Glosa de la ternura merecida

Para Amalia, por la letra.
Para Soraya, por el alma.

Ahora que me tienes y te tengo
debajo del calor de mi cintura;
ahora que, por fin, no me detengo
a calcular, escéptica, si dura
esto de ser felices, te prevengo;
no pienso hacer el rol de chica dura
que va a exigirte más de lo que eres:
yo no soy de ese tipo de mujeres.

Lo digo, más que nada, porque quiero
saber que sabes que ni soy divina
ni pretendo intentarlo, y que prefiero
un tête a tête fregando en la cocina
a que me muestres siempre en candelero
como a esas niñas monas de oficina
que son, cuando les quitas la armadura,
incapaces de amor y de ternura.

Por eso ahora, por favor, intenta
no imitar ni de lejos a esa gente
que piensa que lo ajeno es una afrenta
dispuesta a ser vengada, y ten en mente
que nunca es el más macho el que más cuenta.
No necesito un vengador valiente
que de amor en la calle se desangre:
yo se lo que es valor y lo que es sangre.

Bésame más, amor, dime al oído
“vamos a amarnos siempre”, como aquellos
que no necesitaron otro nido,
sacrificando todos sus destellos
a la constancia, y que por eso han sido
héroes de un cuento bello entre los bellos;
aunque odies la constancia y te repugne,
aunque odie el sacrificio y me repugne,

prometo serte fiel de pensamiento,
de potencia, de acto y devaneo,
seré protagonista de tu cuento,
y no sospecharé si no te veo
ni sembraré reproches en el viento
si me hablan bien de ti, pues, según creo,
los celos suelen ser siempre, en esencia,
la vanidad que nace en la violencia.

Algunas noches puede que hasta veas
mis lágrimas bailar en tu mejilla.
Conquístame sin más: lo que deseas
lo tendrás frente a ti: soy muy sencilla
y digo la verdad; quiero que creas
que antes que estancarme ante la orilla
de un triste restregón de calendario
quiero ser la mujer de un mercenario.

Si el ardor me encuentra entretenida
rogando por favor a tu costado
estar dentro de ti, roba mi vida
y llévame a un rincón, apasionado,
para ser la constancia del suicida,
la urgencia sin piedad de un abogado;
por ser, seré la causa del abismo
de un poeta, de un mártir, es lo mismo.

Seré pues, sí, tu estatua, tu sorpresa,
tus medias de Berkshire, tu veintitantos,
tu zorra, tu abanico, tu princesa,
la pequeñaja musa de tus cantos
si clavas en mis ojos tu promesa.
Quizás porque he besado ya a unos cuantos
o quizás porque no supe sus nombres,
yo sé mirar los ojos de los hombres.

Y ahora que por fin cierro la boca
delante de tus lágrimas de santo
corramos el telón, porque ya toca
comenzar la función, y, por lo tanto,
recuerda siempre el texto de esta loca:
para que no se desgaste mi encanto
ni tu voz se convierta en mi tortura
conozco a quien merece mi ternura.

(Como indica el título de un poema, se trata de una glosa. Es decir, de una versión ampliada de un poema anterior. En este caso, un poema bellísimo de Amalia Bautista que podéis encontrar aquí. Si os apetece leer algo más sobre las glosas, podéis echar un ojo a este otro texto mío.)

Viva la Pepa

Actor 1 – La Revolución Francesa fue el principio del fin de las monarquías absolutistas europeas. Cada país evolucionará de un modo distinto, sea hacia la República, la Monarquía Democrática u otros sistemas de gobierno. Durante el siglo XIX la sociedad española se verá envuelta en guerras, alzamientos, golpes de estado, revoluciones, dictaduras… porque los españoles no se ponían de acuerdo en cuál era el mejor modo de gobierno.

Actor 2 – Estamos, pues, en 1808. La Guerra de la Independencia, que duró 4 años. El rey oficial es José Bonaparte, que procuró, al principio, llevarse bien con los españoles. No lo consiguió.

