Maneras de entender una obra

Para que este piano suene así,
para temblar así con esta música,
ha sido necesario
ir llenándola poco a poco
de belleza y de daño, ir llenándola
con nuestra propia vida…

(Vicente Gallego)

Pocas obras de teatro me han ayudado tanto a comprender el mundo como Nuestro pueblo, de Thornton Wilder. En ella todo parece transcurrir de forma apacible y monótona en un pueblecito de la costa este de Estados Unidos, pero el tercer acto nos da un hachazo al mostrarnos cómo uno de los personajes llega al cementerio el día de su entierro. El personaje está muerto, claro, y es consciente de ello, pero no entiende muy bien las reglas de ese juego que acaba de comenzar. El maestro de ceremonias de la obra, un narrador que podría muy bien ser el paso del tiempo, le explica que la muerte es un lugar que consiste en ir poco a poco olvidándose de todo aquello que nos une a la vida para poder así fundirse con el cosmos. El recién llegado no es capaz de aceptar ese destino y pide volver a revivir algún instante de la vida que ya ha llegado a su fin, pero al hacerlo, sabiendo que solo tiene unos minutos antes de marcharse –o precisamente a causa de ello-, siente el dolor de no poder disfrutarlo en su plenitud. “Apenas me da tiempo para mirar nada”, dice antes de volver a su tumba, justo a tiempo en el momento en que logra por fin comprender el valor de las pequeñas cosas: el olor del desayuno, la voz de su padre al volver del trabajo o el tictac de los relojes.

Hace algunos años, gracias a mi amiga Iria, tuve la inmensa suerte de interpretar al maestro de ceremonias, uno de mis personajes favoritos de la literatura teatral universal. Yo conocía el texto desde mucho tiempo atrás, cuando en la carrera de arte dramático lo trabajamos con Juan Pastor –uno de los grandes maestros de los que he tenido la suerte de ser alumno, y quien me contagió el amor por el subtexto y las pequeñas cosas. Al licenciarme conseguí trabajo como profesor de teatro en un centro cultural e Iria fue una de mis primeras alumnas en un grupo en el que, por supuesto, también trabajamos con Nuestro pueblo. Pasó el tiempo, ella se planteó tomarse la carrera de actriz más en serio, le sugerí que tomara clases con Juan, lo hizo, se convirtió en actriz profesional en su compañía teatral y poco a poco, al igual que yo, también se hizo profesora y directora escénica. Cuando tiempo después ocupé un puesto que me permitió ofrecerle que se encargara de un curso de teatro para adultos, ella se echó la manta a la cabeza y al cabo de unos años montó con aquellos alumnos la obra de Wilder, reservando para mí aquel personaje tan extraordinario.

Pero esta dulce y rocambolesca anécdota que acabo de contar –que ella me dirigiera en una obra que conoció por mí cuando yo era su profesor y que yo conocí gracias a mi maestro que después fue también el suyo- no es ni mucho menos la mejor de nuestras anécdotas. Algún día, si eso, os contaré cuando Iria y yo hicimos llorar a doscientos rusos con una obra sobre la vida de Cervantes, o las cerca de cien funciones de una campaña teatral de incitación a los clásicos para centros de secundaria en la que los alumnos susurraban “eso es verdad, a mí me ha pasado” con textos de Sor Juana Inés de la Cruz o Emilia Pardo Bazán antes de terminar preguntando –todas y cada una de las veces- si éramos pareja en la vida real (por si acaso viste la obra y no te lo creíste: no, de verdad que no lo éramos). Y esas son solo las historias laborales, por decirlo así: Iria, ya lo he dicho y lo diré siempre, es mi amiga. Mi gran amiga, de hecho, desde hace unos veinte años que para Gardel no serán nada pero para mí un motivo de orgullo porque su amistad me ha ayudado en muchos momentos a salir adelante, a ponerme el mundo por montera y enfrentarme a mis complejos con música de Led Zeppelin.

Pienso mucho en todo esto últimamente porque con esto de vivir a seis mil kilómetros y un océano de por medio es inevitable echar de menos las pequeñas cosas. Lo aprendí, como ya sabéis, gracias a Juan Pastor. Pero he tardado mucho en comprenderlo de verdad, entender que igual que dicen “cuando seas padre comerás huevos” habría que decir “cuando vivas lejos echarás de menos esas minucias”. Hace años, al comenzar a plantearnos la idea de emigrar a Canadá, mi mujer y yo pensábamos en lo mucho que echaríamos de menos a los amigos, a la familia, a ciertos lugares que no volveríamos a pisar en muchos sitios. Y claro que se echa de menos, faltaría más, pero siempre a través de algo concreto, sutil, que se convierte en un intenso símbolo de todo aquello que dabas por sentado y que, de repente, ya no está. Una de esas cosas de las que aquel personaje lamentaba no tener tiempo apenas para ver, sí. De qué me iba yo a imaginar, por ejemplo, estas ganas irracionales que me entran de vez en cuando de abrir la caja de galletas danesas en la que mi madre guarda las regañás o de sentarme en una de las banquetas altas de la cocina de la casa de mi prima.

