Siempre está en torno a ti

Siempre está en torno a ti.
Le gusta lo que miras. Le divierte.

Le apetece,

y quiere que lo cojas para él
(por alguna razón, le pertenece).

Tú no lo puedes ver
porque cuando lo buscas se diluye
y pierde su atractivo.
Tú no lo puedes ver, pero él te observa
y espera, porque sabe que algún día
te va a vencer. Ya no será posible
renegar de sus garras, de su reino.
El día llegará. No estarás sola,
aunque quizás entre desconocidos,
y él llamará a tu puerta, sonriendo,
y tú dirás que no, que no debes hacerlo,
que arriesgarías mucho, que no vale la pena,
pero él sabrá mirarte como tú no sabías
y con un “¿por qué no?” te habrá vencido.

Tu vida, desde entonces, será otra.
Y cuando al día siguiente te levantes
quizás arrepentida, quizás insatisfecha
o quizás deseando repetir
te acordarás de él
y sabrás que algún día volverá
con drogas, con alcohol, con hombres, con mujeres,
con joyas, con cuchillos, con dinero…

Tú no lo puedes ver, pero él te observa.
Por alguna razón, le perteneces.

 

 

(Nota: Este poema está incluido en mi libro “La niña y el mar“)

Sensación

En tardes de verano me iré por los senderos
y pisaré la hierba mientras me araña el trigo;
sentiré, soñador, la frescura en los pies
y dejaré que el viento bañe mi tez desnuda.

No diré una palabra, no iré pensando en nada.
El amor infinito irradiará mi alma
y, como los gitanos, me iré lejos, muy lejos,
feliz entre los campos como si alguien me amara.

Sensation

Par les soirs bleus d’été, j’irai dans les sentiers,
Picoté par les blés, fouler l’herbe menue:
Rêveur, j’en sentirai la fraîcheur à mes pieds.
Je laisserai le vent baigner ma tête nue.

Je ne parlerai pas, je ne penserai rien:
Mais l’amour infini me montera dans l’âme,
Et j’irai loin, bien loin, comme un bohémien,
Par la Nature, – heureux comme avec une femme.

(Arthur Rimbaud. Traducción: Ernesto Filardi)

Aquiles

No soy feliz, ni lo seré venciendo.

(Julio Martínez Mesanza)


No soy el más humilde de los hombres.
Así es como aprendí a sentirme libre
en medio de la lucha, en el placer de la agonía del contrario.
No soy el más humilde de los hombres
y sé que entre las filas enemigas hay algunos que me admiran en silencio
y hay doncellas que aún aguardan que liquide esta batalla entre sus brazos.

Y yo, que soy el hombre al que tantos desearían parecerse,
he venido hasta aquí porque tú me querías aquí,
frente a esta ciudadela amurallada en cuya playa
aguardas cada día el justo pago de tu esfuerzo.
He dejado mi tierra por ti, mi palacio, mi gente,
el sueño sereno de una existencia tranquila y dichosa;
te he ayudado a soñar con la gloria que sé que mereces,
he luchado por ti mucho más
de lo que cualquier otro estaría dispuesto a pensar,
y la sangre que tiñe mis manos
es la misma que impide a la noche traerme el descanso.
Pero no pidas más si tu trato es injusto
y compensas mi esfuerzo con medias mentiras
que sólo pretenden calmar el dolor de una nueva derrota.

No voy a luchar más. Has de saberlo.

No soy el más humilde de los hombres, ya lo he dicho:
soy un hombre que sabe que existe la vida y que existe la muerte
porque he visto en los ojos de muchos suplicar una de ellas
y no quiero luchar, sino hacerte entender
que mañana,
cuando todo parezca perdido,
sentirás un clamor de mil ojos dolientes
que exigen saber la verdad de tus labios cansados
y, aunque intentes huir de sus reproches,
cuando todo parezca perdido
dirás mi nombre en medio de la lucha
y no te servirá de protección.

La belleza

Las fotos de la agencia de viajes,
como era de esperar,
no hacen justicia al sitio ni a su encanto.
Desde este mirador donde te encuentras,
el paisaje, la luz, los monumentos
son algo más que imágenes: son vida,
legado de otras gentes que dejaron
su belleza en su paso por la tierra.

La belleza,
un concepto sutil, fugaz, voluble
que tiene, sin embargo, un mismo componente
en Londres, en Marruecos, en Jamaica
o en cualquier otro sitio pisado por el hombre:
la belleza es el cauce que nos lleva
a ser mejores en el día a día.
Cuando frente a nosotros se yergue la belleza
algo en nuestro interior quiere ser bello
para que nos avale o nos resuma
cuando no quede nada de nosotros.
Amar es el deseo de ser uno
con lo que nos parece más hermoso.

