La generación instantánea

Ayer leí en El País un artículo de Francesc Miralles que comenzaba así:

Tanto antes de la crisis como durante la crisis, la sociedad del derroche ha penetrado hasta tal punto en todos los aspectos de nuestra vida, que el consumo compulsivo ya no se limita a lo que adquirimos en las tiendas. El consumismo se ha trasladado a las relaciones sentimentales, cada vez más efímeras, por no hablar de nuestra sufrida agenda diaria, que sobrecargamos de compromisos y actividades. Consumimos tiempo y recursos en una carrera alocada contra el ritmo natural de las cosas.

Todo lo queremos instantáneo. Antes, preparar un café en casa era un ritual que implicaba desenroscar la cafetera, llenar el filtro de café molido, volverla a cerrar, esperar a que el fuego hiciera emerger el café con un sonido inconfundible… Hoy ponemos una cápsula en la máquina y obtenemos en cuestión de segundos un café instantáneo.

El problema no es el café, sino que esta misma urgencia domina el resto de ámbitos de nuestra vida.

Se trata de un artículo que me dio mucho que pensar. Os sugiero que pinchéis aquí y lo leáis completo. Y, a ser posible, hacedlo mientras escucháis esta canción. El video no es necesario.

Un ex-poema de Vicente Gallego

Uno de mis poetas favoritos ha sido, desde hace años, Vicente Gallego. Hay dos libros suyos que están siempre en mi retaguardia poética, que son “Los ojos del extraño” y “La plata de los días”. Según he leído en una conferencia que dio en la Fundación Juan March y en otros sitios y en otros sitios, el propio Gallego ha renunciado de ambos libros, ya que, según él, en ambos libros se ve demasiado al autor. Sobre esto, aquí hay unas cuantas declaraciones del propio Gallego que he encontrado en la red:

La poesía es sólo inocente en la medida en que el poeta no se inmiscuye en el poema, lo deja fluir, sirve sólo de cauce.

Yo declino cualquier mérito sobre mis poemas, son un regalo que recibo.

Son vuestros como lectores, pero no míos como autor, os pertenecen.

Así que aquí os dejo uno de mis poemas favoritos, que por esta regla de tres (regla cuadrada, que diría alguien que yo me sé) debe ser un ex-poema de Vicente Gallego. Me parece fantástico, porque yo lo firmaría sin problema: quizás, hace años, este hombre se metió en la Tardis del Doctor Who, viajó en el tiempo, llegó a nuestro presente, me conoció y escribió este poema.

Tonterías aparte, la pregunta es: si se me ocurre hacer un espectáculo teatral sobre estos versos ¿tengo que pagar derechos de autor?

MI IDEA DEL AUTOR

Entrego muchas horas a mi cuarto,
comparo algunas tardes, por ejemplo,
a un animal prehistórico y herido,
o a la dama que arroja, lentamente,
su lencería oscura a mi ventana.
Pero sé que la tarde es sólo eso:
una costumbre antigua de mis ojos.
Me reprocho a menudo muchas cosas
a las que no me atrevo, y los errores
que a veces cometió mi atrevimiento.
Procuro parecer un poeta mundano,
como John Donne, profundo y algo frívolo,
que se cuente conmigo en cualquier fiesta,
aunque suelen mis versos, y mi vida,
traicionar esa imagen.
No sabría explicaros, con rigor,
por qué razón escribo, abandono
esa fatiga a mis colegas doctos,
mas no quiero curarme el vicio absurdo
de las letras. Me gustan las mujeres,
pero ellas, por más que yo lo intento,
no me ayudan a ser un mujeriego.
Por su causa he sufrido de verdad
–jamás finjo el dolor que hay en mis versos,
aunque finja tal vez otros motivos–.
Se podría decir que soy feliz
en general, sin sorna ni entusiasmo,
y me veo corriente –aunque me gusto–,
creedme que lo siento, pues habría
querido para mí más altas metas,
otros tiempos proclives a la gloria.
Intento sin embargo acomodarme
a este papel que a veces me incomoda
por discreto, por triste o por amargo.
Hago inventario de los nombres idos
–procuro hacerlo con palabras bellas–,
y pierdo el tiempo censurando al tiempo
su actitud descortés para con todos.

