Penélope


El día en que de Ítaca zarpó con sus soldados
nacía la leyenda que el Poeta ha de cantar.
La mía, sin embargo, comenzó unos días antes:
no me hizo falta escuchar de sus labios la triste noticia
pues vi que sus ojos ardientes brillaban felices.
Me habló de su destino, de la gloria de la guerra,
del honor de luchar, del deber de ayudar a un amigo,
del ejemplo que un rey debería dar siempre a los suyos,
de cómo se esforzó desde muchacho para ser el guerrero que era hoy,
de su deseo irrefrenable de partir hacia otras tierras.

No habló ni un solo instante de nosotros.

Aun siendo reina sé que una mujer debe asentir mientras sonríe:
supe que mi papel en su leyenda era el de amar en la distancia,
el de observar el mar desde el balcón de este palacio
que juntos construimos y que ahora es mi sepulcro de diamantes.

Pero no quiero llantos. Me he cansado
de ser para vosotros sólo un símbolo romántico,
nostálgico, sereno, melancólico.
Detesto a la mujer en que me he convertido.
No quiero ser la reina poderosa y deseada
ni la triste mujer que cada noche entre suspiros
deshace en un momento lo que teje por el día.
Jamás he deseado ser ninguna de las dos. Y sin embargo…

Oídme bien: mi único deseo es ser la esposa de mi esposo.
Estar cerca de él cuando susurra y cuando tiembla,
cuando avanza, cuando pierde, cuando teme, cuando aprende,
cuando busca, cuando crece, cuando bebe, cuando escucha,
cuando vence, cuando vuela, cuando cae, cuando piensa,
cuando ríe, cuando llora, cuando sueña y cuando duerme.
Ya lo sabéis. Dejadme en paz. De nada sirven tantos pretendientes.
No quiero consolarme en unos brazos pasajeros
pues sé que él va a volver con su sonrisa poderosa.

No dudo de su amor ni del valor de su promesa.
Ahora lo que espero es que en su próximo viaje
me lleve de su mano a realizar nuevas hazañas
y al fin poder los dos reconquistar nuestro futuro.

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Un pensamiento en “Penélope

  1. El quehacer de la pareja no es sino el amor y el amor no consiente otra aventura que la de sentir al otro derrotado y derrotarse en él.
    “No habló ni un solo instante de nosotros”, sentida y razonable queja que ilumina el laberinto del poema.
    Un fraternal abrazo.

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