Alguien tiene que hacerlo

Para mi madre.

Cuando hace unas semanas publiqué «Metáforas, realidades y salchichas» no podía imaginar que se convertiría en solo tres días en el texto más visitado de mi blog: casi cinco mil visitas y unas cuantas docenas de mensajes a través del mismo blog, twitter o facebook llenos de apoyo, esperanzas, ilusiones, agradecimiento y mucho cariño. Entre los comentarios se repetía mucho la idea de que mi cambio de vida tiene mucho mérito y es un ejemplo a seguir. Lo cual me halaga, por supuesto. Pero, y esto no es falsa humildad, creo que hago lo que haría cualquier padre en mi lugar: luchar por el pan de mi familia. Es algo que he visto en casa desde pequeño. Especialmente en mi madre, cuya vida no ha sido lo que se dice un jardín de rosas. Permitidme que os hable de ella para explicar mejor lo que quiero decir.

Mi madre quedó huérfana en plena posguerra antes de cumplir los diez años. Aparte de recorrer el camino hacia el altar vestida de negro para recibir la primera comunión, eso le supuso no poder estudiar por mucho que las profesoras dijeran que era una lástima sacar a una chica tan inteligente del colegio. Pero mi abuela trabajaba limpiando suelos y su sueldo no era suficiente para poder mantener a sus dos hijos. Mi madre tardó poco en aprender en la escuela de la vida que Dios aprieta pero no ahoga, pero que cuando aprieta hay que echarse las penas a la espalda, arremangarse y meterse en el fango de tu realidad –sea la que sea- hasta la cintura. Porque alguien tiene que hacerlo.

Así que comenzó a trabajar. Y lo hizo lo mejor posible porque era muy eficiente y consiguió salir adelante más o menos dignamente. Pasó el tiempo, conoció a un chico con el que peló la pava, se casaron, tuvieron un crío y luego otro más. Él trabajaba en la Base Aérea de Torrejón, y de tanto escuchar a sus compañeros hablar de las maravillas de Norteamérica decidió que lo mejor era marcharse a probar suerte. Habló con mi madre y llegaron a la conclusión de que era más práctico que él se marchara primero. Unos meses, decía, para que cuando ya tenga casa puedas venir con los críos. Y así lo hizo. Se marchó a Canadá y unos meses después escribió a mi madre diciendo que todo estaba listo. Que podían comenzar su nueva vida en un país frío pero lleno de oportunidades.

Mi madre se fue a Canadá con una maleta y dos niños que apenas habían aprendido a hablar. Cuando llegó, un 24 de diciembre por la noche, no había nadie en el aeropuerto esperando. Esperó y esperó, pero su marido no aparecía. Como tenía escrito en un papel su número de teléfono, consiguió como pudo algunas monedas y contactar con él. “Ah, ¿ya estás aquí? Se me había olvidado que venías hoy”, fue la respuesta. Un rato después, ya en el coche, él le explicó que estaba viviendo con otra mujer. Que se había enamorado y que quería que vivieran juntos los cinco. Las dos mujeres, los dos críos y él.

No hace falta explicar que esa fue la Nochebuena más triste de mi madre. Cuando llegaron a la casa conoció a la otra mujer, le mostraron la habitación que ellos habían montado para mi madre y los niños y se marcharon a la suya. Han pasado cincuenta años de eso y mi madre todavía recuerda las risas y los gemidos mezclados con su llanto y el de mis hermanos. No podía permitirse el derrumbarse porque tenía dos hijos que la necesitaban. Había que cuidar de ellos y alguien tenía que hacerlo. Pero no sabía cómo porque ni siquiera sabía dónde estaba y, por supuesto, no hablaba ni una palabra de inglés.

Aguantó en esa casa un tiempo hasta que pudo conocer a personas maravillosas (algunas de las cuales siguen todavía en contacto con ella) que le cambiaron la vida para siempre: la ayudaron a salir de allí, a encontrar un hogar, un trabajo para ir tirando, una escuela gratuita de inglés y un divorcio que en España hubiera sido impensable. En ese momento tuvo que afrontar la decisión más trascendente de su vida: una opción era quedarse con dos niños pequeños en un país desconocido, con unos inviernos durísimos y sin más compañía y afecto que la de otros emigrantes que ya iría conociendo. La otra opción era regresar a España: al calor del cobijo familiar, pero al precio de cargar durante toda su vida el estigma de ser, en la España franquista de los años 60, la pobre mujer abandonada con dos críos.

