Teseida

El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros

nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer,

del cual nos defendemos espantados.

(Milan Kundera)


…y no se me ocurre nada.

(Joan Manuel Serrat)




El vértigo es la hoja de papel
que espera –blanca y pura- que la estrenen.
Es ella el mar que temen y añoran los marinos.
Es ella el escenario donde el pánico
convive con el ego y el aplauso.
Es ella el ancho bosque donde acechan
los monstruos que me impiden escribirte
los versos que mereces y no he escrito
por miedo, por pereza, por duda o por despiste.

Yo no conozco a nadie que los merezca más,
y sin embargo hay veces –demasiadas-
en que me es imposible concretarme
una imagen de amor, de este amor nuestro
del que estoy tan seguro como de que eres bella.
Y al decir una imagen
quiero decir un tema o un punto de partida
para empezar a hablar de ese misterio
que son tus manos cerca de mis labios.
Pensar en ti o en cómo he de pensarte
o en cómo pensarás que yo te pienso
o si piensas que no pensamos juntos
es todo un laberinto de posibilidades
del que no sé salir siempre: lo reconozco.
No soy tan buen poeta
como para encerrar el firmamento
en un endecasílabo como éste.
Y, sin embargo, sigo recorriendo
tu imagen con palabras y con dedos,
con gestos, con sospechas,
con sílabas contadas, con suspiros,
en busca de ese ovillo, de esa imagen
que me permitirá,
escribirte, por fin, lo que mereces:
unos versos sinceros que condensen mi alma.


Mientras tanto, amor mío, mientras tanto,
tendrás que conformarte
con un poema frío o extraño que, como éste,
tampoco lo consiga, aunque lo intente.


Anuncios

Solución

(Nota: La imagen no es mía, y no he conseguido saber quién la ideó. Si alguien considera que debo quitarla de aquí, sólo tiene que ponerse en contacto conmigo. Y así aprovecharé para darle la enhorabuena)

Del arte de la glosa

Imaginemos por un momento que, más allá de mirarse el ombligo, intentar convertirse en el paradigma de la incomprensión o hacerse un autolewinsky, llega el día insospechado en que un poeta decide (¡oh dioses!) contar algo en un poema. Esta práctica, tan infrecuente como placentera para el poeta y para los lectores (si los hubiere o hubiese), puede realizarse sin problema, siempre que uno sepa, en primer lugar, qué es lo que quiere contar.

Pongamos, por ejemplo, que ese día el poeta ha discutido (una vez más) con la/el que últimamente se ve algo más de lo que en un principio hubiera pensado. Todo comenzó, como suele pasar en estos casos, cuando la/el susodicha/o (por economía lingüística, lo llamaremos a partir de ahora “rollete ido a más”) y el poeta se conocieron en un recital de este último en un bar o similar. Amigos comunes les presentan, hola qué tal, cómo me ha gustado lo tuyo, qué ojos tan bonitos, se nota que has leído a Sylvia Plath, ábrete un poco más, dónde tienes el café… De eso hace unos meses, y el poeta, a pesar de (o quizás debido a) su imagen maldita de despreocupado sentimental, ha descubierto que eso del jijí jajá está muy bien, pero que necesita a alguien cerca a quien poder leerle su última “deconstrucción semántica” o “marginalidad cosmogónica” y a quien abrazar por las mañanas sin tener que verbalizar su miedo humano a la muerte. Pero hace unos días que el rollete ido a más ha entrado en la esfera de otro poeta / poetisa o, incluso, de un o una artista dedicado a otra expresión artística. Un escultor, un percusionista, un grafittero. Y esto a nuestro poeta no le gusta. De hecho, le da bastante por saco. Así que hete aquí que nuestro protagonista, ofendido como pocos, rememora sus felices y lejanos tiempos de BUP o ESO, aquellos días en que todo era fácil y los dolores de amor se reflejaban en los versos esbozados en los separadores de las carpetas. ¡Oh, poemas de carpeta de instituto, cuánto mal y cuánto bien habéis vertido al mundo!

Movido por su afán sentimentaloide, nuestro poeta decide recurrir (¡oh dolor, oh pavor!) a una práctica tan anquilosada y arcaica como la de la rima y, aún peor, a una técnica tan fascista y retrógrada como la de contar sílabas. Y, tras largas horas de sufrimiento y flexión de dedos, llega a parir los siguientes cuatro versos:

Si quieres jugar conmigo
marquemos reglas del juego
para que no te desprecie
si me necesitas luego.

Eso es. De eso se trata. El poeta lo lee, lo relee, se da cuenta de que ha hecho algo con cierto ritmo y cierta musicalidad. Se va a enterar ese rollete ido a más de lo que es bueno. Que se joda. Que aquí estamos mis algosílabos y yo para dar caña.

Pero se le queda corto. Porque él quiere hacer otra cosa. Decir algo más. El mensaje es potente, sí, pero su ira le lleva a más. Él, con todo, quiere demostrar que, como persona civilizada, como poeta de recital, puede domeñar esa ira en cualquier momento. No le valen ahora, por tanto, esos versículos largos del tipo “la bilis fraudulenta que acarreo ante la pose no ensayada”. Tiene que centrarse. Que seguir por donde iba. Porque, fíjate tú qué cosas, esto de los pocosílabos con ritmo y rima le ha dado cierto placer.

