presentan, hola qué tal, cómo me ha gustado lo tuyo, qué ojos tan bonitos, se nota que has leído a Sylvia Plath, ábrete un poco más, dónde tienes el café… De eso hace unos meses, y el poeta, a pesar de (o quizás debido a) su imagen maldita de despreocupado sentimental, ha descubierto que eso del jijí jajá está muy bien, pero que necesita a alguien cerca a quien poder leerle su última “deconstrucción semántica” o “marginalidad cosmogónica” y a quien abrazar por las mañanas sin tener que verbalizar su miedo humano a la muerte. Pero hace unos días que el rollete ido a más ha entrado en la esfera de otro poeta / poetisa o, incluso, de un o una artista dedicado a otra expresión artística. Un escultor, un percusionista, un grafittero. Y esto a nuestro poeta no le gusta. De hecho, le da bastante por saco. Así que hete aquí que nuestro protagonista, ofendido como pocos, rememora sus felices y lejanos tiempos de BUP o ESO, aquellos días en que todo era fácil y los dolores de amor se reflejaban en los versos esbozados en los separadores de las carpetas. ¡Oh, poemas de carpeta de instituto, cuánto mal y cuánto bien habéis vertido al mundo!

Movido por su afán sentimentaloide, nuestro poeta decide recurrir (¡oh dolor, oh pavor!) a una práctica tan anquilosada y arcaica como la de la rima y, aún peor, a una técnica tan fascista y retrógrada como la de contar sílabas. Y, tras largas horas de sufrimiento y flexión de dedos, llega a parir los siguientes cuatro versos:

Si quieres jugar conmigo
marquemos reglas del juego
para que no te desprecie
si me necesitas luego.

Eso es. De eso se trata. El poeta lo lee, lo relee, se da cuenta de que ha hecho algo con cierto ritmo y cierta musicalidad. Se va a enterar ese rollete ido a más de lo que es bueno. Que se joda. Que aquí estamos mis algosílabos y yo para dar caña.

Pero se le queda corto. Porque él quiere hacer otra cosa. Decir algo más. El mensaje es potente, sí, pero su ira le lleva a más. Él, con todo, quiere demostrar que, como persona civilizada, como poeta de recital, puede domeñar esa ira en cualquier momento. No le valen ahora, por tanto, esos versículos largos del tipo “la bilis fraudulenta que acarreo ante la pose no ensayada”. Tiene que centrarse. Que seguir por donde iba. Porque, fíjate tú qué cosas, esto de los pocosílabos con ritmo y rima le ha dado cierto placer.

De entre sus variopintos libros, el poeta rescata de su estantería un manual de métrica que alguien le compró una vez en la cuesta de Moyanos para hacer la gracia. Lo abre. Está lleno de palabros extraños (hemistiquio, hipérbaton, heptasílabo… ¿por qué todos empiezan con “h”?) Tras un largo rato, descubre que existe un tipo de composición llamado glosa, al que la RAE define como “Composición poética a cuyo final, o al de cada una de sus estrofas, se hacen entrar rimando y formando sentido uno o más versos anticipadamente propuestos.”

Y así, tras varios cafés, múltiples espidifenes y cientos de temas de música indie desoladoramente autodestructiva, nuestro poeta consigue encajar unos cuantas sílabas para explicar, por fin, al rollete ido a más, lo que necesitaba decirle: unos versos sinceros que condensen su alma.

Cariño, me has traicionado
mas bien por partida doble:
yo creía que eras noble
pero te has enamorado
de un muchacho afortunado
que hace tiempo que es tu amigo.
Escucha bien lo que digo:
podemos hacer un pacto,
pero trátame con tacto
si vas a jugar conmigo.

Juega, de acuerdo, a dos bandas
porque, al menos yo, te quiero
y te adoro y te venero
con cada paso que andas,
y sabes que a tus demandas
siempre sin dudar me pliego;
soy tu esclavo, no lo niego,
y tu costumbre es herirme,
mas, para no confundirme
marquemos reglas del juego.

No importa el cómo ni el cuando
de tu respuesta esperada,
pues las penas no son nada
con tus ojos como mando;
seguiré, pues, esperando
siempre que el dolor no arrecie,
que las penas de esta especie
pueden derretir a un hombre:
así que nombra mi nombre
para que no te desprecie.