Decidió quedarse, por supuesto. Y puso tanto empeño en sacar a sus hijos adelante que poco tiempo después ya estaba trabajando en un ministerio canadiense a pesar de que entre el trabajo y la escuela de inglés apenas tenía tiempo para cuidar a los niños. Por eso mi abuela decidió vender su casa y se marchó a Canadá con su maleta de cartón y su deseo irrenunciable de ayudar a su hija. Cuando mi madre le preguntó cómo era posible que hubiera vendido la casa que había conseguido pagar tras muchos años limpiando las de otra gente, mi abuela le respondió con sinceridad: mi madre necesitaba ayuda y alguien tenía que hacerlo.

Con el tiempo, la situación fue mejorando. Mi madre conoció a mi padre, peló la pava con él, se casaron y nací yo. Poco tiempo después murió Franco y mis padres decidieron regresar a España, ilusionados con una democracia que nunca habían conocido. Compraron una casa y mi abuela vivió siempre con ellos porque le era imposible a su edad conseguir un trabajo que le permitiera mantenerse por sí misma. Mis padres estuvieron encantados de poder tenerla en casa porque sin su ayuda en Canadá nada habría sido posible. Ahora era mi abuela la que necesitaba que le echaran una mano y, cómo no, alguien tenía que hacerlo.

Mi madre encontró trabajo, qué casualidad, en la misma Base de Torrejón que había sido el origen de su odisea particular. Ahora mismo, si pienso en mi infancia, no recuerdo desayunar con mi madre de lunes a viernes porque se levantaba a las cinco de la mañana para irse a trabajar. No éramos ricos en absoluto, pero mis hermanos y yo tuvimos la suerte de gozar de una vida sin preocupaciones económicas gracias al esfuerzo de nuestros padres. Era mi padre quien se encargaba de las cuentas; años después, cuando se fue de casa, a mi madre se le cayó el mundo encima porque nunca había sabido de legalismos, hipotecas, letras, plazos, préstamos ni tipos de interés. Lo único que tenía claro es que, tantos años después de lo que había sucedido en Canadá, no quería quedarse de nuevo en la calle. Haría lo que fuera necesario para no perder el piso. Mi abuela tenía casi noventa años y tanto mis hermanos como yo vivíamos una situación personal que no nos permitía ayudar tanto como nos hubiera gustado. En este caso fue mi tío, el hermano pequeño de mi madre, quien se encargó de todas las gestiones y papeleos necesarios. Habló con abogados, con notarios, con directores de banco y otra gente de corbatas gris marengo hasta que finalmente consiguió que mi madre pudiera respirar tranquila.

Pasaron varios años y todos pudimos ver las cosas con más perspectiva. Un día, tomando un café con mi tío en su casa, salió el tema y aproveché para darle de nuevo las gracias por todo lo que hizo. Me contestó que fue una gran satisfacción poder ayudarla: hacía muchos años que le acompañaba el remordimiento de no haber podido echar una mano cuando mi madre decidió quedarse en Canadá, y la separación de mis padres fue la posibilidad que permitió a mi tío limpiarse esa sensación de culpa. Mi tío ya estaba mayor y por aquel entonces comenzaba a sentirse cada día más cansado, pero aún me conmueve recordar su gesto tranquilo y satisfecho. La mirada serenamente orgullosa del que sabe que ha hecho lo necesario cuando alguien tiene que hacerlo.

Ese ejemplo que recibí de mi abuela, de mi madre y de mi tío es un rasgo característico del adulto que ahora soy. Hace ocho meses que emigré a Canadá con mi mujer y mis hijas y mi madre ya no tiene claro si odia o ama este país que ahora me acoge, pues es un país que le recuerda unos años que para ella fueron durísimos pero es a la vez el país en el que crecieron sus hijos y ahora crecen sus nietos. Cada vez que hablamos por skype me pregunta si existe la posibilidad de que volvamos a España alguna vez. Yo sé que ella se guarda sus ganas de preguntarme si echo de menos el estar cerca de mi familia y de mis amigos, y ella sabe que yo me muerdo la lengua para responderle que no estoy aquí por gusto sino porque ahora soy yo el que tiene que hacerlo.

