La chica por la que aprendí francés

Este año ha sido el 25 aniversario del colegio Cristóbal Colón, donde estudié 6º, 7º y 8º de EGB. Entre las muchas actividades programadas, el ejercicio máximo de nostalgia fue hace unas semanas, con una fiesta encuentro de alumnos de estos 25 años. Desde el colegio se pusieron en contacto conmigo por si estaba interesado en echarles una mano con la organización. Como me cuesta poco apuntarme a un bombardeo, allí que me presenté. Lluvia de ideas, planificación, reparto de tareas… Ya había pisado alguna vez el colegio en todo este tiempo, así que la sorpresa no fue tanta. No pasó lo mismo cuando, desde el AMPA (nunca dejarán de hacerme gracia estas siglas), me dejaron acceder a las fichas de antiguos alumnos, en un intento de recordar nombres y apellidos de ex compañeros de clase para procurar localizarlos vía facebook, google o similar. Y allí, entre listas y listas, apareció el nombre de la chica por la que aprendí francés.

Debía ser 1987. Principios de 8º de EGB. Desde el año anterior, o quizás antes, yo no podía dejar de pensar en el azul sonriente de sus ojos. Se llamaba Ana. Ana Isabel, para ser más exactos, pero lo dejaremos en Ana. No me detendré en adjetivos, pues mis recuerdos no son demasiado nítidos. Si a mi timidez compulsiva de entonces le añadimos nuestros irreconciliables gustos musicales (a mí me llamaban Mozarín y ella compraba discos de Europe y Bon Jovi por Discoplay), me será más fácil explicar por qué jamás me atreví a decirle, por ejemplo, que era en ella en quien pensaba mientras practicaba en casa los valses melancólicos de Chopin que tenía que preparar para el Conservatorio. Imagino que sería vox populi en el patio lo pillado que estaba por ella, pero, como digo, nunca se lo dije en voz alta.

Era el principio de 8º, pues, y ese año, por primera vez, se ofreció francés como asignatura extraescolar. Mi padre, que era el presidente del APA, llegó un día a casa diciendo que quizás se tenía que cancelar el curso porque sólo se había matriculado una chica: Ana. Como podéis imaginar, no tardé ni un minuto en decirle que yo me quería apuntar. Creo recordar que utilicé como excusa algo de la música clásica (por aquel entonces yo quería ser director de orquesta), porque no podía desvelarle mis verdaderos motivos: por un lado, yo estaría a solas con ella, aunque fuera con un profesor al lado; por otro, ella no se llevaría el disgusto de que se cancelara el curso. Quién sabe. Quizás ella iba a clase obligada por sus padres y por mi culpa tuvo que ir.

En fin, durante un año, quizás menos, Ana y yo fuimos juntos a clase de francés. Mis recuerdos siguen siendo tan difusos que de hecho ni siquiera le pongo cara al profesor, así que no puedo describir lo felices que fueron aquellos tiempos. Imagino que lo fueron, por supuesto. Pero no quiero mentir en una historia como ésta. No me parece justo añadir algo sólo para hacerlo más literario. Al menos, no en este caso.

Terminó el curso. Acabó el colegio, por tanto, y comenzó el instituto. Ana y yo no fuimos al mismo, y jamás la volví a ver. Pero no se acaba aquí la historia, porque llegó el momento de hacer la matrícula. Y mi padre, que me estaba ayudando a rellenarla, vio la casilla de “Segundo idioma: Francés”, y la marcó. Yo le dije que no, que lo borrara. Que no quería apuntarme. Su respuesta fue algo así como: “Hemos estado un año pagándote esas clases. ¿Qué es eso de que no quieres aprender francés?”

¿Qué podía hacer? ¿Reconocerle que les había mentido durante un año? ¿Reconocerle, además, que su hijo era un cagoncete que no fue capaz en un curso entero de aprovechar la situación para hablar a una chica mirándole a los ojos?

El resultado, por supuesto, fue tomar clases de francés durante tres años. De primero a tercero de BUP. Para más inri, el francés de tercero lo suspendí (me suspendieron, podríamos decir, pero es una larga historia que no merece la pena ser contada aquí), y estuve todo el verano yendo a clases de refuerzo. Llegué a odiarlo como se odia a un enemigo feroz, y me maldije cientos de veces por culpa de esa historia que, con los años, me parecía una tontería de niños bobos.

Aprendí francés, al fin. Terminé el instituto, tras haberme enamorado de otras cuantas compañeras. Comencé a hacer teatro. Dejé el piano. Fui a la facultad. Comencé a trabajar como profesor de teatro. Y llegó el pluriempleo, y conocí a la que hoy es mi mujer, y nos compramos un piso. Para poder pagarlo, durante unos cuantos meses trabajé haciendo visitas guiadas a Alcalá de Henares. Muchas de ellas en francés. Y durante años tuvimos que alquilar una habitación a estudiantes extranjeros que venían a aprender español. Muchos de ellos, franceses. No puedo decir que el francés se convirtiera en mi modo de subsistencia, pero sí que fue una tremenda ayuda en su momento.

No volví a verla, ya lo he dicho. Y pensé que en el encuentro de antiguos alumnos podría hacerlo. Me hacía ilusión, la verdad. No desde un punto de vista sentimental, por supuesto. Me apetecía tan solo verla, saber qué fue de su vida, si volvió a estudiar francés. Contarle esta historia mientras nos reíamos y decirle algo así como je vous remercie, madame. Explicarle que, al igual que Casciari comenzó a ser humorista gracias a Paola, yo aprendí francés por ella. Sin embargo, no acudió al encuentro. O no nos vimos. No sé. La busqué en facebook, en google, ya por curiosidad, pero tampoco hubo suerte.

Esta historia acaba así. De un modo (demasiado) prosaico. Lo siento si esperabais un final más acorde con un blog de poesía. Yo, de hecho, aún no sé por qué llevo semanas queriendo escribir este texto. Quizás para compartir con vosotros mis miserias infantiles. Quizás con la secreta esperanza de que llegue a leerlo. Quizás para demostrarme a mí mismo que, después de tantos años, ya no soy tan cagoncete.

Aunque sé que, una vez publicado, si me la encuentro algún día no seré capaz de mirarle a esos ojos que espero que sigan sonriendo.

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6 pensamientos en “La chica por la que aprendí francés

  1. Muy bonito…, y es que los padres no sabemos las cosas que a nuestros hijos en la niñez o adolescencia les están ocurriendo. Y después cuando son mayores y las narran recordando aquellos tiempos de niños, pensamos que lo que nos perdimos al no haber podido escucharles o aconsejarles, y quizá poder compartir con ellos estas pequeñas cosas que para ellos eran muy grandes. Y es que claro, estábamos siempre tan ocupados con los trabajos y demás cosas….Que pena. Gracias Ernesto.

  2. Cintia, natación, parque Odonell, media melena rubia, piel morena, ojos azules. Tenía un bañado azul marino en el que ponía “BLUE” tres veces en tres azules distintos. Me partí la barbilla delante de ella y no lloré solo porque ella estaba delante. Luego me jodí y no lloré mientras me la cosían, porque no tenía sentido. Nunca lo supo. Alguien debería avisar a los niños.

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