La culpa no era nuestra

Amelia y Victoria van a cumplir tres años y medio a final de mes. Se han convertido en dos charlatanas incorregibles que se pasan el día entero explicando a mamá y a papá todo lo que ven, lo que descubren, lo que imaginan. Ya empiezan incluso a construir sus primeras frases en inglés, su segundo idioma, con el que interactuarán diariamente en el colegio en este país al que llegamos hace casi tres años. Todavía son muy pequeñas para comprender conceptos como emigración, arraigo o nostalgia, pero para ellas sus abuelos son una gente muy graciosa que aparece de vez en cuando en la pantalla del ordenador haciendo monerías. “Mamá, mamá, vamos a ver a los yayos por Skype”, dicen de vez en cuando, y cuando la diferencia horaria nos permite conectarnos sus risas iluminan a la vez dos viviendas alejadas entre sí por un océano tan grande que un avión tarda ocho horas en cruzarlo.

Tras tanto tiempo en Canadá –dos años y ocho meses, exactamente- por fin vamos a tener la ocasión de volver a España, aunque solo será por vacaciones. Será la primera vez que nos reencontremos con tanta gente querida, con aquella luz cotidiana que apenas recordamos, con ese país añorado y algo ingrato donde nacieron Amelia y Victoria y del que tuvimos que emigrar para buscar la salida que no conseguíamos encontrar. Tres de los cuatro abuelos han conseguido saltar el charco al menos una vez para venir a vernos, pero este viernes –apenas puedo creerlo- será la primera vez que pueda abrazar a mi padre en todo este tiempo. El último abrazo nos lo dimos ente lágrimas en la zona de salidas de Barajas y el próximo nos lo daremos en la zona de llegadas, presumiblemente entre lágrimas también.

Una ocasión así, como os podéis imaginar, nos tiene nerviosos a todos. Llevamos semanas hablando con unos y con otros para cuadrar agendas y ver a la máxima cantidad de gente posible. No sé cuántos planes llenos de cocido y croquetas hemos escuchado desde que anunciamos nuestras vacaciones, y este fin de semana pasado nos hemos encerrado en casa a preparar las maletas para no dejarlo para el último minuto. En uno de los descansos que nos tomamos echamos un ojo a las noticias y leímos algo que nos dejó algo tocados: según El Confidencial, Rodrigo Rato recurrió al despacho panameño Mossack Fonseca para borrar el rastro del patrimonio que ocultaba en el exterior. Más de tres millones y medio de euros que necesitaba esconder para que Hacienda no le pillara.

¿Y por qué, os preguntaréis, nos dejó tocados esta noticia? No es que nos pillara de sorpresa, claro que no. Era una cuestión de fechas, básicamente: la primera de las dos sociedades opacas de Rato se cerró el 12 de julio de 2013, poco más de un mes antes de aquella despedida en Barajas. La última transferencia con la que se culminó el tinglado tiene fecha del 11 de febrero de 2014, una semana después de que nos confirmaran que por fin íbamos a tener un apartamento propio tras un año y pico de vivir en España en casa de mis suegros y seis meses viviendo en casa de mi hermano, aquí en Canadá. Dicen que hay noticias que se entienden mejor cuando las lees en conjunto con otras, así que a todos aquellos que no conozcáis nuestras andanzas canadienses os puede interesar leer este texto que publiqué por aquel entonces en este mismo blog una vez que hayáis leído lo de Rato. Quizás al leer ambas cosas comprenderéis un poco mejor los sentimientos mezclados que me pasaron por la cabeza. Que el gran artífice del milagro económico español era un bluf ya lo sabíamos desde hacía un tiempo, pero las fechas ayudan a que todo tenga un poco más de sentido.

Nosotros, por ejemplo, emigramos el 16 de agosto de 2013. El día antes tuiteé esto, cuando –siempre según El Confidencial- el apaño ya estaba más que en marcha.