 

Esta es la historia de mi madre. Una vida complicada que es parte irrenunciable de la mía y de la que, como tal, me siento orgulloso (si es que puede llamarse orgullo a esa extraña mezcla de admiración y compasión que uno siente hacia las personas queridas que están en paz tras mucho sufrimiento­). Esta es la historia de mi madre, sí. Pero estoy convencido de que, al igual que mi historia es la de muchos de vosotros, la de mi madre es también la de muchas otras madres porque en todas partes cuecen habas y en todas las familias ha habido caricias y lamentos.

Por eso me gustaría que de vez en cuando hiciéramos como los actores de teatro con el director después del estreno: echarnos a un lado en el escenario de nuestra vida para pedir el aplauso para ellas, que nos dieron el pecho, el biberón o la papilla y cuando éramos mayorcitos nos preguntaban si preferíamos pollo o macarrones. Para las que nos limpiaron los pañales y la sangre de la nariz y pasaron noches en vela por nuestros cólicos lactantes, nuestras paperas y nuestras anginas. Para las que nos traspasaron sus temores y sus complejos y para las que se enfrentaron a ellos para que no las viéramos llorar. Para las que se llenaron de hijos, para las que abortaron porque no se veían capaces de hacerse cargo de más, para las que murieron en el parto y para las que no pudieron quedarse embarazadas y entregaron su amor incondicional a gatos y a sobrinos. Para las madres solteras, las que alquilaron su vientre y las inseminadas artificialmente por cuestiones de infertilidad o por ser pareja de otra mujer. Para las que lloraron de alegría al enterarse y para aquellas a las que se les cayó el cielo encima. Para las madres adoptivas y para las que dieron un hijo en adopción. Para las que sufrieron un aborto espontáneo, para aquellas a las que les robaron el hijo en el hospital y para las que alguna vez sufrieron el dolor incalculable de tener en sus brazos un hijo muerto. Para las madres que lo hicieron mejor, para las madres que lo hicieron peor, para las madres que se quedaron en el camino. Para aquellas madres que hoy, cuando sus hijos pronuncian palabras como incertidumbre, paro, ERE, recortes o emigrar se sienten impotentes porque saben que ya no surten efecto ni la sopa calentita ni el cura sana ni la tirita con mercromina ni el vaso de agua por la noche. Y, por supuesto, para las madres que aprietan los puños con fuerza mientras intentan disimular la frustración de ver a su hijo atravesar la puerta de embarque con un billete solo de ida.

Todas esas madres merecen que alguien les dé su eterno agradecimiento. Alguien tiene que hacerlo. Y es justo que seamos nosotros, frutos dulces y sufridos de sus ilusiones y sus desvelos.

Terraza con preciosas

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14 pensamientos en “Alguien tiene que hacerlo

  1. A veces,cuando salia con tus hermanos hacia la escuela-guardería con el tiempo justo, vestidos con unos “monitos anoracks” de cuerpo entero para protegerles del intenso frío, a alguno le surgía una urgencia, quiero pis o caca…..quítale el monito llévale al baño…..!que no llego!…..me lo ha contado Conchi tantas veces, y ella sola con sus hijos, aún no habías nacido tu……
    Tienes la madre que te mereces Ernesto, y yo la querida amiga, generosa, cariñosa, divertida, comprometida, siempre deseando ayudar, inteligente, luchadora y valiente, muy valiente para poder soportar la ausencia de sus hijos por los diversos motivos, en tu caso a la fuerza.
    Dicen que lo que no nos mata nos hace mas fuertes, pero nos deja heridas que siempre supuran, el bálsamo está en los encuentros por Skipe, viendo a las preciosas Amelia y Victoria
    en los videos donde nos enseña sus correrías, eso le hace feliz y como no su próximo viaje.
    Gracias por este hermoso articulo,donde nos reconocemos tantas madres y felicidades por tener una madre como la que tienes.
    Un beso y un fuerte abrazo con todo cariño

  2. Es usted un buen hijo, porque tuvo una buena madre, y una madre buena. Dentro de todo, tuvo suerte, como ahora la tienen sus hijas. Porque el ejemplo de su vida fue la mejor enseñanza. En alguna de sus lineas estoy, y por ello tambien le doy las gracias.

