Cuando llegue la hora

Cuando llegue la hora estaré listo
para partir, sin miedo ni equipaje.
Me vestiré, feliz, mi mejor traje
consciente de que estoy aquí y existo.

Orgulloso de mí y de lo que he visto
pagaré sin dudar cualquier peaje.
Sé que tendré el suficiente coraje
para que no me inquiete un imprevisto.

Si vuelvo alguna vez a tocar fondo,
quizás mi corazón se desabroche
la maldita costumbre de estar triste.

Y tú, que no sabrás dónde me escondo,
querrás imaginarme cada noche
detrás de cada paso que no diste.

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Cuando mi mente

Cuando mi mente, tranquila, reposa
pensando en tu mirada más traviesa;
cuando los dos, sentados a la mesa,
reímos al decirnos cualquier cosa;

cuando, en la ducha, piensas sigilosa
el modo de morderme por sorpresa;
cuando tu piel perfumada me besa
formando un remolino que me acosa,

comprendo que el amor no es un combate
donde deba humillarme al enemigo
ni un ejemplo jovial de escaparate,

sino un dejar de mirarme al ombligo
para que el verte alegre me delate
que el mundo es colosal si estoy contigo.

 

Invocación

En nombre del amor y la pasión, que son un solo laberinto ilimitado que nos lleva a completarnos;

en nombre del deseo y la belleza, grandes dioses que sabrán permanecer cuando no estemos;

en nombre del placer, ese demonio sibarita que se muere si lo encierran en un cofre de costumbres;

en nombre del calor que la lujuria proporciona a los amantes y a sus cuerpos;

en nombre de las siete maravillas y de los cuatro elementos que contiene un corazón cuando es amado;

en nombre de la piel y la ternura, dos hermanos susurrantes que se aplican en las mieles del incesto;

en nombre de la vista, cuyo logro es regalarnos el alud de maravillas que dejaron en la tierra quienes sí supieron verlas y cuidarlas;

en nombre de los miles de sabores que una lengua puede hallar en el camino de una vida bien repleta de delicias;

en nombre del olfato y de las tibias sensaciones que su influjo nos reparte por la espalda;

en nombre de los gritos, los gemidos, los jadeos, los susurros, los rumores, los murmullos y los simples cuchicheos que se saben vulnerables;

en nombre de la música, remedio incalculable a la fatiga de las horas venideras;

en nombre del teatro, la poesía y la novela, infatigables mensajeros de caricias y lamentos;

en nombre del cariño y la bondad, dulces espejos sin fisuras donde habremos de encontrar nuestras victorias;

en nombre de esa diosa transparente, sosegada y fugitiva a la que llaman amistad;

en nombre de la fe y la confianza, despojados caballeros que el azar suele arrojar hacia el olvido;

en nombre de la siempre sin igual naturaleza, cuyos límites escapan a la ciencia y a la magia y a la mera inteligencia;

en nombre de la paz y la justicia, responsables inocentes de las crueles tropelías realizadas en su nombre;

en nombre del delirio, aquella dama solitaria que consigue cuando quiere que la amemos a escondidas sin pudores;

en nombre del saber, ese insaciable peregrino que no entiende de fronteras;

en nombre de la vida, que se explica por sí sola;

en nombre de los pájaros, los peces, las tormentas, la prudencia, los designios olvidados, la frecuencia, las sospechas, las costumbres, la certeza, los barrancos, los detalles más dichosos, las escalas pentatónicas, los árboles frutales, los abrazos, las canicas, las llamadas a deshora, los bálsamos, las duchas, las miradas seductoras, los estantes bien repletos, el azul, los almanaques, la violencia, el paraíso;

en nombre del océano y del ansia exploradora, de los himnos, del azúcar, los caballos, las meriendas, las azadas, los caminos que se abren y se cierran, las victorias sospechadas, los jazmines, la dulzura que destila un “buenos días”, los retrasos, los camiones de reparto, las cosquillas, el calor bajo una manta, el desenlace de una lucha, los olvidos, los juguetes, las pizarras, los recuerdos;

en nombre del futuro que me aguarda y en nombre de las huellas de los míos, que conducen al adulto que ahora soy.