El Barroco no es un coco

Algunos de vosotros ya conocéis el podcast llamado “La palabra con tapas“, que cada semana ¿hacen? ¿perpetran? Sergio y Fran. Se trata de un programa divertido y didáctico (sí, en efecto, se puede ser las dos cosas a la vez) en el que, entre otras secciones, se hace un repaso a la Literatura Universal.

La semana pasada asistí como invitado para hablar del Siglo de Oro Español, especialmente del teatro. Y nos dedicamos a destrozar mitos falsos, como que es algo aburrido, de difícil comprensión y machista.

Si alguien tiene media horita libre, sólo tiene que pinchar aquí:

http://www.ivoox.com/palabra-tapas-rompiendo-mitos_md_290106_1.mp3″ Ir a descargar

Filología

Se me ha ocurrido un verso
con el que comenzar otro poema:

“Parece que mis manos no cantan ya tu nombre.”

Releo veinte veces ese verso
y advierto en él mil cosas, a saber:
es un alejandrino temeroso
que quiere ser solemne y un tanto melancólico,
implica aceptación de la derrota,
y en tono (o pseudotono) de elegía
planea la sospecha de un ambiente
algo metapoético, algo snob
tipo “yo leo a Borges y a Kavafis”;
pero a la vez mantiene un equilibrio
entre mi “yo” que es físico (mis manos)
y tu “yo” que es etéreo (tu nombre).
Ya ves, después de todo es increíble
que la filología nos sirva para algo.

Ahora vuelvo a leer estos catorce
últimos versos, y, sin más, constato
que quizá ante la duda de ser poco profundo
o en la total certeza de que ése es mi defecto,
hago lo que sé hacer mejor: hablar
y hablar y hablar y hablar y hablar de nada,
pero en endecasílabos y otros versos medidos
donde unir mi ironía y mi elegancia
(de hecho, si te fijas, van nueve más con éste).

Vuelvo a leerlo todo, y me pregunto
si podré terminar este poema
diciendo, sin rodeos, lo que quise
decir desde el principio:
parece que mis manos no cantan ya tu nombre,
y aunque le echo la culpa a no estar inspirado,
al stress, al trabajo o a quién sabe qué cosa,
me aterra descubrir que la razón
puede ser más sencilla.

Gracias a todos

Desde que, hace unos días, me anunciaron que soy finalista de los Premios Mayte, no he dejado de repetir a todo el mundo, lugares comunes aparte, que, con semejante lista de nominados, el verdadero premio es la nominación.

Pero cuando reviso el blog, el correo o el facebook, me doy cuenta de que estaba equivocado. El verdadero premio es tener los amigos que tengo. Muchísimas gracias a todos por vuestros mensajes. Comprenderéis que no tengo tiempo para responderos uno a uno, así que, por favor, aceptad esta breve nota como abrazo y/o caña virtual hasta que nos vayamos encontrando y pueda ser un abrazo y/o caña real.

Eso sí: no dejéis de visitar el blog, que iré informando de lo que vaya pasando.

Mil besos y, de nuevo, mil gracias.

Finalistas del XXXIX Premio Mayte de Teatro

El pasado lunes 24 de Mayo de 2010, tuvo lugar en Madrid, en las instalaciones del Hotel Quinta de Los Cedros, la reunión anual del jurado del Premio Mayte de Teatro, compuesto en esta trigésimo novena edición por don Antonio Gala como presidente y como vocales, don José Maria Álvarez del Manzano, doña Victoria Rodríguez, Doña Rosana Torres, don Juan Ignacio García Garzón, don Florentino López Negrín, don Ramón Pernas, don Raúl del Pozo, don José Luis Balbín, don Andrés Peláez, don Luis Alberto de Cuenca, don Juan José Alonso Millán, y don Luis Aguado Castillo como secretario sin voto.

