Acerca de Hache

Superviviente de abuso narcisista. Siempre palante.

El fin de la condena

Amelia y Victoria aún no han cumplido los diez meses. Son dos hermanas gemelas dulces, tranquilas y sonrientes. Desde hace unas semanas sus manos diminutas pretenden agarrar todo, aunque se frustran cuando no lo consiguen; y ahora que comienzan a gatear, el mundo (su pequeño e inocente mundo) comienza a quedárseles pequeño. Inmersas en un presente continuo, apenas han tenido tiempo todavía para atesorar muchos recuerdos, aunque gracias a sus pequeñas rutinas cotidianas no tienen problema en identificar como suyo todo lo que les rodea. Hay pocas cosas tan tiernas como el verlas acurrucarse contra sus padres cuando tienen sueño, aparte de ver cómo  sonríen cuando presienten que ellos están cerca.

Amelia y Victoria son tan pequeñas que aún no saben que un tatarabuelo suyo fue enviado a luchar a Filipinas para defender el poder colonial de España. En los cuatro años que estuvo allí vio morir a sus compañeros y tuvo que matar a desconocidos cuyo único delito había sido, en origen, pretender que Filipinas tuviera los mismos derechos que cualquier otro territorio español; fue apresado en una emboscada, encarcelado, torturado y condenado a muerte en nombre de un país que jamás se lo agradeció. Mientras esperaba que llegara el día de su ejecución se prometió a sí mismo que no moriría. No fue fácil, pero lo consiguió: escapó, regresó a España -donde todos le daban por muerto-, fue a casa de su novia, la besó delante de todo el pueblo y pidió su mano a sus padres. Tras formar una familia, el resto de su vida lo pasó solicitando una pensión que nunca le fue concedida mientras los gobernantes que habían llevado el país a la ruina se alternaban en el poder en un sistema bipartidista que continúa hoy, más de un siglo después. “En momentos como este”, le decían, “España necesita héroes que sepan dar hasta la última gota de sangre si fuera necesario”. Nunca fue reconocido oficialmente como “héroe”, pero las fiebres tropicales que sufrió en Filipinas le hicieron crónica una enfermedad del hígado de la que terminó muriendo años después.

En plena Guerra Civil, una bisabuela de Amelia y Victoria dio a luz un niño muerto mientras su marido luchaba en el frente. Las únicas palabras que dijeron los facultativos fueron “un rojo menos”. Deseosos de salvar a España de la “amenaza comunista”, dejaron el cadáver del bebé tirado en el suelo del aseo de la habitación. Ella consiguió aguantar varios días sin asearse ni limpiarse los restos de sangre para no tener que ver cómo se pudría lentamente aquel hijo con el que tantos planes había hecho durante el embarazo. Fue en el Hospital Santa Cristina de Madrid, que años después se haría tristemente célebre por los casos de niños robados. La complicación del parto complicó las posibilidades para quedarse embarazada de nuevo. Por eso fue tan grande la alegría cuando años después nació una hermosa niña, abuela de Amelia y Victoria. La carestía durante la guerra les impidió alimentarla debidamente, pero se prometieron a sí mismos que a su hija nunca les faltaría lo necesario. Fue España quien les impidió cumplir su promesa dejando a la niña sin padre: al acabar la guerra, él fue internado en un campo de concentración por haber defendido la democracia. Consiguió el indulto meses después gracias a que durante la contienda ayudó a algunos amigos franquistas a no ser capturados por los leales a la República. A cambio, le ofrecieron que trabajara como carcelero y torturador de los suyos para poder dar de comer a su familia. Nunca llegó a aceptarlo y, tras mucho suplicar, logró un simple trabajo de pintor de brocha gorda que apenas disfrutó porque la tuberculosis que contrajo en el campo de concentración se lo llevó por delante unos meses antes de que su hija hiciera la comunión vestida de luto.

