Las dos caras de la moneda

Para Gloria Montero y Yazmín Páez,

porque sin ellas no sería lo que soy.

 Hace ya año y medio que emigramos a Canadá. Un año y medio lleno de nieve y de autobuses, pero sobre todo de triunfos pequeños y grandes. Estamos muy orgullosos de lo que hemos conseguido en este tiempo, pero también tenemos claro que nadie consigue nada sin ayuda. Por eso, más que contar nuestros logros os quiero hablar hoy de los trabajadores sociales y otras profesiones similares en las que normalmente no reparamos cuando pensamos en el desarrollo y el bienestar de un país y sus habitantes. Hoy, por tanto, os voy a presentar a Gloria y Yazmín, dos mujeres extraordinarias que no se conocen pero que tienen muchas cosas en común a pesar de que las historias que voy a contar de una y de otra están separadas por cuarenta años.

Cuando mi madre llegó a Canadá no sabía lo que le esperaba. Era la década de los sesenta y nada más bajar del avión, con mis dos hermanos aún en pañales, comenzó una experiencia digamos complicada que ya os resumí aquí. Ella, al igual que tantos emigrantes que habrán venido a Canadá en todo este tiempo, contactó con un centro comunitario multicultural de los muchos que hay en este país y que son el verdadero lugar de encuentro para los recién llegados. En uno de estos centros consiguió la ayuda necesaria para, entre otras cosas, que alguien cuidara a los niños mientras ella iba a clase de inglés.

Gloria es una australiana encantadora de ojos oscuros y palabras claras a la que mi madre conoció años después, cuando ya había conseguido sacarse un título universitario y conseguir un trabajo para sacar adelante a mis hermanos. Gloria, por tanto, no fue la asesora de mi madre, pero sí quién más le ayudó a entender quién era y qué quería en esta vida. Además de su trabajo en el Centro para Gente de Habla Hispana, centro que ella misma ayudó a fundar, Gloria también era parte activa del comité antifranquista en Toronto. Gracias a ella mi madre entabló amistad con muchos veteranos de las Brigadas Internacionales, descubrió que existían otros tipos de gobierno además de la dictadura, conoció a la viuda de Allende, leyó por primera vez a Lorca, a Machado y a otros autores prohibidos en España…

Algunos diréis que menuda pajarraca esa tal Gloria e incluso habrá quien deje de leer aquí mismo, encolerizado por haber malgastado su tiempo en leer sobre mi madre, una señora que emigró en los sesenta con una mano atrás y otra delante para terminar siendo una roja de esas que le ponían a sus hijos el nombre del Che Guevara. Pero no es ahí donde quiero llegar. Para lo que os quiero contar, hubiera dado igual que Gloria hubiera encaminado a mi madre hacia la apatía política o hacia la presidencia del club de fans de la División Azul. Y es que aparte de la logística, la burocracia y la nostalgia, todo migrante se enfrenta tarde o temprano a la terrible dicotomía de la identidad. A lo largo de su vida, mi madre había sido hija, huérfana, esposa y madre soltera: categorías todas ellas en función de su madre, su padre, su marido y sus hijos. Pero una vez que consiguió su independencia personal y económica tras evitar tener que regresar a la España de los sesenta y convertirse en la mujer abandonada con niños, ¿quién era realmente ella? ¿A qué aspiraba? ¿Quería regresar alguna vez a España o prefería quedarse para siempre en Canadá? Tuvo que ser Gloria, una australiana en Canadá, quien le mostrara la mitad de España prohibida por la otra mitad. Solo así, abriendo el abanico de posibilidades, podría elegir teniendo toda la información necesaria para ello. Y eligió regresar para luchar por una España mejor tras la muerte de Franco.

toronto-baldwin9(Toronto, 1970. Foto: Charles Dobie)