Como es costumbre y tras arduas deliberaciones, el jurado falló a favor de los doce finalistas que optarán al XXXIX Premio Mayte de Teatro, correspondiente al hecho teatral más destacado de entre las obras estrenadas en Madrid durante el año 2009, siendo los elegidos en esta ocasión:

Juan Carlos Pérez de la Fuente por “Angelina o el honor de un brigadier”
Mª Fernanda de D´Ocon por “Mi hijo y yo”
Carlos Hipólito por “Glengarry Glen Ross”
Chete Lera por “Angelina o el honor de un brigadier”
Ernesto Filardi por “La niña de plata
Pedro Villora “El juglar del Cid”
Héctor Colomé por “Dos Delirios”
Ginés García Millán por “Glengarry Glen Ross”
Pepe Viyuela por “El pisito”
Blanca Portillo por “Hamlet”
Miguel del Arco “La función por hacer”
Josep María Flotats por “El Encuentro de Descartes y el Joven Pascal”

La generación instantánea

Ayer leí en El País un artículo de Francesc Miralles que comenzaba así:

Tanto antes de la crisis como durante la crisis, la sociedad del derroche ha penetrado hasta tal punto en todos los aspectos de nuestra vida, que el consumo compulsivo ya no se limita a lo que adquirimos en las tiendas. El consumismo se ha trasladado a las relaciones sentimentales, cada vez más efímeras, por no hablar de nuestra sufrida agenda diaria, que sobrecargamos de compromisos y actividades. Consumimos tiempo y recursos en una carrera alocada contra el ritmo natural de las cosas.

Todo lo queremos instantáneo. Antes, preparar un café en casa era un ritual que implicaba desenroscar la cafetera, llenar el filtro de café molido, volverla a cerrar, esperar a que el fuego hiciera emerger el café con un sonido inconfundible… Hoy ponemos una cápsula en la máquina y obtenemos en cuestión de segundos un café instantáneo.

El problema no es el café, sino que esta misma urgencia domina el resto de ámbitos de nuestra vida.

Se trata de un artículo que me dio mucho que pensar. Os sugiero que pinchéis aquí y lo leáis completo. Y, a ser posible, hacedlo mientras escucháis esta canción. El video no es necesario.

Regreso

Vengo para arrugar tus manos
como la tristeza en los camisones.
(Déborah Vukusic)

Si no hubiera tu boca de libélula
ni suspiros que quiebren las pendientes;
si acaso nuestros brindis fueran suelo
en que, ebrios, bailáramos sobre mil cascabeles,
y los nichos dejasen de alojar nuestro idioma.
O que fuera posible no soñarte
allá, por las colinas, con banderas roídas
por el fuego, los peces y tu vientre,
por tarántulas negras y por panes,
por olivos, por charcos, por iglesias
y por niños que silban viejos valses.
Si pudiera jurarme en dos segundos
otro credo profano entre tinieblas,
o esbozarte con ríos cinco o diez juramentos,
o cercar mis delirios y teñirlos de musgo.
Si la tierra se abriera ante tus dedos
y gritara, consciente de su rabia,
suplicando una nueva madrugada…

Soy grande como un velo de amapolas
que proclama, en la noche, buenas nuevas,
y me elevo hacia el canto de los astros
casi siempre que lloran las calumnias.

Júrame tu regreso entre licores.
Muérdeme los nudillos con angustia.
Piérdeme para siempre entre tu espalda.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento” (Madrid, Sial, 2005)

Fantasía

Donde vuelan las hadas sus cometas
y peinan los enanos a los astros.
Donde visten los duendes tornasoles
y llueven, por el día, frutos secos
y moras y luciérnagas y dulces.
Allá donde la muerte baile alegre
y me enseñe, desnuda, a comportarme
como siempre quisieron mis ancestros.
Allá, a lo lejos, siempre sin descanso
cada vez que regrese su recuerdo:
donde pueda olvidarme del ahora
y ella sepa mirarme como entonces.

Antes de la batalla

Constancio me envió aquí para morir;

por esa razón no me dio un ejército.

(Gore Vidal)

Al norte, un gran ejército despliega
su eficaz armamento y lo reúne:
tu mirada brillante crea, impune,
un fuego duplicado que me ciega.

Al sur, un laberinto que no llega
a cerrarse jamás, pues se desune
porque sabe que nunca estaré inmune
al muslo que se acerca y que se entrega.

Este-oeste: la sed de tu costado
febril; en cuanto al centro, sólo veo
la ruta de tu sexo y de tu pecho.

No hay vuelta atrás: la guerra ha comenzado.
No habrá tregua ni paz. Sólo deseo,
dedos alerta y labios al acecho.

Amor en la distancia

Dicen todos que menos da una piedra.
Que no me queje tanto, que ya muchos
darían lo que fuera por estar
siquiera tan despiertos como yo.

Y lo que más me jode de la historia
es que tienen razón, estoy seguro;
pero aún así no consigo conformarme
a una dosis diaria de tu voz,
esa voz que me anuda en el sofá
si el móvil pierde toda cobertura,
para ver si el teléfono (ese trasto
que empiezo a aborrecer por traicionero)
se decide a sonar enloquecido
trayéndome tu risa y mi descanso.