El principal sueño de esa hija (abuela de Amelia y Victoria) fue siempre estudiar. No lo pudo cumplir, pues necesitó trabajar para ayudar a su madre, viuda de un rojo en la posguerra. Con el tiempo, además, se vio obligada a emigrar para buscar un futuro mejor. Ya en su nuevo país conoció al abuelo de Amelia y Victoria: un joven que, huyendo de su destino de capital de provincias (según el cual, si buscaba una formación debía elegir entre falange o seminario), terminó recolectando tabaco. Ninguno de los dos superó nunca el dejar a sus familias en España. Como todos los emigrantes de la historia, tuvieron que escuchar mil veces que volvieran a su país y dejaran de quitar el trabajo a la gente honrada que lo merecía más. Quizás por eso se sentían especialmente satisfechos enviando algo de dinero cada mes: sabían que, gracias a su esfuerzo diario, los suyos podían vivir un poco más desahogados y comprarse una casa decente. En su frío país de acogida descubrieron también que el único modo de gobierno que habían conocido era en realidad una dictadura. Movidos por el sueño de construir una España mejor, ambos participaron activamente en comités de lucha antifranquista. A la muerte del dictador, ambos regresaron. Él militó en un célebre sindicato del que fue expulsado por firmar una circular interna en la que se ponía en duda la necesidad de que el líder nacional tuviera chófer, y en un no menos célebre partido de izquierdas del que fue apartado para dar paso a unas nuevas generaciones que afirmaban en privado que la cultura no era más que un lujo para los burgueses mientras gritaban en público que la cultura nos haría libres.

Algo peor le fueron las cosas a la otra abuela de Amelia y Victoria, hija de familia tan numerosa como pobre, que llegó a compartir habitación con sus padres y sus cinco hermanos. Ocho personas en una mísera habitación sin ningún tipo de ayuda social. Alguno de ellos tenía que dormir en un baúl porque, según dice todavía sonriendo, “creíamos que eso era lo normal”. Pero había que esforzarse por el bien de España, farfullaba el dictador mientras su esposa atesoraba joyas y más joyas. Por su parte, el que años después se convertiría en su marido, abuelo de Amelia y Victoria, jamás pudo ir al colegio porque a los cinco años ya trabajaba como pastor. Ahora que está prejubilado, por fin ha conseguido cumplir su sueño de matricularse en un curso de educación de adultos, aunque los actuales recortes en educación le hacen pensar que tampoco ahora lo podrá cumplir. Hay que apretarse el cinturón, dicen desde arriba, porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Cada vez que escuchan eso recuerdan que ellos no han hecho más que vivir dignamente, sacrificando el ver crecer a sus hijos para poder darles una cama y una mochila escolar en lugar de un baúl y un cayado. Aún así, no dudan que mereció la pena: cada aprobado de los chicos, cada foto de fin de curso, fue para ellos mucho más satisfactorio que el dinero nunca cobrado de tanta hora extra.

Los cuatro abuelos de Amelia y Victoria tienen muchas cosas en común. La principal es que siempre hicieron lo indecible para que sus hijos tuvieran la educación universitaria que ellos no pudieron tener. La mejor formación posible para poder aspirar a un trabajo digno, decían, convencidos de que la consigna iba a cumplirse a base de repetirla. Una consigna en la que sus hijos confiaron ciegamente, y se esforzaron durante años para cumplir con su parte.

El padre de Amelia y Victoria tiene dos carreras y un doctorado. La madre, una carrera y un máster oficial. Ambos hablan varios idiomas y tienen experiencia laboral internacional en puestos de docencia y gestión. Hace años, él perdió el trabajo en cierto ayuntamiento popular días después de pronunciarse públicamente en contra de la guerra de Irak. Hace meses, ella tuvo problemas para conseguir el derecho a la asistencia sanitaria mientras estaba embarazada de Amelia y Victoria. De nada sirvió aportar documentos que demostraban que llevaba años trabajando para varios ministerios difundiendo la Marca España en el extranjero: su contrato era de becaria y, por tanto, llevaba sin cotizar más de cuatro meses. Confiando en el nuevo mensaje lanzado desde arriba, también intentaron hacerse emprendedores. Pero la subida desproporcionada del IVA cultural y la costumbre de la administración de pagar con varios meses de retraso sumieron a su empresa en una situación bastante insostenible. Todo esto les ha obligado a vivir con los padres de ella desde antes del parto en una habitación que comparten con Amelia y Victoria. Una habitación para cuatro en la que no caben dos cunas y una cama de matrimonio. Hay espacio suficiente para que nadie tenga que dormir en un baúl, pero saben que no pueden seguir así: los algo más de cuatrocientos euros del subsidio por desempleo no serían suficientes para volver a emanciparse.

Ahora que Amelia y Victoria ya han crecido lo suficiente, sus padres se marchan con ellas a buscarse la vida en un país que valore un perfil como el suyo. No lo hacen por impulso aventurero ni consideran que lo suyo sea movilidad exterior. No. Ellos tienen muy claro que lo que van a hacer es emigrar. Emigran, sí, porque es la única posibilidad real que tienen hoy por hoy para poder dar a Amelia y Victoria, al menos, una habitación propia dentro de unos meses. No se sienten especialmente desgraciados, pues saben que historias así son tan comunes en España hoy en día que es muy posible, amable lector, que usted o alguien de su familia haya pasado por alguna situación similar. Tampoco sienten que vayan a vivir peor que lo hicieron sus padres, pues ambos han tenido todas las comodidades que ellos ni siquiera pudieron soñar.