Gloria vive desde hace décadas en Barcelona y se dedica a su pasión de siempre: la escritura. Como todo aquel que desafía profesionalmente al vértigo del folio en blanco, ella sabe dónde hay una buena historia. Durante años, mientras trabajaba en aquel centro, escuchó muchas que merecían la pena ser contadas. Así que pidió permiso a sus protagonistas y en 1977 publicó «The Immigrants», un buen reflejo de la multiculturalidad que ya se respiraba en Canadá en esa época. Entre las muchas historias que hay en ese libro se encuentra la de mi madre, con lo que en casa teníamos un ejemplar que yo siempre miraba de forma casi reverencial cuando era un niño porque, uy, lo había escrito una amiga. Una amiga nuestra que escribía libros, qué locura. Y nosotros teníamos uno, un objeto casi mágico que, además, estaba escrito en inglés y hablaba de nosotros, de nuestra familia. Incluso era posible que hablara de mí. Me recuerdo de pequeño leyendo ese libro a escondidas con un diccionario para desvelar el misterio de mi familia, como un Génesis enigmático del que un niño no alcanza a comprender ni el idioma ni el contenido ni mucho menos un concepto tan grande como el de tener que emigrar para dar una vida mejor a tus hijos.

Pasaron muchos años y fui yo el que se convirtió en escritor, sobre todo gracias a las clases de don Miguel. Estrené mi primera obra de teatro, estrené mi segunda y otras tantas más. Un día, casi treinta años después de que Gloria publicara su libro, mi amiga Déborah Vukušić me pidió que le escribiera un texto teatral para su proyecto de final de carrera de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid, donde yo mismo había estudiado unos años antes. El único requisito era que debía ser una obra para cuatro actrices que girara en torno a la emigración. Acepté, claro, porque con un encargo así era ella quien me estaba haciendo un favor.

Y decidí adaptar «The Immigrants». Era la época de la preburbuja en la que España era un país lleno de posibilidades y de gente que decía que los emigrantes venían a llevarse el dinero. Ahora que sabemos que quienes se llevaron el dinero fueron otros, es posible que muchos de esos patriotas de boca grande y corazón pequeño estén trabajando de quién sabe qué en algún país en el que les llaman gallegos o PIGS o bloody spaniards, y ya no les harán tanta gracia esos motes tipo panchito o machupichu. Pero qué más da. El caso es que por aquella época la emigración era un tema a la orden del día porque éramos un país que, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes, presumía de tener migas de pan en la casaca.

En mi caso, la emigración era un tema conocido pero que me tocaba de lado. Mis padres regresaron a España cuando yo tenía dos años, y todo lo que sabía de su vida en Canadá era de oídas, como sucede con cualquier batallita familiar de la que uno se siente orgulloso solo porque a quien te la contó le brillaban los ojos al hacerlo. Aun así, me sentía bastante concienciado sobre el tema como para afrontar un texto así. En la obra, a la que titulé «Lo que dejé por ti», planteé una doble trama con dos mujeres protagonistas: una de ellas me serviría para tratar el drama del desarraigo y la identidad perdida mientras que la otra se enfrentaría a todo tipo de problemas legales y administrativos. Dos caras distintas para hablar de esas dos grandes cruces a las que se enfrenta todo migrante. El libro de Gloria estaba lleno de testimonios sobre ambos aspectos, y fue un placer doloroso bucear en todos ellos para ponerlos en boca de unos personajes que se relacionaran entre ellos sin que el resultado fuera una mera acumulación de historias. En un momento determinado de la obra, por ejemplo, unas cuantas mujeres coincidían en un locutorio para compartir sus penas cuando la protagonista estaba a punto de tirar la toalla y regresar a casa. La dueña del locutorio entonces le respondía con un texto que alguien le dijo a Gloria allá por los años setenta:

Hace tiempo me llamó alguien de inmigración diciéndome que meses antes había llegado un matrimonio de mi país que no hablaba bien el idioma. Me pidieron que fuera a visitarles porque estaban muy deprimidos con lo que habían encontrado. Cuando llegué a su casa, les vi empaquetando sus cosas. Me dijeron que se volvían, que llevaban tres meses aquí y no aguantaban más. Esperad un momento, les dije, os prometo que de aquí a un año vais a tener un trabajo y una casa y un coche. Quedaos un año y prometedme que cuando tengáis el coche me llevaréis a dar una vuelta a la ciudad. Pensaron que estaba loca, pero el case es que se quedaron. Un día, al año siguiente, llamaron a mi puerta y eran ellos. Venían a visitarme con frecuencia, pero ese día no les esperaba. Les dije que entraran. No, no entramos, eres tú la que tiene que salir, me dijeron. Salí con ellos y me enseñaron su coche nuevo. De segunda mano, pero para ellos como nuevo. Sólo habían venido para cumplir su promesa.