Luego, mientras sonríes a la cámara,
asumes lo minúsculos que somos
y que es ridículo pensar que estamos
en posesión de la verdad completa.
Tanto por visitar, tantos destinos
que no conocerás,
son la vida entendida de otra forma.

Poco después te marchas consultando
la guía de viajes. A tu espalda
queda el lugar donde has sido feliz
por un momento. Puede que no vuelvas,
pero, a partir de ahora, en muchos de tus gestos
(una sonrisa a tiempo, un buenas tardes,
un cómo estás, un cuánto lo agradezco),
ese lugar, que ya es parte de ti,
se muestra al mundo en toda su grandeza.

(Nota: Este poema está incluido en mi libro “La niña y el mar“)

Garibaldi

Antes te prefiero volando feliz

que mirando al cielo desde mis manos.

(Soraya Gonzalo)

Era sólo un polluelo. El más hermoso,
pero sólo un polluelo al fin y al cabo
que un buen día, tirado en el asfalto,
fue encontrado por alguien que apreciaba
su porte, su viveza, su plumaje.
Le llevaron a casa, le cuidaron
poniéndole de nombre Garibaldi,
le dieron de comer como a otro hijo
y en poco tiempo fue uno más de ellos
hasta el punto de que un día la madre
reconoció que aquello era un problema:
“¿Qué va a pasar el día que nos deje
para echar a volar? ¡Hagamos algo!”
El padre sólo dijo, imperturbable,
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
y calló, melancólico y seguro
con un deje de orgullo en la mirada.

Tan solo un mes después, una mañana
hubo un gran alboroto en la familia
porque nadie encontraba a Garibaldi.
Los niños, pesimistas y llorones,
dejaron de comer. La pobre madre
dudaba entre acusar a su marido
o darle la razón como a los tontos
cada vez que el buen hombre repetía
“no hay que cortarle las alas a un pájaro.”
Pero ni ella ni nadie conocía
la verdad: hacía sólo algunas horas,
mientras todos dormían, inocentes,
el padre salió al campo con el pájaro
y le dijo, atusándole la cola:
“Echa a volar, que a mí me es imposible.”
Al volver hacia casa miró al cielo
y su orgullo lloró con gran ternura.

Pasó bastante tiempo. El suficiente.
Los niños casi ya no preguntaban
por Garibaldi. Sólo lo añoraban
y pensaban en él con estoicismo
aunque no comprendieran qué era eso,
hasta que un grito trajo la noticia:
“¡Mamá, papá, ha venido Garibaldi!
¡Vamos a hacerle un nido en algún árbol!”
Salieron hacia el patio, escopetados,
y lo vieron llegar, volando raso,
posándose en el hombro de su dueño
que sólo repetía para sí
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
mientras que, satisfecho y orgulloso,
veía en qué se había convertido
aquel polluelo chico pero hermoso:
un gavilán que, bello, inteligente,
valiente, luchador y responsable,
fue el motivo de orgullo de su casa,
fue el mejor gavilán que se haya visto.

Plegaria nocturna

No creo en ningún dios. Sólo en tus besos,
y no voy a cambiar aunque lo intentes:
condúceme al infierno de tus dientes
o al cielo de tu boca y sus excesos.

Sacúdeme el pudor de los confesos,
dame la dignidad de los dementes,
bórrame el porvenir de los prudentes,
concédeme la fe de los obsesos,

líbrame de la angustia y sus despojos,
prohíbeme el adiós, el no, el jamás,
despójame de miedos y reproches.

Prometo no cerrar nunca los ojos
sin haber recordado una vez más
el color de los tuyos. Buenas noches.

Adán

Todo empezó -ya lo sabéis- con un susurro.
No había nada entonces que no fuera oscuridad.
Yo estaba en ningún sitio, acurrucado en el silencio,
desprovisto de mis manos, de mis sueños, de mi nombre.

Cuando se hizo la luz La vi llegar. No tuve miedo
y algo tibio en los labios recorrió todo mi cuerpo
(yo entonces no sabía que ese algo tenía nombre y que ese nombre era “sonrisa”).
Cuando estuvo a mi lado susurró aquella palabra
con que el mundo parecía responderle iluminándose a su paso
(sabéis que esa palabra no la puedo compartir).

Me tomó de la mano. Me miró. Me levanté
y empezamos a andar, Ella enseñándome al detalle
el nuevo paraíso que creó para ser nuestro:
un paraíso acorde con su boca y con sus dedos
ajeno a toda pena, a todo mal, a toda culpa.
“Todo lo que aquí ves es nuestro reino”,
me dijo acariciándome en el dorso de la mano,
“Haz lo que te apetezca sin dudarlo”.

Han pasado diez años que parecen un instante
en este paraíso en el que el único pecado es no mirarnos a los ojos.
Han pasado diez años y ahora escribo estas palabras
porque desde ese día yo -ya lo sabéis- soy su profeta
y he de cantar su nombre porque Ella me ha elegido para hacerlo.