“En qué se le haga merced” en La Galera

Los días 18 y 19 de diciembre, el Museo Casa Natal de Cervantes ofrece dos sesiones de teatro de Navidad. Bajo el título ‘En qué se le haga merced’, y escrita y dirigida por Ernesto Filardi, el Aula de Teatro de la Universidad de Alcalá de Henares estrenará en España esta obra en la que se presenta la vida y obra de Miguel de Cervantes desde su regreso de Argel hasta el momento en que comienza a escribir ‘El Quijote’. Esta obra se estrenó en Rusia el pasado mes de septiembre, dentro del proyecto internacional “Garden of Geniuses. The Magnificent Seven”.

Las representaciones de la obra, interpretada por Ernesto Filardi y Iria Márquez, se realizarán en el Teatro La Galera a las 19.00. Entrada libre hasta completar aforo. Pueden hacerse reservas en el número 91 883 28 69.

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Todo a mi alrededor deja su huella

Todo a mi alrededor deja su huella
repleta de futuro afortunado
mientras yo, prisionero del pasado,
vivo el presente en forma de querella.

No siempre sé avanzar: mi buena estrella
me abandonó, dejándome el recado
de que si quiero andar siempre a su lado
he de saber que el vértigo atropella.

Quiero sobrevivir, pero no encuentro
el ojal del botón de este “no puedo”,
la sinopsis de tanto sinsentido.

Y sin embargo, hay algo muy adentro
que, inmutable, elimina tanto miedo:
muy pronto sonreiré lo que he vivido.

 

 

(Foto: Montse Labiaga)

Mis labios

He salido de casa dejando mis labios
pudrirse en el fondo de una pecera.
Presiento que es ése su sitio, pues ya no me sirven.

No los echaré de menos.
No los necesitaré. Quiero cambiarlos.
Ya sólo repiten palabras y besos que no dicen nada.

Mis labios se pudren en una pecera
mientras busco indeciso el camino que me conduzca
hacia un mundo nuevo que sin ellos no sabré describir.

(Foto: Montse Labiaga)

Wolfgang

Todos tenemos nuestros secretos. Uno de los míos es que de pequeño me llamaban Mozarín porque me pirraba la música clásica. Ese mote me daba una rabia inmensa, pero ahora, que ha pasado ya algún tiempo, me empiezo a sentir algo parecido a orgulloso de que se me asociara con el que, aún hoy, me sigue pareciendo el mayor genio de la Historia de la Música. Hoy, 5 de diciembre, aparte de mi cumpleaños, es el aniversario de su muerte. Su 219 aniversario. Y desde Palermo, donde me encuentro, quiero regalarle, a él o a su recuerdo, un deseo: que su música pueda ayudarnos a reencontrar cuatro elementos que -creo- estamos perdiendo todos poco a poco: me refiero a la magia, la humanidad, el juego y la belleza. Y, para ello, permitidme que os sugiera aquí diez piezas que son, para mí, algunos de sus momentos más magistrales, aunque no las ordene por preferencia pues sería imposible. Tampoco muchas de las versiones que os enlazo me parecen las mejores, pero sí bastante dignas para hacerse una idea.

–         El “Kyrie” de la Gran Misa en do menor K.427, donde la soprano solista ha de conocer el infierno para poder pedir piedad al Señor.

–         El segundo movimiento de la sonata para piano nº 8 en la menor K.310: Mozart acaba de perder a su madre y en el segundo movimiento consigue que el piano, desconsolado, llore.

–         La sinfonía concertante para violín y viola K.364, cuyo segundo movimiento es, quizás, la más bella escena de amor jamás escrita en la Historia del Arte.

–         “Ach, ich fühl’s”, de La flauta mágica. La pobre Pamina, hija de la Reina de la Noche, cree que Tamino no la ama. La versión de Anna Moffo es insuperable.

–         El concierto para piano nº21 K.467, que sé que alguna vez interpretaré en público, cuando tenga una orquesta disponible que se atreva conmigo.