  3. La historia no es nada sin alguien que sepa contarla. Usted es un gran contador de historias. Pronto se hablará de Ernesto Filardi como el Baricco español.

  4. La historia de la mujeres de mi familia también es al mismo tiempo triste, fraternal, valiente todas ellas me hicieron la clase de mujer que soy. Lo más triste es que ahora que mi madre podría disfrutar de unas ciertas comodidades y ver crecer a sus nietos, no recuerda; nada. Esa terrible enfermedad del olvido la tiene sometida en un limbo inexistente. Por todo eso te agradezco estas y otra palabras sobre familia e inmigración.
    Gyno

  5. Me ha encantado esta entrada, la primera que leo en este blog. Los dos últimos párrafos me parecen preciosos y por eso los he copiado en mi fb, citándole y poniendo un enlace a esta entrada, evidentemente. Se lo hago saber por si no estuviera de acuerdo, en ese caso avíseme y lo borraré inmediatamente.
    Gracias por su optimismo y su buenhacer.

  6. Ernesto, gracias por hacer eso: alguien tenía que hacerlo. Muchos no podemos dirigirnos a nuestras madres porque ya no están a nuestro lado, pero siempre estarán con nosotros. Vuestra experiencia de vida (la de toda la familia) es impresionante y a la vez enriquecedora. Los validos del capital quieren destruir la vida, los sentimientos, porque ellos no los tienen, son depredadores. Solamente el amor, la amistad, el compromiso, la lealtad, la solidaridad cuyos efectos colaterales no son destructivos sino todo lo contrario, son las poderosas armas que temen. Nuestra firmeza en todos esos valores conseguirán un mundo mejor. Como decía J.A. Labordeta: “Habrá un día en que todos al levantar la vista…”. Con tu madre la he cantado varias veces y seguiré haciéndolo mientras pueda no como satisfacción personal, sino como aliento para todos. ¡Adelante familia! Un abrazo emocionado desde Alcalá. Andrés

  7. Yo, que veo a tu madre con frecuencia, que me llama y me cuenta cuánto os echa de menos, no puedo menos de emocionarme leyendo esta maravillosa historia, contada con la calidad y la calidez que sólo pueden salir de Ernesto Filardi.
    Leí con placer y admiración emocionados la historia de tu madre, de la que sólo sabía algunos retazos. Te aseguro que se lo ha llorado completito. Espero que podáis volver pronto para entregarle la felicidad que se merece.
    Un fuerte abrazo
    Paco

  8. Me voy a apresurar a meter este blog en mi RSS; si no lo he hecho antes es porque con esa cadencia de publicación pensé que podía estar al día fácilmente. Pero no puedo perdonarme haberme perdido esta entrada en su momento.

    Supongo que ya me has identificado. Te conozco a ti y a casi todos los protagonistas de esa historia; de hecho, conozco mucho más a algunos de esos protagonistas que a ti mismo, puesto que nosotros coincidimos cuando tú eras un chiquillo.

    Conocía el trazo grueso de la historia, pero no con los detalles que das aquí. Da un abrazo muy fuerte a tu madre de mi parte (si no físicamente, al menos virtualmente). Sé que me apreciaba, y por tanto ya puedo estar orgulloso de ser tenido en consideración por una persona de esa entereza y con ese coraje.

    Un bonito relato que nos recuerda por qué tenemos que estar siempre agradecidos a los que velaron nuestra infancia.

    Un abrazo.

  9. Pingback: Felicitaciones de Navidad | Ernesto Filardi

  10. Después de leer las tres entradas que componen toda la historia, le doy las gracias, por narrar una gran historia que muchas personas han vivido, pero que usted ha sabido como expresarla de gran manera. Yo, teniendo una historia parecida a mi espalda, siento una curiosa obligación moral de decirle lo que he sentido leyendo las entradas, y sobretodo cuando daba las gracias a todas las madres, donde me ha resultado imposible evitar unas pocas lágrimas de emoción, comprensión y cierto orgullo al recordar, a la vez, lo que mis padres y abuelos han hecho por mis hermanos y por mi. Ha sido un gran placer leer su historia, espero que le vaya bien. Un saludo.

  11. Pingback: Las dos caras de la moneda | Ernesto Filardi

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