El calor para este invierno

Para @laliliquelee. Ella sabe por qué.

Este año el invierno ha llegado a Toronto de golpe. Estábamos hace nada en pantalón corto y chanclas y al día siguiente amanecimos a cuatro grados con una sensación térmica de dos bajo cero. El cuerpo se resiente con estos cambios tan bruscos, por supuesto. No solo porque malditas las ganas que uno tiene de salir a la calle, sino porque de repente todo es gris y húmedo y el metro huele a penitencia. No es que vivamos alejados del resto del mundo como si fuéramos los Guardias de la Noche comandados por Jon Snow (Toronto está aproximadamente a la altura de Gijón), pero incluso a los que llevan aquí toda la vida les asusta plantearse que Winter is coming. Hace un rato he ido a bajar la basura y en los dos minutos de charla con el vecino –aquí también hablamos del tiempo, por supuesto- parecía que nos estábamos dando el pésame. “Este año va a ser duro”, ha susurrado mientras se abrochaba el forro polar. Normal que estemos desmoralizados, porque esto no lo esperábamos hasta dentro de un mes o mes y medio y por lo general el mal tiempo dura hasta casi finales de mayo.

Cuando llega el frío –el de verdad, esto solo es un tráiler de lo que parece que nos espera este invierno- no hay mucho que uno pueda hacer más allá de pisar la calle lo menos posible. Por suerte todo está muy bien preparado, Toronto incluso tiene una serie de galerías subterráneas a modo de ciudad-búnker que podría pasar por refugio atómico pero en realidad es para cuando bajamos de veinticinco bajo cero, que es con bastante frecuencia. Todo está muy bien preparado, en efecto, pero a muchos se les hace demasiado cuesta arriba. Sobre todo a los que han llegado hace poco, dado que a la nostalgia de la distancia y al choque cultural hay que sumarle el hecho de que si no vas con cuidado se te pueden congelar los mocos. Por eso son tan importantes los amigos en esta ciudad, ya que tener a alguien cerca con quien poder quejarse a coro del frío de mierda es imprescindible para no terminar como Jack Nicholson a mitad de El resplandor (porque lo que le pasa al final final de la película es precisamente la pesadilla más recurrente que a todos nos ronda por aquí). Y cuando hablo de amigos me refiero también a los que están en el 2.0, porque al final uno termina buscando calor como los gatos y el calor virtual puede llegar a ser tan válido como el de la estufa catalítica que las abuelas solían tener en sus casas hace tiempo debajo de la mesilla del comedor.

La semana pasada, por ejemplo, recibí una noticia por whatsapp que me puso muy contento: Julio, mi mejor amigo de la infancia, ha sido padre por primera vez. Me ha mandado fotos de su hijo, que es una verdadera monada. Le he visto a él con el niño en brazos y me he acordado de cuando los dos cambiábamos cromos en el cole y admirábamos a los malotes de octavo que fumaban en el patio a escondidas. Julio y yo nos conocimos en sexto de EGB, en aquel colegio en el que don Miguel nos daba pergaminos de colores. Fuimos al mismo instituto, aunque en tercero de BUP separamos nuestros caminos (él letras mixtas, yo puras) pero sin perder el contacto. Al año de empezar la carrera estrené mi primer texto teatral y Julio era el protagonista. Digamos que hace algo más de mes y medio de todo aquello. Je.

No era mi intención hacer un ejercicio de nostalgia, pero cuando vi aquellas fotos de Julio con su hijo no pude evitar pensar en todo aquello. En el patio del cole, en los combates de comer hamburguesas en el primer centro comercial que abrieron en nuestra ciudad, en aquel grupo de teatro que fundamos juntos… Pero sobre todo me dio por pensar en que quién nos lo iba a decir. Quién nos iba a decir hace casi treinta años, por ejemplo, que cuando su hijo naciera yo viviría a seis mil kilómetros. O que él me mandaría las fotos por teléfono para que yo las pudiera ver al instante en otro teléfono que llevaría en mi bolsillo. Y todo eso me llevó a pensar en mis padres, en cuando fueron emigrantes allá por los años sesenta, y en todas aquellas fotos de hijos de amigos suyos que no llegaron a ver de recién nacidos sino mucho después, cuando volvieron a España y se fueron reencontrando poco a poco con su gente, a la que hacía más de una década que no veían.

Por eso adoro las redes sociales, que serán lo que sean y están llenas a rebosar de odiadores profesionales y anónimos que las ensucian y las magrean como si la carretera fuera solo suya. Gente cabreada cuyo objetivo es cabrear a otros porque mal de muchos, consuelo de tontos. Me da igual todo eso, la verdad. Incluso en los días en que alguno de ellos consigue afilarme la bilis, hago siempre lo posible por disfrutar con las benditas redes que me acercan a mi gente. Mis padres, como digo, no tuvieron la suerte de contar con una tecnología que les permitiera saber día a día lo que le sucedía a su familia y amigos. Yo, sin embargo, estoy más o menos al día de nacimientos, bodas, funerales, enfermedades, divorcios, mascotas, mudanzas, trabajos y premios no solo de aquellos que se han quedado en España sino de otros amigos que, como yo, tuvieron que emigrar y que ahora están en Irlanda, Holanda, Reino Unido, Alemania, Israel, China o Japón.