La obra se estrenó hace años y funcionó muy bien, aunque fue una pena que Gloria no pudiera verla por cuestiones de agenda. Hace dos años mi gran amiga Iria Márquez la adaptó para volver a representarla con un grupo de alumnos de teatro, y esta vez ni siquiera yo pude asistir porque acababan de nacer mis hijas. Es un texto al que tengo mucho cariño, por supuesto, y que está disponible por si algún productor está leyendo esto y le pica la curiosidad. Aunque solo sea para darle la alegría a Gloria, claro.

Lo+que+dejé+por+ti+010(Imagen del estreno de «Lo que dejé por ti»)

Pero pasó el tiempo y llegó el día en que tuve que decirle a mi madre, igual que ella se lo dijo a mi abuela, que ahora era yo quien tenía que marcharse a hacer las Américas. Aterrizamos en Canadá los cuatro con nuestras maletas y ahí comenzó nuestra aventura. Bastaron unas pocas semanas para comprender que no todo iba a ser tan fácil como pensábamos en un primer momento. Tras muchas vueltas y revueltas alguien me sugirió acudir a uno de esos centros comunitarios multiculturales que, ¡oh, sorpresa!, seguían existiendo tanto tiempo después. Allí llegué con mis papeles y mis preguntas, y allí conocí a Yazmín Páez, una colombiana de gafas pequeñas y sonrisa grande.

Durante las semanas que me ha llevado escribir este texto en el metro que me lleva al trabajo cada día, he reflexionado mucho sobre este año y medio. Además del (imprescindible) apoyo familiar y de los amigos, hay dos o tres personas sin las que nos hubiera sido imposible salir adelante. Y una de ellas es, sin duda alguna, Yazmín. Ella fue la que nos desentrañó los entresijos burocráticos, quien se informó debidamente para ayudarme ya que mi caso era un poco especial. Yazmín me puso en contacto con unos y con otros e incluso nos trajo a casa regalos de Navidad de parte del centro multicultural: pañales, potitos y juguetes para las niñas que nos vinieron más que bien por aquel entonces, cuando aún no teníamos ingresos de ningún tipo. Pero lo más importante es que supo decirme en cada momento lo que yo necesitaba escuchar. A veces yo llegaba a su oficina ilusionado con un proyecto y ella decía que no me esforzara porque eso no me iba a servir para nada. Otras era yo quien no lo veía claro y Yazmín me animaba a seguir porque veía luz al final de ese camino.

Recuerdo una vez en que estuve tentado de bajar la cabeza y comprar el billete de vuelta para los cuatro. Llevábamos meses allí y no había conseguido trabajo porque con casi cuarenta años mi experiencia laboral previa en Canadá era cero. Había empapelado media ciudad con mi currículum, del que había eliminado previamente mis títulos académicos para que no consideraran que estaba sobrecualificado. Recorrí gasolineras, tiendas de ropa, supermercados, bazares chinos, cafeterías, papelerias, restaurantes… En algunos centros comerciales los dependientes ya me conocían y me deseaban buena suerte cuando me veían aparecer. Pero pasaron semanas y nunca conseguí que me llamaran para ninguna entrevista. Me fui a ver a Yazmín más para desahogarme que para pedirle consejo. Y no sé cómo lo hizo, pero el caso es que consiguió animarme prometiéndome que un día iba a encontrar mi sitio. “Este es un país enorme lleno de posibilidades, solo que las posibilidades aún no te han encontrado a ti. Pero créeme, llevo años trabajando en esto y no eres el primero ni el último en sentirse así. Encontrarás tu sitio”.