Actriz – De todas partes de España llegan a Cádiz miembros de la resistencia contra los franceses y se proclaman a sí mismos herederos de la soberanía del reino. Son las llamadas Cortes de Cádiz.

Liberal – Seamos constructivos. En Francia, para cambiar las cosas, cortaban cabezas. Aquí vamos a hacerlo con una Constitución. De modo ordenado.

Absolutista ¿Cambiar? Aquí no hay nada que cambiar.

Liberal – ¿Pero entonces para qué estamos haciendo una guerra? ¿Para dejarlo todo igual que antes?

Absolutista – Queremos que Fernando VII tenga poder absoluto. Por eso somos absolutistas.

Liberal – Nosotros, los liberales, creemos que su gobierno debe estar controlado por las Cortes.

Absolutista –  Pues tenemos un problema. (Suena el teléfono. El abolutista responde) ¿Cómo? ¿Las colonias americanas? ¿Que estáis despistados porque no sabéis si obedecer a los franceses o a nosotros y vais a comenzar vuestra independencia? ¿Y a mí qué? ¡Con el lío que tenemos aquí! (Cuelga) ¿Por dónde íbamos?

Liberal – Un rey controlado por las Cortes.

Absolutista – ¿Nos lo jugamos a los chinos? (Juegan y pierden los absolutistas) Vaya por Dios.

Liberal – Pues hala, fuera de aquí, que tenemos que hacer una Constitución liberal.

Absolutista – Bueno, menos mal que el pueblo no os va a hacer caso.

Liberal – ¿Cómo que no? Si nosotros somos la prosperidad. El futuro.

Absolutista – Es muy fácil convencer a los españoles de que el progreso es malo. ¿No ves que son medio tontos? Sólo hay que asustarles un poco y decirles que el mundo se va a acabar. (Sale)

Liberal –  Hoy, 19 de marzo de 1812, queda proclamada la Constitución de Cádiz, popularmente conocida como “La Pepa”, según la cual la nación es la reunión de todos los españoles de ambos hemisferios. Creemos asimismo en la libertad individual, la igualdad ante la ley y la división de poderes: la ley será aplicada por los tribunales y no por el Rey. Éste, además, estará controlado por las Cortes, cuyos miembros serán elegidos por sufragio universal. Masculino, eso sí, que las mujeres aún no votan en ningún país del mundo. ¡Viva la Pepa! (Música festiva. El liberal baila. La música se interrumpe con la entrada de Fernando VII, acompañado por el pueblo)

Fernando VII – Hola a todos. He vuelto.

Pueblo – ¡Viva nuestro rey! ¡Viva Fernando VII! ¡Mueran los franceses!

Liberal – Majestad, qué alegría verle. Es usted el rey deseado por todos los españoles.

Fernando VII – Que sí, que sí, que vale. ¿Qué es eso?

Liberal – La Constitución. Un ejemplo maravilloso de libertad para comenzar juntos un periodo…

Fernando VII – (Rompiéndo la Constitución) ¿Pero tú qué te has creído? Aquí el Rey soy yo. ¿Te enteras?

Pueblo – ¡Viva Fernando VII! ¡Viva!

Liberal – Pero… Majestad… La libertad…

Fernando VII – Ni libertad ni gaitas en vinagre. A ver, ¿qué han hecho los franceses? ¿Eliminar la Inquisición? Pues yo la vuelvo a poner. Porque el Rey soy yo. Y punto. ¿Qué es eso de la libertad?

Liberal – (Sacando una pistola mientras suena el himno de Riego) ¡No lo permitiré! ¡O acatas la Constitución o la liamos! ¡El movimiento liberal triunfará en toda Europa!

