Para no olvidar

…dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria,

y aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.

(Jorge Manrique)

 

Queridas hijas,

Os escribo para daros las gracias por esta última semana que hemos pasado juntas. Seguramente os parezca extraño que lo ponga por aquí, por internet, en vez de decíroslo en persona llenándoos de mimos, como hacemos siempre. Lo que pasa es que han sido unos días tan bonitos que tengo la cabeza llena de cosas que deciros que no quiero que se me olviden. Ahora mismo estaréis durmiendo en casa de mamá y faltan todavía seis días para que volvamos a vernos, así que prefiero ponerlo por aquí para que no se me olvide nada. Además, a papá le gusta poner en internet lo que escribe porque a veces algo de lo que digo ayuda a otras personas que lo leen. ¿Os acordais de esas veces en que una de vosotras dice, por ejemplo, cómo se siente con respecto a algo y la otra se da cuenta de que la pasa algo parecido pero no lo sabría explicar? Pues algo parecido nos sucede a las personas adultas, incluso aunque no nos conozcamos, y en esta época tan rara que estamos viviendo en todo el mundo es cuando más falta nos puede hacer saber cómo se sienten otras personas porque lo que está pasando es muy extraño y nos necesitamos unas a otras.

Sí, por supuesto que estoy hablando del coronavirus, de ese maldito coronavirus que me habéis dicho las dos que no vais a perdonar nunca. Y tenéis razón, porque yo tampoco le pienso perdonar por lo que ha hecho llevándose al tío Juan y a la abuela Amparo, que estaban allí lejos, en España, y a quienes nunca más podremos volver a ver. Estos días que hemos pasado juntas las tres hemos hablado de cómo nos sentíamos acerca de ello y me habéis hecho preguntas sobre los dos y hemos hablado con las primas y la tía y han visto lo grandes que estáis ya, tras más de dos años sin veros en persona. Quizás por eso mismo os dio un poco de vergüenza hablar más rato con ellas, aunque creo que les habría gustado saber los recuerdos suyos que tenéis, esos que habéis compartido conmigo estos días mientras me decíais que el coronavirus está hecho de mierda (que es una palabra nueva que habéis aprendido y que ya iréis viendo lo útil que es en la vida). 

Tú, Victoria, por ejemplo, me contaste que el único recuerdo que tienes de él es de aquellas navidades en que fuimos a España (teníais solo cinco años) y fuimos con los tíos a que os compraran unas zapatillas y, al salir, el tío Juan te preguntó si querías que te ayudara a abrocharte el abrigo. También sé que te acuerdas mucho de esas zapatillas, aunque ya hace tiempo que se te quedaron pequeñas y te pusiste muy triste cuando tuvimos que deshacernos de ellas porque te recordaban a él, a un señor a quien tu hermana y tú visteis dos o tres veces en vuestra vida pero de quien siempre habeis oído hablar porque fue, es y será una persona muy importante en mi vida (y en la de mamá, que también le quería mucho).

A ti, Amelia, te he recordado muchas veces la alegría de satisfacción que tuviste cuando conseguiste montar en bicicleta sin las rueditas de atrás, cuando creíste que no podrías hacerlo y yo te dije que no pasaba nada, que ya lo conseguirías otro día pero que ya que estábamos en la calle con la bici podríamos seguir montando, y cómo entonces seguiste dando pedales confiando en que yo te sujetaba, y de repente dije tu nombre y miraste hacia atrás y me viste unos metros detrás de ti y entonces te diste cuenta de que lo estabas haciendo, montando en bicicleta tú sola, sin ayuda mía ni de las rueditas. Sí, sé que te lo he contado muchas veces, tantas que ya no sé si para ti es un recuerdo bonito o más tipo “jo, papá, que vale, que ya lo sé”. Lo que no sabes es que ese truco -o como lo quieras llamar- lo aprendí del tío Juan, que me lo hizo a mí hace muchos años, en un lugar llamado Valdeláguila. Fue él quien me enseñó a no caerme mientras pedaleaba, aunque la primera vez me pegué un porrazo tremendo del que todavía mantengo una marca en la rodilla. ¿Pero sabes qué? A pesar del daño que me hice, el tío Juan (que tuvo que empujarme en la bici mientras volvíamos) me dio la enhorabuena por haberlo conseguido y me dijo algo muy importante: “ahora ya ves que puedes hacerlo, lo único que necesitas es practicar y practicar hasta que dentro de poco ya no te caigas nunca. Y si te caes, pues te levantas y ya está, que tampoco pasa nada”.