No me olvides por el día
si eres tú quien me reclama
y me conduce a la cama
buscando mi compañía
cuando te sientes vacía:
aunque maltrates tu ego
no te escondas, te lo ruego,
o ya no podré encontrarte
para quererte y amarte
si me necesitas luego.

El poeta, satisfecho, se lo leyó al rollete ido a más, que decidió abandonarle definitivamente aduciendo que “definitivamente, a este tío se le ha ido la pelota”. Ahora, el rollete ido a más naufraga dos días por semana entre los brazos de un diseñador gráfico que ha vuelto de Japón. Nuestro poeta sigue dando recitales de tarde en tarde, y cuando le preguntan por Sylvia Plath cambia amablemente de tema.


(Nota: el poema original puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento”, publicado por Sial.)

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6 pensamientos en “Del arte de la glosa

  1. Ideas carcas:

    1. Profesión: ¿por qué se reconoce como oficio el de pintor, actor, director de cine, compositor, pero no el de poeta? ¿Por qué se asocia peligrosamente con la pedantería, cursilería o con el gafapasterío más contumaz? Quizás por:
    2. La materia prima: El querer decir algo, y que todos poseamos la capacidad de hacerlo a través del lenguaje, no basta para ponernos a aporrear el enter y el tab de forma aleatoria y venderlo como poesía. (Si no queremos venderlo, sí basta). Se requiere, al dedillo:
    3. La técnica: que no es más que contar sílabas y pies acentuales, incluso para que parezca que no se cuentan; vamos, lo que hace que la poesía lo sea. Y hay que controlar y usar descaradamente a los clásicos, que siempre saben hacerlo mucho mejor y es una delicia leerlos. Con nuestro carnet de poeta, podemos exigir ya la:
    4. Institucionalización: necesitaríamos un Museo Nacional de Poesía Contemporánea, una Dirección General de la Métrica Española del Ministerio de Cultura, una Real Academia de Sonetos de San Fernando, la Noche Poemática, la Versoteca Española, el Archivo General de la Versificación, unos estudios de grado de Comunicación Audiosilábica; todo esto, como mínimo y para ir empezando. Que ha de ser compatible:
    5. Con la extraordinaria sencillez cotidiana de quien cuenta las sílabas porque lo que quiere decirnos no sale de otra manera; y eso que nos dice resulta ser algo maravillosamente intrascendente, algo que no es necesario para vivir, pero sí para hacerlo con menos color gris.

  2. ¿Con quién te has peleado? Eso no es bueno, y además tu eres el mejor. Mucha envidia suelta. Tus últimos poemas me han hecho retroceder a la niñez…y sobre todo con un cariño por aquel tiempo de carpetas y versos de instituto. Kisses

  3. Vengo a buscar el regalo
    que me dejaste ayer
    en un interesante comentario
    en la Librería de Javier….

    Perdón por esta presentación tan…. tan….¿pueril?… era para romper el hielo!!!
    Me he ruborizado al pensar que los ojos de un poeta habían leído mi comentario sobre mi distanciamiento con la poesía moderna.
    Y ahora me siento un poco ridícula.
    Pero me ha encantado imaginarte a ti también enrojecido al leer nuestros comentarios, pensando ¿qué sabrán éstos? jajajaja

    Leo mucho en prosa, pero hace mucho que no leo poesía. Y cuando lo hago siempre recurro a los clásicos.

    Pero bueno,…. quizás aún esté a tiempo de cambiar estos hábitos.
    Me ha gustado visitar esta página y algunos de tus poemas que acabo de leer.
    Y me ha encantado el enlace y las palabras del “ponente”.

    Asi es que, con tu permiso y si consigo volver a la poesía, quizás vuelva.

    Un saludo!!

  4. Ves como vales mucho…? Y tu me preguntas ¿porque soy poeta…? Hace muchos años otro poeta escribió: “Y tu me lo preguntas…? Poesía eres tu.

  5. Hola Mari,

    Muchísimas gracias por visitar mi página. He de decirte que yo también acudo bastante a los clásicos, porque creo que ya todo está inventado desde hace tiempo. Pero si esta y otras páginas pueden ayudarte a que veas con otros ojos algo de la poesía contemporánea, pues todos contentos.

    Un saludo,

    Ernesto

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