De lado a lado de Queen Street

Queridas hijas:

Hace poco más de dos horas que os he dejado con vuestra madre, y mientras regresaba a casa andando me ha sorprendido mucho lo vacía que estaba hoy la calle. No sé si por el coronavirus o porque es Navidad o por el fresquete que hace en esta ciudad o por todo eso a la vez, pero no recuerdo haber visto nunca Queen Street tan vacío a mediodía. He hecho unas fotos para enseñároslas la próxima vez que nos veamos, dentro de casi dos semanas, y al ver qué tal habían quedado me ha venido a la cabeza lo que hemos estado hablando hoy sobre lo complicado que es para vosotras vivir en dos casas y tener que lidiar con echar de menos a papá cuando estáis en casa de mamá y viceversa. Como sabéis, yo tenía planes de irme a Madrid hoy a visitar a la familia que tenemos allí, pero he tenido que cancelar el billete a causa de esta pandemia tan larga que tanta pena está trayendo al mundo entero. Por eso he pensado que, en vez de hacer la maleta para irme al aeropuerto dentro de un rato, voy a poneros por escrito lo que he pensado al ver esa calle vacía. Quizás cuando leáis esto, sea dentro de seis meses o de seis años, pueda ayudaros un poco a hacer las paces con ese sentimiento que, me temo, tendréis toda vuestra vida (y os pido perdón por ello): echar de menos. No solamente a mamá y a mí, sino todo aquello que tendréis siempre a un océano de distancia. Es decir, a España cuando estéis en Canadá y a Canadá cuando viajéis a España. Os imagino preguntándome qué demonios tiene que ver eso con una foto de Queen Street el día de Navidad, si acaso esto será uno de esos rollos que os suelto de vez en cuando. Bueno, dejadme que empiece por el principio.

La foto en cuestión es esta: nada especial que no conozcáis, ya que seguramente habéis pasado por esa calle miles de veces. Por eso lo único que puede llamaros la atención es que no haya tráfico ni apenas gente y es justo esa ausencia de todo la que me permite ver con claridad a Queen Street como lo que significa en mi vida. Por ejemplo, es la calle que os lleva de casa de mamá a mi casa, aunque ni ella ni yo vivamos allí. Una calle que podría parecerse a cualquier otra de tantas que hay en Toronto, pero que para nosotras tiene un significado especial por ser “nuestra calle»: es la calle a la que de vez en cuando vamos a hacer la compra, la calle donde hacen las pizzas que cenamos cada miércoles, la calle donde me hice estos tatuajes con diseños vuestros que me van a acompañar por toda mi vida y muchas otras cosas muy representativas de esta vida que tenemos las tres en esta ciudad. También es la calle por la que pasamos cuando os llevo al cole, y me gusta esa idea de que una calle tan importante para nosotras sea también una «calle de paso» porque resume un poco lo que quiero deciros.

Vosotras dos, ya lo sabéis, nacisteis en España y llegasteis a Canadá con unos pocos meses. Solo habéis podido cruzar el océano dos veces en los nueve años que tenéis, y aún así sentís que España es una parte importante de vuestra vida. Entre otras cosas, porque tanto para mamá como para mí era imprescindible que el español fuera vuestro idioma. Que lo sintiérais como algo vuestro, como parte de vuestra identidad, porque tanto para ella como para mí lo fue durante muchísimo tiempo (y os aseguro que lo sigue siendo, aunque ahora os ponga tristes que ella y yo solo hablemos por email y en inglés). Hoy en día, Queen Street es una calle importante en vuestras vidas, sí, pero recordad que antes de ella también lo fueron otras calles de Toronto, como Bloor o Coxwell. Y antes de ellas hubo otros lugares imprescindibles en vuestras vidas aunque apenas los recordéis, como es el caso de Brampton o Torrejón o Alcalá. Además de ellos, es hermoso que sepáis que hubo otros lugares imprescindibles antes de que naciérais, pero que sin ellos seguramente seríais muy diferentes. Hanói, Chiang Mai, Luang Prabang, Palermo, Oporto… Incluso podría hablaros de lugares que estuvieron a punto de ser igual de importantes pero no llegaron a serlo, como Calgary, Ottawa, Roma, Kobe, Bahamas, Newcastle, Reunión, Barcelona… Todos ellos, tanto los que fueron imprescindibles como los que no lo fueron nunca, han sido lugares de paso con los que vuestra madre y yo soñamos en su momento, en los que hubo caricias y lamentos y amigos y comida deliciosa y mal tiempo y posibilidades de futuro. Igual que ahora sucede con Queen Street, esa calle siempre llena y hoy vacía que os da al mismo tiempo la alegría de ir a una de vuestras casas y la pena de dejar la otra por unos días. De todos esos lugares guardo recuerdos increíbles (en el caso de los lugares a los que nunca fuimos, recuerdos de lo mucho que planeamos lo que haríamos allí) y de varios de ellos echo de menos a mucha gente a la que hace mucho, demasiado tiempo que no tengo delante para darle un abrazo. Hoy iba a ir a España para solucionar eso y ya veis, no ha sido posible. Hace cuatro años que no celebro una Navidad con la familia de España, tres que no veo a los abuelos, y en todo ese tiempo he vivido una separación, una enfermedad larga y otros cuantos problemas para los que me hubieran venido de maravilla todos esos abrazos perdidos que llevo apuntados en una libreta del corazón para intentar recuperarlos algún día. Echo de menos a rabiar a toda esa gente, y sé que sería aún peor todo lo que os echaría de menos a vosotras dos si yo estuviera allí. ¿Os acordáis de la película de Los Vengadores, cuando Hulk dice «mi secreto es que siempre estoy furioso»? Ser emigrante es un poco eso, solo que no nos ponemos verdes y lo que siempre estamos es echando de menos. Pero al final nos terminamos acostumbrando, aunque solo sea porque tampoco hay más opciones.

