De vanguardias y caligramas

Para Óscar Santos

El joven aprendiz de poeta, alumno de Secundaria, se aburre desde hace unos meses en clase de Lengua y Literatura. Él, que en los últimos años siempre ha destacado en el certamen de poesía del instituto (2 primeros premios y una mención especial), siente que la poesía ya no le ofrece el consuelo que solía. La Lengua, a la que nunca le hizo demasiado caso, le ha enseñado que el futuro de su familia (y, por tanto, el suyo) tiene, en la mirada de su padre, forma de sintagma nominal: expediente de regulación de empleo. Es lógico, pues, que las Rimas, el Romancero Gitano, los 20 poemas de amor, la canción desesperada, y, en todo caso, los relatos de Poe, no puedan ayudarle a explicar el mundo que él solo no sabe aún explicar porque ni siquiera lo comprende. Sabe, eso sí, lo que puede suponer para la familia el despido del padre, pues la madre es ama de casa y su hermana sigue cobrando, años después de terminar la facultad, con hoja de colaboración. La profesora explica las características de la poesía modernista, y el joven aprendiz de poeta piensa que la princesa está triste porque es una ñoña insufrible y que el príncipe de Golconda o el de China deberían darse una vuelta por el mundo real.

En la fábrica no hay descanso, pero el padre necesita parar un momento porque la rehabilitación de la espalda no fue tan satisfactoria como se esperaba. Pide a un compañero que le eche un ojo a lo suyo y va al baño a refrescarse la cara. Finge una sonrisa ante el espejo, y mientras se mira las entradas susurra:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.

El padre, que fue quien inculcó a nuestro protagonista su amor por la literatura, también vino, de joven, a llevarse la vida por delante. Pero aquellos tiempos, como los de hoy, tampoco fueron fáciles: el primer trabajo en el taller en plena Transición, la incertidumbre, la esperanza, Libertad sin ira, la legalización del PCE, el golpe de estado… Como a muchos, la utopía le duró el tiempo necesario para confirmar que la economía y la política se convertían en una merienda de negros donde a unos se les permitía forrarse para que otros se marcharan de rositas. Las horas extras que le ayudaron a pagar cada año las vacaciones de verano en Denia le impidieron escribir la novela que siempre soñó. Las pocas veces que, por curiosidad, ha intentado leer poemas de autores jóvenes, le han confirmado la sensación de que la sociedad le ha alejado de la poesía. No sabe que, por lo general, es la poesía la que se ha alejado de la sociedad.

No pasa mucho tiempo antes de que la profesora de Lengua y Literatura explique en clase las vanguardias artísticas de principios del siglo XX. El futurismo, el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo… Y nuestro joven aprendiz de poeta, como buen adolescente, siente la urgente y paradójica necesidad de parecerse a alguien para así sentirse distinto a los demás. Y las oscuras golondrinas y Preciosa con su pandero y los astros que tiritan a lo lejos se diluyen, todos juntos, en el rincón del cerebro destinado a “lo que ya no me puede gustar porque ahora soy mayor”.

Las vanguardias. La belleza de lo ininteligible. La fuerza de lo irracional. La atracción de lo distinto. Un entorno ideal para el joven que desea, a la vez, sentirse distinto a los demás mientras forma parte de un grupo. Un grupo de elegidos. Un grupo de intelectuales. Un grupo del que sólo pueden formar parte aquellos que cultivan el silencio, lo inasible, la pureza léxica. Sí, sí, sí, algo está llamando a la puerta y nuestro joven aprendiz de poeta no puede negarse a abrir porque desea que los invitados entren y ocupen la casa y renueven su ideario estético.

Otra noche más, el padre llega a casa. Hay sopa en el microondas y un yogur desnatado de ciruela en el frigorífico. Enciende la tele. Un anuncio de seguros de hogar, visita de los reyes a Austria, qué harán este fin de semana el Barça y el Madrid en sus respectivos compromisos de liga, noche de expulsión en la casa de gran hermano, Letizia ha declarado sonriente…

– ¿Papá?
– Dime, hijo.
– ¿Estás ocupado?
– No, no. Dime.
– Verás… Estos días… He estado dándole vueltas a todo esto…
– Ajá.
– Tengo algo para ti.
– Vaya. ¿Has escrito algo?
– Sí.

El padre sonríe, consciente de que ninguna palabra puede reflejar lo que siente.

– Pues venga, dámelo.
– Es un poco distinto a lo que he hecho hasta ahora. Porque, sabes, hay cosas que no pueden explicarse abiertamente, y estoy en un momento de búsqueda interior…
– A ver. Enséñamelo.

El chico, orgulloso, le muestra su nuevo texto, al que ha llamado “Cuadratura del círculo”.

El padre lee el texto. Mira al hijo. Vuelve a ojear el texto.

– ¿Me estás tomando el pelo?
– Es un caligrama. Vanguardias.
– Ya.
– Es actual, papá. Una nueva forma de presentar la realidad.
– ¿Actual?
– Sí. Cubista.
– Pero el cubismo se creó hace ya cien años.

El hijo titubea. Quiere responder, pero no está seguro. Como sucede a menudo en estos casos, el poeta no conoce más teoría que la que su profesora ha explicado en clase.

– Pero es una vanguardia. Y vanguardia significa “estar por delante”.

El padre guarda silencio por un momento. Respira. Mira fijamente a su hijo y le responde:

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Unos instantes de silencio en la cocina. El padre pregunta:

– ¿Te parece actual?
– Sí. Bastante.
– Pues sólo tiene un poco más de medio siglo.
– ¿No es tuyo?
– No lo he escrito yo. Pero hace años éramos muchos los que sentíamos este poema como propio.
– ¿Entonces?
– ¿Entonces qué?
– Que quién lo ha escrito.

El padre le guiña un ojo.

– Búscalo en internet y ahora me cuentas.

Unos minutos después, mientras el padre apura el yogur desnatado de ciruela, el joven aprendiz de poeta descubre el título del poema, y comprende que, en momentos como éste, la poesía verdaderamente necesaria, la que realmente ensancha los pulmones, no puede ser la que está concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

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7 pensamientos en “De vanguardias y caligramas

  1. me vais a permitir que defienda los ratos de onanismo… aunque no estemos en tiempos de pajas, con algo deberán de entretenerse los hijos de la mediabrguesía a falta de grano. toda poesía es necesaria, excepto la mala.

    abrazos

  2. Pingback: VanGuardias : generacion.net

  3. Pingback: Ombloguismo « Ernesto Filardi

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