Vuelve, a casa vuelve

Para Noemí y Fany, por supuesto.

Llega la Navidad y con ella aparecen en televisión los anuncios de la lotería y de Campofrío, igual que hace años lo suyo era esperar el especial de Martes y Trece y el anuncio de Freixenet. “Love Actually” se ha convertido en la digna heredera de esa costumbre de otra-vez-la-misma-película-que-ponen-cada-año-pero-que-hay-que-ver-porque-es-lo-suyo-en-estas-fechas, reemplazando a “¡Qué bello es vivir!” y “La princesa prometida”. Sin embargo hay un clásico navideño que sigue provocando lágrimas desde tiempos inmemoriales y que seguramente seguirá así por mucho tiempo: los anuncios de El almendro. Porque siempre habrá alguien fuera deseando volver y, peor aún, alguien en España deseando que vuelvan los que están fuera, aunque solo sea por una noche, para cenar todos juntos como si nada hubiera pasado.

Uno de mis recuerdos más nítidos de infancia es el de mi madre con la lagrimita asomando durante quince días con la melodía aquella de “Vuelve, a casa vuelveeee por Navidaaaaad”. Ella, al igual que mi padre, ya había regresado de Canadá hacía tiempo y cada Nochebuena era una fiesta familiar sin ausencias; pero pensar en todos aquellos años en que no pudo berrear Noche de paz con los suyos hacía que durante las vacaciones navideñas gastáramos una fortuna en kleenex. Años después mi hermano se marchó a Canadá y desde entonces los anuncios de El almendro se convirtieron en una droga tan dañina como adictiva que tuvimos que racionarle.

Ahora, lo que son las cosas, soy yo el que por tercer año consecutivo no podré estar en esa mesa llena de gente a la que quiero y añoro, y me puedo imaginar perfectamente a mi madre echándonos de menos a mi hermano y a mí. Llorosa, sensible y un poquillo pedete, rodeada de mis tíos y primos durante la cena familiar, con la dichosa melodía del anuncio en la cabeza mientras moja un langostino en salsa rosa. Yo mismo estoy emocionado de pensarlo, por supuesto. Este tonito medio graciosete con el que escribo estas líneas no es más que un recurso regulero para que el texto no se contagie de melancolía, impotencia o incluso enfado. Sí, enfado: por aquí también hemos leído las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores acerca de los emigrantes españoles.

Total, que faltan pocas horas para la cena de Nochebuena y, como buen hijo de mis padres, yo afronto estos seis mil kilómetros de distancia con otra buena provisión de kleenex. Pero al mismo tiempo escribo esto desde la comodidad de mi hogar en Toronto y no se me escapa en absoluto que muchos de los que leéis esto quizás os cambiaríais por mí. Tolstoi decía aquello de que cada familia infeliz lo es a su manera, que es el modo poético de decir que en todas partes cuecen habas. Por eso tengo claro que hay quienes darían lo que fuera por marcharse de España a probar suerte fuera pero no pueden porque no tienen la posibilidad de hacerlo, hay quienes se han marchado fuera y no han conseguido la estabilidad de la que por suerte yo sí gozo ahora, hay quienes se han tenido que marchar a la otra punta de España con todos los inconvenientes que ello supone sin que nadie les tenga en cuenta cuando se habla de los que viven lejos de los suyos y hay quienes han perdido a sus seres queridos y ni con todos los aviones del mundo podrán jamás volver a sentarse con ellos en torno a una mesa. Incluso alguno dirá, y con razón, que qué suerte mi madre, que puede mojar un langostino en salsa rosa.