 

Aunque ya llevábamos pensándolo desde hacía un tiempo, decidimos hacer las maletas cuando se nos acabó la famosa prestación de 425 euros para los que ya no tenían derecho a paro. Todo ello con Amelia y Victoria recién nacidas, y tras dos años seguidos en los que mi esposa estuvo trabajando en el extranjero para dos ministerios españoles. Pero ambos contratos eran de becaria, con lo que no llegó a cotizar nada por ello y, por tanto, con poco podíamos contar cuando debido a la crisis esos ministerios decidieron incluso recortar aquellos puestos. Eran los tiempos del “todos tenemos que apretarnos el cinturón”, del “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Nos hicieron creer que la culpa era nuestra, de los ciudadanos, que éramos unos despilfarradores por querer tener una tele HD. Y es ahora, tres años de mis hijas sin abuelos después, que confirmamos la sospecha de que en esas mismas fechas –en esas mismas fechas, insisto- alguien se lo estaba llevando por debajo de la mesa.

Hablamos de un señor que estuvo ocupado moviendo dinero de un lugar a otro mientras yo esperaba el autobús a -35º para ir a hacer salchichas, y mientras tantos otros como yo –miles, decenas de miles de emigrantes como nosotros- estaban emprendiendo nuevas vidas por causas ajenas. Lo que ninguno de nosotros sabíamos entonces es que esa causa fuera tan cutre, pero estoy seguro de que tanto ellos como los que no pudieron ni siquiera marcharse (y por supuesto también todos aquellos que apretaron los puños mientras veían a los suyos marcharse con solo un billete de ida) habrán sentido estos días un sentimiento agridulce: una cierta satisfacción por que se sepa todo esto pero teñida a su vez por una amargura que ojalá nunca se nos convierta en rencor hacia nadie. Ni siquiera hacia esos patriotas de pega que se dan golpes de pecho con sus pulseritas de España mientras a causa de sus delitos fiscales miles de compatriotas tienen que marcharse fuera.

Pero no quiero que este texto suene a resentimiento. Que odien ellos si quieren. A nosotros, a esos centenares de miles, no nos hace falta porque estamos satisfechos de saber que, pese a todo, pudimos salir adelante mediante nuestro esfuerzo. Tenemos claro que en esta historia nosotros somos los buenos y ellos los delincuentes. En nuestro caso particular, por ejemplo, el vuelo Toronto-Madrid para cuatro personas nos ha salido por un buen pico, pero volaremos con la certeza de que lo hemos pagado con nuestro trabajo. Habrá, imagino, quien lea esto pensando que somos unos ingenuos o unos muertos de hambre y no se me escapa que, mientras tecleo, algún otro gran preboste patrio estará brindando con Moët & Chandon por un nuevo pufo del que quizás nunca llegaremos a saber. Me da igual, nos da igual. Lo único que nos quita el sueño es que alguna de nuestras hijas se despierte con sed en mitad de la noche. Otros, sin embargo, sospecho que no podrán dormir tranquilamente.

En los últimos meses, Amelia y Victoria han empezado a comprender que a veces las personas nos sentimos de formas diferentes. Ya saben que ellas mismas a veces están contentas, a veces tristes, a veces sorprendidas y a veces frustradas. Cada vez que les sucede algo intentan explicárselo a sí mismas mediante alguno de esos estados de ánimo, y su madre y yo estamos haciendo lo posible por ampliarles su abanico de sentimientos con otros nuevos. Es muy posible que durante nuestras vacaciones aprendan unos cuantos. Tendremos que explicarles en el aeropuerto, por ejemplo, que papá y el abuelo no están tristes sino emocionados porque hace casi tres años que cruzamos aquel maldito detector de metales con ellas en brazos y que ahora no paran de saltar y correr de un lado a otro. Y aunque ahora sea un poco pronto para que comprendan conceptos como emigración o nostalgia, son suficientemente inteligentes para apreciar que sus padres regresan a casa con la cabeza bien alta.

4814758w-640x640x80.jpg      (Foto: http://www.que.es)