Raimundo Oñoro

Raimundo Oñoro es un hombre muy raro. Sus vecinos aún no se han acostumbrado a verle por la escalera. Es relativamente imposible cruzarse con él y no quedarse mirándole fijamente.

Raimundo Oñoro siempre camina mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de sus siempre perfectamente planchados pantalones bombachos, y sus pocos amigos ya consideran que es un caso perdido.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hace a Raimundo Oñoro parecer tan distinto de sus semejantes. La verdad es que Raimundo Oñoro no se considera distinto, pues ni tan siquiera se lo ha planteado nunca: está siempre muy ocupado buscando su felicidad por donde sea.

Y ese es precisamente el problema de Raimundo Oñoro: le obsesiona la felicidad. Siente la obligación de tener que encontrarla.

Raimundo Oñoro estudió desde pequeño en un colegio de moral rígida en el cual fue educado en unas costumbres un tanto extremas.

Raimundo Oñoro conoció el amor y la muerte de casualidad, con poca diferencia de tiempo y en la misma persona, en su pueblo natal, al cual hace cerca de veinte años que no regresa desde el accidente fatídico de aquella mujer, la mujer de su vida.

Raimundo Oñoro siente que nunca ha habido ni habrá una mujer capaz de hacer olvidar a aquella otra, que en el fondo fue un simple romance de verano que nunca hubiera llegado a más, aunque él desconozca esto.

Raimundo Oñoro se acostumbra a la idea de que la vida se acabó con ella y marcha a la capital a trabajar en algo con que ganar un sueldo decente y así refugiarse mejor en su dolor.

Un buen día, Raimundo Oñoro decide comprarse un libro de citas, pues es de la opinión de que los muertos saben más de la vida que nadie y puede aprender de ellos.

Raimundo Oñoro aprende de memoria en ocho meses las doscientas dieciocho páginas clasificadas por temas y decide aumentar su biblioteca adquiriendo más y más libros de citas. Considera que él no es nadie frente a la grandeza de los libros y se confía a ellos.

Raimundo Oñoro descubre una cita de cierto poeta japonés que afirma que la felicidad es el más preciado de los dones que el ser humano puede conseguir. Entusiasmado por la inteligencia de los muertos, Raimundo Oñoro decide de repente que tiene que ser feliz a costa de todo.

Raimundo Oñoro corre a comprar un televisor para ver comedias antiguas, pero tras visionar las obras completas de Laurel y Hardy se da cuenta de que eso no le hace en absoluto feliz.

Raimundo Oñoro lee en otro libro que la felicidad más grande radica en amar y ser amado; decepción de Raimundo Oñoro porque cree que nunca podrá amar.

Raimundo Oñoro sufre una pequeña crisis de personalidad al entrar en conflicto las opiniones de los muertos con la suya propia. Siente que debe amar y ser amado y siente que eso es imposible. Como consecuencia de esa crisis, Raimundo Oñoro enferma y está dos días en cama con gripe.

De repente, animado por la sabiduría de los muertos, Raimundo Oñoro baja las escaleras de su casa a toda velocidad para pedirle matrimonio a su portera, que escandalizada le rompe la escoba en la cabeza.

Raimundo Oñoro no entiende que ningún libro le explique por qué su portera, con la cual jamás había tenido trato alguno, no le ama y le corresponde para ser los dos felices en la eternidad.

Raimundo Oñoro busca a más mujeres cercanas para pedirles matrimonio. Su vecina, la pescadera, dos señoras que vienen de la peluquería en ese momento, una compañera del trabajo y algunas más le ratifican en su sorpresa.

Raimundo Oñoro no entiende que la vida no sea fácil.

Raimundo Oñoro cree que algo debe estar mal, y no deja de buscar libros de citas célebres sobre el amor, ni de pedir matrimonio a las mujeres con las que él cree que podrá ser feliz.

Raimundo Oñoro no se da cuenta de que así nunca podrá alcanzar la felicidad.

Quizás un día Raimundo Oñoro regrese a su pueblo y encuentre la muerte en el mismo sitio que aquella mujer perdida en el recuerdo que una vez le dio un beso de pasión y, viendo cara a cara a la de la guadaña, se crea el muy iluso que, por fin, ha encontrado la felicidad.