Ya os digo que esto fue hace muchísimo tiempo. Tanto que ni siquiera tengo claro cuánto. Es posible que, no sé, treinta y cinco años o así. Y, a pesar de que después de eso viví muchos otros momentos maravillosos con el tío Juan, es esa historia de la bici la que más he recordado desde que me enteré de su muerte. No sé por qué esa y no otra, de vez en cuando la cabeza funciona de formas que no sabemos explicar. Tampoco hace falta entenderlo, la verdad, porque algunas veces me decís que me empeño en que todo el rato aprendamos cosas y no quiero que esta sea una de ellas. Lo que pasa es que me gusta pensar en que todo sirve para aprender, no porque yo sea profesor o porque me guste que conozcais cosas de España que no sabéis (entre otras cosas porque vivimos a 6000 km de ellas). Estas semanas, por ejemplo, me están enseñando muchas cosas y una de ellas es a disfrutar a tope de las cosas buenas de la vida y a guardarlas en el corazón para siempre. Como vuestros cómics que habéis hecho estos días, los gatetes pidiéndonos mimos o esos recuerdos que tenemos del tío Juan, por pequeños o lejanos que sean. O esa foto que nos enviarón por whatsapp la tía y los primos donde se les veía brindando por él y que tanto me hizo llorar (como vosotras decís, llorar es bueno porque limpia el corazón).   

También hay otras cuantas cosas sobre estos días que me gustaría enseñaros, pero aún es pronto para ello, así que ya llegará el momento más adelante. Estos días estamos leyendo juntas muchos libros que os están encantando, y nunca me creéis cuando os digo que todavía os quedan por descubrir muchos, muchos libros que serán todavía mejores. Dentro de unos años, por ejemplo, es posible que descubrais a un poeta llamado Jorge Manrique, que fue un señor que murió de una forma muy tonta en el pueblo en que nació una de vuestras abuelas. Pero no es por eso por lo que va a gustaros, sino porque escribió un poema muy largo que termina explicando muy bien cómo me siento estos días. Y es que sí, ese señor mayor que tras compraros unas zapatillas os ayudó a abrocharos el abrigo y a mí me enseñó a montar en bicicleta, ha perdido la vida. Pero su memoria, su recuerdo, nos consuela de ese dolor. Por eso yo ahora os estoy escribiendo estas palabras para que nos ayuden a no olvidarnos nunca de esos recuerdos, porque la mejor forma de vengarnos del coronavirus es la que el tío Juan nos enseñó: seguir pedaleando siempre hacia adelante.

7 pensamientos en “Para no olvidar

  1. Mi más sentido pésame por la perdida de vuestro ser querido.
    Gracias por estas sabíos y hermosos renglones.
    Un gran abrazo a tod@s.

  2. Siento mucho que hayas perdido a tus familiares con tantos kilómetros de distancia. Espero que puedas dar el pésame a sus seres queridos en tu próxima visita a España.
    Atentamente,
    Nicolás(@magnetadas2).

    P.D: Ya nos tomaremos algo,tranquilo.

  3. Gracias por la carta, por compartirla. Hemos sentido mucho la pérdida de Juan y de la abuela Amparo. He estado al día por tu madre para no molestar a Amparo. El día 2 de marzo le acompañé desde la Asociación de Vecinos El Val hasta su casa. Tenía mucha dificultad para caminar. Entonces me dijo que presentía que se iba a ir él antes que la abuela. Así ha sido. No te entretengo más. Un fuerte y emotivo abrazo. Andrés.

  4. Hola Ernesto! Siento en el alma vuestra perdida y me encanta la carta que has escrito eres y siempre serás un artista y haces cosas muy bonitas que espero puedas transmitir como ya veo que haces a tus hijas … pero también a tus alumnos.
    Te mando a todos mucho besos. Espero estéis todos bien allí y poder seguir leyendo cosas bonitas
    Besos de tu vecina 😘

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