(Nota final: La foto está tomada de photos8.com, una página muy recomendable de imágenes gratuitas.)

Huelga de poetas

España se ve afectada hoy por la segunda jornada de huelga convocada por el sindicato internacional de poetas PAA (Poetas que Aúllan al Amanecer) y que ha secundado la mayoría de los rapsodas del país. Pese al caos que ha generado el paro, las movilizaciones de protesta se están desarrollando sin incidencias. Únicamente dos poetas han sido detenidos a primera hora de la mañana por escribir unos versos de Machado en los cristales de una entidad bancaria.

Los principales afectados en Europa son precisamente los ciudadanos españoles que, sin poder acudir a fuentes fiables para construir metáforas, comparaciones y otras figuras retóricas, han visto muy mermada su capacidad para expresar sentimientos. “No sé, lo de esta huelga me deja más cabreado que… que… Vaya, que es una mierda esta situación”, se quejaba un ciudadano que no encontraba palabras para expresarse. Muchos jóvenes han optado por emplear emoticonos y hacer ruidos con las axilas para mostrar su desacuerdo con la huelga.

Puedes leer la noticia completa aquí.

(Aprovecho para recomendaros la lectura diaria de www.elmundotoday.com. Es una joya)

De vanguardias y caligramas

Para Óscar Santos

El joven aprendiz de poeta, alumno de Secundaria, se aburre desde hace unos meses en clase de Lengua y Literatura. Él, que en los últimos años siempre ha destacado en el certamen de poesía del instituto (2 primeros premios y una mención especial), siente que la poesía ya no le ofrece el consuelo que solía. La Lengua, a la que nunca le hizo demasiado caso, le ha enseñado que el futuro de su familia (y, por tanto, el suyo) tiene, en la mirada de su padre, forma de sintagma nominal: expediente de regulación de empleo. Es lógico, pues, que las Rimas, el Romancero Gitano, los 20 poemas de amor, la canción desesperada, y, en todo caso, los relatos de Poe, no puedan ayudarle a explicar el mundo que él solo no sabe aún explicar porque ni siquiera lo comprende. Sabe, eso sí, lo que puede suponer para la familia el despido del padre, pues la madre es ama de casa y su hermana sigue cobrando, años después de terminar la facultad, con hoja de colaboración. La profesora explica las características de la poesía modernista, y el joven aprendiz de poeta piensa que la princesa está triste porque es una ñoña insufrible y que el príncipe de Golconda o el de China deberían darse una vuelta por el mundo real.

En la fábrica no hay descanso, pero el padre necesita parar un momento porque la rehabilitación de la espalda no fue tan satisfactoria como se esperaba. Pide a un compañero que le eche un ojo a lo suyo y va al baño a refrescarse la cara. Finge una sonrisa ante el espejo, y mientras se mira las entradas susurra:

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde.

El padre, que fue quien inculcó a nuestro protagonista su amor por la literatura, también vino, de joven, a llevarse la vida por delante. Pero aquellos tiempos, como los de hoy, tampoco fueron fáciles: el primer trabajo en el taller en plena Transición, la incertidumbre, la esperanza, Libertad sin ira, la legalización del PCE, el golpe de estado… Como a muchos, la utopía le duró el tiempo necesario para confirmar que la economía y la política se convertían en una merienda de negros donde a unos se les permitía forrarse para que otros se marcharan de rositas. Las horas extras que le ayudaron a pagar cada año las vacaciones de verano en Denia le impidieron escribir la novela que siempre soñó. Las pocas veces que, por curiosidad, ha intentado leer poemas de autores jóvenes, le han confirmado la sensación de que la sociedad le ha alejado de la poesía. No sabe que, por lo general, es la poesía la que se ha alejado de la sociedad.

