Punto final

Sí, de verdad, hoy me voy de tu lado.
Han sido varios años; sé que es triste,
pero lo que te di y lo que me diste
son sólo un sinsabor mal baremado.

Desconfío del peso del pasado;
no hay nada que salvar, y aún persiste
la sospecha feroz de que el alpiste
mató esta vez al pájaro enjaulado.

Y así me marcho ya; no me entretengo,
que no quiero que caiga más la tarde,
que es tiempo de poesía y no de ripios.

Tuviste lo que tuve y lo que tengo,
pero lo que tendré quizás lo guarde
para alguien que valore mis principios.

(Que nadie se alarme: sólo es un poema.)

Hero

Hace unos días escribí sobre Leandro, dejándoos un soneto que se encuentra en Penúltimo momento. Pero me parecía injusto contar la historia desde el punto de vista de él y no el de ella. Leandro muere, es cierto, y Hero se arroja al mar desesperada. Ahora, imaginemos por un momento la impotencia de Hero viendo desde lo alto de la torre cómo su amor se ahoga en la tormenta.

Por mí nadas el mar que nos separa
siempre que el sol nos niega su cuidado.
Por mí buscas el buen morir al lado
de este dulce calor que nos ampara.

La situación es firme, injusta y clara:
yo, prisionera aquí; tú, enamorado,
intentas avanzar, necesitado
de que el futuro muestre mejor cara.

Alcanzo a ver el mar desde esta torre
y me siento vencida e impotente
con cada nueva ola que te hiere.

Mas, ya que no soy yo quien te socorre,
prometo alimentar eternamente
la llama que nos une y nunca muere.

El gran teatro del mundo

Según cuentan algunos libros, parece ser que existió un tiempo tan sombrío como el de ahora, tan triste y tan caduco en tantas cosas, pero en el que la gente, para olvidar, no veía a nadie pegando patadas a una pelota, sino a hombres y mujeres que hablaban en verso, que amaban en redondillas y se desesperaban en sonetos y se quejaban en tercetos encadenados.

Dicen, además, que en esa época los autores eran poetas y los poetas autores y todos a la vez unos golfos que rendían a las mujeres a golpe de endecasílabo y mataban por encontrar un adjetivo, y existían duelos públicos de poesía y los versos eran recitados por el pueblo que aclamaba en la calle al autor que pregonaba el arte de escribir para el alma. Por lo visto, muchos de estos escritores pertenecían a la Iglesia o pertenecerían después, y en el mismo seno del Vaticano se debatía sobre si el teatro sí o si el teatro no, sobre si era escuela de virtudes o espejo de vicios, si enseñaba al inocente o si ilustraba al pecador, y cuando el país se arruinaba era entre otras cosas porque los gastos en teatro eran excesivos, ya que el público pedía más y más y más y no se cansaba de un espectáculo tan divino como humano, tan cercano como enorme. En el teatro se unía el hombre y la mujer, el pueblo y la nobleza, el estudiante y el abad, y todos se admiraban con un actor, dos tablas y una pasión, con unos personajes grandes como un amanecer que piensan y sienten y padecen en un lenguaje preciso, estudiado, con rima y poesía y enredo y filosofía y dolor y amor y honor y traidores y enamorados… ¡Qué época aquella! ¡Con razón se le llama el Siglo de Oro!

Después llegaron malos tiempos para la lírica porque llegó el tiempo de la razón, y luego otra vez el verso (pero esta vez un poco acartonado), y así sucesivamente hasta que hoy en día nos encontramos completamente desposeídos de esa porción de vida, de ese reducto de sentimientos en bruto que aspiran a ser pulidos por un actor que los encarne, es decir, que los haga carne.

