Hanói, más allá de las motos

Comenzaremos por un lugar común a partir de una frase hecha: “Hanói es una ciudad joven que mira hacia delante”. Así, de entrada, podría encajar perfectamente en una de esas guías de viaje repletas de fotos a todo color en las que conviven la bahía de Halong, el mausoleo de Ho Chi Minh y una vendedora callejera de fruta sonriendo a cámara. Y motos, por supuesto. Muchas motos.

Así comienza el nuevo artículo que he escrito para Jot Down y que puedes leer aquí.

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La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)