No pasa mucho tiempo antes de que la profesora de Lengua y Literatura explique en clase las vanguardias artísticas de principios del siglo XX. El futurismo, el cubismo, el dadaísmo, el surrealismo… Y nuestro joven aprendiz de poeta, como buen adolescente, siente la urgente y paradójica necesidad de parecerse a alguien para así sentirse distinto a los demás. Y las oscuras golondrinas y Preciosa con su pandero y los astros que tiritan a lo lejos se diluyen, todos juntos, en el rincón del cerebro destinado a “lo que ya no me puede gustar porque ahora soy mayor”.

Las vanguardias. La belleza de lo ininteligible. La fuerza de lo irracional. La atracción de lo distinto. Un entorno ideal para el joven que desea, a la vez, sentirse distinto a los demás mientras forma parte de un grupo. Un grupo de elegidos. Un grupo de intelectuales. Un grupo del que sólo pueden formar parte aquellos que cultivan el silencio, lo inasible, la pureza léxica. Sí, sí, sí, algo está llamando a la puerta y nuestro joven aprendiz de poeta no puede negarse a abrir porque desea que los invitados entren y ocupen la casa y renueven su ideario estético.

Otra noche más, el padre llega a casa. Hay sopa en el microondas y un yogur desnatado de ciruela en el frigorífico. Enciende la tele. Un anuncio de seguros de hogar, visita de los reyes a Austria, qué harán este fin de semana el Barça y el Madrid en sus respectivos compromisos de liga, noche de expulsión en la casa de gran hermano, Letizia ha declarado sonriente…

– ¿Papá?
– Dime, hijo.
– ¿Estás ocupado?
– No, no. Dime.
– Verás… Estos días… He estado dándole vueltas a todo esto…
– Ajá.
– Tengo algo para ti.
– Vaya. ¿Has escrito algo?
– Sí.

El padre sonríe, consciente de que ninguna palabra puede reflejar lo que siente.

– Pues venga, dámelo.
– Es un poco distinto a lo que he hecho hasta ahora. Porque, sabes, hay cosas que no pueden explicarse abiertamente, y estoy en un momento de búsqueda interior…
– A ver. Enséñamelo.

El chico, orgulloso, le muestra su nuevo texto, al que ha llamado “Cuadratura del círculo”.

El padre lee el texto. Mira al hijo. Vuelve a ojear el texto.

– ¿Me estás tomando el pelo?
– Es un caligrama. Vanguardias.
– Ya.
– Es actual, papá. Una nueva forma de presentar la realidad.
– ¿Actual?
– Sí. Cubista.
– Pero el cubismo se creó hace ya cien años.

El hijo titubea. Quiere responder, pero no está seguro. Como sucede a menudo en estos casos, el poeta no conoce más teoría que la que su profesora ha explicado en clase.

– Pero es una vanguardia. Y vanguardia significa “estar por delante”.

El padre guarda silencio por un momento. Respira. Mira fijamente a su hijo y le responde:

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Unos instantes de silencio en la cocina. El padre pregunta:

– ¿Te parece actual?
– Sí. Bastante.
– Pues sólo tiene un poco más de medio siglo.
– ¿No es tuyo?
– No lo he escrito yo. Pero hace años éramos muchos los que sentíamos este poema como propio.
– ¿Entonces?
– ¿Entonces qué?
– Que quién lo ha escrito.

El padre le guiña un ojo.

– Búscalo en internet y ahora me cuentas.

Unos minutos después, mientras el padre apura el yogur desnatado de ciruela, el joven aprendiz de poeta descubre el título del poema, y comprende que, en momentos como éste, la poesía verdaderamente necesaria, la que realmente ensancha los pulmones, no puede ser la que está concebida como un lujo cultural por los neutrales que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

El gran teatro del mundo

Según cuentan algunos libros, parece ser que existió un tiempo tan sombrío como el de ahora, tan triste y tan caduco en tantas cosas, pero en el que la gente, para olvidar, no veía a nadie pegando patadas a una pelota, sino a hombres y mujeres que hablaban en verso, que amaban en redondillas y se desesperaban en sonetos y se quejaban en tercetos encadenados.