Muchas pueden ser las razones de ese olvido, y todas serán ciertas. Por un lado llegaron unos señores que se quisieron apropiar de ese nuestro teatro clásico, y nos lo contaron a su manera, utilizándolo como mero instrumento para recordar tiempos pasados, que ya se sabe que cualquiera fue mejor. Por otro lado hubo quien se creyó que ese teatro era realmente propiedad de esos primeros, y decidieron detestarlo y desterrarlo per saecula saeculorum pensando que la poesía era cosa de mariquitas o de burgueses, que hasta es posible que sean lo mismo y siempre será mejor, dónde va a parar, escribir como se habla que hablar como se escribe. Además, el siglo XX se encargó de parir una nueva clase social: el especialista, que ya decía Ortega que es un señor que sabe mucho de muy poco, y así los poetas y los dramaturgos se enfadaron entre sí, ya que cada uno sólo sabía y quería saber de lo suyo, con lo que desde entonces uno más uno siempre ha sido dos pero no uno más grande. Así pues, entre todos la casa sin barrer, y mientras tanto en el salón tenemos una tele encendida con lo que nos quieran ir contando, que para eso está. Pero al mismo tiempo el alma (o lo que queramos llamar a esa cosita que se enciende de tarde en tarde al recordar una canción especial o una frase que nos hizo sentir blandos o grandes por un segundo) se aburre y se amojama y se desfigura porque ya no se alimenta de nada humano, sino de una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia de algo que una vez quiso ser humano.

No sé si me siguen o hace tiempo que pasaron de página. En fin, a aquellos que saben de qué hablo quizás les interesará saber que no está todo perdido. Decía el Makinavaja, uno de los grandes poetas de nuestro tiempo, que “en un mundo podrido y sin ética, a las personas honradas sólo nos queda la estética.” ¿Será ese el futuro con el que está cargada el arma de la poesía, como escribió Celaya? ¿Es posible que la belleza del lenguaje pueda aún aportarnos algo? ¿O es que acaso tendremos que belenestebanizarnos todos si queremos ser salvados?

No. Me niego. Habrá que luchar contra aquellos que piensen que es una intención elitista el seguir cultivando algo tan caduco y tan lejano y a la vez tan poco práctico como nuestro teatro clásico. He de suponer que ustedes no pensarán así, porque si no ya habrían mandado a la porra este post antes de acabar el primer párrafo. Pero aunque lo sean, por favor, concédanse un minuto para pensar que Shakespeare, el autor intocable en ese pedestal tan alto, no llegó a escribir cuarenta obras y Lope de Vega pasa de trescientas. Piensen también que Cervantes reconoció que a él le hubiera gustado ser Lope aun habiendo él mismo escrito la mejor tragedia del teatro español, obra que espero conozcan y de la que no digo el nombre para que si no la conocen la busquen y la disfruten a partir de ya. Piensen que Goethe dijo más de una vez que el Romanticismo Alemán no hubiera sido lo mismo sin Calderón.

Y piensen, por favor, que estamos en el único país del mundo que se avergüenza de sus autores clásicos: Italia se enorgullece de Dante y Bocaccio y Petrarca, Francia se muere por Moliere y Corneille y Racine, Inglaterra necesita a Shakespeare y a Marlowe… y en cambio en España casi nadie ha leído o visto representadas “El caballero de Olmedo” o “La vida es sueño”. Excepto “El perro del hortelano”, es imposible encontrar una buena adaptación cinematográfica de alguna obra española del Siglo de Oro. ¿Por qué? ¿Me lo pueden explicar?

¿Cuál es el problema? ¿Que es conservador? ¿Que es aburrido? ¿Que es lejano y difícil de seguir? De acuerdo, cierren los ojos e intenten imaginar cómo se debe sentir alguien que dice:

Entre la vida y la muerte
no sé qué medio tener,
pues amor no ha de querer
que con tu favor acierte;
y siendo fuerza quererte
quiere el amor que te pida
que seas tú mi homicida.
Mata, ingrata, a quien te adora:
serás mi muerte, señora,
pues no quieres ser mi vida.

¿Se entiende o no? ¿Nunca se han sentido así?

Señores, el teatro en verso tiene que salir por fuerza del ghetto en el que le hemos encerrado entre todos. Hay mucho que hacer, por supuesto, pero es posible. Y factible. Y merece la pena.

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