Metáforas, realidades y salchichas

(Nota: Este texto, como todos los de mi blog, puede leerse de forma individual. Pero es muy posible que para comprenderlo en su totalidad necesites leer antes mi texto «El fin de la condena»)

Para @tanirockk, @estefaldina,
@ruben_caviedes y @CondedeGondomar,
que siempre están al otro lado de la pantalla.

Hace seis meses que llegamos a Canadá buscando un futuro mejor para Amelia y Victoria que el que parecía esperarles en España. Seis meses intensos llenos de nuevas experiencias y cosas que aprender: ahora saben pulsar botones para que suene la música en sus juguetes favoritos, estirar los brazos y las piernas para ayudar cuando mamá o papá les ponen la ropa y hasta plantan sus pies en el suelo, comenzando a dar sus primeros pasos sin apoyarse. Soltándose poco a poco de las personas que les ayudan a tenerse en pie.

Esta es la realidad. Pero también es una metáfora de la nueva vida de sus padres.

Es una metáfora porque tras todo este tiempo ya sabemos a qué timbres llamar para conseguir lo que necesitamos, hemos aprendido qué ponernos para sobrevivir a -30º y, lo mejor de todo, nos hemos mudado a un piso en el que Amelia y Victoria no solo tienen un dormitorio sino también una terraza acristalada que hemos convertido en su habitación de jugar.

Durante estos meses hemos estado viviendo en casa de mi hermano y su mujer, cuya generosidad y paciencia infinita son solo comparables a las de mis suegros, que nos alojaron durante algo más de un año, cuando Amelia y Victoria aún no habían nacido. Esto significa que hemos vivido más de año y medio en casa(s) ajena(s), y esos primeros pasos que estamos dando sin ayuda en un país en el que comenzar de nuevo son, como les sucede a ellas, tan complicados como satisfactorios, tan imprecisos como hermosos: nos hemos enfrentado al invierno más duro de los últimos treinta años pero también hemos conocido de primera mano la calidez humana de los canadienses, una gente siempre dispuesta a echar una mano porque saben lo árido que puede ser este país para un recién llegado. Hemos tenido que poner un océano de distancia entre nosotros y nuestros seres queridos, pero hemos encontrado aquí una segunda familia que nos ha hecho comprender el significado profundo de Acción de Gracias. Hemos renunciado a la vida que habíamos construido durante años en España, pero ahora tenemos un proyecto de futuro que allí nos era imposible cumplir.

No hemos empezado de cero porque nunca se empieza desde tan abajo cuando se comienza una nueva vida en otro país: siempre hay un mínimo conocimiento previo de cómo funciona el mercado laboral, y tus habilidades adquiridas previamente (versatilidad, capacidad de realizar varias tareas al mismo tiempo, planificación previa…) siempre te van a acompañar adonde vayas. No hemos empezado de cero, pero sí nos hemos tenido que acostumbrar a no ser nadie durante un tiempo. Oficialmente hablando, claro, pero nadie a fin de cuentas. Eso implica, por ejemplo, que tu experiencia laboral previa no cuenta porque nunca has trabajado aquí y nadie se va a preocupar de llamar a España para preguntar si eres de fiar o no. Por supuesto, eso supone tener que aceptar cualquier trabajo. El que haya, aunque tenemos la suerte de haber llegado a un país en el que trabajo no falta. En mi caso, y aquí abandono el nosotros porque a mi mujer aún no le han concedido permiso de trabajo, estoy ahora en proceso de convalidar mis títulos académicos. Mientras tanto, tengo que quitarlos de mi CV si no quiero que me rechacen cuando pido trabajo en una librería o en una fábrica. Las primeras veces pica un poco, para qué negarlo. Especialmente cuando ves que hay otros a los que les va de maravilla inflando un CV falso. Pero llega un momento en que ves todo con otra perspectiva y comprendes que lo importante es, como dicen aquí, llevar el bacon a casa. ¿Y en qué trabajo entonces? ¿Cómo ha sido posible “independizarnos” en solo unos meses? Muy sencillo: hago salchichas.

Esto no es una metáfora de nada. Es la realidad.

A través de una empresa de trabajo temporal he conseguido trabajo en una fábrica de comida preparada. No solo salchichas, eh. Carne picada, hamburguesas, albóndigas, alitas de pollo con salsa barbacoa… También he trabajado estos meses repartiendo periódicos, trabajando en una cartonera y empaquetando botellas de plástico. Pero a mí me gusta decir que hago salchichas porque es más sonoro y más gráfico a la hora de describir mi nueva vida.

Es posible que al leer esto alguno se burle de mi situación (fíjate qué pringao, que se pone a hacer salchichas con la formación que tiene); o todo lo contrario, sienta algo parecido a la compasión (fíjate qué pena, que tenga que ponerse a hacer salchichas con la formación que tiene) o incluso la indignación (fíjate que por culpa de estos cabrones tenga que ponerse a hacer salchichas, con la formación que tiene). Otros se encogerán de hombros (pues que se ponga a hacer salchichas, tenga la formación que tenga) y, tal como está el cotarro, alguien sentirá algo de envidia (qué suerte tiene, que yo también tengo buena formación y ni siquiera consigo hacer salchichas). Y todos tendríais razón. Cada uno a su manera, claro. Yo, que en estos meses he transitado todos esos estados de ánimo, he llegado a un punto que me gustaría explicaros para compartir con vosotros mi satisfacción.

