Acerca de Hache

Lo peor que se puede ser en esta vida es un coñazo. (Michi Panero)

Maneras de entender una obra

Para que este piano suene así,
para temblar así con esta música,
ha sido necesario
ir llenándola poco a poco
de belleza y de daño, ir llenándola
con nuestra propia vida…

(Vicente Gallego)

Pocas obras de teatro me han ayudado tanto a comprender el mundo como Nuestro pueblo, de Thornton Wilder. En ella todo parece transcurrir de forma apacible y monótona en un pueblecito de la costa este de Estados Unidos, pero el tercer acto nos da un hachazo al mostrarnos cómo uno de los personajes llega al cementerio el día de su entierro. El personaje está muerto, claro, y es consciente de ello, pero no entiende muy bien las reglas de ese juego que acaba de comenzar. El maestro de ceremonias de la obra, un narrador que podría muy bien ser el paso del tiempo, le explica que la muerte es un lugar que consiste en ir poco a poco olvidándose de todo aquello que nos une a la vida para poder así fundirse con el cosmos. El recién llegado no es capaz de aceptar ese destino y pide volver a revivir algún instante de la vida que ya ha llegado a su fin, pero al hacerlo, sabiendo que solo tiene unos minutos antes de marcharse –o precisamente a causa de ello-, siente el dolor de no poder disfrutarlo en su plenitud. “Apenas me da tiempo para mirar nada”, dice antes de volver a su tumba, justo a tiempo en el momento en que logra por fin comprender el valor de las pequeñas cosas: el olor del desayuno, la voz de su padre al volver del trabajo o el tictac de los relojes.

Hace algunos años, gracias a mi amiga Iria, tuve la inmensa suerte de interpretar al maestro de ceremonias, uno de mis personajes favoritos de la literatura teatral universal. Yo conocía el texto desde mucho tiempo atrás, cuando en la carrera de arte dramático lo trabajamos con Juan Pastor –uno de los grandes maestros de los que he tenido la suerte de ser alumno, y quien me contagió el amor por el subtexto y las pequeñas cosas. Al licenciarme conseguí trabajo como profesor de teatro en un centro cultural e Iria fue una de mis primeras alumnas en un grupo en el que, por supuesto, también trabajamos con Nuestro pueblo. Pasó el tiempo, ella se planteó tomarse la carrera de actriz más en serio, le sugerí que tomara clases con Juan, lo hizo, se convirtió en actriz profesional en su compañía teatral y poco a poco, al igual que yo, también se hizo profesora y directora escénica. Cuando tiempo después ocupé un puesto que me permitió ofrecerle que se encargara de un curso de teatro para adultos, ella se echó la manta a la cabeza y al cabo de unos años montó con aquellos alumnos la obra de Wilder, reservando para mí aquel personaje tan extraordinario.

Pero esta dulce y rocambolesca anécdota que acabo de contar –que ella me dirigiera en una obra que conoció por mí cuando yo era su profesor y que yo conocí gracias a mi maestro que después fue también el suyo- no es ni mucho menos la mejor de nuestras anécdotas. Algún día, si eso, os contaré cuando Iria y yo hicimos llorar a doscientos rusos con una obra sobre la vida de Cervantes, o las cerca de cien funciones de una campaña teatral de incitación a los clásicos para centros de secundaria en la que los alumnos susurraban “eso es verdad, a mí me ha pasado” con textos de Sor Juana Inés de la Cruz o Emilia Pardo Bazán antes de terminar preguntando –todas y cada una de las veces- si éramos pareja en la vida real (por si acaso viste la obra y no te lo creíste: no, de verdad que no lo éramos). Y esas son solo las historias laborales, por decirlo así: Iria, ya lo he dicho y lo diré siempre, es mi amiga. Mi gran amiga, de hecho, desde hace unos veinte años que para Gardel no serán nada pero para mí un motivo de orgullo porque su amistad me ha ayudado en muchos momentos a salir adelante, a ponerme el mundo por montera y enfrentarme a mis complejos con música de Led Zeppelin.

Pienso mucho en todo esto últimamente porque con esto de vivir a seis mil kilómetros y un océano de por medio es inevitable echar de menos las pequeñas cosas. Lo aprendí, como ya sabéis, gracias a Juan Pastor. Pero he tardado mucho en comprenderlo de verdad, entender que igual que dicen “cuando seas padre comerás huevos” habría que decir “cuando vivas lejos echarás de menos esas minucias”. Hace años, al comenzar a plantearnos la idea de emigrar a Canadá, mi mujer y yo pensábamos en lo mucho que echaríamos de menos a los amigos, a la familia, a ciertos lugares que no volveríamos a pisar en muchos sitios. Y claro que se echa de menos, faltaría más, pero siempre a través de algo concreto, sutil, que se convierte en un intenso símbolo de todo aquello que dabas por sentado y que, de repente, ya no está. Una de esas cosas de las que aquel personaje lamentaba no tener tiempo apenas para ver, sí. De qué me iba yo a imaginar, por ejemplo, estas ganas irracionales que me entran de vez en cuando de abrir la caja de galletas danesas en la que mi madre guarda las regañás o de sentarme en una de las banquetas altas de la cocina de la casa de mi prima.

El caso es que ya hace casi cuatro años que no veo a Iria en persona y cuando me da por imaginar nuestro próximo encuentro, sea donde sea y cuando sea, me imagino que jugamos de nuevo al raca-raca, una payasada muy tonta en la que somos especialistas y que consiste en comernos la cabeza durante horas para encontrar el mayor número de juegos de palabras, a ser posible con alusiones pedantes. Que surja de repente la palabra silla en la conversación y empezar a desbarrar con “si ya lo sabía yo” o “si Jacques Cousteau se enterara de esto”. Ya veis, una tontería, pero nadie dijo que la nostalgia debiera tener, además, sentido común. Son cuatro años de no vernos pero siguiendo en contacto –benditas redes sociales, nunca lo diremos lo suficiente-, en los que he podido seguir sus éxitos y sus alegrías. Cuatro años en los que ir apuntando en un cuaderno la lista de abrazos y conversaciones pendientes, aunque ahora tenga que buscar un cuaderno nuevo y más grande porque Iria se ha casado y no he podido ir a la boda. No voy a decir aquello de “oh, cielos, no he podido acompañar a mi amiga en el día más importante de su vida” porque conozco a Iria y sé que su vida está repleta de días extraordinarios (algunos de los momentos más importantes de mi vida los he vivido a su lado, de hecho). Pero seguro que me entenderéis si digo que hubiera dado casi cualquier cosa por estar allí y darle un abrazo y sonreír mientras la veía bailar con David, su marido, y después, yo qué sé, decirle alguna tontería tipo “Iria se casa de muñecas de Ibsen”.

Es posible que jamás me hayan pesado tanto estos seis mil kilómetros como el otro día, cuando vi algunas fotos de la boda en facebook. Eso que dicen de que la distancia es el olvido es una gilipollez, pero sí es posible que la distancia se parezca un poco a ese necesitar que las cosas te dejen de doler que nos contaba Wilder en Nuestro pueblo. Algo como sentarse en una nube, igual que la protagonista de Desde mi cielo, de Alice Sebold, para observar con cariño cómo tus seres queridos continúan la fiesta de la vida sin ti. Pero no puede ser eso, claro, porque aquellas lágrimas y estos párrafos que aquí terminan son la prueba de que no estoy muerto en absoluto sino todo lo contrario: feliz de saber que la gente a la que quiero está contenta, orgulloso de ser amigo de una persona tan extraordinaria y satisfecho al pensar que soy yo el que está aprendiendo, una vez más, de mi antigua alumna. Quién se hubiera imaginado, aquel día de hace veinte años en que leímos en clase por primera vez Nuestro pueblo, que sería ella quien terminaría dirigiéndome a mí en esa misma obra. Quién nos iba a decir el día de aquel estreno que años después, con un océano de distancia entre los dos, ver una foto suya vestida de blanco me ayudaría a comprender no solo un texto tan hermoso, sino también que la vida, nuestra vida, en su plenitud, es tan insignificante y tan grande, tan triste y tan hermosa.

IMG_4349.JPG

 

Anuncios

Mis lecturas del 2016

Nunca me había planteado escribir sobre lo que he leído a lo largo de un año, ni siquiera había hecho nunca recuento de los libros que iba leyendo. Pero una buena parte de lo que he leído durante 2016 ha sido gracias a recomendaciones de otra gente, así que aquí está mi lista por si acaso ayuda a alguien a descubrir algún libro que le haga feliz.

Siguiendo la idea de Molinos, desde el 1 de enero fui recopilando mis lecturas en un tablero de Pinterest para no olvidarme de ningún libro a final de año. Por si os apetece echar un ojo, el tablero es este. Han salido unas cuantas lecturas, casi setenta. No sé si más o menos que otros años porque, como digo, este es el primero en que llevo la cuenta. También sé que el número es alto porque algunos de los libros son novelas cortas o relatos. Hay también alguna obra de teatro, que por su naturaleza se leen en unas pocas horas. No he incluido lo que he ido leyendo a mis hijas porque eso añadiría fácilmente otros doscientos libros más al tablero, pero tengo el propósito de hacer uno exclusivo de lecturas infantiles para el 2017.