Fernando VII – Tú eres tonto. ¿Tú no sabes que Napoleón ha sido derrotado y hay muchos reyes en Europa que quieren volver al absolutismo? (Llamando por el móvil) Hola, ¿es la Santa Alianza? Oye, que tengo problemas aquí con unos liberales. Venga, gracias. (Cuelga) Hala, ya está. Me envían un ejército para venceros. Los cien mil hijos de San Luis. Ya podéis rendiros.

Pueblo – ¡Viva Fernando VII! ¡Muera la libertad! ¡Vivan las caenas!

Fernando VII – Gracias, gracias.

Liberal – (Saliendo) Este pueblo es imbécil.

Fernando VII – Ahora es cuando os vais a enterar de quién soy yo. (Suena el móvil) ¿Qué pasa ahora? ¿Qué se han independizado Argentina, Colombia, Venezuela, Chile, México y Perú? ¿Y a mí qué me importa? Estoy castigando a un país entero. (Cuelga) Lo que os decía: os esperan diez años finos. Pero finos, finos. Y si algún liberal de esos intenta rebelarse…

Fernando VII – De momento, toda influencia francesa será prohibida. Los españoles afrancesados, fuera del país o los matamos. No nos interesan las ideas extranjeras.

Pueblo – Pero entonces, los adelantos culturales y científicos…

Fernando VII – A la porra los adelantos. Ah, y quedan cerradas las Universidades.

Pueblo – ¿Las universidades? ¿Por qué?

Fernando VII – Porque un pueblo idiota es la mayor seguridad de un tirano.

 

(Fragmento de “Historia de España en 70 minutos“)

La buena estrella

Todo aquello que en mí anduve buscando
estaba traicionando aquella noche.
Con duda y con reproche, mas sin pausa
como un matón de causa intolerable,
se me cruzó algún cable releyendo
aquel montón tremendo de señoras
vendiendo amor por horas a cualquiera
que pagando acudiera a sus servicios
desvelando sus vicios más secretos.

Con los dedos inquietos pulsé el timbre.
Desde un sillón de mimbre, la madama
me condujo a la cama sin paciencia,
y, con su sabia ciencia, al sonreír,
me propuso elegir entre tres nenas
que ocultaban sus penas malamente.
Quise bajar la frente, pero ellas,
instruidas doncellas en lo suyo
soltaron un murmullo aprobatorio
quemando el purgatorio de mis males:
tres mujeres fatales ahí delante
con un frío talante malherido.
De la primera, Olvido se llamaba,
creo que me asustaba su figura
de vetusta escultura contrahecha.
Atrás, a su derecha, había otra
que aun siendo mejor potra, parecía
regarme de agonía con su tacto.
Nervioso, cerré el pacto con Estrella,
que no era la más bella; sin embargo,
en besos por encargo era precisa,
y un no sé qué en su risa dulce y clara
consiguió que pagara sin recato,
cobrando por un rato diez billetes.

Experta, con arietes en el alma,
me desnudó con calma tras decirme
que cumpliría firme mis deseos
sin prisas ni rodeos, que en la cama
le gustaba ser dama cumplidora
y que hasta que la hora nos llegase
daríamos desfase a nuestros fuegos.

Como en lucha de griegos y troyanos
precipité mis manos en su pecho,
y ella, reina del lecho y sus hechuras,
en mil y una posturas se ofrecía
a la vez que pedía que la entrara
mirándole a la cara con lujuria.
Su desatada furia enfurecida
colmó cada embestida de coraje,
y al soltar lo salvaje de mí mismo
forzando un cataclismo en mi interior
(sabiendo que su ardor era ensayado
y su gesto excitado un burdo engaño)
me provocaba daño darme cuenta
que la carne nos tienta de tal modo
que lo destruye todo cuando pasa,
que el amor sí fracasa algunas veces,
que siempre te mereces el infierno
cuando cambias lo tierno por lo adusto.
Pero era tanto el gusto que por fuera
causaba la ramera en mis sentidos
llenando de gemidos mi pesar,
que no pude aguantar ya ni un momento:
rendido y sin aliento acabé el trato.

