Del amor, lo cursi y demás hierbas

Con la perspectiva de mis treinta y seis años, a veces me da por pensar que, socialmente hablando, eso del amor no se tiene aún del todo claro: recuerdo que primero, en el cole, nos hablaban de él como algo distante, lejano, a lo que sólo tenían acceso los príncipes y las princesas que vivían en castillos con hadas y malísimas madrastras. Luego crecimos un poquito, y según cambiábamos el brazo de nuestros padres por el balón de fútbol, los chicos presumíamos de saberlo todo -qué inocentes los doce años- y nos reíamos de las chicas, que empezaban a soñar con casarse y tener hijos de carne y hueso en lugar de sus muñecas, cuando la verdad era que nosotros habíamos cambiado radicalmente de conceptos y únicamente pensábamos a escondidas en tetas y culos muy grandes: al igual que un movimiento artístico siempre destruye el anterior, nosotros habíamos sustituido la cursilería rosa de Walt Disney por lo que suponíamos que era sexo duro, y tuvimos nuestras primeras experiencias en el “amor” a solas.

Y seguimos creciendo, y un mal día descubrimos -unos y otras- que la tonta de la Nuri, a la que siempre hemos tirado del pelo llamándola piojosa, se ha quitado el aparato y ahora tiene una sonrisa preciosa; o que el Juanjo, con lo bruto que es, que siempre ha disfrutado capando gatos, pues como quien no quiere la cosa, ha echado unas buenas espaldas. Y así, de repente, fue cuando sentimos por primera vez ese gusanillo por entre los pulmones que nos deja tontos cuando vemos a “él” o “ella”, según los casos, y medio empezamos a entender qué es eso del pecado del que tanto nos hablaban. Nosotros, ilusos, nos negamos a creer que eso es algo pasajero -válgame el cielo, yo con quince años, que ya tengo granos y todo, que ya soy todo un adulto- y, claro, como es algo que apetece tanto, unos tenían suerte y conseguían sus primeros besitos dulces como preciados trofeos de guerra, y algunos hasta rozaban un culo. Otros lloraban por primera vez, presumiendo de ser más desgraciados que nadie, sin saber ni unos ni otros lo que aún les quedaba en esta vida. Era el turno de las canciones melosas que nos hacen soñar a base de creernos los protagonistas; los padres, a los que les hace gracia que su pequeñín haya crecido -tú no te preocupes, hijo, que como tus padres no te va a querer nadie-; los amigos, que parece que esas historias les resbalan y que son inmunes a todo eso -lo que tienes que hacer es olvidarlo y pensar en tal otra/o, que está bien buena/o-…

Así, con mejor o peor suerte, pasamos la adolescencia según podemos. Y un día que nos paramos y miramos alrededor haciendo recuento de cuanto hemos pasado, vemos a parejitas perfectas que con dieciocho añitos parece que llevan juntos toda la vida, pobres desgraciados que por más que lo intentan no ligan ni a la de tres, deprimidos, ilusionados, presuntuosos, expectantes, pendencieros, cariñosos, egoístas, polígamos secretos, quimeristas, besucones, humillados, cornudos, tímidos, babosos, vencedores y vencidos, embusteros, ignorados, aburridos, soñadores… Y todos ellos enamorados más o menos locamente. Queramos o no, por maravillosas y singulares que parezcan nuestras historias, todas ellas se repiten hasta la eternidad. Y es que, amigos, en esta vida todo está escrito.

Hoy es catorce de febrero, y ante ese día, desde que tengo memoria y seguro que mucho más, los ejércitos de enamorados se reparten en dos bandos bien diferenciados: la novia de un buen amigo mío acaba de telefonearme urgentemente porque le apetece tener un detalle con él, y duda entre unas cuantas cosas, así que le he sugerido que no hay nada mejor que olvidarse por un día de todo y tener una jornada íntima para recordar mejor ese hoyuelo de la barbilla, el brillo de los ojos, cómo suena la palabra “cariño” dicha de cerca… Al colgar, otra amiga -que estaba oyendo la conversación- ha sentado cátedra: “Pues yo hoy no pienso regalar nada. Mi novio sabe que le quiero igual que ayer y que mañana, sin que nadie nos diga cuándo tenemos que decirlo; y, es más, yo me enfadaría mucho con él si decide hacer una ñoñería así.” Y de nada me ha valido decirle eso de que a nadie le amarga un dulce.