Antes de entrar en detalles sobre mis mejores lecturas del año hay algo que quiero destacar: lo mucho que he disfrutado este año leyendo libros escritos por mujeres. No es que no leyera a autoras antes, pero iniciativas como esta, esta o esta me ayudaron a plantearme que debía incluir más variedad en lo que leo. Y gracias a ello me he dado cuenta de lo mucho que me he ido perdiendo estos años. La ficción fantástica escrita por autoras, por ejemplo. Un género que nunca me había entusiasmado -nunca fui capaz de terminar de leer El señor de los anillos, por ejemplo, y los libros de George R. R. Martin los leo con bastante sufrimiento- y que en manos de escritoras me parece algo más atractivo.  No tiene que ver con sensibilidad femenina ni esos estereotipos tan manidos, sino con una serie de temas y obsesiones diferentes a las que aparecen en esos mismos libros escritos por hombres. No estoy seguro de explicarme muy bien y tampoco este es el lugar para divagar sobre ello, así que si os interesa profundizar en esto que digo os propongo que leáis Un mago de Terramar de Ursula K Leguin y después el prefacio que escribió la autora para una edición posterior del mismo libro. Sí, el prefacio después para evitar destripes de la trama, no hay de qué.

Por esa misma razón he buscado conscientemente una paridad de lecturas autor/ autora. Alguien podrá pensar que la paridad en esto o en cualquier otro asunto es un invento del demonio, pero a mí me ha funcionado de maravilla a la hora de obligarme a leer más mujeres. A partir de ahora es posible que ya no necesite la paridad porque ya se ha creado en mí cierta rutina de leer a escritoras, pero para llegar a ello reconozco que me he tenido que “obligar” un poco. Y lo contento que estoy por haberlo hecho.

A raíz de esa variedad, mi propósito para el 2017 es hacer lo mismo pero incluyendo libros de otras nacionalidades. Este año me lo he pasado en grande leyendo ficciones de India, Nigeria, Vietnam, Jamaica… y tengo la impresión de que, al igual que me pasaba con el tema de la literatura de autoras, necesito seguir incidiendo en lecturas que no vengan solo de Europa y Norteamérica (también Latinoamérica, claro, porque el idioma común ayuda mucho; pero la verdad es que solo suelo leer autores de cuatro o cinco países de habla hispana aparte de España y quisiera cambiar eso). Si alguno de vosotros os animáis a hacer lo mismo, os pido que vayáis compartiendo conmigo vuestros descubrimientos literarios asiáticos, africanos y demás.

Dicho esto, los mejores libros que he leído en el 2016 son los siguientes. El orden es aleatorio.

Mr Gwyn, de Alessandro Baricco. No es un secreto que Baricco es, probablemente, mi escritor favorito. Cada vez que alguien me pide que le recomiende un libro, mi pregunta inmediata es “¿has leído Océano mar?”. También es posible que sea el único autor del que puedo decir que he leído casi su obra completa. Tenía pendiente Mr Gwyn desde hacía tiempo y… Qué tío el Baricco este, lo ha vuelto a hacer. Una trama sencilla que le sirve para desplegar una serie de dudas poéticas. Sin alharacas, sin ostentación alguna, al igual que los retratos que hace el protagonista. Y no digo más, porque la misma trama tiene un pequeño componente sorpresa que es mejor disfrutar en persona.

Claus y Lucas, de Agota Kristof. ¿Habéis oído alguna vez esa tontada de que todos los libros escritos por mujeres son de temas románticos, llenos de sentimientos y sensiblerías? A lo mejor hasta me lo oísteis a mí hace no demasiados años. Sí, todos tenemos un pasado oscuro y un machismo propio contra el que luchar. Bueno, pues la próxima vez que alguien os salte con eso le dejáis este libro para que le explote la cabeza con esta autora húngaro-suiza. Para leer con cuidado y sin fiarse del tono aséptico empleado desde el mismo arranque: es un libro duro como pocos, sin necesidad alguna de levantar la voz ni de americanpsychear con excesos de adrenalina. ¡No sabes nada, Easton Ellis!

Madre noche, de Kurt Vonnegut. No había leído nada de Vonnegut, y tampoco es que me llamara demasiado. Pero el bueno de Hugo Izarra -¡vuelve a twitter, maldito!- me recomendó que le metiera mano a este novelón sobre un espía americano durante la Segunda Guerra Mundial cuya misión es tan secreta que termina siendo juzgado por nazi. Es un libro loco pero no divertido, con tal desapego hacia la sociedad que a uno le dan ganas de echarse a llorar a carcajadas.

Temblor, de Rosa Montero. Otra recomendación, esta vez de mi amiga Cristina Blanco. Llevaba años pensando hincarle el diente gracias a ella, pero ha sido finalmente este año ya que con eso de obligarme a leer más autoras no quería retrasarlo más. Cristina, desde aquí te pido perdón por no haberte hecho caso antes. ¿Una ficción fantástica carente de ambiciones, luchas de poder a puñaladas y monstruos diabólicos? ¡Sí, se puede! Es un libro sobre la búsqueda de la identidad y de la ternura en un mundo cruel. Es muy posible que si lo hubiera leído hace veinte años mi vida hubiera sido diferente. Es de esos libros que, si lo pillas en la edad apropiada, te habla al corazón y te marca para siempre. A mí me ha pillado algo mayor, pero lo recomiendo como el que más.

Instrumental, de James Rhodes. La culpa de que me leyera este libro la tiene David Marzal. Su recomendación explicaba tan bien por qué hay que leer este libro que prefiero callarme para darle la palabra a él. Leed a Rhodes, por favor. Y hacedlo mientras escucháis la selección musical que el mismo autor ha hecho para cada capítulo.

Nada, de Janne Teller. Este lo encontré por casualidad. Por casualidad y porque soy un cotilla que me puse a echar un ojo al TL de una amiga y vi que @verofreire, a quien no conocía por entonces, le estaba recomendando este libro con tanta pasión que me lo apunté. Y qué suerte haberlo hecho. Imaginad una versión renovada de El señor de las moscas pero en humor cafre y escrito para adolescentes. Un libro que empieza como aquellos que leíamos de pequeños de El pequeño Nicolás y que termina pareciéndose a El extranjero de Camus. Un libro juvenil que podría resumirse como La panda de Snoopy meets Takeshi Kitano. Tanto al Kitano ridículo de Humor amarillo como al bruto de Hojas de fuego como al poético de Dolls. Un libro con el que me odié a mí mismo por mis ataques de risa incontenibles. Por cierto, ha sido prohibido en algunos institutos en medio mundo. No por eso es mejor o peor libro, pero tiene su aquel saberlo.

Todos deberíamos ser feministas, de Chimamanda Ngozi Adichie. Esta autora nigeriana ha sido uno de mis grandes descubrimientos literarios durante 2016. Estuve a punto de incluir en esta lista su novela Medio sol amarillo, sobre la guerra de Biafra. Pero finalmente he preferido dejar este librito que se lee en un ratito pequeño (50 páginas) y que da para reflexionar una semana. En Suecia una asociación lo ha empezado a regalar a los alumnos de instituto, así que es posible que las próximas generaciones de suecos ya no digan esa bobada de “Ni machistas ni feministas, todos iguales”.

Ramayana (versión de Ramesh Menon). Siempre me han encantado la mitología y la épica, desde que visité Japón me enamoré de Asia y algunos de nuestros mejores amigos aquí en Toronto son de la India. Es decir, que tenía todas las papeletas para quedarme rendido ante el Ramayana y el Mahabharata, los dos grandes poemas épicos hindúes, pero por algún motivo nunca me había acercado a ellos. La puerta de entrada al primero fue una versión infantil que eligieron Victoria y Amelia en la biblioteca, seguramente porque los colores de la portada eran muy vivos. Se convirtió en su libro favorito, es posible que se lo leyera unas cincuenta veces por lo menos y meses después siguen jugando a ser Rama, Sita, Ravana o Hanuman. Así que cuando tuve ocasión me zampé una buena versión y cuánto lo disfruté. Tanto por la historia en sí como por haber entrado en la mitología hindú, que es tan abrumadoramente distinta a otras que conozco que me siento como un crío pequeño disfrutando de la fuerza de los mitos por primera vez. Es posible que sea el libro con el que más he dado la tabarra este año a todo el mundo, hasta el punto de que escribí todo esto para contar la historia por twitter. Si me queréis, leed el Ramayana. Y mejor que lo hagáis en el 2017, porque estoy seguro de que en mi entrada de “Mis lecturas del 2017” también os recomendaré el Mahabharata.

Big Magic, de Elizabeth Gilbert. Venga, a calzón sacado: soy fan total de Come, reza, ama. Del libro, eh. La película ni me la acerques, que me entran picores. ¿Que es un best seller con ínfulas de libro de autoayuda y trama típica de blanca rica desvalida que se enfrenta al mundo ella sola para acabar siendo feliz? Ajá. Me encanta esta mujer, qué le vamos a hacer. Y si la oís hablar es posible que la améis más todavía. Big Magic es un ensayo que pretende hablar de la creatividad pero es más que eso. Se trata de una charla desenfadada con el lector para decirle que se deje de bobadas y que si quiere hacer cosas lo mejor que puede hacer es ponerse a hacer cosas. Y de paso se cisca en la pose de malditismo de los escritores que tanto sufren por escribir, que buena falta le hace al mundillo literario universal.

El balcón en invierno, de Luis Landero. Tuve la suerte de ser alumno de Landero hace muchos años y recuerdo sus clases con mucho cariño. Por supuesto, me leí por entonces su excelente Juegos de la edad tardía, pero desde entonces ningún libro suyo me había capturado tanto como este. Un libro tierno, evocador y tramposo porque, como es costumbre en él, uno nunca termina de saber qué parte de esas memorias suyas son ciertas y cuáles ficticias, ya que tenemos claro que nos está engañando igual que a su familia la del pueblo cuando él se marchó a buscar suerte a Madrid. Pero hay tanto amor en esas mentiras y tanta precisión en el modo de contarlas que nos quedamos sonriendo y pidiendo más.

