Antes de la batalla

Constancio me envió aquí para morir;

por esa razón no me dio un ejército.

(Gore Vidal)

Al norte, un gran ejército despliega
su eficaz armamento y lo reúne:
tu mirada brillante crea, impune,
un fuego duplicado que me ciega.

Al sur, un laberinto que no llega
a cerrarse jamás, pues se desune
porque sabe que nunca estaré inmune
al muslo que se acerca y que se entrega.

Este-oeste: la sed de tu costado
febril; en cuanto al centro, sólo veo
la ruta de tu sexo y de tu pecho.

No hay vuelta atrás: la guerra ha comenzado.
No habrá tregua ni paz. Sólo deseo,
dedos alerta y labios al acecho.

Amor en la distancia

Dicen todos que menos da una piedra.
Que no me queje tanto, que ya muchos
darían lo que fuera por estar
siquiera tan despiertos como yo.

Y lo que más me jode de la historia
es que tienen razón, estoy seguro;
pero aún así no consigo conformarme
a una dosis diaria de tu voz,
esa voz que me anuda en el sofá
si el móvil pierde toda cobertura,
para ver si el teléfono (ese trasto
que empiezo a aborrecer por traicionero)
se decide a sonar enloquecido
trayéndome tu risa y mi descanso.

Raimundo Oñoro

Raimundo Oñoro es un hombre muy raro. Sus vecinos aún no se han acostumbrado a verle por la escalera. Es relativamente imposible cruzarse con él y no quedarse mirándole fijamente.

Raimundo Oñoro siempre camina mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de sus siempre perfectamente planchados pantalones bombachos, y sus pocos amigos ya consideran que es un caso perdido.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hace a Raimundo Oñoro parecer tan distinto de sus semejantes. La verdad es que Raimundo Oñoro no se considera distinto, pues ni tan siquiera se lo ha planteado nunca: está siempre muy ocupado buscando su felicidad por donde sea.

Y ese es precisamente el problema de Raimundo Oñoro: le obsesiona la felicidad. Siente la obligación de tener que encontrarla.

Raimundo Oñoro estudió desde pequeño en un colegio de moral rígida en el cual fue educado en unas costumbres un tanto extremas.

Raimundo Oñoro conoció el amor y la muerte de casualidad, con poca diferencia de tiempo y en la misma persona, en su pueblo natal, al cual hace cerca de veinte años que no regresa desde el accidente fatídico de aquella mujer, la mujer de su vida.

Raimundo Oñoro siente que nunca ha habido ni habrá una mujer capaz de hacer olvidar a aquella otra, que en el fondo fue un simple romance de verano que nunca hubiera llegado a más, aunque él desconozca esto.

Raimundo Oñoro se acostumbra a la idea de que la vida se acabó con ella y marcha a la capital a trabajar en algo con que ganar un sueldo decente y así refugiarse mejor en su dolor.

Un buen día, Raimundo Oñoro decide comprarse un libro de citas, pues es de la opinión de que los muertos saben más de la vida que nadie y puede aprender de ellos.

Raimundo Oñoro aprende de memoria en ocho meses las doscientas dieciocho páginas clasificadas por temas y decide aumentar su biblioteca adquiriendo más y más libros de citas. Considera que él no es nadie frente a la grandeza de los libros y se confía a ellos.

Raimundo Oñoro descubre una cita de cierto poeta japonés que afirma que la felicidad es el más preciado de los dones que el ser humano puede conseguir. Entusiasmado por la inteligencia de los muertos, Raimundo Oñoro decide de repente que tiene que ser feliz a costa de todo.

Raimundo Oñoro corre a comprar un televisor para ver comedias antiguas, pero tras visionar las obras completas de Laurel y Hardy se da cuenta de que eso no le hace en absoluto feliz.

Raimundo Oñoro lee en otro libro que la felicidad más grande radica en amar y ser amado; decepción de Raimundo Oñoro porque cree que nunca podrá amar.

Raimundo Oñoro sufre una pequeña crisis de personalidad al entrar en conflicto las opiniones de los muertos con la suya propia. Siente que debe amar y ser amado y siente que eso es imposible. Como consecuencia de esa crisis, Raimundo Oñoro enferma y está dos días en cama con gripe.

De repente, animado por la sabiduría de los muertos, Raimundo Oñoro baja las escaleras de su casa a toda velocidad para pedirle matrimonio a su portera, que escandalizada le rompe la escoba en la cabeza.