Hace tiempo escribí un texto en este mismo blog en el que hablaba de lo importante que es cambiar de país para ver el tuyo desde cierta perspectiva. Por aquel entonces yo decía lo siguiente:

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

En aquel momento algo en mí necesitaba irse. Cambiar. Comprender el significado de ese lugar tan común llamado «conocer otras formas de pensar». Así que lo hice. Estuve fuera unos meses. Regresé sin saber que años después tendría que volver a irme por motivos muy distintos para aprenderme de memoria nuevas calles, otro horario de trenes y autobuses e incluso otro olor de otra panadería.

En los últimos seis meses he estado demasiado ocupado buscando trabajo como para empaparme de otros puntos de vista o de otros modos de concebir y explicar la vida, pero han sido suficientes para comprender que no es ninguna vergüenza trabajar haciendo salchichas teniendo un doctorado: la vergüenza es que haya profesores universitarios en España que cobren casi tres veces menos que yo (y sin cotizar) sabiendo que el sueldo mínimo en Canadá no llega al doble. La vergüenza es que mis amigos allí tengan asumido que nunca van a cobrar las horas extra mientras que aquí cuando llega la hora suena un timbre y el jefe me dice sonriendo que muchas gracias y que ya me puedo ir a casa. La vergüenza es que mi mujer no tuviera derecho a asistencia sanitaria cuando estaba embarazada tras años trabajando para varios ministerios, mientras que aquí el gobierno nos concede una ayuda mensual -con la que pagamos la mitad del piso- hasta que Amelia y Victoria cumplan dieciocho años.

Esta es la realidad que nos hemo encontrado, pero también es una metáfora que explica la España salerosa de la que hemos huido.

No estoy diciendo que este sea el mejor país del mundo: aquí tenemos senadores puestos a dedo que cobran sueldos vitalicios y representantes políticos que, ejem, no están a la altura de las circunstancias. Tampoco digo que lo dejéis todo y os vengáis mañana mismo para acá: conseguir los papeles canadienses lleva muchísimo tiempo y aquí son muy estrictos con eso. Lo que quiero decir es que aquí es más fácil crear una familia, y tengo la suerte de hacerlo. Haciendo salchichas o lo que sea.

Pero no quisiera que mis palabras sonaran a despecho, porque este es un texto de amor aunque no lo parezca. De amor incondicional a mi mujer y a mis hijas, que me han ayudado a comprender que ellas –las tres- son lo mejor de mi vida: tengo un currículo bastante decente, hablo varios idiomas y he vivido y trabajado en cinco países. Un espectáculo mío superó las doscientas representaciones, otro fue estrenado en la Casa Museo de Tolstói y por otro fui nominado a un importante premio teatral. He ganado un premio nacional de poesía, he demostrado la autoría de Lope de Vega en una obra que no se consideraba suya desde hacía setenta años y escribo de vez en cuando en una de las más prestigiosas revistas culturales de hoy en día. Conozco cuatro continentes, he hecho submarinismo recorriendo los camarotes de un pecio, he surcado el Mekong, he recorrido la carretera del Pacífico, me he bañado en un río rodeado de elefantes, me he empapado en Iguazú y he estado en la cima de un volcán en erupción. He plantado dos árboles, he publicado dos libros, he montado dos veces en globo y, ya lo sabéis, tengo dos hijas. Aún no he cumplido los cuarenta y puedo decir en voz alta que tengo una vida de la que estoy muy satisfecho. ¿Cómo no estarlo si incluso te tengo ahora a ti, quienquiera que seas, que pudiendo hacer cualquier otra cosa has decidido invertir un rato de tu tiempo leyendo estas líneas?

Pero ya veis: de nada me siento tan orgulloso como de la sonrisa de mi mujer cuando el otro día, al terminar la mudanza, se cerró la puerta y nos quedamos los cuatro en una casa a la que por fin podíamos llamar nuestra.

No pretendo seguir con las salchichas toda la vida: cuando estemos más asentados buscaré otro trabajo. A ser posible relacionado con la educación, porque es con lo que verdaderamente disfruto y en lo que creo que puedo ser más útil. Hasta entonces seguiré haciendo salchichas (o botellas de plástico o cajas de cartón o lo que sea) con la cabeza bien alta. Tuve la suerte de estudiar lo que me gustaba, tuve el privilegio de poder vivir de ello durante años y sé que tendré la fortuna de volver a hacerlo. Pero antes que profesor o escritor soy padre y marido y de ello estoy ejerciendo con notable éxito, ya que solo hemos necesitado unos meses para lograr el objetivo que nos habíamos propuesto. Objetivo que cuando nacieron Amelia y Victoria nos parecía aún más lejano que este país que nos está ayudando a llevarlo a cabo. Solo unos meses ­-quién nos lo iba a decir- para terminar con esa condena, con esa sensación de fracaso centenaria a la que me refería aquí. Estoy convencido de que no soy el único. Que hay miles de titulados que se han marchado fuera y están viviendo dignamente desempeñando otras tareas que aquellas para las que se formaron. Pero otro gallo nos cantaría si cada uno de los responsables de educación y empleo a nivel nacional, autonómico y municipal pudiera compartir sinceramente con nosotros esa sensación de misión cumplida.

Y aquí os dejo, porque se ha quedado muy buena tarde para ir a dar una vuelta. Hoy solo estamos a -8º, con una sensación térmica de -12º. Aunque no lo parezca, es una buena noticia porque eso significa que poco a poco está llegando la primavera. Esa es la gran lección que hemos aprendido en este, a pesar de todo, cálido país: que por muy largo que sea el invierno de nuestro descontento siempre sale el sol.

Esto es una metáfora, por supuesto. Pero también, os lo aseguro, una realidad.

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