Dimensiones, de Alice Munro. Aquí hago un poco de trampa porque no es un libro sino un relato de su libro Demasiada felicidad, que no incluyo completo en la lista porque a mi juicio no puede competir en esta lista. Pero ese relato… Ay. No tengo la menor duda de que es el mejor relato que he leído jamás. Qué dolor y qué sutilidad y qué pureza y qué cabrona Munro para hacernos llegar hasta ahí. Si tienes hijos es muy posible que quieras leerlo con cuidado.

El cuento de la criada, de Margaret Atwood. Este libro lo he dejado para el final de la lista porque, bueno, ha sido mi libro del año. Y Margaret Atwood el descubrimiento, lo que no tiene perdón de Dios sabiendo que vivo en Canadá y ella es una de las grandes autoras de por aquí. El caso es que para recomendar este libro uno corre el riesgo de caer en tópicos manidos: que si hay que leerlo porque es muy actual a pesar de haber sido escrito hace décadas, que si es una distopía más cercana que nunca… Pero no quiero contar nada para no destripar la historia, que es, eso, muy aterradora por lo cercana. Solo diré que dentro de poco se estrena la serie basada en el libro y me da que a muchos en Estados Unidos les va a dar qué pensar.

C3EY8GfWYAAbgIS.jpg

(Hay otro libro más que me ha cambiado la vida este año, claro. Se trata de Volveremos, de Noemí López Trujillo y Estefanía S. Vasconcellos. Pero con este libro no puedo ser objetivo ya que soy parte de él. Por eso no lo incluyo en la lista. Bueno, por eso y porque mis opiniones sobre él ya las escribí aquí)

Vuelve, a casa vuelve

Para Noemí y Fany, por supuesto.

Llega la Navidad y con ella aparecen en televisión los anuncios de la lotería y de Campofrío, igual que hace años lo suyo era esperar el especial de Martes y Trece y el anuncio de Freixenet. “Love Actually” se ha convertido en la digna heredera de esa costumbre de otra-vez-la-misma-película-que-ponen-cada-año-pero-que-hay-que-ver-porque-es-lo-suyo-en-estas-fechas, reemplazando a “¡Qué bello es vivir!” y “La princesa prometida”. Sin embargo hay un clásico navideño que sigue provocando lágrimas desde tiempos inmemoriales y que seguramente seguirá así por mucho tiempo: los anuncios de El almendro. Porque siempre habrá alguien fuera deseando volver y, peor aún, alguien en España deseando que vuelvan los que están fuera, aunque solo sea por una noche, para cenar todos juntos como si nada hubiera pasado.

Uno de mis recuerdos más nítidos de infancia es el de mi madre con la lagrimita asomando durante quince días con la melodía aquella de “Vuelve, a casa vuelveeee por Navidaaaaad”. Ella, al igual que mi padre, ya había regresado de Canadá hacía tiempo y cada Nochebuena era una fiesta familiar sin ausencias; pero pensar en todos aquellos años en que no pudo berrear Noche de paz con los suyos hacía que durante las vacaciones navideñas gastáramos una fortuna en kleenex. Años después mi hermano se marchó a Canadá y desde entonces los anuncios de El almendro se convirtieron en una droga tan dañina como adictiva que tuvimos que racionarle.

Ahora, lo que son las cosas, soy yo el que por tercer año consecutivo no podré estar en esa mesa llena de gente a la que quiero y añoro, y me puedo imaginar perfectamente a mi madre echándonos de menos a mi hermano y a mí. Llorosa, sensible y un poquillo pedete, rodeada de mis tíos y primos durante la cena familiar, con la dichosa melodía del anuncio en la cabeza mientras moja un langostino en salsa rosa. Yo mismo estoy emocionado de pensarlo, por supuesto. Este tonito medio graciosete con el que escribo estas líneas no es más que un recurso regulero para que el texto no se contagie de melancolía, impotencia o incluso enfado. Sí, enfado: por aquí también hemos leído las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores acerca de los emigrantes españoles.

Total, que faltan pocas horas para la cena de Nochebuena y, como buen hijo de mis padres, yo afronto estos seis mil kilómetros de distancia con otra buena provisión de kleenex. Pero al mismo tiempo escribo esto desde la comodidad de mi hogar en Toronto y no se me escapa en absoluto que muchos de los que leéis esto quizás os cambiaríais por mí. Tolstoi decía aquello de que cada familia infeliz lo es a su manera, que es el modo poético de decir que en todas partes cuecen habas. Por eso tengo claro que hay quienes darían lo que fuera por marcharse de España a probar suerte fuera pero no pueden porque no tienen la posibilidad de hacerlo, hay quienes se han marchado fuera y no han conseguido la estabilidad de la que por suerte yo sí gozo ahora, hay quienes se han tenido que marchar a la otra punta de España con todos los inconvenientes que ello supone sin que nadie les tenga en cuenta cuando se habla de los que viven lejos de los suyos y hay quienes han perdido a sus seres queridos y ni con todos los aviones del mundo podrán jamás volver a sentarse con ellos en torno a una mesa. Incluso alguno dirá, y con razón, que qué suerte mi madre, que puede mojar un langostino en salsa rosa.

Pero esto no es un concurso de dolor, entre otras cosas porque todavía no se ha inventado el dolorímetro. Cuando yo escribo estos textos en mi blog o hablo de mis sentimientos en redes sociales no pretendo decir que soy el que más sufre del mundo. En absoluto. Pero hay algo que me duele, por trivial o injustificado que a algunos les pueda parecer, y quiero poder contarlo sin que a nadie se le ocurra decirme que cómo se me ocurre, que me tendría que dar vergüenza porque hay otros que están peor. Quiero poder hablar, por ejemplo, de la impotencia que siento cuando pienso que mis padres ya pasan de los setenta, que en cualquier momento puedo recibir una llamada fatal desde España y que es muy posible que cuando eso pase no llegue a tiempo para despedirme de ellos. Quiero poder contar la tristeza que me causa pensar que pocas veces podré acudir al entierro de un ser querido porque los cuatro billetes de última hora que necesitaríamos nos costarían más de tres mil euros, una cantidad que pocas veces podremos permitirnos. Quiero hablar de que precisamente por eso uno termina dividiendo inconscientemente a la gente que añora en dos grupos: aquellos por los que hay que intentar hacer ese esfuerzo económico y aquellos por los que desgraciadamente no se podrá. O, sin ponernos tan intensos, recordar que si hoy no estamos brindando con champán con la familia no es porque seamos unos aventureros sino porque no nos lo podemos permitir. No siempre el dolor está en marcharse, sino en no saber cuándo podrás volver.

Ya escribí por aquí hace tiempo que muchas veces la distancia no se mide en kilómetros sino en celebraciones familiares en las que falta nuestra silla. Ahora escribo estas líneas el mismo día de Nochebuena y quizás tras leerlo a alguno de vosotros se os atragante un poco la sopa esta noche. Disculpadme si es así, porque no es mi intención. Es solo que muchos de los que nos hemos marchado sentimos la necesidad de contar nuestras cosas porque queremos creer que si nos comprendéis podréis disfrutar por nosotros de aquello que echamos de menos con un océano de por medio. Quien entiende a alguien le tiene más cerca, y estar más cerca es justo lo que queremos. Aunque solo sea a través de un blog cualquiera como este.

Precisamente por eso estoy infinitamente agradecido a Noemí López Trujillo y a Estefanía S. Vasconcellos, que me han permitido formar parte de su libro “Volveremos. Memoria oral de los que se fueron durante la crisis”, un texto formado tanto por testimonios de españoles que han tenido que emigrar como por algunos de sus familiares que nos cuentan la versión del que se ha quedado al otro lado de la puerta de embarque. Mi madre y mi suegra, por ejemplo, que tienen algunos momentos estupendos. El libro también incluye la historia de alguien que siempre quiso marcharse pero cuyas circunstancias se lo impidieron. A nadie le parecen sus hijos feos ni le huelen mal sus peos, pero creo que es un libro que refleja fielmente muchas de nuestros sentimientos, dudas y alegrías. Es un texto que huye del victimismo y pone de relieve algunos datos para disipar estereotipos de esos que normalmente se usan a uno y otro lado del espectro político.  No solo agradezco que “Volveremos” esté teniendo cierta repercusión mediática (por ejemplo, la periodista Ana Pastor publicaba hoy mismo esta columna que me ha hecho abrir otro paquete de kleenex) sino la oportunidad que me brindaron Fany y Noemí de reflexionar sobre mi experiencia de emigrante durante los meses que duró el proceso de entrevistas que dio lugar al libro. No exagero si digo que este libro me ha ayudado a comprender mejor lo que soy tras estos años fuera de España. Ojalá también ayude a algunos a entender que cuando nos quejamos de ciertas cosas tenemos claro que no somos los que más sufrimos, pero que tampoco nos gusta que vengan a contarnos si tenemos derecho o no a sentirnos tristes. Como contaba Diego, a ver si el ministro es capaz de ir a decirle esas cosas a la cara a nuestras madres.

Este año no podremos volver a casa y tampoco sabemos si el año que viene lo haremos. Así que si tenéis a mano un trozo de turrón de El almendro, dadle un buen bocado de mi parte. No es que nunca me haya gustado especialmente, pero seguro que os imagináis que ahora mismo no le haría asco alguno. Y ya está, ya me callo. Ahora dejad de leer al cursi este que vive en Toronto y abrazad fuerte a quien tengáis cerca.

