Noé

Para Masao Arai.

El ángel más oscuro del Señor bajó a la Tierra
para darme la noticia.
Eran sólo tres palabras. Cuánto daño
puede caber en sólo tres palabras.
Maldije mi apellido cinco días con sus noches
hasta aquella mañana en que mojándome la cara y las muñecas
comprendí que era justo y necesario mi destino.
Abrí el portón, oí el bullicio de las calles
y empecé a caminar.

La gente, cabizbaja, se extrañaba de que yo les sonriera.
Ninguno imaginaba que quería despedirme.
El mundo como yo lo conocía estaba a punto de extinguirse;
en unas horas todos morirían y yo era el elegido,
el llamado a vivir y a dar la vida nuevamente.
El brazo ejecutor. El homicida necesario.

Recorrí callejuelas y portales, plazas, parques y mercados;
subí cien o doscientos tramos de escaleras.
Caminé y caminé hasta desgastarme los zapatos,
y al llegar al lugar que me habían indicado
pude observar el mundo una vez más. Mi mundo. Vuestro mundo.

Todo era tan hermoso y tan fugaz como yo mismo.

Rendirme a esa certeza era la única respuesta,
y comencé a llorar un llanto denso y turbio
nacido muchos años más atrás.
Lloré cada traición, cada enemigo, cada muerte,
cada punto final, cada dolor, cada venganza,
cada fiebre, cada guerra, cada sueño no cumplido,
cada orgullo, cada adiós, cada rencor, cada nostalgia.
Lloré por cada lágrima vertida desde el día en que nací,
y mi llanto obsesivo, feroz y necesario
cubrió todos los campos y ciudades y caminos
y todo lo que el hombre construyó durante siglos
y todo lo que el hombre suponía que era eterno.
En las siete semanas sin descanso que lloré
vi desde donde estaba como todo se cubría con mi llanto
y aún lloré la culpa de que todo pereciera.
Ojalá que lleguéis a perdonarme, vosotros que tuvisteis que morir.

Pero todo tiene un fin. También mi pena.
Y cuando llegó el día en que se agotaron mis lágrimas
y pude, poco a poco, abrir los ojos sin temor,
comprendí la verdad viendo el vacío ante mis ojos:
el fin nunca es el fin sino el principio de algo nuevo.
Ya no tendré derecho a lamentarme
si el futuro que me espera soy yo mismo.

Consciente de que esa era la única sentencia
bendije con el vaho mis manos fuertes y rugosas
y empecé a caminar.
Allá, en lo alto, el sol iluminaba mi camino
y el ángel más oscuro del Señor me sonreía.

(Foto: Angelo Spataro)

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