Quizás os acordéis también de Momo, ese libro de Michael Ende que comencé a leeros hace tiempo y que algún día deberíamos terminar. Ya os dije por aquel entonces que ese libro contiene uno de los textos que más me han ayudado en toda mi vida. Sí, exacto, cuando Beppo el barrendero explica a Momo lo que hay que hacer para no frustarse:

«Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga que crees que nunca podrás acabarla (…) Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer (…) Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente (…) Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser (…) De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta de cómo ha sido, y no se está sin aliento (…) Eso es importante».

Hoy, al colocarme en medio de Queen Street para hacer la foto, me han venido a la cabeza esas palabras de Beppo. Por un lado, claro, por todo el camino que me llegaba hasta llegar a casa, cerca de los edificios que se ven casi al final de la foto. También porque la calle no estaba demasiado limpia que digamos, las cosas como son. Y sobre todo porque se me ha ocurrido darme la vuelta para hacer esta foto del otro lado de la calle.

No sé si se ve bien, pero en esa segunda foto se aprecia que la calle está cortada por obras. Por eso probablemente la calle estaba vacía, ya que muchos coches se desvían igual que lo ha hecho hoy el autobús que nos ha llevado al parque donde os habéis reencontrado con mamá. A vosotras, que queréis ser sois escritoras, os viene muy bien comprender que a veces las metáforas aparecen así, cuando menos te lo esperas. Porque hoy, durante unos minutos, esa calle de paso se ha convertido en una metáfora de mi propia vida: Queen Street es una calle muy, muy larga en la que es mejor pensar solo en el paso siguiente que tengo que dar, porque el camino hasta casa es cansado. Si miro hacia delante, el camino que tengo detrás de mí es una calle cortada, igual que se cortó ese viaje mutuo que empezó en Torrejón y Alcalá y continuó en todos esos sitios que os he dicho antes. Echo de menos todos esos lugares, pero también tengo la tranquilidad de que ahora no puede venir ningún coche del pasado a atropellarme. Queen Street no es una calle especialmente bonita, pero nos es útil y le tenemos mucho cariño aunque a veces os ponga tristes ir por ella de un domicilio al otro. Y al fondo está mi casa, vuestra casa, adonde dentro de poco volveréis a jugar y a acariciar a los gatotes.

Solo hay que pensar en el paso siguiente, entonces es divertido, decía Beppo. Y qué razón tenía. Sí, podemos pensar en cuánto echamos de menos a quienes no tenemos cerca. Y también podemos disfrutar de quienes sí están cerca cuando estamos con ellos. Disfrutad de la maravillosa compañía de mamá mientras estáis con ella, igual que disfrutáis de estar conmigo la otra mitad de vuestro tiempo. Así es más fácil sobrellevar toda la calle que queda por barrer, todo el camino que nos queda por delante. Yo me quedo estas dos semanas aquí en vez de ir a Madrid y escribir estas líneas me está ayudando mucho a superar el disgusto, por ejemplo. Como le sucede a Momo en la novela, ya llegará mi momento de encontrarme con la tortuga Casiopea y conocer al Maestro Hora. Pero no hay prisa. Porque, aunque haya mucha distancia entre un lugar y otro, tenemos una calle de paso que algún día volveremos a recorrer para recuperar esos abrazos perdidos que tenemos apuntados en la libreta del corazón.