Felices fiestas a todos.

volveremos

 

El calor para este invierno

Para @laliliquelee. Ella sabe por qué.

Este año el invierno ha llegado a Toronto de golpe. Estábamos hace nada en pantalón corto y chanclas y al día siguiente amanecimos a cuatro grados con una sensación térmica de dos bajo cero. El cuerpo se resiente con estos cambios tan bruscos, por supuesto. No solo porque malditas las ganas que uno tiene de salir a la calle, sino porque de repente todo es gris y húmedo y el metro huele a penitencia. No es que vivamos alejados del resto del mundo como si fuéramos los Guardias de la Noche comandados por Jon Snow (Toronto está aproximadamente a la altura de Gijón), pero incluso a los que llevan aquí toda la vida les asusta plantearse que Winter is coming. Hace un rato he ido a bajar la basura y en los dos minutos de charla con el vecino –aquí también hablamos del tiempo, por supuesto- parecía que nos estábamos dando el pésame. “Este año va a ser duro”, ha susurrado mientras se abrochaba el forro polar. Normal que estemos desmoralizados, porque esto no lo esperábamos hasta dentro de un mes o mes y medio y por lo general el mal tiempo dura hasta casi finales de mayo.

Cuando llega el frío –el de verdad, esto solo es un tráiler de lo que parece que nos espera este invierno- no hay mucho que uno pueda hacer más allá de pisar la calle lo menos posible. Por suerte todo está muy bien preparado, Toronto incluso tiene una serie de galerías subterráneas a modo de ciudad-búnker que podría pasar por refugio atómico pero en realidad es para cuando bajamos de veinticinco bajo cero, que es con bastante frecuencia. Todo está muy bien preparado, en efecto, pero a muchos se les hace demasiado cuesta arriba. Sobre todo a los que han llegado hace poco, dado que a la nostalgia de la distancia y al choque cultural hay que sumarle el hecho de que si no vas con cuidado se te pueden congelar los mocos. Por eso son tan importantes los amigos en esta ciudad, ya que tener a alguien cerca con quien poder quejarse a coro del frío de mierda es imprescindible para no terminar como Jack Nicholson a mitad de El resplandor (porque lo que le pasa al final final de la película es precisamente la pesadilla más recurrente que a todos nos ronda por aquí). Y cuando hablo de amigos me refiero también a los que están en el 2.0, porque al final uno termina buscando calor como los gatos y el calor virtual puede llegar a ser tan válido como el de la estufa catalítica que las abuelas solían tener en sus casas hace tiempo debajo de la mesilla del comedor.

La semana pasada, por ejemplo, recibí una noticia por whatsapp que me puso muy contento: Julio, mi mejor amigo de la infancia, ha sido padre por primera vez. Me ha mandado fotos de su hijo, que es una verdadera monada. Le he visto a él con el niño en brazos y me he acordado de cuando los dos cambiábamos cromos en el cole y admirábamos a los malotes de octavo que fumaban en el patio a escondidas. Julio y yo nos conocimos en sexto de EGB, en aquel colegio en el que don Miguel nos daba pergaminos de colores. Fuimos al mismo instituto, aunque en tercero de BUP separamos nuestros caminos (él letras mixtas, yo puras) pero sin perder el contacto. Al año de empezar la carrera estrené mi primer texto teatral y Julio era el protagonista. Digamos que hace algo más de mes y medio de todo aquello. Je.

No era mi intención hacer un ejercicio de nostalgia, pero cuando vi aquellas fotos de Julio con su hijo no pude evitar pensar en todo aquello. En el patio del cole, en los combates de comer hamburguesas en el primer centro comercial que abrieron en nuestra ciudad, en aquel grupo de teatro que fundamos juntos… Pero sobre todo me dio por pensar en que quién nos lo iba a decir. Quién nos iba a decir hace casi treinta años, por ejemplo, que cuando su hijo naciera yo viviría a seis mil kilómetros. O que él me mandaría las fotos por teléfono para que yo las pudiera ver al instante en otro teléfono que llevaría en mi bolsillo. Y todo eso me llevó a pensar en mis padres, en cuando fueron emigrantes allá por los años sesenta, y en todas aquellas fotos de hijos de amigos suyos que no llegaron a ver de recién nacidos sino mucho después, cuando volvieron a España y se fueron reencontrando poco a poco con su gente, a la que hacía más de una década que no veían.

Por eso adoro las redes sociales, que serán lo que sean y están llenas a rebosar de odiadores profesionales y anónimos que las ensucian y las magrean como si la carretera fuera solo suya. Gente cabreada cuyo objetivo es cabrear a otros porque mal de muchos, consuelo de tontos. Me da igual todo eso, la verdad. Incluso en los días en que alguno de ellos consigue afilarme la bilis, hago siempre lo posible por disfrutar con las benditas redes que me acercan a mi gente. Mis padres, como digo, no tuvieron la suerte de contar con una tecnología que les permitiera saber día a día lo que le sucedía a su familia y amigos. Yo, sin embargo, estoy más o menos al día de nacimientos, bodas, funerales, enfermedades, divorcios, mascotas, mudanzas, trabajos y premios no solo de aquellos que se han quedado en España sino de otros amigos que, como yo, tuvieron que emigrar y que ahora están en Irlanda, Holanda, Reino Unido, Alemania, Israel, China o Japón.

Pero cuando hablo de mi gente también tengo que incluir a muchos otros que hacen mi vida más hermosa cada día aunque jamás los haya conocido en persona. Personas con las que tengo un trato cotidiano, a veces incluso diario, a los que me une otro tipo de afinidad. Quizás una afición, o un tema de conversación, o un modo de ver la paternidad o de entender la vida, quién sabe. En esas redes sociales que algunos critican y otros enmierdan hay gente que se emociona con una etimología y otros que te cuentan la historia de las banderas de África. Hay artistas gráficos que comparten sus ilustraciones y periodistas que comparten sus lecturas favoritas o reflexionan en voz alta sobre la paradoja de hacer una maleta. Hay quienes luchan por reivindicar su nueva identidad de género y quienes tienen que esconder su nombre para poder denunciar injusticias sociales sin miedo a represalia alguna. Hay un profesor de Cádiz y otro de Melilla que cada vez que alguien propone sin saber soluciones chapuceras para mejorar la calidad de la enseñanza dedican su tiempo a recordar la labor primordial de la educación pública. Hay una bibliotecaria de Castellón que ha terminado en Buenos Aires enamorada de un obeso marxista y un tipo de Murcia, cuyo avatar es una rana, que a la que te descuidas te recomienda cuentos de ciencia ficción escritos por autoras feministas. Hay una escritora que publica con éxito novelas de Sherlock Holmes en inglés y un creador de videojuegos que se identifica con un teleñeco y que de vez en cuando escribe sobre sus piezas de música clásica favorita para que otros disfruten tanto como él. Hay alguien que se hace pasar por una versión cabreada de Jane Austen que lo mismo analiza al detalle las incongruencias de las novelas de las hermanas Brontë que le da por hacer chistes de gargantas profundas con un tipo lúcido como pocos que se hace pasar por el protagonista gordo y maloliente de La conjura de los necios. Hay un arquitecto que me da los buenos días en minúsculas con tal cariño que si alguna mañana no coincidimos siento que me falta algo y hay una administrativa que trabaja en Nuevos Ministerios, que escribe como los ángeles y que cuando saca dos minutos y tiene un balcón a mano hace una foto de las nubes y me la envía porque sabe lo mucho que echo de menos el cielo de Madrid. Todos ellos y muchos otros son ahora mi familia virtual, por raro que esto pueda sonar. Y como familia que son me alegra mucho el día saber lo que hacen, lo que les pasa, sus propias noticias sobre nacimientos, bodas y toda la lista de la compra que he puesto en el párrafo anterior.

Hay también muchos que van de listillos, claro, pero también hay personas inteligentes, y sabios, y otros que quizás no saben mucho porque tampoco lo pretenden pero que lo que saben lo comparten con los demás, llenos de generosidad y amor. Hay, en resumen, infinidad de pantallas tocadas por muchos dedos, en muchos sitios distintos, compartiendo su locura y sus intereses, demostrando que allí es aquí y viceversa. Esta frase que acabo de escribir, por ejemplo, que uso desde hace unos días cuando alguien me pregunta qué es lo que me gusta tanto de las redes sociales, me la escribió alguien que ni siquiera sé si es hombre o mujer. Pero qué más da. Cada loco con su tema, dicen, y todos esos temas y toda esa locura es belleza, esa belleza cotidiana que no siempre sabemos apreciar pero que de algún modo contrarresta el horror que cada día aparece en las portadas de los periódicos. Una belleza quizás diminuta pero colectiva que impregna a quien se acerca, como un virus amable y sonriente o incluso como una vacuna insospechada para el mal rollo, el rencor y el odio con que a veces caminamos por la calle sin darnos cuenta. Una belleza que también es calor. Un calor humano de historias en torno a la hoguera, eso que nuestros antepasados empezaron a hacer hace miles de años quizás siendo ya conscientes en aquel momento de que era una de las mejores aportaciones del ser humano a este mundo. Y ahora mismo, frente a esta ventana que me muestra un Toronto lluvioso e incómodo, no pienso dejar de apreciar ese calor aunque a algunos les dé por decir que estamos alienados y que la esclavitud de la tecnología y que si de pequeños éramos mas felices teniendo solo unas canicas con las que jugar. Estoy seguro de que esta infinidad de afinidades conectadas entre sí por pantallas táctiles hubiera sido un gran consuelo para mi madre, mi padre y tantas otras personas que en otros tiempos tuvieron que separarse de sus seres queridos sin más noticia de ellos que la que muy de vez en cuando trajera el cartero.

