Un ex-poema de Vicente Gallego

Uno de mis poetas favoritos ha sido, desde hace años, Vicente Gallego. Hay dos libros suyos que están siempre en mi retaguardia poética, que son “Los ojos del extraño” y “La plata de los días”. Según he leído en una conferencia que dio en la Fundación Juan March y en otros sitios y en otros sitios, el propio Gallego ha renunciado de ambos libros, ya que, según él, en ambos libros se ve demasiado al autor. Sobre esto, aquí hay unas cuantas declaraciones del propio Gallego que he encontrado en la red:

La poesía es sólo inocente en la medida en que el poeta no se inmiscuye en el poema, lo deja fluir, sirve sólo de cauce.

Yo declino cualquier mérito sobre mis poemas, son un regalo que recibo.

Son vuestros como lectores, pero no míos como autor, os pertenecen.

Así que aquí os dejo uno de mis poemas favoritos, que por esta regla de tres (regla cuadrada, que diría alguien que yo me sé) debe ser un ex-poema de Vicente Gallego. Me parece fantástico, porque yo lo firmaría sin problema: quizás, hace años, este hombre se metió en la Tardis del Doctor Who, viajó en el tiempo, llegó a nuestro presente, me conoció y escribió este poema.

Tonterías aparte, la pregunta es: si se me ocurre hacer un espectáculo teatral sobre estos versos ¿tengo que pagar derechos de autor?

MI IDEA DEL AUTOR

Entrego muchas horas a mi cuarto,
comparo algunas tardes, por ejemplo,
a un animal prehistórico y herido,
o a la dama que arroja, lentamente,
su lencería oscura a mi ventana.
Pero sé que la tarde es sólo eso:
una costumbre antigua de mis ojos.
Me reprocho a menudo muchas cosas
a las que no me atrevo, y los errores
que a veces cometió mi atrevimiento.
Procuro parecer un poeta mundano,
como John Donne, profundo y algo frívolo,
que se cuente conmigo en cualquier fiesta,
aunque suelen mis versos, y mi vida,
traicionar esa imagen.
No sabría explicaros, con rigor,
por qué razón escribo, abandono
esa fatiga a mis colegas doctos,
mas no quiero curarme el vicio absurdo
de las letras. Me gustan las mujeres,
pero ellas, por más que yo lo intento,
no me ayudan a ser un mujeriego.
Por su causa he sufrido de verdad
–jamás finjo el dolor que hay en mis versos,
aunque finja tal vez otros motivos–.
Se podría decir que soy feliz
en general, sin sorna ni entusiasmo,
y me veo corriente –aunque me gusto–,
creedme que lo siento, pues habría
querido para mí más altas metas,
otros tiempos proclives a la gloria.
Intento sin embargo acomodarme
a este papel que a veces me incomoda
por discreto, por triste o por amargo.
Hago inventario de los nombres idos
–procuro hacerlo con palabras bellas–,
y pierdo el tiempo censurando al tiempo
su actitud descortés para con todos.

(Nota final: La foto está tomada de photos8.com, una página muy recomendable de imágenes gratuitas.)

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