No se sienten desgraciados. No. Pero los padres de Amelia y Victoria –al igual que sus abuelos, sus bisabuelos y sus tatarabuelos…- sí están cansados de sentirse fracasados en un país en el que no parece haber lugar para ellos. Porque el fracaso es la peor de las soledades posibles, y ambos han leído lo suficiente para saber que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ninguno de los dos quiere pasarse a pensar si esa estirpe condenada es la suya, la de sus antepasados, o la de miles de españoles anónimos que están abandonando el país con historias similares a las suyas. Ahora, tras más de cien años de fracasos y derrotas personales, ambos emigran con la ilusión de poder librarse, por fin, de esa condena. Les gusta pensar que, en el país que les acoja, Amelia y Victoria podrán tener todas las oportunidades que en este se les están negando.

 

Rompiendo la condena(Foto: Imprav Images)

Don Quijote

Para José Manuel Lucía Megías

 

Yo vivía en un lugar que era como cualquier otro,
rodeado de costumbres, de semáforos y normas.
Es posible que tú fueras mi vecino
o viviéramos a cientos de kilómetros. No importa,
porque en esta historia “yo” podrías haber sido “tú”.

Yo vivía tan tranquilo, sin problemas,
porque no me interesaban las noticias
ni su torpe inmunidad reglamentada.
Yo era de esos que pensaba que las cosas son así
y qué voy a hacer yo si no soy nadie
y total para qué voy a hacer yo nada si, total,
no se puede hacer nada.

Un día me encontré con un amigo al que habían despedido:
su empresa prescindió de 400 empleados alegando un descenso en los ingresos
mientras que sus directivos terminaron repartiéndose
un 20% más de beneficios.
“Eso no puede ser cierto”, respondí, “lo habrían dicho en las noticias”
(me dio un poco de vergüenza admitirle que yo nunca las veía).
“No me creas si no quieres, pero esa es la verdad”.

Llegué a casa aquella noche, encendí el televisor,
y no decían nada en ningún sitio de la empresa de mi amigo.
Pero se me ocurrió buscar en Google
y encontré más de cien páginas que confirmaban la noticia.
Quise leerlo todo, porque no me lo creía
(una página me hizo entrar en otra y otro enlace y otro clic)
y cuando me di cuenta habían pasado ya tres horas.
Pero seguí leyendo. Ese día y muchos más.
Leí sobre el origen de la crisis en la banca americana,
leí que los responsables nunca habían ido a juicio,
leí que muchos gobiernos ayudaban a los bancos
con dinero que debía ser gastado en escuelas y hospitales,
leí que se recortaron los derechos de todos los ciudadanos,
leí que muchas familias se quedaron sin ningún tipo de ingreso,
leí que en todo el mundo había 30 millonarios
que ganaban más dinero que 52 países en un año,
30 millonarios que tenían más que mil millones de personas en el mundo.
Leí, leí, leí, leí, leí,
y no conseguí encontrar la respuesta a mi pregunta,
la pregunta que debiéramos hacernos
antes de que sea tarde.

Así que salí a la calle
por si alguien me podía responder.

DQ

 

Jefferies

Acudes, como siempre, puntual a nuestra cita,
con ropa deportiva y ajustada
sudando tras el jogging por el barrio.
Dúchate, por supuesto. Sé que lo necesitas.
Comprende que no voy a acompañarte,
que tengo que esperar aquí sentado
a que salgas, hermosa como todos los martes,
tarareando algo que no escucho
envuelta en tu toalla, desenvuelta en tu baile,
mitad Carmen Miranda, mitad reina de Saba,
y cien por cien objeto de deseo.

Entonces, sólo entonces
(ese único momento que espero cada martes),
haz todo lo que sabes que me gusta
delante del espejo:
acaricia tus muslos suavemente
usando aloe vera, aceite corporal,
crema depilatoria o lubricante,
recuéstate en la cama,
enséñame tu pecho,
aparta la toalla para que pueda verte,
y, cerrando los ojos
(me excita que no mires hacia aquí),
acaríciate más
mientras piensas en mí o en quien prefieras
-ése con quien te ves últimamente
o en esa compañera del gimnasio
que te sonríe mientras sudáis en el spinning-,
suspira, gime, muérdete los labios,
enarca las caderas, acaríciate toda,
retuércete de gozo y fantasía,
vuélvete un poco puta,
vuélveme un poco loco,
para que, satisfecho, disfrute como siempre.