No hubo pasado un rato de demora,
cuando vi que era hora de marcharme.
Al punto de asearme, la vi quieta;
su oscura silueta de palillo
fumaba un cigarrillo largo y caro.
Mirando sin descaro mi pellejo
me regaló un consejo clandestino
que hizo mi destino comprender:
“Olvida a esa mujer: no te conviene.”

Aún hoy me retiene el pensamiento
recordar ese acento caribeño
que, con mínimo empeño y sacrificio
regresaba a su oficio de fulana
mientras yo, con desgana y desamor
bajé en el ascensor, la cara seria,
llorando de miseria por tu adiós.

(Foto: montecarlodailyphoto)

 

(Nota: Este poema pertenece a mi poemario “Penúltimo momento“)

Marco Polo


Para Luna Paredes

Hace ya tantos años que soñé que comenzaba este viaje
que ahora no recuerdo ni el motivo ni el destino.
Pero me encuentro aquí, dos continentes más allá,
en esta ciudad dorada cuyos ríos son deidades,
esta ciudad caótica y sensible cuya historia se escribió desde el silencio,
esta ciudad desnuda cuyo nombre tiene ásperos sonidos que no sé reconocer.

No es este, sin embargo, el lugar más admirable de la tierra;
el camino ha sido largo y la belleza, una constante bendición:
he descubierto bosques avanzando hacia las costas,
he sentido latir la compasión de antiguas ruinas imperiales,
he conversado con imágenes de dioses sonrientes
que reniegan de castigos y culpables,
he visto el despertar de las luciérnagas, la aurora boreal,
las danzas con antorchas en las noches del desierto,
la lágrima orgullosa del jinete, del pastor y del maestro.
Ante mí se han desplegado sin cesar la Tierra, el Agua, el Fuego, el Aire y el Metal
en dirección a los seis puntos cardinales del Espacio.
He conocido mucho más de lo que muchos creen que es mucho
y toda esa belleza es ahora parte de mi piel.

A lo largo del camino he compartido pan, anécdotas y sueños
con docenas de personas que quizás ya no veré.
Personas como yo que en un momento delicado
se cruzaron en mi vida. O yo me crucé en las suyas, no lo sé.
Amistades efímeras e intensas
gracias a la certeza de que es algo temporal.
Con ellas aprendí que el hombre es bueno,
que en poco tiempo se puede ser bastante para otro,
que la verdad no es nunca un dogma inamovible
que debamos acuñarnos con mayúsculas doradas e indelebles
sino un concepto amplio y permeable
dispuesto a cobijar a quien reniegue del cuchillo y la calumnia.

Soy un hombre afortunado en el sentido más hermoso que conozco.
Soy un hombre afortunado, aunque el precio de esta dicha
sea el no poder jamás abandonar esta nostalgia
que me empuja a echar de menos siempre a alguien.
No sólo a mi familia o a mis amigos de infancia.
También al mercader que cada día con un guiño
me ofrecía una bebida de textura inesperada,
o al chico sonriente que me hizo sonreír durante meses
creyendo que sabía saludarme en mi idioma.
Me encuentre donde me encuentre, en casa o fuera de ella,
siempre me faltará alguien. Es así.
Y sin embargo, ya lo he dicho, soy un hombre afortunado.

No es esta, por lo tanto, la ciudad que yo buscaba
– la más querida es aquella donde ha de estar mi tumba
y quiero pensar que aún no he conocido la ciudad más fascinante-,
pero aquí me he encontrado una rutina sosegada.
Ya no me fascina todo, pero no soy un intruso.
Me invitan a sentarme con ellos mientras comen
y conozco las palabras necesarias para ser agradecido.

No es esta la ciudad que yo buscaba.
Y sin embargo aún no sé cuál de todas estas calles,
estas voces y sonrisas que ahora son mi día a día,
será la que provoque, cuando esté ya entre los míos,
mi deseo incontrolable de volver a estar aquí.

(Foto: http://supermelion.com)