El caso es que ya hace casi cuatro años que no veo a Iria en persona y cuando me da por imaginar nuestro próximo encuentro, sea donde sea y cuando sea, me imagino que jugamos de nuevo al raca-raca, una payasada muy tonta en la que somos especialistas y que consiste en comernos la cabeza durante horas para encontrar el mayor número de juegos de palabras, a ser posible con alusiones pedantes. Que surja de repente la palabra silla en la conversación y empezar a desbarrar con “si ya lo sabía yo” o “si Jacques Cousteau se enterara de esto”. Ya veis, una tontería, pero nadie dijo que la nostalgia debiera tener, además, sentido común. Son cuatro años de no vernos pero siguiendo en contacto –benditas redes sociales, nunca lo diremos lo suficiente-, en los que he podido seguir sus éxitos y sus alegrías. Cuatro años en los que ir apuntando en un cuaderno la lista de abrazos y conversaciones pendientes, aunque ahora tenga que buscar un cuaderno nuevo y más grande porque Iria se ha casado y no he podido ir a la boda. No voy a decir aquello de “oh, cielos, no he podido acompañar a mi amiga en el día más importante de su vida” porque conozco a Iria y sé que su vida está repleta de días extraordinarios (algunos de los momentos más importantes de mi vida los he vivido a su lado, de hecho). Pero seguro que me entenderéis si digo que hubiera dado casi cualquier cosa por estar allí y darle un abrazo y sonreír mientras la veía bailar con David, su marido, y después, yo qué sé, decirle alguna tontería tipo “Iria se casa de muñecas de Ibsen”.

Es posible que jamás me hayan pesado tanto estos seis mil kilómetros como el otro día, cuando vi algunas fotos de la boda en facebook. Eso que dicen de que la distancia es el olvido es una gilipollez, pero sí es posible que la distancia se parezca un poco a ese necesitar que las cosas te dejen de doler que nos contaba Wilder en Nuestro pueblo. Algo como sentarse en una nube, igual que la protagonista de Desde mi cielo, de Alice Sebold, para observar con cariño cómo tus seres queridos continúan la fiesta de la vida sin ti. Pero no puede ser eso, claro, porque aquellas lágrimas y estos párrafos que aquí terminan son la prueba de que no estoy muerto en absoluto sino todo lo contrario: feliz de saber que la gente a la que quiero está contenta, orgulloso de ser amigo de una persona tan extraordinaria y satisfecho al pensar que soy yo el que está aprendiendo, una vez más, de mi antigua alumna. Quién se hubiera imaginado, aquel día de hace veinte años en que leímos en clase por primera vez Nuestro pueblo, que sería ella quien terminaría dirigiéndome a mí en esa misma obra. Quién nos iba a decir el día de aquel estreno que años después, con un océano de distancia entre los dos, ver una foto suya vestida de blanco me ayudaría a comprender no solo un texto tan hermoso, sino también que la vida, nuestra vida, en su plenitud, es tan insignificante y tan grande, tan triste y tan hermosa.

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2 pensamientos en “Maneras de entender una obra

  1. Cuando Iria y yo nos vemos, siempre siempre, nos damos un gran abrazo, fuerte, muy fuerte. Seguro de que al leer estos textos la ha ocurrido como a mi….las lagrimas se caen sin que las hayamos dado permiso. Unos párrafos preciosos como todo lo que tu escribes.

  2. Veinte años no serán nada para Gardel o la distancia es el olvido ¡y una mierda! ¡a tomar viento con las frases hechas!
    Me ha encantado..
    Yo veo a tu amiga Iria en mis hijos y como se alejan de la niñez y me alegro por ellos y les echo de menos a partes iguales y charlar sobre nimiedades a la hora de la cena o en el coche volviendo del colegio, se convierte en esos pequeños tesoros que guardo como oro en paño que de tener oro alguna vez no lo guardaría jamás en un paño.. 😉
    Preciosa historia Ernesto, gracias!

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