Desde el abismo

Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba?
(Claudio Rodríguez)

Mi lápiz, mi cuaderno en blanco y yo
formamos una tríada invencible
dispuesta a conquistar cada pupila.
Somos, y lo sabemos, un equipo:
juntos sembramos mundos, soñamos personajes,
tintamos con acentos, con ritmos y estructuras
la tenue suavidad del día a día…
Somos, y lo sabemos, poderosos
porque tu amor nos hizo a su medida:
somos un arrecife que resiste,
un acorde solemne entre la turbamulta,
el grito que el pasado nos reclama
para seguir creciendo hacia delante,
la voz de la desdicha hecha suspiro,
el suspiro que intenta ser poesía,
la poesía que huye de sus malditos ghettos.

Pero somos humanos
(porque ése es nuestro oficio)
y tu ausencia, tu ausencia, ¡ay!, tu ausencia
destierra sin piedad los lapiceros,
convierte los cuadernos en páramos sin cánticos,
sin brújulas, sin ánimos, sin pájaros,
y mi mano (un tapón con agujeros
por donde se desborda tanta melancolía)
se siente incompatible y desgastada:
tu maleta ha parido una suerte de abismo
que incide, permeable, en esta noche oscura;
un abismo excluyente en el que estamos
mi lápiz, mi cuaderno en blanco y yo,
y no buscamos lágrimas ni pálpitos ni súplicas
ni angustias telefónicas inciertas.
Tú lo sabes, amor, tú bien lo sabes
porque tú, sólo tú, nos enseñaste
que amar no puede ser sinónimo de llanto
sino satisfacción de cada paso compartido
incluso en la distancia solitaria,
incluso en la penumbra de los cuerpos feroces
cuyo sonido ronco reluce entre la bruma,
incluso en el latido de cada incertidumbre.
Y pese a todo, aquí nos encontramos:
en esta casa seria, distante y sin sosiego,
en este abismo frío tan lejos de tu vientre.
Si me fuera posible no romperme,
si mi voz se escuchara impunemente
sobre los estudiantes y los nidos de cigüeña
y los miles de ojos que me escrutan,
podría enumerar las circunstancias
que quisiera ignorar en mi presencia.
Pero es inevitable sentirse cotidiano
en este abismo inútil formado de rutina.

He jurado evitarte las plegarias
y no será este verso quien rompa el juramento,
así que donde estés puedes estar tranquila,
dormida y olvidada entre azucenas:
no habrá más contrabando de nostalgias
ni más difuminar de sentimientos.
Mi rúbrica indeleble no teme al calendario.

Pero al menos quisiera recordar un instante
como un conjuro místico y anónimo,
la magia del color de tu susurro,
la brisa del arrullo de tus ojos,
y, en vez de los lamentos de mis dedos,
la luz de la caricia de tus pasos.
Será gracias a ellas, finalmente,
que podremos volar sin lastre alguno
mi lápiz, mi cuaderno en blanco y yo
para teñir de versos los instantes perdidos.

Encuéntranos, amor, encuéntranos:
los tres necesitamos que nos salves.

Antígona

Los últimos años han sido turbulentos. Sólo los más ancianos recuerdan al soberbio rey Layo, a quien una profecía anunció que su hijo le daría muerte, convirtiéndose en rey.

Aterrorizado, Layo ordenó que su hijo recién nacido fuera pasto de las bestias. Sin embargo, el niño fue recogido por un pastor que le crió como a su propio hijo.

Años después, Edipo se había convertido en un joven fuerte y valiente. Un día, en un cruce de caminos, se encontró con el rey Layo, a quien no conocía. Discutieron, y Edipo mató a Layo. Se cumplía así la profecía.

Tras derrotar a la esfinge que aterrorizaba a Tebas, Edipo fue proclamado nuevo rey de Tebas y casó con Yocasta, esposa de Layo y madre, por tanto, del propio Edipo.

Los cónyuges, desconociendo el parentesco que les unía, engendraron a dos niñas, Antígona e Ismene, y a dos niños, Etéocles y Polinices. Al descubrir la verdad, Yocasta se dio muerte sobre el lecho en el que había concebido de su marido otro marido y de su hijo otros hijos. El rey Edipo, por su parte, se sacó los ojos.

La joven Antígona, tras lavar, velar y honrar el cuerpo de su madre, acompañó a Edipo en su destierro, hasta que, ya viejo, murió en la lejana Colono.

Ya son muchos los años en camino
con este pobre ciego de mi brazo.
Ya son muchos los años que su abrazo
es la cara feliz de mi destino.

Ya son muchos los años que el divino
augurio nos castiga con su mazo.
Pero aunque sean miles, no rechazo
a un rey que ahora es mendigo clandestino.

El oráculo habló de larga peste,
criaturas sin nacer, muertos sin nombre,
plagas sin fin en cosechas de trigo…

pero nunca predijo nada de este
futuro que me acecha con un hombre
que es mi padre, es mi hermano y es mi amigo.

(El estreno de ayer fue un éxito. En el de hoy, que espero que sea mayor, quiero veros a todos.)

Reino insomne

No puedo dormir. Un reino
que está en guerra se despliega por mi cuerpo.
Puedo sentir cómo tiembla la tierra
mientras avanza la nada que soy yo mismo,
que soy yo mismo que observa
como un espectador
incompetente
la ruina de mi cuerpo y su deseo.

No puedo dormir. Asisto, impenitente
-porque no puedo hacer otra cosa-
a la sucesiva desolación de un reino
cuyo pretendiente al trono
es un impostor, un tirano sin escrúpulos.
Pero el legítimo es un cobarde inútil
que no tiene el ímpetu suficiente
para mantener a raya a los que
conspiran a su espalda, que son muchos.

No puedo dormir. En penumbra
recorro los rincones del reino que me habita
y sólo encuentro miedo,
furia contenida, sed de sangre, de venganza
y un insaciable deseo de devastación.

Estreno de Antígona

La Compañía de Teatro de la UAH estrenará la próxima semana su nuevo montaje: Antígona, de Sófocles.

Las representaciones serán, de momento, el viernes 18 a las 19.00 en la Iglesia de los Remedios (Guadalajara) y el sábado 19 a las 20.00 en el Claustro del Museo Arqueológico (Alcalá de Henares). Estamos esperando la confirmación de más funciones, de las que iremos informando debidamente.

De momento, pues, estas dos, y no hay partido de la selección ninguno de los dos días, así que no hay excusas: nos vemos en Antígona.

Hoy yo ya no soy…

Hoy yo ya no soy más un tal y cual
ni un dios sin fiel ni don ni bien ni fe;
hoy, con tu , yo ya no soy – lo sé -,
sol sin luz, bar sin ron, ni mar sin sal.

Sin ti, ser o no ser es hiel o cal,
es dos sin par, es A sin B ni C,
es jazz sin ton ni son, es gol sin pie,
es lar sin pan ni miel, es sed de mal.

La paz que se te ve ¿quién te la da?
¿Soy tu don Juan, tu swing, tu qué sé yo?
¿Es el fin de mi blues al fin por ti?

Quien ve mi bien ve que mi mal se va
y no ve más mi sed, mi tos, mi no,
pues hoy, por ti, por fin soy un gran sí.