Poco después empecé a hacer salchichas y otros trabajos a través de una agencia temporal, pero esta historia ya os la he contado antes. Tuvieron que pasar unos meses aun hasta que, gracias a la ayuda de Yazmín, me inscribí en un evento de networking en el que conocí a Minerva, una española tan encantadora como profesional que trabaja en Centennial College, el college más antiguo de Toronto. Le dejé mi CV (o, como lo llaman aquí, resumé) y al cabo de unos días ya estaba trabajando con ella como asistente de admisión de estudiantes internacionales. Unos meses después de llegar a Centennial me ofrecieron cubrir una baja de maternidad de un año, y ahí es donde estoy ahora. Soy el gerente de la oficina de movilidad exterior y me dedico a enviar estudiantes a otros países para que adquieran experiencia internacional. Lo que es la vida, ¿verdad? Yo, que siempre tuve la espinita de no haber estudiado en el extranjero; yo, que tanto he disfrutado siendo un extraño en países en los que he vivido; yo, emigrante hijo de emigrantes, me dedico a convencer a gente de que lo mejor que puede hacer uno es marcharse un tiempo a otro país. El mismo día en que me dieron mi identificación personal lo celebré, por supuesto, bajándome a la cafetería a comerme una salchicha.

Podría acabar aquí poniendo una imagen de mi oficina con su asiento reclinable y sus fotos de lugares exóticos. Sería un final adecuado para esta aventura, claro, aunque no sería el mejor porque, como he dicho al principio, eso es solo lo que se ve desde fuera. Podría también dar un golpe de efecto diciendo que nos compramos un coche e invitamos a Yazmín a dar una vuelta, como hizo aquel inmigrante en el libro de Gloria. Pero tampoco es eso: el seguro de automóvil es aquí carísimo (hasta cuatrocientos dólares al mes para alguien sin experiencia previa como conductor en Canadá), así que hemos preferido mudarnos a un apartamento en Toronto cerca del metro.

Lo que hice, en cambio, fue escribir a Yazmín para decirle que por fin había conseguido trabajo en lo mío, pero sin especificar más. En educación, en un college. Me respondió enseguida diciendo que se alegraba mucho, que le diera más detalles. Y entonces no respondí por escrito, sino que me acerqué a su oficina para darle la noticia en persona. Ella, que lo último que sabía de mí era que trabajaba horas sueltas en una planta de reciclaje desmontando televisiones, se encontró de repente con mi nueva tarjeta de visita y mi flamante título de gerente en ella.

Un momento tan hermoso se describe por sí mismo, así que os ahorraré las palabras innecesarias. Dejadme decir tan solo que no recuerdo haber dicho nunca un muchas gracias que significara tantas cosas.

Estábamos a finales de noviembre, y en el centro multicultural estaban terminando de preparar los regalos de navidad para todos los recién llegados inscritos allí, igual que el año anterior nosotros habíamos recibido los pañales y todo lo demás. Ese año, además, querían añadir algo más en el paquete de regalos: una carta de alguien que, tras vivir esa incertidumbre, hubiera llegado a buen puerto. Alguien que compartiera su testimonio para pasar el testigo del claro que se puede aunque ahora te cueste creerlo. Tanto Yazmín como su jefa, Jimena, pensaron que yo era el candidato ideal para escribir esa carta. Y la escribí, claro. No la incluyo en este post para no extenderme aún más, pero por si acaso os apetece echarle un vistazo la tenéis aquí.

Me gusta escribir y tengo la suerte de haber recibido cierto reconocimiento por ello. Aparte de mis obras teatrales estrenadas he ganado algún que otro premio literario, he publicado dos libros de poesía, colaboro en Jot Down y espero algún día escribir la palabra “Fin” en esta novela que tengo entre manos. En cuanto a mis textos en primera persona, hace años que (man)tengo este blog y no se me escapa que escribir sobre uno mismo es, ante todo, un desahogo autocomplaciente. Mis últimos textos sobre nuestra vida de emigrantes han tenido cierta repercusión en redes sociales y no puedo negar que eso me provoca cierto placer ombliguista (aunque, siendo esto un blog, quizás la palabra adecuada sería ombloguista). He recibido comentarios de ánimo de familia, amigos y, aún mejor, mensajes de agradecimiento de desconocidos que están en situaciones similares o están tentados de hacer la maleta. Con todo, creo que mi mayor satisfacción como escritor sería conocer a alguien dentro de unos meses que me dijera que gracias a ese texto que escribí para Yazmín decidió darse una oportunidad más y que ahora ha encontrado, por fin, su sitio.