Pero cuando hablo de mi gente también tengo que incluir a muchos otros que hacen mi vida más hermosa cada día aunque jamás los haya conocido en persona. Personas con las que tengo un trato cotidiano, a veces incluso diario, a los que me une otro tipo de afinidad. Quizás una afición, o un tema de conversación, o un modo de ver la paternidad o de entender la vida, quién sabe. En esas redes sociales que algunos critican y otros enmierdan hay gente que se emociona con una etimología y otros que te cuentan la historia de las banderas de África. Hay artistas gráficos que comparten sus ilustraciones y periodistas que comparten sus lecturas favoritas o reflexionan en voz alta sobre la paradoja de hacer una maleta. Hay quienes luchan por reivindicar su nueva identidad de género y quienes tienen que esconder su nombre para poder denunciar injusticias sociales sin miedo a represalia alguna. Hay un profesor de Cádiz y otro de Melilla que cada vez que alguien propone sin saber soluciones chapuceras para mejorar la calidad de la enseñanza dedican su tiempo a recordar la labor primordial de la educación pública. Hay una bibliotecaria de Castellón que ha terminado en Buenos Aires enamorada de un obeso marxista y un tipo de Murcia, cuyo avatar es una rana, que a la que te descuidas te recomienda cuentos de ciencia ficción escritos por autoras feministas y una escritora de Valencia que publica con éxito novelas de Sherlock Holmes en inglés. Hay alguien que se hace pasar por una versión cabreada de Jane Austen que lo mismo analiza al detalle las incongruencias de las novelas de las hermanas Brontë que le da por hacer chistes de gargantas profundas con un tipo lúcido como pocos que se hace pasar por el protagonista gordo y maloliente de La conjura de los necios. Hay un arquitecto que me da los buenos días en minúsculas con tal cariño que si alguna mañana no coincidimos siento que me falta algo y hay una administrativa que trabaja en Nuevos Ministerios, que escribe como los ángeles y que cuando saca dos minutos y tiene un balcón a mano hace una foto de las nubes y me la envía porque sabe lo mucho que echo de menos el cielo de Madrid. Todos ellos y muchos otros son ahora mi familia virtual, por raro que esto pueda sonar. Y como familia que son me alegra mucho el día saber lo que hacen, lo que les pasa, sus propias noticias sobre nacimientos, bodas y toda la lista de la compra que he puesto en el párrafo anterior.

Hay también muchos que van de listillos, claro, pero también hay personas inteligentes, y sabios, y otros que quizás no saben mucho porque tampoco lo pretenden pero que lo que saben lo comparten con los demás, llenos de generosidad y amor. Hay, en resumen, infinidad de pantallas tocadas por muchos dedos, en muchos sitios distintos, compartiendo su locura y sus intereses, demostrando que allí es aquí y viceversa. Esta frase que acabo de escribir, por ejemplo, que uso desde hace unos días cuando alguien me pregunta qué es lo que me gusta tanto de las redes sociales, me la escribió alguien que ni siquiera sé si es hombre o mujer. Pero qué más da. Cada loco con su tema, dicen, y todos esos temas y toda esa locura es belleza, esa belleza cotidiana que no siempre sabemos apreciar pero que de algún modo contrarresta el horror que cada día aparece en las portadas de los periódicos. Una belleza quizás diminuta pero colectiva que impregna a quien se acerca, como un virus amable y sonriente o incluso como una vacuna insospechada para el mal rollo, el rencor y el odio con que a veces caminamos por la calle sin darnos cuenta. Una belleza que también es calor. Un calor humano de historias en torno a la hoguera, eso que nuestros antepasados empezaron a hacer hace miles de años quizás siendo ya conscientes en aquel momento de que era una de las mejores aportaciones del ser humano a este mundo. Y ahora mismo, frente a esta ventana que me muestra un Toronto lluvioso e incómodo, no pienso dejar de apreciar ese calor aunque a algunos les dé por decir que estamos alienados y que la esclavitud de la tecnología y que si de pequeños éramos mas felices teniendo solo unas canicas con las que jugar. Estoy seguro de que esta infinidad de afinidades conectadas entre sí por pantallas táctiles hubiera sido un gran consuelo para mi madre, mi padre y tantas otras personas que en otros tiempos tuvieron que separarse de sus seres queridos sin más noticia de ellos que la que muy de vez en cuando trajera el cartero.

Quién sabe cómo será el mundo cuando mis hijas o el hijo de Julio sean mayores. Quién sabe si alguna vez mirarán hacia atrás preguntándose que quién les iba a haber dicho que tal o cual cosa iba a ser tan diferente. Quién sabe siquiera en qué parte del mundo vivirán y cuál será el modo de estar conectados con los suyos o con quien sea. Puestos a pedir, ojalá sea un lugar en el que al frío no le apetezca tener tanto protagonismo. Pero sea cual sea el futuro que les aguarda, tengo claro que siempre van a tener a su disposición gente buena, desinteresada e interesante con la que su rutina diaria será un poco más llevadera. Porque el mundo está repleto de gente dispuesta a compartir su bella locura con quien quiera escucharles. Y quien piense lo contrario que siga buscando, porque se está perdiendo algo muy hermoso.

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(Foto: Nick Cicero)
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