Sin hacerse daño

Para @oh_rus.

 Ya hace un año que llegamos a Canadá. Un año desde que mi mujer y yo nos marchamos de España para dar a Amelia y Victoria un futuro digno. Pero futuro digno es un concepto muy abstracto y nuestra historia es una historia concreta, como la de miles de españoles más que han tenido que emigrar. Así que será mejor decir, por ejemplo, que mi mujer y yo nos marchamos de España para darles a Amelia y Victoria una habitación. Hace ya un año por tanto que escribí este post en el que explicaba nuestra situación, asemejándola a una suerte de condena centenaria demasiado común en la historia reciente de España. Ahora, un año después, echo la vista atrás y no puedo dejar de alegrarme al ver el camino recorrido. Me gusta más mirar hacia delante, claro. Sobre todo en la habitación de Amelia y Victoria, donde ahora están sus juguetes, sus camas y sus peluches.

Siempre sonrío cuando entro en esa habitación, porque es la mejor demostración de que lo estamos haciendo bien y que mi mujer y yo hicimos lo que teníamos que hacer. Y sobre todo sonrío al verlas a ellas, y pienso cómo irán creciendo -ellas, que aún no han cumplido dos años- y ocupando más espacio en esas camas que ahora parecen gigantescas a su lado. Las imagino, por ejemplo, volviendo del colegio y tirando sus mochilas sobre el colchón, o leyendo a deshoras bajo las sábanas o haciendo un castillo de almohadas y cojines. Ninguna de estas imágenes es muy original, claro. Ni falta que hace. Me interesa más ser feliz que ser original, y es en estas pequeñas cosas donde radica la felicidad: en las cosas concretas. Imagino que sabéis a lo que me refiero, pero dejadme que os explique.

Hace un año esas camas eran solo una idea. Sabíamos, por supuesto, que algún día Amelia y Victoria tendrían una habitación para ellas y dormirían en unas camas. También imaginábamos que al menos uno de los dos tendría trabajo para que el otro se encargara de las niñas y que por las noches, cuando estuvieran durmiendo, veríamos nuestra serie favorita. No hay nada de extraordinario en esto, al menos en el primer mundo. Una vida de lo más común la que queríamos, como podéis ver. No hay nada de extraordinario y sin embargo hace un año no nos lo podíamos plantear. Hace un año, digo, esas camas eran una idea. Un concepto abstracto, general. Y ahora están delante de mí. Las puedo tocar, me tumbo en ellas. Y nuestro futuro ahora es un poco más concreto porque en él aparecen esas camas y también el sofá azul en el que vemos The good wife, y el conductor de autobús que cada día me saluda cuando voy al trabajo, y los vecinos que nos invitan a las fiestas de cumpleaños de sus hijos y nuestra cerveza canadiense favorita y los columpios de debajo de casa en los que Amelia y Victoria se ríen juntas cuando una se tira por el tobogán y la otra aplaude. Hace unos meses este país era para nosotros un camino por recorrer y hoy ya es un proyecto de vida en el que las cosas tienen una forma concreta y las personas una cara reconocible.

Lo último que escribí en este blog sobre mi vida laboral es que conseguimos independizarnos gracias a que yo había estaba trabajando en una fábrica de salchichas. Esto fue a través de una empresa de trabajo temporal con la que también hice hamburguesas, carne picada, botellas de plástico para líquido de lentillas, envases de cartón e incluso desmonté televisores en una planta de reciclaje. Fue una etapa de mi vida que siempre recordaré con mucho cariño: Canadá es un país de muchas oportunidades, pero para acceder a ellas necesitas tener experiencia laboral canadiense. Eso obliga en muchas ocasiones a hacer una cura de humildad y aceptar cualquier trabajo que encuentres. Imagino que esa cura de humildad habrá quienes la llevarán mejor y otros peor. En mi caso, como ya os dije, me sirvió para sentirme muy orgulloso de mí mismo.