Ser escritor, ya digo, me ha proporcionado satisfacciones de todo tipo. No me cabe duda de que la mejor parte ha sido haber conseguido transmitir a mis lectores cualquier tipo de emoción. Qué poco es todo eso, sin embargo si lo comparo con la enorme satisfacción que deben sentir todos aquellos que trabajan duro para ayudar a otros a encontrar su sitio. Y sobre todo, qué poco reconocimiento obtienen por ello. Gente anónima y sencilla cuyo propósito en la vida es hacer que otras personas vivan más dignamente. Qué sería de nosotros si no existieran los maestros, las enfermeras, los bomberos o los trabajadores sociales, por poner solo algunos ejemplos.

Si cada uno de nosotros tiene un lugar al que pertenecer, personas como Gloria o Yazmín son quienes se encargan de buscar el modo de encajar ese puzzle de dos piezas que somos los emigrantes. Y hoy, desde este humilde blog de otro emigrante más, quiero darles las gracias. A ellas y a todos sus compañeros de profesión en el mundo entero. Por su tiempo y su dedicación. Por ayudarnos a encontrar nuestro camino y, sobre todo, por mostrarnos que somos mucho más fuertes de lo que creíamos.

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Todo va a ir bien

(Nota: esta carta la escribí por encargo del centro comunitario multicultural de Brampton (Ontario, Canadá), donde durante meses nos proporcionaron la ayuda necesaria para emprender nuestra nueva vida en este país. Se trata de una carta de motivación para aquellos emigrantes que, como me sucedió a mí, estaban a punto de tirar la toalla al ver que no todo se solucionaba tan rápido como creían. La original, por supuesto, estaba en inglés, pero aquí os dejo la versión traducida por mí mismo)

Llegué a Canadá en agosto del 2013 con mi esposa y nuestras dos gemelas. Por aquella época tenían nueve meses y vinimos desde España para darles su propia habitación. Las cosas en España se habían complicado bastante en los últimos años a causa de la crisis económica, el desempleo había alcanzado límites insospechados y no parecía que las cosas pudieran ir a mejor. El año anterior habíamos vivido con mis suegros, unas personas extraordinarias que nos ayudaron cuando más lo necesitábamos. Pero hacía años que mi mujer y yo soñábamos con irnos a vivir a Canadá, el país en el que nací ya que mis padres fueron también emigrantes en este país. Esa es la razón por la que tanto mis hijas como yo tenemos la nacionalidad canadiense. Como les sucede a muchos inmigrantes que llegan por primera vez a este país, tanto mi esposa como yo tenemos bastante experiencia internacional. Mi hermano, que vive en Brampton, nos ofreció vivir en su casa hasta que pudiéramos encontrar trabajo y casa propia. Todo tenía muy buena pinta, así que ¿por qué no íbamos a arriesgarnos a dar el salto?

Y así lo hicimos. Cogimos nuestros ahorros, metimos en la maleta unos cuantos trastos, nos despedimos de nuestros amigos, dejamos a nuestros padres llorando en el aeropuerto y dimos el salto, como los héroes de una película de aventuras. Mi hermano nos recogió en el aeropuerto y nos ayudó con el papeleo: abrir nuestra primera cuenta de banco, pedir la tarjeta sanitaria… Modifiqué mi CV europeo al estilo del resumé canadiense. Fui a cursos de búsqueda de empleo, conocí a mucha gente y todos me decían lo mismo: aunque yo era canadiense, no tenía experiencia canadiense de ningún tipo. Nunca había estudiado ni trabajado aquí, así que a fines administrativos yo solo era un número en una carpeta. Y lo que tenía que hacer era llenar esa carpeta como fuera. Así que mis dos carreras y mi doctorado valían de poco porque, básicamente, nadie en Canadá podía dar referencias de mí y, seamos sinceros, por muy buenos títulos que tengas nadie va a llamar a otro país para preguntar si eres de fiar.