Dicen, además, que en esa época los autores eran poetas y los poetas autores y todos a la vez unos golfos que rendían a las mujeres a golpe de endecasílabo y mataban por encontrar un adjetivo, y existían duelos públicos de poesía y los versos eran recitados por el pueblo que aclamaba en la calle al autor que pregonaba el arte de escribir para el alma. Por lo visto, muchos de estos escritores pertenecían a la Iglesia o pertenecerían después, y en el mismo seno del Vaticano se debatía sobre si el teatro sí o si el teatro no, sobre si era escuela de virtudes o espejo de vicios, si enseñaba al inocente o si ilustraba al pecador, y cuando el país se arruinaba era entre otras cosas porque los gastos en teatro eran excesivos, ya que el público pedía más y más y más y no se cansaba de un espectáculo tan divino como humano, tan cercano como enorme. En el teatro se unía el hombre y la mujer, el pueblo y la nobleza, el estudiante y el abad, y todos se admiraban con un actor, dos tablas y una pasión, con unos personajes grandes como un amanecer que piensan y sienten y padecen en un lenguaje preciso, estudiado, con rima y poesía y enredo y filosofía y dolor y amor y honor y traidores y enamorados… ¡Qué época aquella! ¡Con razón se le llama el Siglo de Oro!

Después llegaron malos tiempos para la lírica porque llegó el tiempo de la razón, y luego otra vez el verso (pero esta vez un poco acartonado), y así sucesivamente hasta que hoy en día nos encontramos completamente desposeídos de esa porción de vida, de ese reducto de sentimientos en bruto que aspiran a ser pulidos por un actor que los encarne, es decir, que los haga carne.

Muchas pueden ser las razones de ese olvido, y todas serán ciertas. Por un lado llegaron unos señores que se quisieron apropiar de ese nuestro teatro clásico, y nos lo contaron a su manera, utilizándolo como mero instrumento para recordar tiempos pasados, que ya se sabe que cualquiera fue mejor. Por otro lado hubo quien se creyó que ese teatro era realmente propiedad de esos primeros, y decidieron detestarlo y desterrarlo per saecula saeculorum pensando que la poesía era cosa de mariquitas o de burgueses, que hasta es posible que sean lo mismo y siempre será mejor, dónde va a parar, escribir como se habla que hablar como se escribe. Además, el siglo XX se encargó de parir una nueva clase social: el especialista, que ya decía Ortega que es un señor que sabe mucho de muy poco, y así los poetas y los dramaturgos se enfadaron entre sí, ya que cada uno sólo sabía y quería saber de lo suyo, con lo que desde entonces uno más uno siempre ha sido dos pero no uno más grande. Así pues, entre todos la casa sin barrer, y mientras tanto en el salón tenemos una tele encendida con lo que nos quieran ir contando, que para eso está. Pero al mismo tiempo el alma (o lo que queramos llamar a esa cosita que se enciende de tarde en tarde al recordar una canción especial o una frase que nos hizo sentir blandos o grandes por un segundo) se aburre y se amojama y se desfigura porque ya no se alimenta de nada humano, sino de una fotocopia de una fotocopia de una fotocopia de algo que una vez quiso ser humano.

No sé si me siguen o hace tiempo que pasaron de página. En fin, a aquellos que saben de qué hablo quizás les interesará saber que no está todo perdido. Decía el Makinavaja, uno de los grandes poetas de nuestro tiempo, que “en un mundo podrido y sin ética, a las personas honradas sólo nos queda la estética.” ¿Será ese el futuro con el que está cargada el arma de la poesía, como escribió Celaya? ¿Es posible que la belleza del lenguaje pueda aún aportarnos algo? ¿O es que acaso tendremos que belenestebanizarnos todos si queremos ser salvados?