De entre sus variopintos libros, el poeta rescata de su estantería un manual de métrica que alguien le compró una vez en la cuesta de Moyanos para hacer la gracia. Lo abre. Está lleno de palabros extraños (hemistiquio, hipérbaton, heptasílabo… ¿por qué todos empiezan con “h”?) Tras un largo rato, descubre que existe un tipo de composición llamado glosa, al que la RAE define como “Composición poética a cuyo final, o al de cada una de sus estrofas, se hacen entrar rimando y formando sentido uno o más versos anticipadamente propuestos.”

Y así, tras varios cafés, múltiples espidifenes y cientos de temas de música indie desoladoramente autodestructiva, nuestro poeta consigue encajar unos cuantas sílabas para explicar, por fin, al rollete ido a más, lo que necesitaba decirle: unos versos sinceros que condensen su alma.

Cariño, me has traicionado
mas bien por partida doble:
yo creía que eras noble
pero te has enamorado
de un muchacho afortunado
que hace tiempo que es tu amigo.
Escucha bien lo que digo:
podemos hacer un pacto,
pero trátame con tacto
si vas a jugar conmigo.

Juega, de acuerdo, a dos bandas
porque, al menos yo, te quiero
y te adoro y te venero
con cada paso que andas,
y sabes que a tus demandas
siempre sin dudar me pliego;
soy tu esclavo, no lo niego,
y tu costumbre es herirme,
mas, para no confundirme
marquemos reglas del juego.

No importa el cómo ni el cuando
de tu respuesta esperada,
pues las penas no son nada
con tus ojos como mando;
seguiré, pues, esperando
siempre que el dolor no arrecie,
que las penas de esta especie
pueden derretir a un hombre:
así que nombra mi nombre
para que no te desprecie.

No me olvides por el día
si eres tú quien me reclama
y me conduce a la cama
buscando mi compañía
cuando te sientes vacía:
aunque maltrates tu ego
no te escondas, te lo ruego,
o ya no podré encontrarte
para quererte y amarte
si me necesitas luego.

El poeta, satisfecho, se lo leyó al rollete ido a más, que decidió abandonarle definitivamente aduciendo que “definitivamente, a este tío se le ha ido la pelota”. Ahora, el rollete ido a más naufraga dos días por semana entre los brazos de un diseñador gráfico que ha vuelto de Japón. Nuestro poeta sigue dando recitales de tarde en tarde, y cuando le preguntan por Sylvia Plath cambia amablemente de tema.


(Nota: el poema original puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento”, publicado por Sial.)

Con cara de (casi) lunes

Hoy es domingo. En la parte inferior derecha de esta pantalla que tengo delante veo que son las 21.24. Imagino que muchos de vosotros estaréis de acuerdo conmigo en que este momento del día es uno de los peores de la semana: la tarde-noche del domingo. Ese momento en el que es demasiado tarde para hacer nada porque al día siguiente es lunes, pero a la vez quieres hacer algo especial para terminar de aprovechar el finde.


A mí se me ha ocurrido que, tras unos cuantos días con el blog, debería escribir algo para comentar cuál es mi intención, qué pretendo hacer en/con él… Pero es domingo, ha sido un día largo con ensayo incluído, y, de verdad, no se me ocurre nada. Dejemos esa idea para más adelante. De momento, os dejo otro poema con el que, por ejemplo, podemos recordar todo lo que volveremos a encontrarnos a partir de mañana lunes. Se trata de una versión ampliada de un poema que está publicado en Penúltimo momento:




Trabajar sin llevar trabajo a casa,
¿hoy cómo voy? ¿en tren, en bus o en coche?
cumplir con el reparto de tareas
domésticas, pensar en hacer compra,
aguantar al pesado del casero
que siempre se despide con piropos
groseros y poco imaginativos,
tragar cola en el súper y el cajero,
comprar los suplementos de cocina,
contar las calorías, los hidratos, descartando
las grasas saturadas y el azúcar,
comer, alimentarte, hacer la cita
para el chequeo, el médico, el dentista,
el ginecólogo, el taller, la pelu,
revisar las facturas, los recibos
del banco, de la luz, llevar las cuentas
escribiendo, añadiendo, comprobando
las notas de la agenda que no acaba,
poner la lavadora sin pasarse
de jabón, ocupar los todo a un euro,
echar la primitiva, hablar del tiempo
con los vecinos, gracias, hasta luego,
pensar en la comida de mañana,
temerse lo peor al cocinar
con olla exprés, abrirla sin quemarse,
hola mi amor, contar qué tal tu día,
saber qué tal el suyo, consolarle
si fuera necesario, ver la tele
mientras cenáis, llamar a tus amigas,
llevarse bien con todas aclarando
tontos malentendidos cotidianos,
¿podré por fin dormir mis ocho horas?
cerrar (de nuevo) el bote del champú,
desmaquillarte bien, la mascarilla,
la cera, la hidratante, la antiestrías,
limpiar con litros de agua oxigenada
la sangre de la regla de las bragas
mientras él friega y tiende, sacar tiempo
para poder leer esa novela
que te ha recomendado todo el mundo,
echar un polvo, hablar de vuestros planes
y dormirte en su pecho, imaginando
que va a llegar un día en que, de pronto,
todo tendrá sentido y será fácil.

Lectura en Bertrand

El próximo 16 de marzo, martes para más señas, un servidor de ustedes tendrá el placer de compartir un rato poético con unos buenos amigos y mejores escritores. Ahora, además, tengo el placer de invitaros a todos.

La librería Bertrand está en el centro comercial Alcalá Magna de Alcalá de Henares.

¿Nos vemos, pues, allí?