Filología

Se me ha ocurrido un verso
con el que comenzar otro poema:

“Parece que mis manos no cantan ya tu nombre.”

Releo veinte veces ese verso
y advierto en él mil cosas, a saber:
es un alejandrino temeroso
que quiere ser solemne y un tanto melancólico,
implica aceptación de la derrota,
y en tono (o pseudotono) de elegía
planea la sospecha de un ambiente
algo metapoético, algo snob
tipo “yo leo a Borges y a Kavafis”;
pero a la vez mantiene un equilibrio
entre mi “yo” que es físico (mis manos)
y tu “yo” que es etéreo (tu nombre).
Ya ves, después de todo es increíble
que la filología nos sirva para algo.

Ahora vuelvo a leer estos catorce
últimos versos, y, sin más, constato
que quizá ante la duda de ser poco profundo
o en la total certeza de que ése es mi defecto,
hago lo que sé hacer mejor: hablar
y hablar y hablar y hablar y hablar de nada,
pero en endecasílabos y otros versos medidos
donde unir mi ironía y mi elegancia
(de hecho, si te fijas, van nueve más con éste).

Vuelvo a leerlo todo, y me pregunto
si podré terminar este poema
diciendo, sin rodeos, lo que quise
decir desde el principio:
parece que mis manos no cantan ya tu nombre,
y aunque le echo la culpa a no estar inspirado,
al stress, al trabajo o a quién sabe qué cosa,
me aterra descubrir que la razón
puede ser más sencilla.

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