Y cuando se relaje la tensión del orgasmo
-no te preocupes, sé que tienes prisa-
aguarda unos minutos en silencio
para que imaginemos que al fin estamos juntos,
y lentamente, siempre sonriendo,
con la leve nostalgia que hay después del buen sexo,
acércate e, igual que cada martes,
guíñame, dulce, un ojo,
al bajar la persiana.

Aquí estaré de nuevo dentro de siete días
fiel a nuestro secreto,
desde la incertidumbre de tu nombre,
desde la impunidad de mi ventana.
 

Jefferies

(Foto: thefemalenude.wordpress.com)

Hanói, más allá de las motos

Comenzaremos por un lugar común a partir de una frase hecha: “Hanói es una ciudad joven que mira hacia delante”. Así, de entrada, podría encajar perfectamente en una de esas guías de viaje repletas de fotos a todo color en las que conviven la bahía de Halong, el mausoleo de Ho Chi Minh y una vendedora callejera de fruta sonriendo a cámara. Y motos, por supuesto. Muchas motos.

Así comienza el nuevo artículo que he escrito para Jot Down y que puedes leer aquí.

01

La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Futuro imperfecto

Perdido, despistado, camino por la noche
como un pobre ratero que roba tapacubos
creyendo, en su inocencia, que así saldrá del hoyo,
y a cada paso pienso dónde está la salida
de este tremendo absurdo, de este mérito incierto,
que no seré perfecto y que jamás lo he sido,
o si valdrá la pena querer llegar a serlo.

Afortunadamente, es al llegar a casa
cuando caigo rendido y me dices en sueños
que todo está tranquilo, que duerma sin problemas,
que un amante perfecto tampoco es lo que buscas,
que vas a conjugarme tu amor en imperfecto
y que el futuro entonces será nuestro por siempre.
Me dices “te amaré”, y yo, por fin, descanso.

city-street-night-rain

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Madame Godot

Acaba la función, los bravos cesan,
y según el telón cierra la sala,
la esencia de Estragón muere y exhala
los lamentos de amor que tanto pesan.

Ella no ha vuelto y los sueños regresan
mordiendo el corazón en hora mala.
Mientras, los invitados, con gran gala,
riendo en el vestíbulo se besan.

Y el actor por dentro se hace viejo
pues su alma se torna en elegía
a aquel tiempo brillante como el oro.

Se limpia el maquillaje en el espejo,
abre la puerta hacia la calle fría
y de nuevo hace mutis por el foro.

Madame Godot

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)

Bienvenidas

Como un invitado ilustre al que hace tiempo que se espera
aún no habéis llegado y ya sois parte de la casa.
Por eso nos estamos encargando
de que los últimos retoques satisfagan
todas vuestras necesidades, que son muchas.
 
Las normas por aquí son, sin embargo, muy distintas
a aquellas que vosotras conocéis:
los grises son más grises, por ejemplo,
pero la luz es también mucho más intensa, y quema a veces.
Contado así parece complicado,
pero nosotros estaremos sonriendo
en todos los caminos que el azar os proporcione.
Yo, por mi parte, desde ya me comprometo
a que nunca os falte nada que yo pueda conseguir:
cualquier necesidad, cualquier apoyo,
cualquier metro cuadrado de ternura.
 
Tan solo me reservo para mí
un momento imprescindible que jamás me quitarán:
este sol de media tarde iluminando a vuestra madre
que sonríe adormecida con la mano sobre el vientre.
 
Esta imagen, lo lamento, será siempre para mí.
Una imagen de ternura
tan frágil, tan hermosa y tan fugaz
como el mundo al que aún no habéis llegado
y del que pronto seréis protagonistas.

Allegri, Kyoto, Azúa y JotDown

Hace ya casi siete años que visité Japón. Estuve cinco semanas en Kobe, dirigiendo unos entremeses de Cervantes para los alumnos del Departamento de Español de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Plasmé mis experiencias en un blog que dejé inconcluso y en el que faltan las tildes en la mayoría de los posts porque el ordenador del que disponía allí tenía teclado asiático. Guardo buen recuerdo de ese blog, aunque, por supuesto, guardo mejor recuerdo de todo lo que viví allí.

