Un camino de aquí al mar

Aún hoy en día, en las tierras de Carewall, todos cuentan aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. Nunca dejarán de contarlo. Para que nadie pueda olvidar lo agradable que sería si, para cada mar que nos espera, hubiese un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de tomamos de la mano y encontrar aquel río -imaginarlo, inventarlo- y posarnos en su corriente, con la levedad de una sola palabra, adiós. Esto, por cierto, sería maravilloso. Sería dulce, la vida, cualquier vida. Y las cosas no harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, podríamos primero rozarlas y luego tocarlas y sólo por último dejarnos tocar. Dejarnos herir, incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo finalmente sería humano. Sería suficiente la fantasía de alguien -un padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente y hermoso. Un camino desde aquí hasta el mar.

(Alessandro Baricco: Océano mar.)

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Nuestro pueblo

Este fin de semana la Compañía del Aula de Teatro de la UAH representa en el Teatro La Galera de Alcalá de Henares la obra de Thornton Wilder “Nuestro pueblo”.

La obra, dirigida por Iria Márquez, es una delicia. Al terminar, el público no tiene claro si es una obra optimista o pesimista. Pero no hay duda de que no deja indiferente.

Sábado 25 y domingo 26 a las 20.00, por seis euritos de nada.

(Tranquilos. No me he olvidado de que aún tengo que poneros al día de muchas cosas. Dadme un poquito de tiempo.)

Cervantes da la vuelta al mundo

Moscú es una ciudad inmensa en la que uno puede encontrarse de todo. Restaurantes privados instalados en casas donde durmió Napoleón, taxistas armenios que al oír hablar de España dicen “Real Madrid, Raúl”, mafiosos elegantes que se consideran asirios, camareros de Tayikistán que te hablan en español… Incluso niños disfrazados de Stalin que te piden dinero si quieres hacerte una foto con ellos.

Lo que no imaginaba que me encontraría aquí era a una encantadora española haciendo la vuelta al mundo mientras lo cuentan en un blog de Cruzcampo. Ha sido compañera nuestra en el albergue donde estamos alojados, y se vino al Instituto Cervantes de Moscú con nosotros para después sorprendernos con este vídeo.

Un abrazo fuerte a Meritxell. Suerte en el resto del viaje. Te seguiremos en tus aventuras.

Dos horas para el estreno

Faltan dos horas para el estreno de la obra sobre Cervantes. Aquí, en Yasnaya Polyana, el tiempo pasa de un modo distinto. Así que aquí me tenéis, escribiendo una entrada en el blog en vez de, no sé, descansar, ensayar, repasar el texto…

Esta mañana hemos tenido un ensayo técnico. Nuestra representación es al aire libre, y desde el escenario vemos la casa de Tolstoi. Hay un momento en la obra en que Andrea, la hermana de Cervantes, le convence para escribir teatro en vez de novelas, a pesar de las reticencias del propio Miguel. El texto es el siguiente:

ANDREA: No te estoy hablando sólo de buscar el éxito rápido, Miguel. Lo que quiero es que estés bien, teniendo en tu gracia a las comedias y las tragedias, y por el mismo consiguiente a los que las representan y a los que las componen, porque todos son instrumentos de hacer un gran bien a la patria, poniéndonos un espejo a cada paso delante, donde se ven al vivo las acciones de la vida humana, y ninguna comparación hay que más al vivo nos represente lo que somos y lo que habemos de ser como la comedia y los comediantes. Si no, dime: ¿no has visto tú representar alguna comedia adonde se introducen reyes, emperadores y pontífices, caballeros, damas y otros diversos personajes? Uno hace el rufián, otro el embustero, éste el mercader, aquél el soldado, otro el simple discreto, otro el enamorado simple; y, acabada la comedia y desnudándose de los vestidos de ella, quedan todos los recitantes iguales.

CERVANTES: Sí he visto.

ANDREA: Pues lo mismo sucede en la comedia y trato de este mundo, donde unos hacen los emperadores, otros los pontífices, y, finalmente, todas cuantas figuras se pueden introducir en una comedia; pero, en llegando al fin, que es cuando se acaba la vida, a todos les quita la muerte las ropas que los diferenciaban, y quedan iguales en la sepultura.

En este festival actuamos seis compañías de teatro internacionales, cada una representando a un país y a un escritor: Italia con Dante, Inglaterra con Shakespeare, Francia con Víctor Hugo, Irlanda con Joyce, Alemania con Goethe y nosotros con Cervantes. En un entorno como éste, con un público expectante en el que cada persona tiene un auricular con traducción simultánea de cada una de las obras, acompañado de gente con distintas visiones de lo que es el teatro, me considero muy afortunado de poder reivindicar de un modo tan poético la importancia social que tiene nuestra profesión.

Me marcho ahora. El telón está a punto de abrirse.

La ramita verde

Como sabéis, estaré en Rusia hasta el día 12 de septiembre. Ayer, tras cinco larguísimas horas de autobús, llegamos a Yasnaya Polyana desde Moscú. Como era bastante tarde, nos limitamos a cenar, hacernos unas risas e irnos a dormir. Esta mañana, en cambio, ha sido más intensa. Tras el desayuno, y a pesar de que amenazaba lluvia, nos han enseñado la casa natal de Tolstoi. Se trata de una finca museo de proporciones desmesuradas en la que a día de hoy se sigue cultivando, arando y recolectando como hace cien años. De todo lo que nos han contado, sin lugar a dudas me quedo con la historia de la “ramita verde”.

Leo Tolstoi, que vivió más de ochenta años, nunca olvidó un día en el que, de pequeños, su hermano y él jugaban en el campo. El hermano, que debía tener una imaginación desbordante, cogió una ramita verde del suelo y la enterró en un lugar secreto, diciéndole a Leo que quien alguna vez lograra encontrar esa ramita sería capaz de encontrar la solución para que el ser humano viviera feliz y en paz durante toda la eternidad. Muchos años después, poco antes de morir, Tolstoi, que ya era una eminencia moral que habría de influir en Gandhi y en Luther King, escribió un artículo sobre la ramita verde en el que hablaba de esa felicidad escondida que se podría hallar. Antes de morir, Tolstoi pidió a su familia que se le enterrara en un claro del bosque en el que creía que su hermano había enterrado la ramita. Y así se hizo. Su tumba, que hemos visitado hoy, es un sencillo  y emotivo montículo cubierto de hierba. Al verlo, he recordado ese poema japonés que hace años me hizo llorar en Himeji:

¿Por qué pensé

que las gotas de rocío

eran efímeras?

Sólo porque yo

no yazco sobre la hierba.

(Nota: la foto no es mía, porque no tengo modo de pasar las fotos al portátil. Cuando llegue a España, actualizaré las sucesivas entradas que vaya escribiendo sobre Rusia con fotos propias.)