No. Me niego. Habrá que luchar contra aquellos que piensen que es una intención elitista el seguir cultivando algo tan caduco y tan lejano y a la vez tan poco práctico como nuestro teatro clásico. He de suponer que ustedes no pensarán así, porque si no ya habrían mandado a la porra este post antes de acabar el primer párrafo. Pero aunque lo sean, por favor, concédanse un minuto para pensar que Shakespeare, el autor intocable en ese pedestal tan alto, no llegó a escribir cuarenta obras y Lope de Vega pasa de trescientas. Piensen también que Cervantes reconoció que a él le hubiera gustado ser Lope aun habiendo él mismo escrito la mejor tragedia del teatro español, obra que espero conozcan y de la que no digo el nombre para que si no la conocen la busquen y la disfruten a partir de ya. Piensen que Goethe dijo más de una vez que el Romanticismo Alemán no hubiera sido lo mismo sin Calderón.

Y piensen, por favor, que estamos en el único país del mundo que se avergüenza de sus autores clásicos: Italia se enorgullece de Dante y Bocaccio y Petrarca, Francia se muere por Moliere y Corneille y Racine, Inglaterra necesita a Shakespeare y a Marlowe… y en cambio en España casi nadie ha leído o visto representadas “El caballero de Olmedo” o “La vida es sueño”. Excepto “El perro del hortelano”, es imposible encontrar una buena adaptación cinematográfica de alguna obra española del Siglo de Oro. ¿Por qué? ¿Me lo pueden explicar?

¿Cuál es el problema? ¿Que es conservador? ¿Que es aburrido? ¿Que es lejano y difícil de seguir? De acuerdo, cierren los ojos e intenten imaginar cómo se debe sentir alguien que dice:

Entre la vida y la muerte
no sé qué medio tener,
pues amor no ha de querer
que con tu favor acierte;
y siendo fuerza quererte
quiere el amor que te pida
que seas tú mi homicida.
Mata, ingrata, a quien te adora:
serás mi muerte, señora,
pues no quieres ser mi vida.

¿Se entiende o no? ¿Nunca se han sentido así?

Señores, el teatro en verso tiene que salir por fuerza del ghetto en el que le hemos encerrado entre todos. Hay mucho que hacer, por supuesto, pero es posible. Y factible. Y merece la pena.

Aquel que la templanza aborrecía

Gabriel Bocángel fue un poeta madrileño del siglo XVII. Sus versos, exquisitos y reflexivos, gozaron de cierto reconocimiento en su época, si bien no son hoy tan célebres como los de sus amigos Lope o Góngora. Bocángel, presagiando que eso iba a suceder, compuso un soneto espectacular dedicado a sus propios poemas, en donde intentaba consolarles del posible olvido al que iban a ser desterrados algún día. El soneto es el siguiente, y quisiera aclarar previamente que, en este contexto, la palabra “avena” designa un tipo de flauta parecido a la zampoña.

Ocios son de un afán que yo escribía
en ruda edad con destemplada avena;
arbitrio del amor, que a tal condena
a aquel que la templanza aborrecía.

Canté el dolor, llorando de alegría,
y tan dulce tal vez canté mi pena
que todos la juzgaban por ajena,
pero bien sabe el alma que era mía.

Si de todos no fuereis celebradas,
voces de amor, mirad mi pensamiento:
veréis que no mejor fortuna alcanza.

Ningún discreto os llame malogradas,
que, si os llevare solamente el viento,
allá os encontraréis con mi esperanza.

No sé, como Bocángel, si dentro de cien años alguien seguirá leyendo alguno de mis versos. Pero me conformaría con cualquier cosa si, al final de mi vida, tuviera la certeza de haber escrito un poema tan bello como éste.

Qué hacer esta semana

El próximo viernes, 23 de abril, los Reyes entregarán el Premio Cervantes al escritor mexicano José Emilio Pacheco. Con motivo de ese día, en la Universidad de Alcalá se celebra durante esta semana el Festival de la Palabra, cuyo programa completo podéis encontrar aquí. En el Aula de Teatro hemos decidido volvernos un poco locos, liarnos la manta a la cabeza y realizar una serie de actividades a las que, por supuesto, estáis invitados.

En primer lugar, y como ya os conté, todos los martes, jueves y viernes de abril, a las 10.00 y a las 12.00, el espectáculo didáctico “Que están respirando amor”. El viernes 23, por tanto, tenemos dos funciones.