Quién sabe cómo será el mundo cuando mis hijas o el hijo de Julio sean mayores. Quién sabe si alguna vez mirarán hacia atrás preguntándose que quién les iba a haber dicho que tal o cual cosa iba a ser tan diferente. Quién sabe siquiera en qué parte del mundo vivirán y cuál será el modo de estar conectados con los suyos o con quien sea. Puestos a pedir, ojalá sea un lugar en el que al frío no le apetezca tener tanto protagonismo. Pero sea cual sea el futuro que les aguarda, tengo claro que siempre van a tener a su disposición gente buena, desinteresada e interesante con la que su rutina diaria será un poco más llevadera. Porque el mundo está repleto de gente dispuesta a compartir su bella locura con quien quiera escucharles. Y quien piense lo contrario que siga buscando, porque se está perdiendo algo muy hermoso.

photo-2

(Foto: Nick Cicero)

La culpa no era nuestra

Amelia y Victoria van a cumplir tres años y medio a final de mes. Se han convertido en dos charlatanas incorregibles que se pasan el día entero explicando a mamá y a papá todo lo que ven, lo que descubren, lo que imaginan. Ya empiezan incluso a construir sus primeras frases en inglés, su segundo idioma, con el que interactuarán diariamente en el colegio en este país al que llegamos hace casi tres años. Todavía son muy pequeñas para comprender conceptos como emigración, arraigo o nostalgia, pero para ellas sus abuelos son una gente muy graciosa que aparece de vez en cuando en la pantalla del ordenador haciendo monerías. “Mamá, mamá, vamos a ver a los yayos por Skype”, dicen de vez en cuando, y cuando la diferencia horaria nos permite conectarnos sus risas iluminan a la vez dos viviendas alejadas entre sí por un océano tan grande que un avión tarda ocho horas en cruzarlo.

Tras tanto tiempo en Canadá –dos años y ocho meses, exactamente- por fin vamos a tener la ocasión de volver a España, aunque solo será por vacaciones. Será la primera vez que nos reencontremos con tanta gente querida, con aquella luz cotidiana que apenas recordamos, con ese país añorado y algo ingrato donde nacieron Amelia y Victoria y del que tuvimos que emigrar para buscar la salida que no conseguíamos encontrar. Tres de los cuatro abuelos han conseguido saltar el charco al menos una vez para venir a vernos, pero este viernes –apenas puedo creerlo- será la primera vez que pueda abrazar a mi padre en todo este tiempo. El último abrazo nos lo dimos ente lágrimas en la zona de salidas de Barajas y el próximo nos lo daremos en la zona de llegadas, presumiblemente entre lágrimas también.

Una ocasión así, como os podéis imaginar, nos tiene nerviosos a todos. Llevamos semanas hablando con unos y con otros para cuadrar agendas y ver a la máxima cantidad de gente posible. No sé cuántos planes llenos de cocido y croquetas hemos escuchado desde que anunciamos nuestras vacaciones, y este fin de semana pasado nos hemos encerrado en casa a preparar las maletas para no dejarlo para el último minuto. En uno de los descansos que nos tomamos echamos un ojo a las noticias y leímos algo que nos dejó algo tocados: según El Confidencial, Rodrigo Rato recurrió al despacho panameño Mossack Fonseca para borrar el rastro del patrimonio que ocultaba en el exterior. Más de tres millones y medio de euros que necesitaba esconder para que Hacienda no le pillara.

¿Y por qué, os preguntaréis, nos dejó tocados esta noticia? No es que nos pillara de sorpresa, claro que no. Era una cuestión de fechas, básicamente: la primera de las dos sociedades opacas de Rato se cerró el 12 de julio de 2013, poco más de un mes antes de aquella despedida en Barajas. La última transferencia con la que se culminó el tinglado tiene fecha del 11 de febrero de 2014, una semana después de que nos confirmaran que por fin íbamos a tener un apartamento propio tras un año y pico de vivir en España en casa de mis suegros y seis meses viviendo en casa de mi hermano, aquí en Canadá. Dicen que hay noticias que se entienden mejor cuando las lees en conjunto con otras, así que a todos aquellos que no conozcáis nuestras andanzas canadienses os puede interesar leer este texto que publiqué por aquel entonces en este mismo blog una vez que hayáis leído lo de Rato. Quizás al leer ambas cosas comprenderéis un poco mejor los sentimientos mezclados que me pasaron por la cabeza. Que el gran artífice del milagro económico español era un bluf ya lo sabíamos desde hacía un tiempo, pero las fechas ayudan a que todo tenga un poco más de sentido.

Nosotros, por ejemplo, emigramos el 16 de agosto de 2013. El día antes tuiteé esto, cuando –siempre según El Confidencial- el apaño ya estaba más que en marcha.

 

Aunque ya llevábamos pensándolo desde hacía un tiempo, decidimos hacer las maletas cuando se nos acabó la famosa prestación de 425 euros para los que ya no tenían derecho a paro. Todo ello con Amelia y Victoria recién nacidas, y tras dos años seguidos en los que mi esposa estuvo trabajando en el extranjero para dos ministerios españoles. Pero ambos contratos eran de becaria, con lo que no llegó a cotizar nada por ello y, por tanto, con poco podíamos contar cuando debido a la crisis esos ministerios decidieron incluso recortar aquellos puestos. Eran los tiempos del “todos tenemos que apretarnos el cinturón”, del “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Nos hicieron creer que la culpa era nuestra, de los ciudadanos, que éramos unos despilfarradores por querer tener una tele HD. Y es ahora, tres años de mis hijas sin abuelos después, que confirmamos la sospecha de que en esas mismas fechas –en esas mismas fechas, insisto- alguien se lo estaba llevando por debajo de la mesa.

Hablamos de un señor que estuvo ocupado moviendo dinero de un lugar a otro mientras yo esperaba el autobús a -35º para ir a hacer salchichas, y mientras tantos otros como yo –miles, decenas de miles de emigrantes como nosotros- estaban emprendiendo nuevas vidas por causas ajenas. Lo que ninguno de nosotros sabíamos entonces es que esa causa fuera tan cutre, pero estoy seguro de que tanto ellos como los que no pudieron ni siquiera marcharse (y por supuesto también todos aquellos que apretaron los puños mientras veían a los suyos marcharse con solo un billete de ida) habrán sentido estos días un sentimiento agridulce: una cierta satisfacción por que se sepa todo esto pero teñida a su vez por una amargura que ojalá nunca se nos convierta en rencor hacia nadie. Ni siquiera hacia esos patriotas de pega que se dan golpes de pecho con sus pulseritas de España mientras a causa de sus delitos fiscales miles de compatriotas tienen que marcharse fuera.

Pero no quiero que este texto suene a resentimiento. Que odien ellos si quieren. A nosotros, a esos centenares de miles, no nos hace falta porque estamos satisfechos de saber que, pese a todo, pudimos salir adelante mediante nuestro esfuerzo. Tenemos claro que en esta historia nosotros somos los buenos y ellos los delincuentes. En nuestro caso particular, por ejemplo, el vuelo Toronto-Madrid para cuatro personas nos ha salido por un buen pico, pero volaremos con la certeza de que lo hemos pagado con nuestro trabajo. Habrá, imagino, quien lea esto pensando que somos unos ingenuos o unos muertos de hambre y no se me escapa que, mientras tecleo, algún otro gran preboste patrio estará brindando con Moët & Chandon por un nuevo pufo del que quizás nunca llegaremos a saber. Me da igual, nos da igual. Lo único que nos quita el sueño es que alguna de nuestras hijas se despierte con sed en mitad de la noche. Otros, sin embargo, sospecho que no podrán dormir tranquilamente.

En los últimos meses, Amelia y Victoria han empezado a comprender que a veces las personas nos sentimos de formas diferentes. Ya saben que ellas mismas a veces están contentas, a veces tristes, a veces sorprendidas y a veces frustradas. Cada vez que les sucede algo intentan explicárselo a sí mismas mediante alguno de esos estados de ánimo, y su madre y yo estamos haciendo lo posible por ampliarles su abanico de sentimientos con otros nuevos. Es muy posible que durante nuestras vacaciones aprendan unos cuantos. Tendremos que explicarles en el aeropuerto, por ejemplo, que papá y el abuelo no están tristes sino emocionados porque hace casi tres años que cruzamos aquel maldito detector de metales con ellas en brazos y que ahora no paran de saltar y correr de un lado a otro. Y aunque ahora sea un poco pronto para que comprendan conceptos como emigración o nostalgia, son suficientemente inteligentes para apreciar que sus padres regresan a casa con la cabeza bien alta.

4814758w-640x640x80.jpg      (Foto: http://www.que.es)

El sabor de un falafel

No sé dónde leí hace años que a partir de los cuarenta las interconexiones neuronales ya están tan establecidas que no es posible crear nuevas. El artículo en cuestión concluía que a causa de eso el cerebro humano no es tan moldeable y que por tanto no podemos adaptarnos a los cambios a partir de esa edad. Ya por aquel entonces pensé que aquello era un disparate: yo trabajaba en un centro de educación de adultos dando clase de teatro a un grupo de alumnos de tercera edad y aún guardo como oro en paño algunas anécdotas sobre cómo el ir a clase les había cambiado la vida. Como la de Carmen, aquella mujer que al enviudar había perdió el apetito y diez kilos y estuvo dos meses sin salir de su casa. Alguien –su hija, su yerno, no recuerdo- la convenció para apuntarse a teatro porque otro alguien iba y decía que estaba muy bien. Eso había sido dos años antes de empezar yo a trabajar allí y cuando me lo contaron no me lo podía creer ya que en clase era una mujer tremendamente divertida. Cuando hacía buen tiempo Carmen casi nunca aparecía, provocando el cabreo de sus compañeros que no podían ensayar sus escenas con ella. Un día de lluvia se presentó con un paraguas de colores y la llamé aparte.