Hoy he leído en JotDown un artículo delicioso sobre Mozart y el Miserere de Allegri firmado por Félix de Azúa. Fue precisamente ese miserere, compuesto para dos coros a capella, el causante de una de las mayores experiencias personales en ese viaje a Japón y, por qué no decirlo, de toda mi vida. Muy corta, por supuesto: poco más de once minutos. Pero tras leer el artículo he vuelto a leer el post de ese día, y, más concretamente, lo que escribí para intentar explicar dicha experiencia:

En esto me hallaba cuando llegue al último edificio que me había propuesto visitar hoy: el templo de Ryoanji, que según mis noticias era distinto de todo lo que había visto hasta entonces (y aquí tampoco me refiero solo a Japón), pues el jardín interior es un recinto de grava rastrillada sobre el que se levantan 15 rocas de distinto tamaño y forma. Construido a finales del siglo XV, se habla de este templo como inicio de todas las tendencias minimalistas occidentales desde que gente como Gropius o Brook se entusiasmaran hasta los tuétanos con algo tan simple y profundo a la vez. Algo escéptico por lo que voy a ver, me sitúo en la puerta del templo, me descalzo, me muero de frío porque hoy hace una rasca espantosa y el templo no tiene puerta alguna.

Como imaginaba, el jardín esta lleno de gente hablando y cuchicheando y hablando por el móvil en ese sonsonete wakarimasen que me vuelve loco desde hace ya la friolera de dos semanas, pero para no perderme la sensación primera decido mirar al suelo (un simple tatami de madera) mientras espero a que se abra un hueco entre la gente que admira las delicias de la grava. Cuando noto que alguien se ha marchado me coloco, me siento cómodamente, y una vez instalado busco el Miserere de Allegri, que es tan bello que hace llorar a los vientos del sureste.

De tal modo que levanto la vista según suena el primer acorde, y lo que se presenta ante mí es tan sólo lo que me imaginaba: un conjunto de piedras mal puestas y aburridas como no veía desde aquella exposición de Tapies en el Reina Sofía. Pero algo me dice que me quede los más de diez minutos que dura el Miserere. Subo un poco el volumen para aislarme de las voces a mi alrededor, pensando que la meditación que sin duda buscaba Soami (el pintor y jardinero que lo diseñó) no puede llegar en diez segundos.

Y sucedió que, en una curiosa mezcla de polifonía renacentista y jardines Zen, al cabo de un pequeño rato me empiezan a sacudir algunos pensamientos, no todos definibles, pero que producen una emoción real, casi tangible. Pienso en don Rodrigo rechazado por doña Inés, en que yo soy una simple pieza de grava, en las hojas que mueren en otoño sin que nadie lo sepa, en que el mar no siempre tiene la culpa, en mi madre cabizbaja y en un presente en el que todo vale. Y por un segundo, y por diez segundos, e incluso por algo más, quiero romper a llorar. A llorar de la emoción, a llorar de simpleza, a llorar compungido por no saber recordar siempre que la pena dura tanto como uno le permita. Quiero abrazarme al señor que tengo al lado, enroscarme a él como una salamandra y llorarle a gritos aunque no me entienda o no quiera entenderme.

De repente, mientras todo esto me acomete, un rayo de sol me ciega por un instante, y cuando consigo abrir los ojos noto que algo esta cayendo. Me froto los ojos para comprobar que no es un efecto del deslumbramiento, y me basta estirar la mano para notar que no se trata de eso, sino que comienza a llover, a chispear, a orvallar. Pero el sol no se esconde, sino que hace brillar las poquitas gotas que se atreven a deslizarse hasta mi rostro, y, de nuevo, tan fugaz como vinieron, se marchan.

El Miserere de Allegri ha terminado. Han sido los mejores once minutos dieciocho segundos desde que llegué a este archipiélago tan loco como paradisíaco.

Me giré, disfruté del resto del jardín, volví a calzarme, salí del recinto, y, con las mismas, apagué la música que sonaba en ese momento (Bach, Grieg, qué mas da…) para dirigirme hacia la estación, silbando la grandeza que tenemos los seres anónimos.

No sé si este post de urgencia que estáis leyendo es un ejercicio de nostalgia asiática, o es que me estoy haciendo mayor. Dejadme pensar que se trata de una excusa como otra cualquiera para compartir con vosotros una de las obras de arte más hermosas que ha compuesto el ser humano. Una prueba más de que la belleza quizás no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás.

Dante

Fue soberbia pensar que te tendría
destinada por siempre a mi destino.
La gula, por su parte, no previno
que tus labios sin pausa yo querría.

La envidia apareció en el mismo día
que soñaste el calor de otro camino.
La ira, entonces, vino como vino,
y quebró los espejos de agonía.

Fue lujuria el recuerdo de tu espalda,
me durmió en tus laureles la pereza,
la avaricia prohibió cualquier empate.

Así, siguiendo el guiño de tu falda
he cruzado el cartel que, frío, reza:
“Lasciate ogni speranza voi che entrate.”

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“)