Pero de eso hace ya unos cuantos meses. Ahora trabajo en el departamento de estudiantes internacionales de Centennial College, en Toronto. El college que mayor cantidad de estudiantes internacionales recibe de todo Canadá. Si alguno de los que estáis leyendo esto os planteáis estudiar en Centennial, es muy posible que paséis por mi mesa en algún momento. Así que estoy de nuevo en un entorno laboral que me gusta, que conozco, en el que me muevo con comodidad y para el que sé que valgo. Además de eso, sigo escribiendo para Jot Down, sigo haciendo traducciones, y tengo entre manos algunos proyectos teatrales y literarios que parece que van a salir adelante.

(Lo que son las cosas: el párrafo anterior es el más corto de los que llevo escritos en este post, y es el que más me hubiera gustado leer hace un año)

En los primeros meses fuera de su país, un emigrante se enfrenta simultáneamente a dos aspectos que tiene que solucionar. Por un lado está el aspecto práctico: el trabajo, la vivienda, las facturas, el móvil, el transporte… Todas aquellas cuestiones necesarias para comenzar una nueva vida y que en nuestro caso ya están bien encarriladas. El otro aspecto es el emocional. Es decir, la asimilación de una nueva cultura y el darse cuenta de que para bien o para mal ya no estás en casa. Nunca se escribirá suficiente sobre este aspecto emocional, ya que cada persona lo vive de distinta forma. Hay quienes a los cinco años siguen deseando regresar y quien a los dos meses ya ni se acuerda de dónde venía. Además, es un proceso que en algunos aspectos es más complejo que el tener cubiertas tus necesidades económicas porque, como digo, se vive de forma individual: conozco parejas bien establecidas aquí en los que uno no ve la hora de marcharse y el otro está encantado de la vida, con lo que no siempre se puede contar con el apoyo de la pareja. Por si acaso alguien lo duda, no es este nuestro caso.

Sea como sea, ese sentimiento agridulce y pendenciero al que llamamos morriña suele cobrar gran protagonismo en la vida del expatriado: como ya escribí en este poema, todos los que nos hemos ido a vivir a otro lugar cargamos siempre con la maldición de echar de menos a alguien. Ahora mismo yo estoy en Canadá y echo de menos a mucha de mi gente en España. Pero si alguna vez logro recuperar una vida laboral estable en España sé que echaré de menos a otras cuantas personas que ahora tengo aquí. Es lo que tenemos las personas: que nos encariñamos de otras personas. Yo me enfrenté a esa maldición por primera vez hace unos años, y ahora puedo sonreír con la seguridad del que sabe que está consiguiendo vencerla.

¿Pero cómo es eso, Filardi? ¿Es que acaso ya no echas de menos a toda esa gente imprescindible en tu vida? Sí, pero no. La echo de menos, por supuesto. Pagaría (casi) cualquier cosa por estar ahora mismo tomándome una caña -o comiéndome unas croquetas- con alguna gente que no necesito mencionar, porque ellos saben quiénes son. Gente que estoy seguro que al leer esta misma frase sentirán que les estoy guiñando un ojo cómplice. A algunas de esas personas, incluso, no las conozco en persona sino que han arraigado en mi corazón gracias a las redes sociales. Pero de eso hablaremos otro día con más calma. Lo que quiero decir ahora es que a todas esas personas las echo de menos, pero en este año he aprendido a asumir que casi nadie es imprescindible. Para bien o para mal, por supuesto, y habida cuenta de que en ese casi solo hay lugar para tres personas que viven en mi casa. Yo me marché de España y mi gente sigue su vida, igual que aquí sigue la mía sin ellos. Es cierto que ya no es la misma vida, pues su ausencia es como un pequeño hoyito donde a veces se queda incrustada la arena de la melancolía y de los recuerdos de aquellos tiempos. Ya no es la misma vida, pero es vida a fin de cuentas. Contamos con la tecnología suficiente para estar en contacto, aunque no siempre se dispone del tiempo ni la entereza suficiente como para ponerse a escribir: hay veces que por fatiga, por rutina o por dejarlo para un mejor momento se aplaza el escribir unas palabras para mantener el contacto, pero también es cierto que una verdadera amistad no se desvanece así como así. Todo esto es un poco como aquel terrible tango de Gardel: “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”. Siempre me ha provocado una terrible angustia esa segunda parte de la frase. Y ahora, ay, ya la he comprendido.