– Carmen, necesitamos que vengas a los ensayos – le dije-. ¿Ha sucedido algo para que faltes tanto?

– ¿Qué me va a pasar? Que me he echado un novio y prefiero irme con él al parque a darnos besos que quedarme aquí con estas viejas que están todo el día quejándose.

Las demás, que sabían de lo que estábamos hablando y conocían al susodicho, refunfuñaban delante de mí. Pero cuando Carmen volvió a su asiento la miraron con una sonrisa de complicidad, como deseando que les pusiera al día y acaso con un poquito de envidia.

Han pasado casi veinte años de aquello. Ahora vivo en Toronto, una ciudad multicultural en la que, cuando dos personas se conocen, la primera pregunta suele ser cuál es su país de origen. He escrito unas cuantas entradas en mi blog sobre nuestra experiencia de emigrantes. Sin embargo, ya que ahora estamos instalados en nuestra nueva rutina lo que podamos contar de nosotros en este lado del océano es más carne de muro de Facebook para familia y amigos que otra cosa. No puedo prometer una determinada periodicidad, pero a partir de ahora mis entradas serán acerca de otros. Gente fascinante que he conocido por aquí, cuyas historias me han hecho reflexionar hasta qué punto el ser humano puede adaptarse a una nueva realidad, aunque no siempre sea la deseada.

Hace unos días estuvimos en un restaurante de Oriente medio en el que hacen unos shawarmas buenísimos. Amelia y Victoria estaban tan encantadas comiéndose unos falafel cuando oímos dos mesas más allá una voz que decía en inglés: «¡Hola, hola! ¿Nos veis bien? ¿Seguro que nos veis? ¡Hola!» Era un hombre joven y robusto que miraba su móvil con los ojos húmedos mientras no dejaba de gritar y sonreír. Sentado en su regazo había un chico de unos siete años que miraba el móvil con un gesto tan sorprendido como feliz. El hombre abrazaba al chico con fuerza y ternura al mismo tiempo, como si fuera el tesoro más preciado que uno puede imaginar. Por supuesto que todo hijo es un tesoro, pero ese abrazo era mucho más intenso y dulce que lo que yo jamás había visto en un hombre como aquél. El chico también saludaba a los interlocutores del teléfono: «Hola, soy Henry, ¿tú quién eres?», decía.

Alguien dijo algo al otro lado del teléfono y el hombre robusto se echó a reír. «Esa es tu abuela», le dijo al chico. Este sonrió fascinado y dijo «¿Tú eres mi abuela de verdad? ¡Hola, abuela, soy tu nieto Henry!» El hombre seguía riendo con la boca bien abierta. Abrazó al chico, que no tenía ni posibilidad ni ganas de soltarse y le revolvió el pelo con su mano enorme mientras decía a la pantalla «Sí, mamá, este es tu nieto. ¿Has visto qué grande y qué guapo está?»

Entendí que era un momento suficientemente privado, aunque sus gritos se oyeran en todo el local. También es cierto que apenas había nadie en ese momento. Intenté concentrarme en lo sabrosa que estaba nuestra comida, pero no pude evitar mirar cada vez menos de reojo en cada ocasión en la que el chico o el hombre decían algo a sus interlocutores, mezclando frases en inglés con algunas palabras en árabe. «¿Y tú quién eres has dicho? ¿Mi tío? ¡No sabía que tenía un tío tan joven!», decía el chico, cada vez más involucrado en la conversación con aquellos hasta entonces desconocidos. Y el hombre reía, «Sí es verdad que es muy joven para ser tu tío», decía, ya con lágrimas de ternura mientras abrazaba a su hijo, seguramente sintiendo latir la espalda del pequeño en su pecho.

Durante toda aquella conversación aquel hombre y yo nos miramos unas cuantas veces. Yo sonreía casi avergonzado porque no quería meterme donde no me llamaban. No sé si él se daría cuenta de eso, pero en una de las veces en que nuestras miradas se volvieron a cruzar giró el móvil hacia mí con una sonrisa claramente amiga. En la pantalla había una mujer con la cabeza cubierta por un hiyab. Por supuesto, ni ella sabía quién era ese señor alto de Toronto con barba que tenía frente a ella ni yo tenía idea de qué debía decir. El hombre contento gritó a carcajadas: «Es mi familia de Bagdad. Dígale hola, por favor». Saludé a la señora y ella me respondió en inglés con un acento muy marcado. Victoria –que al igual que su hermana ya ha aprendido el vocabulario de los estados de ánimo- señaló hacia el chico y me dijo «¡Papá, papá, niño contento!».

El hombre me preguntó en inglés qué había dicho la niña. Se lo traduje, y mientras el chico volvía hablar con aquella familia a la que no conocía, el padre le dio un beso en la cabeza -casi podría asegurar que se la olió- y le dijo a Victoria: «Sí, niño contento. Y su papá más contento». Y las dos, Victoria y Amelia, se echaron a reír porque les hace mucha gracia comprender a la gente que habla en inglés.

– ¿Cuántos años tienen? –me preguntó.

– Van a cumplir tres.

– Henry tiene ya siete. Hacía más de cinco años que yo no lo veía –dijo, mientras el chico ponía ahora a su abuela al día sobre su comida favorita y otros de esos datos que tanto les gusta saber a las abuelas de todo el mundo.

No es la primera vez que conocemos aquí a alguien que haya estado años sin ver a un hijo. Soraya y yo le miramos y le sonreímos: sabemos que cuando alguien explica algo tan íntimo a un desconocido es muy posible que lo haga porque necesita hacer las paces con la realidad.

«Llegué de Irak hace unas semanas. Estuve en la cárcel unos años porque, bueno, al gobierno no le gustamos los suníes. La política allí… En fin. Mi mujer se vino a Canadá cuando me detuvieron y se trajo al niño con ella. Mi madre esto de internet no lo entiende bien y Henry nunca había podido hablar con su abuela como ahora. Una vecina tiene un smartphone y gracias a ella estamos hablando. Estaba preocupado porque desde que llegué no había sabido nada de ellos, y en Bagdad ha habido unos cuantos atentados estos días. Ahora mismo debería estar trabajando detrás de la barra, pero esta es la única hora a la que mi madre podía conectarse y el jefe me ha dicho que me tome el tiempo que necesite» Entonces miró a Victoria y añadió: «por eso estoy tan contento. Porque estoy aquí con mi hijo y él está hablando con su abuela por primera vez»

Las dos volvieron a reírse. Ya digo que les hace gracia entender a la gente, y aún son tan pequeñas que no han descubierto que hay cosas que ni siquiera los adultos pueden comprender. Amelia se acercó a él y le dio el falafel que tenía en la mano, que es algo que solo hace con la gente que le cae bien. El hombre le dio las gracias, se lo comió, Amelia se volvió a reír y Victoria se puso a celebrar tanta alegría dando vueltas alrededor de la mesa. Henry seguía a lo suyo, cantándole a su familia su canción favorita.

«Nunca me han gustado mucho los falafel, pero aquí cualquier cosa me sabe a gloria», añadió. «Aquí puedo salir a la calle sin tener miedo, allí no podía ni imaginarlo. Antes nos mataba Sadam, luego nos mataban los americanos y ahora nos mata el gobierno este que tenemos o nos matan los del Estado Islámico. Yo no he conocido otra cosa más que vivir con miedo, pero para Henry estando aquí va a ser distinto. Va a crecer como deberían crecer todos los niños del mundo: sin ver cuerpos despedazados en la calle cada día».

Amelia y Victoria empezaron a decir que querían ir al parque, así que nos despedimos de Henry y de su padre, del que no llegamos a saber el nombre. Un rato después, mientras las veíamos ir cogidas de la mano hacia los columpios, su madre y yo seguíamos pensando en algo a lo que llevamos dando vueltas desde hace meses: nosotros somos emigrantes, sí, y a mucha honra. Estamos saliendo adelante y nos sentimos orgullosos de ello. Pero no tenemos ningún derecho a llamarnos refugiados.

Digo esto no solo porque mucha gente confunde ambos términos, sino porque bastantes veces hemos visto y leído a emigrantes llamarse a sí mismos refugiados o exiliados. Imagino que el motivo es el halo de grandeza poética o yo qué sé qué que desprende la palabra cuando pensamos en la historia reciente de España. Refugiado era Machado cruzando la frontera con su maleta húmeda, o los españoles a los que salvó Neruda cuando fletó el Winnipeg. Pero emigrante era el pobre currito anónimo que se marchaba a Alemania con un hato y dos mudas y  claro, puestos a elegir hoy en día es más resultón compararse con el primero.

Pero no. Los que hemos salido de España a buscarnos las castañas no somos refugiados: somos emigrantes. Nuestra vida no corría peligro en nuestro país, nadie quería encarcelarnos ni estábamos amenazados de muerte. Muchos podríamos incluso habernos quedado y habríamos conseguido tirar para adelante, aunque fuera tras muchas penalidades. Pero nuestro gobierno, por muy mal que lo esté haciendo, no nos persigue para matarnos. En otros países sí sucede esto. En demasiados, de hecho. De ahí que un refugiado necesite ayuda de otro país, y de ahí que los países desarrollados necesiten ponerse de acuerdo para conseguir ayudar a esta gente. Soraya, Amelia, Victoria y yo podríamos volver a España si quisiéramos y ya veríamos cómo nos las apañaríamos. Tal como están las cosas no sería fácil, pero podríamos. El padre de Henry no puede, y como ser humano que es necesita un país que le dé aquello que el suyo le niega.