El mismo 23, además, se realizará una visita poética nocturna a patiios de la Universidad. La visita, a la que hemos llamado “Ocios son de un afán que yo escribía”, está integrado en su totalidad por poemas de autores del Siglo de Oro que estudiaron en Alcalá y de poetas que han ganado el Premio Cervantes. La visita será a las 21.30, aunque nos han confirmado desde organización del Festival que ya se han cubierto las plazas.

Al terminar la visita, a las 00.00 horas, en el Teatro La Galera tendremos un Ambigú Literario. Imagino que muchos de vosotros sabréis que el Ambigú es un café teatro que se organiza en La Galera un jueves al mes, con consumición incluida, a las 20.00 horas. En este caso lo movemos al 23 y a una hora más canalla para reencontrarnos con la literatura de José Emilio Pacheco, de Juan Marsé y alguna que otra sorpresa.

Por último, el sábado 24, a las 20.00, función especial de “Que están respirando amor” para público general. Entrada libre, al igual que todos los actos del Festival de la Palabra.

Como veis, esta semana estamos hasta arriba. Pero estamos encantados.

¿Nos vemos allí?

El galán de la Membrilla

Digámoslo claramente: soy un friki de Lope de Vega. Qué se le va a hacer. De momento no llego al punto de comprarme caretas de plástico de sus personajes para ponérmelas en los estrenos teatrales con jubón y gregüesco, pero todo se andará.

El caso es que para mí Lope es mucho Lope, y sobre todas las cosas está “El caballero de Olmedo“, donde a Medina del Campo llega un galán de Olmedo llamado don Alonso y a ciertos mozos del pueblo no les gusta demasiado que la chica guapa, Inés, le mire con buenos ojos. Desde hace unos años, el ayuntamiento de Olmedo organiza el Festival de Olmedo, al igual que sucede en Almagro, Alcalá y otros tantos lugares.

El bueno de Lope escribió “El caballero de Olmedo” a partir de una coplilla conocida en la época, que era algo así como:

Que de noche le mataron,

al caballero,

la gala de Medina,

la flor de Olmedo.

Del mismo modo, Lope escribió una comedia llamada “El galán de la Membrilla”, donde un galán de Membrilla llega a Manzanares y se lleva a la chica guapa. También en este caso, Lope se inspira en una coplilla previa bastante conocida por el público de la época:

Que de Manzanares era la niña

y el galán que la lleva, de la Membrilla.

Hoy viernes, la compañía de teatro Cachivaches estrena “El galán de la Membrilla” en el pueblo de Membrilla, bajo dirección de Antonio Malonda y versión del que está escribiendo estas líneas. En unas horas saldré para allá.

Mientras tanto, os dejo un soneto de la obra, en el que Leonor, la dama, aguarda a que llegue Félix, su chico, que ha ido a poner su vida en peligro por limpiar el honor (¡ay, el honor!) de ella y de su familia. Y a ella, como buena dama lopesca, le gustan las emociones fuertes y la vida turbulenta.


Amor sólo es dichoso cuando aguanta
que la Fortuna haga girar su rueda.
¿Hay bien sin mal? ¿O mal que tanto exceda
que el bien no pueda así posar la planta?

Sin azar no hay placer; no hay mar en tanta
bonanza que la luna se esté queda;
ni tan dulce manjar que serlo pueda
si un poco de limón no lo levanta.

También quiero gozar del agrio gusto
pues hay agrios manjares delicados,
igual que hay que sufrir el tiempo justo;

venid, disgustos, mas venid templados,
que si amor no tuviera ni un disgusto
¿cómo tuviera gustos sazonados?

Cambio de fecha

Por causas ajenas a nuestra voluntad, el estreno de “Que están respirando amor” no será el jueves 8, sino el viernes 9. Los horarios siguen siendo los mismos.

Y ya que actualizo el blog (o bitácora), os dejo un regalito: uno de los textos del espectáculo. Con ustedes, el señor Garcilaso de la Vega.