–         “Soave sia il vento”, de la ópera Cosí fan tutte, que es la despedida más dulce que conozco.

–         “L’ho perduta, me meschina”, de Las bodas de Fígaro, en el que Mozart, como un señor, regala su alma al completo a una pobre muchacha desesperada por perder un simple alfiler.

–         La entrada final del Comendador en Don Giovanni, sólo apto para los que no sufran del corazón. Y no me refiero a asuntos sentimentales.

–         El “Aleluya” del Exsultate Jubilate K.165, que no necesita explicación alguna.

–         El “Lacrimosa” del Requiem K.626, porque no todos los días el cielo se abre para nosotros.

 

Según repaso la lista me doy cuenta de que la mayoría son piezas lentas que invitan a la melancolía. No pasa nada. Empezad por aquí o por cualquier otro sitio: Mozart es tan grande que cabemos todos. Si os ha gustado, prometo hacer una segunda lista con piezas más alegres. O mejor aún, sugerid también vosotros. Compartamos, disfrutemos, engrandezcámonos, sonriamos, vibremos… Mozarinémonos todos. Pero sin acomplejarnos por ello.

 

Todos tenemos nuestros secretos. Uno de los míos es que de pequeño me llamaban Mozarín porque me pirraba la música clásica. Ese mote me daba una rabia inmensa, pero ahora, que ha pasado ya algún tiempo, me empiezo a sentir algo así como orgulloso de que se me asociara con el que, aún hoy, me sigue pareciendo el mayor genio de la Historia de la Música. Hoy, 27 de enero, es su cumpleaños. Su 250 aniversario. Y quiero regalarle, a él o a su recuerdo, un deseo. Que su música, en este año Mozart, pueda ayudarnos a reencontrar cuatro elementos que -creo- estamos perdiendo poco a poco: me refiero a la magia, la humanidad, el juego y la belleza. Y por si acaso a ustedes ya les picaba el gusanillo, permítanme que les sugiera aquí diez piezas que son, para mí, algunos de sus momentos más magistrales, aunque no las ordene por preferencia pues sería imposible.

 

El “Kyrie” de la Gran Misa en do menor K.427, donde la soprano solista ha de conocer el infierno para poder pedir piedad al Señor.

La sonata para piano nº 8 en la menor K.310: Mozart acaba de perder a su madre y en el segundo movimiento consigue que el piano, desconsolado, llore.

La sinfonía concertante para violín y viola K.364, cuyo segundo movimiento es, quizás, la más bella escena de amor jamás escrita en la Historia del Arte.

El Trío en Mi bemol Mayor para piano, viola y clarinete K.498, al que Eric Rohmer dedicó su única obra teatral.

El concierto para piano nº21 K.467, que sé que alguna vez interpretaré en público, cuando tenga una orquesta disponible que se atreva conmigo.

“Soave sia il vento”, de la ópera Cosí fan tutte, que es la despedida más dulce que conozco.

“L’ho perduto, me meschina”, de Las bodas de Fígaro, en el que Mozart, como un señor, regala su alma al completo a una pobre muchacha desesperada por perder un simple alfiler.

La entrada final del Comendador en Don Giovanni, sólo apto para los que no sufran del corazón.

El “Aleluya” del Exsultate Jubilate K.165, que no necesita explicación alguna.

El “Lacrimosa” del Requiem K.626, porque no todos los días el cielo se abre para nosotros.

 

Según repaso la lista me doy cuenta de que la mayoría son piezas lentas que invitan a la melancolía. No se preocupen. Empiecen por aquí o por cualquier otro sitio: Mozart es tan grande que cabemos todos. Si les ha gustado, prometo hacer una segunda lista con piezas más alegres. O mejor aún, sugieran también ustedes. Compartamos, disfrutemos, engrandezcámonos, sonriamos, vibremos… Mozarinémonos todos. Pero no nos acomplejemos por ello.