Aquello fue hace unos días. Desde entonces he encontrado noticias que no sé cómo casar con todo esto. He leído que Rusia está bombardeando Siria y que Estados Unidos ha bombardeado un hospital en Afganistán. He leído que en la ciudad donde me he criado hay un partido con representación en el ayuntamiento que critica las ayudas a los refugiados. Que primero hay que ayudar a los españoles, dicen, y luego, si acaso, a los extranjeros, como si la solidaridad y la cooperación se basaran solo en unas líneas puestas en un mapa. He leído también que en Finlandia unos extremistas vestidos del Ku Kux Klan han agredido a unos refugiados, y que en Hungría se ha legalizado que se les detenga, sabiendo que su único delito ha sido recorrerse miles de kilómetros a pie para encontrar un lugar donde poder dormir sin miedo a que su propio gobierno les mate.

Nunca me gustaron demasiado los falafel. Los encuentro un poco pastosos y algo insípidos. Tras escuchar esas risas y ver esa ternura tan de cerca, sin embargo, los comeré con más frecuencia. No es que ahora me vayan a saber a esperanza y felicidad ni cursilerías de esas. Pero la próxima vez que lea según qué noticias en la prensa sabré qué pedir para quitarme el mal sabor de boca.

Amelia y Victoria de la mano

Las dos caras de la moneda

Para Gloria Montero y Yazmín Páez,

porque sin ellas no sería lo que soy.

 Hace ya año y medio que emigramos a Canadá. Un año y medio lleno de nieve y de autobuses, pero sobre todo de triunfos pequeños y grandes. Estamos muy orgullosos de lo que hemos conseguido en este tiempo, pero también tenemos claro que nadie consigue nada sin ayuda. Por eso, más que contar nuestros logros os quiero hablar hoy de los trabajadores sociales y otras profesiones similares en las que normalmente no reparamos cuando pensamos en el desarrollo y el bienestar de un país y sus habitantes. Hoy, por tanto, os voy a presentar a Gloria y Yazmín, dos mujeres extraordinarias que no se conocen pero que tienen muchas cosas en común a pesar de que las historias que voy a contar de una y de otra están separadas por cuarenta años.

Cuando mi madre llegó a Canadá no sabía lo que le esperaba. Era la década de los sesenta y nada más bajar del avión, con mis dos hermanos aún en pañales, comenzó una experiencia digamos complicada que ya os resumí aquí. Ella, al igual que tantos emigrantes que habrán venido a Canadá en todo este tiempo, contactó con un centro comunitario multicultural de los muchos que hay en este país y que son el verdadero lugar de encuentro para los recién llegados. En uno de estos centros consiguió la ayuda necesaria para, entre otras cosas, que alguien cuidara a los niños mientras ella iba a clase de inglés.

Gloria es una australiana encantadora de ojos oscuros y palabras claras a la que mi madre conoció años después, cuando ya había conseguido sacarse un título universitario y conseguir un trabajo para sacar adelante a mis hermanos. Gloria, por tanto, no fue la asesora de mi madre, pero sí quién más le ayudó a entender quién era y qué quería en esta vida. Además de su trabajo en el Centro para Gente de Habla Hispana, centro que ella misma ayudó a fundar, Gloria también era parte activa del comité antifranquista en Toronto. Gracias a ella mi madre entabló amistad con muchos veteranos de las Brigadas Internacionales, descubrió que existían otros tipos de gobierno además de la dictadura, conoció a la viuda de Allende, leyó por primera vez a Lorca, a Machado y a otros autores prohibidos en España…

Algunos diréis que menuda pajarraca esa tal Gloria e incluso habrá quien deje de leer aquí mismo, encolerizado por haber malgastado su tiempo en leer sobre mi madre, una señora que emigró en los sesenta con una mano atrás y otra delante para terminar siendo una roja de esas que le ponían a sus hijos el nombre del Che Guevara. Pero no es ahí donde quiero llegar. Para lo que os quiero contar, hubiera dado igual que Gloria hubiera encaminado a mi madre hacia la apatía política o hacia la presidencia del club de fans de la División Azul. Y es que aparte de la logística, la burocracia y la nostalgia, todo migrante se enfrenta tarde o temprano a la terrible dicotomía de la identidad. A lo largo de su vida, mi madre había sido hija, huérfana, esposa y madre soltera: categorías todas ellas en función de su madre, su padre, su marido y sus hijos. Pero una vez que consiguió su independencia personal y económica tras evitar tener que regresar a la España de los sesenta y convertirse en la mujer abandonada con niños, ¿quién era realmente ella? ¿A qué aspiraba? ¿Quería regresar alguna vez a España o prefería quedarse para siempre en Canadá? Tuvo que ser Gloria, una australiana en Canadá, quien le mostrara la mitad de España prohibida por la otra mitad. Solo así, abriendo el abanico de posibilidades, podría elegir teniendo toda la información necesaria para ello. Y eligió regresar para luchar por una España mejor tras la muerte de Franco.

toronto-baldwin9(Toronto, 1970. Foto: Charles Dobie)

Gloria vive desde hace décadas en Barcelona y se dedica a su pasión de siempre: la escritura. Como todo aquel que desafía profesionalmente al vértigo del folio en blanco, ella sabe dónde hay una buena historia. Durante años, mientras trabajaba en aquel centro, escuchó muchas que merecían la pena ser contadas. Así que pidió permiso a sus protagonistas y en 1977 publicó «The Immigrants», un buen reflejo de la multiculturalidad que ya se respiraba en Canadá en esa época. Entre las muchas historias que hay en ese libro se encuentra la de mi madre, con lo que en casa teníamos un ejemplar que yo siempre miraba de forma casi reverencial cuando era un niño porque, uy, lo había escrito una amiga. Una amiga nuestra que escribía libros, qué locura. Y nosotros teníamos uno, un objeto casi mágico que, además, estaba escrito en inglés y hablaba de nosotros, de nuestra familia. Incluso era posible que hablara de mí. Me recuerdo de pequeño leyendo ese libro a escondidas con un diccionario para desvelar el misterio de mi familia, como un Génesis enigmático del que un niño no alcanza a comprender ni el idioma ni el contenido ni mucho menos un concepto tan grande como el de tener que emigrar para dar una vida mejor a tus hijos.

Pasaron muchos años y fui yo el que se convirtió en escritor, sobre todo gracias a las clases de don Miguel. Estrené mi primera obra de teatro, estrené mi segunda y otras tantas más. Un día, casi treinta años después de que Gloria publicara su libro, mi amiga Déborah Vukušić me pidió que le escribiera un texto teatral para su proyecto de final de carrera de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid, donde yo mismo había estudiado unos años antes. El único requisito era que debía ser una obra para cuatro actrices que girara en torno a la emigración. Acepté, claro, porque con un encargo así era ella quien me estaba haciendo un favor.

Y decidí adaptar «The Immigrants». Era la época de la preburbuja en la que España era un país lleno de posibilidades y de gente que decía que los emigrantes venían a llevarse el dinero. Ahora que sabemos que quienes se llevaron el dinero fueron otros, es posible que muchos de esos patriotas de boca grande y corazón pequeño estén trabajando de quién sabe qué en algún país en el que les llaman gallegos o PIGS o bloody spaniards, y ya no les harán tanta gracia esos motes tipo panchito o machupichu. Pero qué más da. El caso es que por aquella época la emigración era un tema a la orden del día porque éramos un país que, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes, presumía de tener migas de pan en la casaca.

En mi caso, la emigración era un tema conocido pero que me tocaba de lado. Mis padres regresaron a España cuando yo tenía dos años, y todo lo que sabía de su vida en Canadá era de oídas, como sucede con cualquier batallita familiar de la que uno se siente orgulloso solo porque a quien te la contó le brillaban los ojos al hacerlo. Aun así, me sentía bastante concienciado sobre el tema como para afrontar un texto así. En la obra, a la que titulé «Lo que dejé por ti», planteé una doble trama con dos mujeres protagonistas: una de ellas me serviría para tratar el drama del desarraigo y la identidad perdida mientras que la otra se enfrentaría a todo tipo de problemas legales y administrativos. Dos caras distintas para hablar de esas dos grandes cruces a las que se enfrenta todo migrante. El libro de Gloria estaba lleno de testimonios sobre ambos aspectos, y fue un placer doloroso bucear en todos ellos para ponerlos en boca de unos personajes que se relacionaran entre ellos sin que el resultado fuera una mera acumulación de historias. En un momento determinado de la obra, por ejemplo, unas cuantas mujeres coincidían en un locutorio para compartir sus penas cuando la protagonista estaba a punto de tirar la toalla y regresar a casa. La dueña del locutorio entonces le respondía con un texto que alguien le dijo a Gloria allá por los años setenta:

Hace tiempo me llamó alguien de inmigración diciéndome que meses antes había llegado un matrimonio de mi país que no hablaba bien el idioma. Me pidieron que fuera a visitarles porque estaban muy deprimidos con lo que habían encontrado. Cuando llegué a su casa, les vi empaquetando sus cosas. Me dijeron que se volvían, que llevaban tres meses aquí y no aguantaban más. Esperad un momento, les dije, os prometo que de aquí a un año vais a tener un trabajo y una casa y un coche. Quedaos un año y prometedme que cuando tengáis el coche me llevaréis a dar una vuelta a la ciudad. Pensaron que estaba loca, pero el case es que se quedaron. Un día, al año siguiente, llamaron a mi puerta y eran ellos. Venían a visitarme con frecuencia, pero ese día no les esperaba. Les dije que entraran. No, no entramos, eres tú la que tiene que salir, me dijeron. Salí con ellos y me enseñaron su coche nuevo. De segunda mano, pero para ellos como nuevo. Sólo habían venido para cumplir su promesa.

