Condenados a no entenderse

Para Javier, con quien tanto me gusta hablar de poesía.

Cosas que he escuchado a (algunos) poetas:

1. ¿La rima? Qué va, qué va. Eso es un recurso facilón y barato. Nada, nada. La rima, para los cantautores.

2. Yo no escribo poesía para que me entiendan, sino para poder entenderme a mí mismo.

3. Presto mucha atención a la disposición tipográfica, los saltos después del verso, las sangrías… Todo aquello que ayude a potenciar la lectura del poema como una experiencia visual.

4. En un solo verso puede concentrarse todo el Universo.

5. La poesía debe sugerir, provocar, invitar a la reflexión…

6. La poesía es la única literatura posible.

7. Un buen poema nos ayuda a entender lo que no puede explicarse con palabras.

 

Cosas que he escuchado a (algunos) no lectores de poesía:

1. ¿Esto es poesía? ¡Pero si no rima!

2. Pues si este tío no quiere que se le entienda, que no publique.

3. Es que, si no hay rima y no hay ritmo, ¿por qué no lo escriben todo seguido?

4. ¿Una página entera para sólo una línea? ¡Vaya gasto de papel!

5. Yo, cuando cojo un libro, lo que quiero es que me cuenten una buena historia.

6. Tu novela está muy bien. Me ha gustado mucho. Si es que lo que tienes que hacer es dejar la poesía y escribir más literatura.

7. ¿Que por qué no me gusta la poesía? ¡Porque no la entiendo!

El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.