Pero esto no es un concurso de dolor, entre otras cosas porque todavía no se ha inventado el dolorímetro. Cuando yo escribo estos textos en mi blog o hablo de mis sentimientos en redes sociales no pretendo decir que soy el que más sufre del mundo. En absoluto. Pero hay algo que me duele, por trivial o injustificado que a algunos les pueda parecer, y quiero poder contarlo sin que a nadie se le ocurra decirme que cómo se me ocurre, que me tendría que dar vergüenza porque hay otros que están peor. Quiero poder hablar, por ejemplo, de la impotencia que siento cuando pienso que mis padres ya pasan de los setenta, que en cualquier momento puedo recibir una llamada fatal desde España y que es muy posible que cuando eso pase no llegue a tiempo para despedirme de ellos. Quiero poder contar la tristeza que me causa pensar que pocas veces podré acudir al entierro de un ser querido porque los cuatro billetes de última hora que necesitaríamos nos costarían más de tres mil euros, una cantidad que pocas veces podremos permitirnos. Quiero hablar de que precisamente por eso uno termina dividiendo inconscientemente a la gente que añora en dos grupos: aquellos por los que hay que intentar hacer ese esfuerzo económico y aquellos por los que desgraciadamente no se podrá. O, sin ponernos tan intensos, recordar que si hoy no estamos brindando con champán con la familia no es porque seamos unos aventureros sino porque no nos lo podemos permitir. No siempre el dolor está en marcharse, sino en no saber cuándo podrás volver.

Ya escribí por aquí hace tiempo que muchas veces la distancia no se mide en kilómetros sino en celebraciones familiares en las que falta nuestra silla. Ahora escribo estas líneas el mismo día de Nochebuena y quizás tras leerlo a alguno de vosotros se os atragante un poco la sopa esta noche. Disculpadme si es así, porque no es mi intención. Es solo que muchos de los que nos hemos marchado sentimos la necesidad de contar nuestras cosas porque queremos creer que si nos comprendéis podréis disfrutar por nosotros de aquello que echamos de menos con un océano de por medio. Quien entiende a alguien le tiene más cerca, y estar más cerca es justo lo que queremos. Aunque solo sea a través de un blog cualquiera como este.

Precisamente por eso estoy infinitamente agradecido a Noemí López Trujillo y a Estefanía S. Vasconcellos, que me han permitido formar parte de su libro “Volveremos. Memoria oral de los que se fueron durante la crisis”, un texto formado tanto por testimonios de españoles que han tenido que emigrar como por algunos de sus familiares que nos cuentan la versión del que se ha quedado al otro lado de la puerta de embarque. Mi madre y mi suegra, por ejemplo, que tienen algunos momentos estupendos. El libro también incluye la historia de alguien que siempre quiso marcharse pero cuyas circunstancias se lo impidieron. A nadie le parecen sus hijos feos ni le huelen mal sus peos, pero creo que es un libro que refleja fielmente muchas de nuestros sentimientos, dudas y alegrías. Es un texto que huye del victimismo y pone de relieve algunos datos para disipar estereotipos de esos que normalmente se usan a uno y otro lado del espectro político.  No solo agradezco que “Volveremos” esté teniendo cierta repercusión mediática (por ejemplo, la periodista Ana Pastor publicaba hoy mismo esta columna que me ha hecho abrir otro paquete de kleenex) sino la oportunidad que me brindaron Fany y Noemí de reflexionar sobre mi experiencia de emigrante durante los meses que duró el proceso de entrevistas que dio lugar al libro. No exagero si digo que este libro me ha ayudado a comprender mejor lo que soy tras estos años fuera de España. Ojalá también ayude a algunos a entender que cuando nos quejamos de ciertas cosas tenemos claro que no somos los que más sufrimos, pero que tampoco nos gusta que vengan a contarnos si tenemos derecho o no a sentirnos tristes. Como contaba Diego, a ver si el ministro es capaz de ir a decirle esas cosas a la cara a nuestras madres.

Este año no podremos volver a casa y tampoco sabemos si el año que viene lo haremos. Así que si tenéis a mano un trozo de turrón de El almendro, dadle un buen bocado de mi parte. No es que nunca me haya gustado especialmente, pero seguro que os imagináis que ahora mismo no le haría asco alguno. Y ya está, ya me callo. Ahora dejad de leer al cursi este que vive en Toronto y abrazad fuerte a quien tengáis cerca.

Felices fiestas a todos.

volveremos