Raimundo Oñoro no entiende que ningún libro le explique por qué su portera, con la cual jamás había tenido trato alguno, no le ama y le corresponde para ser los dos felices en la eternidad.

Raimundo Oñoro busca a más mujeres cercanas para pedirles matrimonio. Su vecina, la pescadera, dos señoras que vienen de la peluquería en ese momento, una compañera del trabajo y algunas más le ratifican en su sorpresa.

Raimundo Oñoro no entiende que la vida no sea fácil.

Raimundo Oñoro cree que algo debe estar mal, y no deja de buscar libros de citas célebres sobre el amor, ni de pedir matrimonio a las mujeres con las que él cree que podrá ser feliz.

Raimundo Oñoro no se da cuenta de que así nunca podrá alcanzar la felicidad.

Quizás un día Raimundo Oñoro regrese a su pueblo y encuentre la muerte en el mismo sitio que aquella mujer perdida en el recuerdo que una vez le dio un beso de pasión y, viendo cara a cara a la de la guadaña, se crea el muy iluso que, por fin, ha encontrado la felicidad.

De dos modos

… llega hacia mí, tus ojos y tus pies
derrama ya, la tinta de tu voz
camina en mí, desnuda por mi pecho
tus caricias, amor, a mis mordiscos
muerde un poco, nadando entre suspiros
para siempre, destierra mi temor
sin filtros, ven, que arden mis talones
en su jaula, detén mis movimientos
con los hombros, respira mis susurros
mirándome los labios, no te frenes
por más que te suplique, tu cabello
será mi perdición, verte gemir
en mitad de mi espalda, todo tuyo
rendido y desarmado, con quietud
cara a cara, distingo ese placer
que quiero oír, que quiero que prosigas
sudando sin pudor, piel sobre piel
no será suficiente, con tus besos
maquilla este momento, desde ahora
bailaré la armonía, de tus piernas
al vientre y a la nuca, sigo el rastro
marcado por tu lengua, no hay medida
que pueda protegerte, con mis brazos
descúbreme en tu mente, como nunca
déjate estremecer, pídeme así
tu ternura en la almohada, veinte años
sin fin, abrázame, manténme cerca…

Sobre un tema de Miguel Hernández

Ya sé que sueno grave y aburrido
cuando comienzo a hablar del mismo asunto
y que si lo mirara en su conjunto
vería que no es tanto lo ocurrido.

Os juro que os entiendo y que coincido
con todos en que, más que hablar, barrunto.
¡Si hasta yo mismo ya he llegado al punto
de, cuando pienso, hacerme el distraído!

Quisiera una actitud más divertida,
pues lo que hago es echar más leña a un fuego
que no se va a encender de todas formas;

pero ¿qué voy a hacerle si la vida
se empeña en presentarse como un juego
del que nunca podré saber las normas?

Geometría básica

Durante aquellos días tan sonoros
con mil notas de tiza por las calles
y derroches de amor por las esquinas,
me convencía y quise convencerte
de que éramos pareja inigualable
como esas que se ven en los carteles
del cine, de que el suelo nos unía
como en esos poemas de Neruda
tiernos que yo te leía de noche,
y de un blanco viaje a Dinamarca
con tan solo el batir de aquellas alas
que nos crecieron durante esos días.
Como eras tan incrédula te dije
que nuestras almas iban enlazadas
pues nuestras vidas eran paralelas.

Ahora, mientras sube el ascensor
y has cerrado la puerta a mis requiebros,
sangrando tu “hasta siempre” en mis adentros
me insulto por no haber cogido ciencias
en vez de letras, para así haber sido
menos cuentista y más calculador,
y no permitir más que se me olvide
el que nunca jamás dos paralelas
tuvieron ni tendrán su conexión.

Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario Penúltimo momento (Madrid, Sial, 2005)

Apología de la epístola

Cuando es tan excesiva la distancia
que impone a nuestros besos tanta ausencia,
llamarte es un error, pues, con frecuencia,
lo que te digo no tiene importancia.

Mandarte un mail carece de elegancia
y no me lo permite mi conciencia,
= q m prece 1 mprdncia
1 sms sn sstancia;

un fax es una cosa poco tierna,
un telegrama (stop) es muy lejano,
y excesivo enviar un mensajero,

pero una carta, al fin, es más eterna,
y el eterno mensaje de mi mano
sinónimo será de mi “te quiero”.