El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.

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24 pensamientos en “El profesor que aprendió de sus alumnos

  1. Es que tu eres el que guías tu tren. Sabes siempre el momento de salida y a que punto quieres llegar. Y lo consigues. Has plasmado algo único, como todo lo que tu escribes. Sigue así. Con todo mi cariño y mi admiración. Connie

  2. Yo también tuve esa espinita de no marcharme nunca. Siempre había un motivo para no hacerlo y siempre un sueño pospuesto. Y míranos ahora, capitán.

    Por otra parte, quería decirte que me has puesto la lágrima en la garganta en tres momentos a lo largo del post, que te quiero mucho, que te echo de menos y que también yo aprendí mucho de nuestros alumnos. Y, por supuesto, también de una manera especial de Olympia.

    Un beso desde esta isla con olor a especias y a sal

    • Míranos ahora, capitana. La espinita germinó y se convirtió en una rosa. Quién nos lo iba a decir, ¿eh?
      En cuanto a la lágrima, de eso se trata. Y de Olympia… ¡qué vamos a decir!
      Otro beso para ti desde esta ciudad de papaya y fideos de arroz.

  3. Lo importante como dices tú es aprender. Se es quien se es, en cualquier parte del mundo. Y tú hoy no podrías ser el Ernesto de Hanoi si no hubieras sido antes el profe de teatro, el estudiante de doctorado, el director de una compañía…Los viajes enseñan, pero los libros en los que te has sumergido seguro que te habían llevado antes a millones de lugares.
    Y lo dice una loca de los trenes, eh??? jajaja!!
    un abrazo muy fuerte de una viajerea que sueña con ir a veros!

    • Tienes toda la razón. Es muy posible que este fuera el mejor momento para quitarme la espinita, y todo lo anterior fuera un aprendizaje constante. Quién sabe.
      ¡Como vengas será fantástico! ¡Otro abrazo para ti!

  4. A mi mente acude una palabra: Valiente.
    El tiempo es tan sólo una magnitud, al que el ser humano no se enfrenta por el miedo a la muerte.
    Sin miedo a la muerte, el tiempo pierde, afortunadamente, parte de su valor.
    Será una experiencia excepcional, no sólo por todo lo que te llevarás, sino además por todo lo que aportarás (aunque tú mismo no lo creas).

    Un abrazo.

    Simplemente T

    • No sé cómo has llegado a mi blog, pero me alegro de que esto haya sucedido. He estado echando un ojo al tuyo, y voy a tener que leerlo con más tranquilidad.
      Gracias por tus palabras. Y, sí, no dudo de que aportaré y me aportarán. Es uno de los actos más bellos inherentes a la educación: el tomar y recibir de modo desinteresado.

      Otro abrazo para ti,

      H.

    • Un millón de gracias por tus palabras…me han hecho recordar la mitad de mi suerte, la buena. De una eterna aprendiz que se pasó ocho años de su vida fuera de su casa, con todo lo bueno y malo (turista y emigrante) que éllo conlleva.

      • Muchas gracias a ti. En el fondo todos somos aprendices de nuestra propia vida, ¿no? Yo sólo llevo dos meses como expatriado y todo parece más bonito de lo que realmente es. Sé que llegarán tiempos más complicados, pero eso es parte del juego que yo quería jugar.

        Un abrazo.

  5. Alguien que cuida, cuidó, cuidará, mima y quiere, tanto las palabras como tu, demuestra que siempre, fuiste, eres y serás un maestro. Y todo aquel que tenga el honor de encontrarse contigo lo sabe y sabe que és cierto..MAESTRO con mayusculas, maestro con capacidades, como la empatía en su puro estado, Asertivo y generoso, sincero y educado….eres un crack Don Ernesto, más por tu persona, que por tu sabiduría que por eso no hay duda. Gracias Ernesto por enseñarnos a ser mejores. Eres, una gran y magnifica persona y eso enseña tanto…abrazos calidos siempre.

    • Bolilla, hace ya casi dos mil años que fuiste alumno mío, y aún me parece que fue ayer mismo. SIempre cuido las palabras porque me parece que son ellas nuestras mejores embajadoras. Muchas gracias por las tuyas, hermoso. Muchas gracias por leerme. Muchas gracias por todo… Y por más aún.
      Abrazos cálidos y dulces para ti también.

  6. Me da mucho gusto leerte y saber de lo que haces siempre Ernesto. Gracias por siempre acordarte de los tiempos que pasamos en Alcala, en LA y aqui en tu casa… gracias por decir esas cosas que dices, que me hacen el dia super-buenisimo. Sigue escribiendo cosas tan lindas que en cierto modo reflejan lo que a muchos se nos da por dificultad de poner en papel/web/blog, etc. etc. Asi seguimos aprendiendo algo de ti como profesor y como amigo siempre. Un gran abrazo y besos =)
    Tu siempre alumna de corazon…

  7. Muchas veces tenemos que tener miedo o estar incómodos para tener la experiencia que cambiará la vida. Espero que disfrutes tu tiempo en Vietnam. Escucho que es un país bellísima.

  8. Te conozco desde hace mucho, siempre refugiada en el anonimato de ser asidua en el teatro y en la filología alcalaína. De pronto hoy, navegando por los mares de internet caigo en tu blog, y me atrevo (dado lo increíblemente tentador que es internet), a felicitarte. No solo transmites mucho con tus palabras, sino que además, (afortunada por haberlo hecho muchas veces antes), casi puedo escuchar tu voz recitando esos textos. Cuídate, Ernesto.

  9. How very special you are! You have a strong vitality, a warm heart, a brilliant mind… You are not only strong but also gentle and sensible. So come on, my captain! Do whatever you want, go wherever you want, meet whoever you want… And Vietnam always welcomes you:).
    I’m sorry for not writing in Spanish, because I don’t know it:D.
    You are the one who I adore…
    Love you.
    V.A

  10. Pingback: Metáforas, realidades y salchichas | Ernesto Filardi

  11. Reblogueó esto en FrancisMartinezSegovia's Blogy comentado:
    Gran entrada sobre el significado de la enseñanza para el docente, como proceso interactivo del que no sólo se enseña sino fundamentalmente se aprende.
    Enhorabuena por la entrada, estimado Ernesto, tan buena que la comparto en mi blog. Una entrada de la que he tenido cuenta a través de otra entrada que hizo ayer e n su Blog “Derecho Mercantil” el Prof. Alfaro (“Experiencia boloñesa de una alumna de la UAM”, sábado 31 de mayo de 2014).
    Cordialmente,
    Francis

  12. Pingback: Experiencia boloñesa de una alumna de la UAM | Juristas en Blog

  13. Pingback: Las dos caras de la moneda | Ernesto Filardi

  14. Pingback: Experiencia boloñesa de una alumna de la UAM | Almacén de Derecho

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