La obra se estrenó hace años y funcionó muy bien, aunque fue una pena que Gloria no pudiera verla por cuestiones de agenda. Hace dos años mi gran amiga Iria Márquez la adaptó para volver a representarla con un grupo de alumnos de teatro, y esta vez ni siquiera yo pude asistir porque acababan de nacer mis hijas. Es un texto al que tengo mucho cariño, por supuesto, y que está disponible por si algún productor está leyendo esto y le pica la curiosidad. Aunque solo sea para darle la alegría a Gloria, claro.

Lo+que+dejé+por+ti+010(Imagen del estreno de «Lo que dejé por ti»)

Pero pasó el tiempo y llegó el día en que tuve que decirle a mi madre, igual que ella se lo dijo a mi abuela, que ahora era yo quien tenía que marcharse a hacer las Américas. Aterrizamos en Canadá los cuatro con nuestras maletas y ahí comenzó nuestra aventura. Bastaron unas pocas semanas para comprender que no todo iba a ser tan fácil como pensábamos en un primer momento. Tras muchas vueltas y revueltas alguien me sugirió acudir a uno de esos centros comunitarios multiculturales que, ¡oh, sorpresa!, seguían existiendo tanto tiempo después. Allí llegué con mis papeles y mis preguntas, y allí conocí a Yazmín Páez, una colombiana de gafas pequeñas y sonrisa grande.

Durante las semanas que me ha llevado escribir este texto en el metro que me lleva al trabajo cada día, he reflexionado mucho sobre este año y medio. Además del (imprescindible) apoyo familiar y de los amigos, hay dos o tres personas sin las que nos hubiera sido imposible salir adelante. Y una de ellas es, sin duda alguna, Yazmín. Ella fue la que nos desentrañó los entresijos burocráticos, quien se informó debidamente para ayudarme ya que mi caso era un poco especial. Yazmín me puso en contacto con unos y con otros e incluso nos trajo a casa regalos de Navidad de parte del centro multicultural: pañales, potitos y juguetes para las niñas que nos vinieron más que bien por aquel entonces, cuando aún no teníamos ingresos de ningún tipo. Pero lo más importante es que supo decirme en cada momento lo que yo necesitaba escuchar. A veces yo llegaba a su oficina ilusionado con un proyecto y ella decía que no me esforzara porque eso no me iba a servir para nada. Otras era yo quien no lo veía claro y Yazmín me animaba a seguir porque veía luz al final de ese camino.

Recuerdo una vez en que estuve tentado de bajar la cabeza y comprar el billete de vuelta para los cuatro. Llevábamos meses allí y no había conseguido trabajo porque con casi cuarenta años mi experiencia laboral previa en Canadá era cero. Había empapelado media ciudad con mi currículum, del que había eliminado previamente mis títulos académicos para que no consideraran que estaba sobrecualificado. Recorrí gasolineras, tiendas de ropa, supermercados, bazares chinos, cafeterías, papelerias, restaurantes… En algunos centros comerciales los dependientes ya me conocían y me deseaban buena suerte cuando me veían aparecer. Pero pasaron semanas y nunca conseguí que me llamaran para ninguna entrevista. Me fui a ver a Yazmín más para desahogarme que para pedirle consejo. Y no sé cómo lo hizo, pero el caso es que consiguió animarme prometiéndome que un día iba a encontrar mi sitio. “Este es un país enorme lleno de posibilidades, solo que las posibilidades aún no te han encontrado a ti. Pero créeme, llevo años trabajando en esto y no eres el primero ni el último en sentirse así. Encontrarás tu sitio”.

Poco después empecé a hacer salchichas y otros trabajos a través de una agencia temporal, pero esta historia ya os la he contado antes. Tuvieron que pasar unos meses aun hasta que, gracias a la ayuda de Yazmín, me inscribí en un evento de networking en el que conocí a Minerva, una española tan encantadora como profesional que trabaja en Centennial College, el college más antiguo de Toronto. Le dejé mi CV (o, como lo llaman aquí, resumé) y al cabo de unos días ya estaba trabajando con ella como asistente de admisión de estudiantes internacionales. Unos meses después de llegar a Centennial me ofrecieron cubrir una baja de maternidad de un año, y ahí es donde estoy ahora. Soy el gerente de la oficina de movilidad exterior y me dedico a enviar estudiantes a otros países para que adquieran experiencia internacional. Lo que es la vida, ¿verdad? Yo, que siempre tuve la espinita de no haber estudiado en el extranjero; yo, que tanto he disfrutado siendo un extraño en países en los que he vivido; yo, emigrante hijo de emigrantes, me dedico a convencer a gente de que lo mejor que puede hacer uno es marcharse un tiempo a otro país. El mismo día en que me dieron mi identificación personal lo celebré, por supuesto, bajándome a la cafetería a comerme una salchicha.

Podría acabar aquí poniendo una imagen de mi oficina con su asiento reclinable y sus fotos de lugares exóticos. Sería un final adecuado para esta aventura, claro, aunque no sería el mejor porque, como he dicho al principio, eso es solo lo que se ve desde fuera. Podría también dar un golpe de efecto diciendo que nos compramos un coche e invitamos a Yazmín a dar una vuelta, como hizo aquel inmigrante en el libro de Gloria. Pero tampoco es eso: el seguro de automóvil es aquí carísimo (hasta cuatrocientos dólares al mes para alguien sin experiencia previa como conductor en Canadá), así que hemos preferido mudarnos a un apartamento en Toronto cerca del metro.

Lo que hice, en cambio, fue escribir a Yazmín para decirle que por fin había conseguido trabajo en lo mío, pero sin especificar más. En educación, en un college. Me respondió enseguida diciendo que se alegraba mucho, que le diera más detalles. Y entonces no respondí por escrito, sino que me acerqué a su oficina para darle la noticia en persona. Ella, que lo último que sabía de mí era que trabajaba horas sueltas en una planta de reciclaje desmontando televisiones, se encontró de repente con mi nueva tarjeta de visita y mi flamante título de gerente en ella.

Un momento tan hermoso se describe por sí mismo, así que os ahorraré las palabras innecesarias. Dejadme decir tan solo que no recuerdo haber dicho nunca un muchas gracias que significara tantas cosas.

Estábamos a finales de noviembre, y en el centro multicultural estaban terminando de preparar los regalos de navidad para todos los recién llegados inscritos allí, igual que el año anterior nosotros habíamos recibido los pañales y todo lo demás. Ese año, además, querían añadir algo más en el paquete de regalos: una carta de alguien que, tras vivir esa incertidumbre, hubiera llegado a buen puerto. Alguien que compartiera su testimonio para pasar el testigo del claro que se puede aunque ahora te cueste creerlo. Tanto Yazmín como su jefa, Jimena, pensaron que yo era el candidato ideal para escribir esa carta. Y la escribí, claro. No la incluyo en este post para no extenderme aún más, pero por si acaso os apetece echarle un vistazo la tenéis aquí.

Me gusta escribir y tengo la suerte de haber recibido cierto reconocimiento por ello. Aparte de mis obras teatrales estrenadas he ganado algún que otro premio literario, he publicado dos libros de poesía, colaboro en Jot Down y espero algún día escribir la palabra “Fin” en esta novela que tengo entre manos. En cuanto a mis textos en primera persona, hace años que (man)tengo este blog y no se me escapa que escribir sobre uno mismo es, ante todo, un desahogo autocomplaciente. Mis últimos textos sobre nuestra vida de emigrantes han tenido cierta repercusión en redes sociales y no puedo negar que eso me provoca cierto placer ombliguista (aunque, siendo esto un blog, quizás la palabra adecuada sería ombloguista). He recibido comentarios de ánimo de familia, amigos y, aún mejor, mensajes de agradecimiento de desconocidos que están en situaciones similares o están tentados de hacer la maleta. Con todo, creo que mi mayor satisfacción como escritor sería conocer a alguien dentro de unos meses que me dijera que gracias a ese texto que escribí para Yazmín decidió darse una oportunidad más y que ahora ha encontrado, por fin, su sitio.

Ser escritor, ya digo, me ha proporcionado satisfacciones de todo tipo. No me cabe duda de que la mejor parte ha sido haber conseguido transmitir a mis lectores cualquier tipo de emoción. Qué poco es todo eso, sin embargo si lo comparo con la enorme satisfacción que deben sentir todos aquellos que trabajan duro para ayudar a otros a encontrar su sitio. Y sobre todo, qué poco reconocimiento obtienen por ello. Gente anónima y sencilla cuyo propósito en la vida es hacer que otras personas vivan más dignamente. Qué sería de nosotros si no existieran los maestros, las enfermeras, los bomberos o los trabajadores sociales, por poner solo algunos ejemplos.

Si cada uno de nosotros tiene un lugar al que pertenecer, personas como Gloria o Yazmín son quienes se encargan de buscar el modo de encajar ese puzzle de dos piezas que somos los emigrantes. Y hoy, desde este humilde blog de otro emigrante más, quiero darles las gracias. A ellas y a todos sus compañeros de profesión en el mundo entero. Por su tiempo y su dedicación. Por ayudarnos a encontrar nuestro camino y, sobre todo, por mostrarnos que somos mucho más fuertes de lo que creíamos.