Pero no. He dicho ay y no es así. Ay es una palabra reservada a los que sufren, y tengo la suerte de que ese no es el caso. O en todo caso es un ay pequeñito y juguetón. Porque uno es uno y sus circunstancias, y cuando se marcha a otro país cambian las circunstancias. Así que el silogismo está claro: cuando uno se marcha a otro país, uno deja de ser ese yo para convertirse en otro yo distinto. Mi yo está ahora impregnado de una estabilidad laboral que hace años que no tenía, lo que me ayuda a ser el Ernesto más sereno que recuerdo de los últimos años. Especialmente a raíz de este tuit, que es el causante de toda esta parrafada y -aunque suene exagerado- de una buena parte de mi estabilidad en todo esto de lo que estoy hablando.

OhRus

Echar de menos sin hacerse daño. Qué genialidad, ¿verdad? Esa es la clave en todo esto. Ese es el objetivo. Yo no quiero olvidarme de mis amigos ni de mi familia. Claro que no. Me niego a olvidar las cenas multitudinarias de Nochebuena, las gachas de mi suegra, las horas de ensayos o los cafés a deshoras. Pero he asumido la certeza de que es muy posible que no vea crecer a los hijos de mis mejores amigos igual que ellos quizás no verán crecer a mis hijas, o que una de las personas a las que más quiero en este mundo vive en Tokyo y no tengo la más remota idea de cuándo ni dónde volveremos a coincidir. Ya lo veis: escribo estas líneas y no puedo contener las lágrimas al imaginar el abrazo que daré a cualquiera de esas personas cuando pueda volver a verlas.

Pero poco a poco esas lágrimas están dejando de provocarme dolor para convertirse en otra cosa. Ahora son parte de esas nuevas circunstancias en las que me hallo, y por tanto ya son parte de mí. No es ya un dolor, no, sino más bien una pequeña marca que nos caracteriza a los expatriados: aprendemos a llevarnos bien con nuestras nostalgias, igual que otros aprenden a llevarse bien con sus canas, sus estrías, sus lunares o sus manchas de nacimiento. Preferiríamos no tener esas marcas, pero son parte innegable de nosotros.

Y esto es todo lo que puedo contaros, que no es poco. Quizás esperabais otro texto emotivo y melancólico de esos que de vez en cuando me da por escribir, no lo sé. Hoy no traigo nada de eso porque no tengo lágrimas para compartir con vosotros. Solo felicidad. En un año, nuestra vida ha cambiado lo suficiente como para dar gracias por ella: escribo estas líneas en el autobús que me lleva al trabajo, y cuando regrese me iré al parque a encontrarme con mis tres mujeres. Cenaremos allí -al menos mientras dure el buen tiempo-, jugaremos un rato, ellas disfrutarán de los columpios y mi chica y yo con sus risas. Las dos irán diciendo adiós con la manita a los coches y a los aviones de camino a casa, y una vez allí uno las bañará mientras el otro recoge la casa. Se irán a dormir a sus camas y su madre y yo nos tomaremos nuestra cerveza viendo un capítulo más. Después seremos nosotros los que nos iremos a la cama. Pero antes echaremos un último vistazo a la habitación de Amelia y Victoria para verlas dormir, y volveremos a sonreír con la certeza de que lo estamos haciendo bien y que hicimos lo que teníamos que hacer.

Ya lo veis, nada original. Ni falta que hace.

Lago (2)

 

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