Estoy continuo en lágrimas bañado,
rompiendo el aire siempre con sospiros;
y más me duele el no osar deciros
que he llegado por vos a tal estado;

que viéndome do estoy, y lo que he andado
por el camino estrecho de seguiros,
si me quiero tornar para huiros,
desmayo, viendo atrás lo que he dejado;

y si quiero subir a la alta cumbre,
a cada paso espántanme en la vía,
ejemplos tristes de los que han caído.

sobre todo, me falta ya la lumbre
de la esperanza, con que andar solía
por la oscura región de vuestro olvido.

Federico García Lorca – Charla sobre teatro

Hoy, Día Internacional del Teatro, quiero dejaros el más bello manifiesto teatral que conozco: la ya conocida charla de Federico García Lorca. Que la disfrutéis.

Queridos amigos:

Hace tiempo hice firme promesa de rechazar toda clase de homenajes, banquetes o fiestas que se hicieran a mi modesta persona; primero, por entender que cada uno de ellos pone un ladrillo sobre nuestra tumba literaria, y segundo, porque he visto que no hay cosa más desolada que el discurso frío en nuestro honor, ni momento más triste que el aplauso organizado, aunque sea de buena fe.

Además, esto es secreto, creo que banquetes y pergaminos traen el mal fario, la mala suerte, sobre el hombre que los recibe; mal fario y mala suerte nacidos de la actitud descansada de los amigos que piensan: “Ya hemos cumplido con él”.

Un banquete es una reunión de gente profesional que come con nosotros y donde están, pares o nones, las gentes que nos quieren menos en la vida.

Para los poetas y dramaturgos, en vez de homenajes yo organizaría ataques y desafíos en los cuales se nos dijera gallardamente y con verdadera saña: “¿A que no tienes valor de hacer esto?” “¿A que no eres capaz de expresar la angustia del mar en un personaje ?” “¿A que no te atreves a contar la desesperación de los soldados enemigos de la guerra?”.

Exigencia y lucha, con un fondo de amor severo, templan el alma del artista, que se afemina y destroza con el fácil halago.

Los teatros están llenos de engañosas sirenas coronadas con rosas de invernadero, y el público está satisfecho y aplaude viendo corazones de serrín y diálogos a flor de dientes; pero el poeta dramático no debe olvidar, si quiere salvarse del olvido, los campos de rosas, mojados por el amanecer, donde sufren los labradores, y ese palomo, herido por un cazador misterioso, que agoniza entre los juncos sin que nadie escuche su gemido.

Huyendo de sirenas, felicitaciones y voces falsas, no he aceptado ningún homenaje con motivo del estreno de Yerma; pero he tenido la mayor alegría de mi corta vida de autor al enterarme de que la familia teatral madrileña pedía a la gran Margarita Xirgu, actriz de inmaculada historia artística, lumbrera del teatro español y admirable creadora del papel, con la compañía que tan brillantemente la secunda, una representación especial para verla.

Por lo que esto significa de curiosidad y atención para un esfuerzo notable de teatro.

Doy ahora que estamos reunidos, las más rendidas, las más verdaderas gracias a todos.

Yo no hablo esta noche como autor ni como poeta, ni como estudiante sencillo del rico panorama de la vida del hombre, sino como ardiente apasionado del teatro de acción social.

El teatro es uno de los más expresivos y útiles instrumentos para la edificación de un país y el barómetro que marca su grandeza o su descenso.

Un teatro sensible y bien orientado en todas sus ramas, desde la tragedia al vodevil, puede cambiar en pocos años la sensibilidad del pueblo; y un teatro destrozado, donde las pezuñas sustituyen a las alas, puede achabacanar y adormecer a una nación entera.

El teatro es una escuela de llanto y de risa y una tribuna libre donde los hombres pueden poner en evidencia morales viejas o equívocas y explicar con ejemplos vivos normas eternas del corazón y del sentimiento del hombre.