Es curioso: si yo de pequeño era amigo de las chicas me llamaban mariquita; pasado el tiempo, si no iba con chicas, me lo volvían a llamar; pero si por culpa de, digamos, Cupido, me apetecía mandar rosas a su casa, me llamaban cursi. Ante lo cual opté por hacer lo que me dio la real gana, sin que nadie me coartara en ningún momento, y si me apetecía mandar un poema robado a la dueña de esos ojos que no me dejaban dormir, pues a ver quién era el machito que me lo iba a prohibir. Y es que no lo entienden. O no quieren entenderlo, que es peor. Parece ser que ahora lo que está de moda es ser autista, una ameba insensible que castre los impulsos primarios del hombre, la necesidad de abrazar y sentirse abrazado.

En una sociedad -zoociedad, que diría Mafalda- como la que nos ha tocado en suerte, en la que los únicos códigos válidos son la competitividad, las prisas, el stress (esa palabra tan de moda), Internet, los teléfonos móviles y facebook, San Valentín debe ser para todos nosotros un recordatorio de que el amor, como la vida y la muerte, son cosas eternas que el paso del tiempo no podrá nunca tirar por tierra, y si ésta es la única forma que tenemos de recordarlo, como si el mundo fuera una agenda, pues bienvenido sea.

Veamos: tenemos un día del padre, de la madre, del niño, del voluntariado especial, del sida, de la paz, de la ecología, del árbol, de la mujer trabajadora, de la Constitución, del Pilar, del Señor, de la Hispanidad -de la raza, que se decía antes-, del no fumador, del Amazonas, de los damnificados, del deporte, de Santa Cecilia, Santo Tomás de Aquino, Santo Domingo de Guzmán y San Bartolomé, de la Comunidad Autónoma que corresponda, de los tetrabriks de leche caducados y de las vendedoras de Avón. ¿Es que no tenemos derecho los enamorados a tener un día, por simbólico y frío que parezca, para reivindicar nuestro derecho a suspirar por las calles?

Relájense. Tómense hoy cinco minutos libres, caramba, y piensen un poco en esa persona que siempre está en cartelera. Después salgan a la calle silbando un bolerito, olviden la idea absurda de que para demostrar amor hay que ir al Corte Inglés, y proclamen a los cuatro vientos que sí, que efectivamente, digan lo que digan, siempre hay alguien ahí por quien seguir adelante. Verán cómo, después de todo, no es tan malo.

(Nota: este texto se publicó hace exactamente 15 años en el Diario de Alcalá. He tenido que cambiar algunas cosas para publicarlo hoy -antes tenía veintiuno, ahora treinta y seis, por ejemplo-, pero me gusta saber que sigo pensando lo mismo: tras todo este tiempo, nada ha cambiado sustancialmente en mi forma de concebir el amor. Y tengo claro que eso se lo debo a mi mujer, pues entre los dos, y a pesar de la distancia, hemos sabido mantener día a día la hoguera de los besos y las miradas traviesas)

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9 pensamientos en “Del amor, lo cursi y demás hierbas

  1. Pingback: Tweets that mention Del amor, lo cursi y demás hierbas « Ernesto Filardi -- Topsy.com

  2. Qué bello… maestro, tanto usted, como su esposa, son unos afortunados … da gusto leer cosas así…es como ver como crece una rosa en medio de un paredón de cemento… gracias… 😉

  3. Yo espero que no tengas razón en eso de “en esta vida todo está escrito”, y así podamos seguir disfrutando de más palabras tuyas.

    La foto es muy bonita.

    Mi abuelo decía que los nudos marineros son como el amor: deben sujetar sin apretar, servir para más de una cosa y demostrar su seguridad al mantenerse en su lugar a pesar de la carga que soporten.

  4. Egipto: los buenos vinos necesitan, sobre todo, tiempo para madurar.
    Su: No sé cómo lo haces para ponerme colorado siempre.
    Javi: El servidor es un tipo muy listo. Y un servidor, no tanto.
    Mari: Por lo que cuentas, tu abuelo era un sabio.

    Gracias a todos por vuestros comentarios 😉

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