Además de eso, yo estaba en una extraña zona sin acotar ya que, aun siendo inmigrante recién llegado, técnicamente no lo era por ser canadiense. Eso conllevaba no poder acceder a ningún tipo de ayudas o cursos reservados para inmigrantes. Por si fuera poco, el gobierno canadiense me exigía demostrar tener algún tipo de ingresos para poder comenzar el proceso de esponsorización de mi mujer y así evitar que tuviera que volver a España. Necesitaba desesperadamente cualquier trabajo si no quería que se llevaran a mi mujer a España. Cualquier trabajo.

Mi cuñada y mi mujer llevaban por las mañanas a las gemelas a actividades para niños en un colegio de la zona. Un día regresaron a casa gritando: “¡El próximo día te vienes con nosotras!” “¿Por qué?”, pregunté. “¡Porque en el mismo colegio hay una consejera para recién llegados que cree que, aún con tu situación tan particular, te puede ayudar!” Así que me reuní con ella y esa reunión era justo lo que necesitaba en ese momento de mi vida. Entre otras cosas me sugirió que hiciera cita en el centro comunitario multicultural de Brampton, donde ella trabajaba y desde donde cada día de la semana iba por unas horas a un colegio distinto a ayudar a los padres de los alumnos a arraigarse en Canadá. Me acerqué al centro comunitario, por supuesto. Allí conocí a gente tan maravillosa como Yazmín Páez o Cecille Cansino, que me dieron consejos y valor para enfrentarme a lo que fuera. “Van a ser unos meses duros, lo sé. Pero confía en mí: este es un país maravilloso y al final vas a encontrar tu sitio”.

Estas palabras de Yazmín me acompañaron durante esos meses que, en efecto, fueron un poco duros: me acostumbré a borrar mis títulos académicos de mi resumé para conseguir cualquier trabajo tras haber trabajado como profesor universitario en varios países. Repartí periódicos en la calle a -32º para ganar 70 dólares al mes. Hice entrevistas de trabajo en agencias temporales de dudosa calaña, fui a cursos de venta callejera que básicamente consistían en acosar al peatón hasta convencerle de que se sacara una tarjeta de crédito, me saqué el carnet de manipulador de carretilla elevadora porque en caso de conseguir un puesto de mozo de almacén el sueldo era un poco mejor. Finalmente me aceptaron en una de las mejores agencias temporales de la zona y comencé a realizar trabajos de todo tipo para ellos: hice salchichas en una de las mayores compañías alimentaria de Canadá, empaqueté botellas de plástico, trabajé en una empresa de cartones troquelando y biselando y desmonté televisores en una planta de reciclaje. Todo ello, claro, esperando el autobús cada día en el frío invierno canadiense porque no podíamos permitirnos comprarnos un coche ni menos aún pagar el seguro de automóvil, que puede llegar a 400 dólares al mes para alguien que no tiene experiencia como conductor en Canadá.

Sé que no soy el único que ha vivido todo esto al llegar a este país y entiendo que haya quien piense que estas situaciones son humillantes. Pero no lo son. Tener que dejar de lado mi experiencia previa para empezar de nuevo en otro país en el que no era nadie y en un idioma que no era el mío me ayudó a darme cuenta de que soy mejor y más fuerte de lo que nunca pude imaginar. Y tú, querido amigo, seas quien seas y vengas de donde vengas, sabes que eres suficientemente fuerte para enfrentarte a algo así o a lo que sea en este país frío pero maravilloso. Créeme si te repito las mismas palabras que me dijo Yasmín: encontrarás tu sitio, igual que yo lo he encontrado.

Me llevó un tiempo conseguir experiencia canadiense y por fin pudimos permitirnos alquilar nuestro nuevo apartamento. Unos meses después conseguí un buen trabajo en un College y, por supuesto, nuestras hijas tienen su propia habitación. Ahora tienen dos años y no entienden lo que ha pasado este año, pero cada vez que las veo reír y jugar en su habitación sé que cada minuto en la parada del autobús -o haciendo salchichas, o empaquetando botellas- mereció la pena.

Quién sabe, quizás el año que viene serás tú el que esté escribiendo unas palabras para dar ánimo a los recién llegados. Hace un año jamás se me habría ocurrido que podría ser yo y aquí me tienes, sentado en mi despacho, pidiéndote que no desesperes. Incluso si crees que es imposible y estás a punto de tirar la toalla, créeme: todo irá bien.

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