Adán

Todo empezó -ya lo sabéis- con un susurro.
No había nada entonces que no fuera oscuridad.
Yo estaba en ningún sitio, acurrucado en el silencio,
desprovisto de mis manos, de mis sueños, de mi nombre.

Cuando se hizo la luz La vi llegar. No tuve miedo
y algo tibio en los labios recorrió todo mi cuerpo
(yo entonces no sabía que ese algo tenía nombre y que ese nombre era “sonrisa”).
Cuando estuvo a mi lado susurró aquella palabra
con que el mundo parecía responderle iluminándose a su paso
(sabéis que esa palabra no la puedo compartir).

Me tomó de la mano. Me miró. Me levanté
y empezamos a andar, Ella enseñándome al detalle
el nuevo paraíso que creó para ser nuestro:
un paraíso acorde con su boca y con sus dedos
ajeno a toda pena, a todo mal, a toda culpa.
“Todo lo que aquí ves es nuestro reino”,
me dijo acariciándome en el dorso de la mano,
“Haz lo que te apetezca sin dudarlo”.

Han pasado diez años que parecen un instante
en este paraíso en el que el único pecado es no mirarnos a los ojos.
Han pasado diez años y ahora escribo estas palabras
porque desde ese día yo -ya lo sabéis- soy su profeta
y he de cantar su nombre porque Ella me ha elegido para hacerlo.

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