Un pueblo que no ayuda y no fomenta su teatro, si no está muerto, está moribundo; como el teatro que no recoge el latido social, el latido, histórico, el drama de sus gentes y el color genuino de su paisaje y de su espíritu, con risa o con lágrimas, no tiene derecho a llamarse teatro, sino sala de juego o sitio para hacer esa horrible cosa que se llama “matar el tiempo”.

No me refiero a nadie ni quiero herir a nadie; no hablo de la realidad viva, sino del problema planteado sin solución.

Yo oigo todos los días, queridos amigos, hablar de la crisis del teatro, y siempre pienso que el mal no está delante de nuestros ojos, sino en lo más oscuro de su esencia; no es un mal de flor actual, o sea de obra, sino de profunda raíz, que es, en suma, un mal de organización.

Mientras que actores y autores estén en manos de empresas absolutamente comerciales, libres y sin control literario ni estatal de ninguna especie, empresas ayunas de todo criterio y sin garantía de ninguna clase, actores, autores y el teatro entero se hundirá cada día más, sin salvación posible.

El delicioso teatro ligero de revistas, vodevil y comedia bufa, géneros de los que soy aficionado espectador, podría defenderse y aun salvarse; pero el teatro en verso, el género histórico y la llamada zarzuela hispánica sufrirán cada día más reveses, porque son géneros que exigen mucho y donde caben las innovaciones verdaderas, y no hay autoridad ni espíritu de sacrificio para imponerlas a un público al que hay que domar con altura y contradecirlo y atacarlo en muchas ocasiones.

El teatro se debe imponer al público y no el público al teatro. Para eso, autores y actores deben revestirse, a costa de sangre, de gran autoridad, porque el público de teatro es como los niños en las escuelas: adora al maestro grave y austero que exige y hace justicia, y llena de crueles agujas las sillas donde se sientan los maestros tímidos y adulones, que ni enseñan ni dejan enseñar.

Al público se le puede enseñar, conste que digo público, no pueblo; se le puede enseñar, porque yo he visto patear a Debussy y a Ravel hace años, y he asistido después a las clamorosas ovaciones que un público popular hacía a las obras antes rechazadas.

Estos autores fueron impuestos por un alto criterio de autoridad superior al del público corriente, como Wedekind en Alemania y Pirandello en Italia, y tantos otros.

Hay necesidad de hacer esto para bien del teatro y para gloria y jerarquía de los intérpretes. Hay que mantener actitudes dignas, en la seguridad de que serán recompensadas con creces.

Lo contrario es temblar de miedo detrás de las bambalinas y matar las fantasías, la imaginación y la gracia del teatro, que es siempre, siempre, un arte, y será siempre un arte excelso, aunque haya habido una época en que se llamaba arte a todo lo que nos gustaba, para rebajar la atmósfera, para destruir la poesía y hacer de la escena un puerto de arrebatacapas.

Arte por encima de todo. Arte nobilísimo, y vosotros, queridos actores, artistas por encima de todo. Artistas de pies a cabeza, puesto que por amor y vocación habéis subido al mundo fingido y doloroso de las tablas. Artistas por ocupación y preocupación.

Desde el teatro más modesto al más encumbrado se debe escribir la palabra “Arte” en salas y camerinos, porque si no vamos a tener que poner la palabra “Comercio” o alguna otra que no me atrevo a decir.

Y jerarquía, disciplina y sacrificio y amor. No quiero daros una lección, porque me encuentro en condiciones de recibirlas.

Mis palabras las dicta el entusiasmo y la seguridad. No soy un iluso. He pensado mucho, y con frialdad, lo que pienso, y, como buen andaluz, poseo el secreto de la frialdad porque tengo sangre antigua.

Yo sé que la verdad no la tiene el que dice “hoy, hoy, hoy” comiendo su pan junto a la lumbre, sino el que serenamente mira a lo lejos la primera luz en la alborada del campo.

Yo sé que no tiene razón el que dice: “Ahora mismo, ahora, ahora” con los ojos puestos en las pequeñas fauces de la taquilla, sino el que dice “Mañana, mañana, mañana” y siente llegar la nueva vida que se cierne sobre el mundo.