Erbarme Dich, meine Liebe

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Erbarme dich, Mein Gott,
Um meiner Zähren willen!
Schaue hier, Herz und Auge
Weint vor dir Bitterlich.
Erbarme dich, Mein Gott.

Acariciándose, desnudos ambos
con la ternura a flor de piel, buscando
limpiar de sus conciencias todo aquello
que una vez ensuciaron con rencores
cuando fueron pareja.

Por el aire, de algún sitio llegaba
una pasión de Bach que asemejaba
la muerte del Señor y la esperanza
de su resurrección
con la de aquel amor suyo que ahora
yacía entre penachos de ternura,
retales de dolor no compartido
y nudos de pasión sin esperanza,
eterno agonizante.

Con nervios acerados y dispuestos
Jesús de Nazaret era apresado
en el momento justo en que sus dedos
prendían cada punto de sus cuerpos
despertando la lumbre de otros días,
Getesemaní ardiente de recuerdos.

Se preguntaron luego uno a otro
-pues habían marcado como pacto
entre los dos completa confianza-
si alguien ocupaba ya ese hueco
que se horadaron mutuamente entonces,
y aunque ambos portaban nuevos sueños
y otros labios dormían en sus ojos,
decidieron mentirse sin saberlo
y tres veces negaron sus deseos
guardando sus traiciones y rompiendo
por tanto su promesa.

Entonces el teléfono sonó
y ella respondió al instante.
Mientras ella reía, Pedro se lamentaba.
De sus labios surgían frases como:
“¿Cuándo nos vemos? ¿Por qué no dormimos
juntos? ¿Y qué tal te viene esta noche?
¡Tengo unas ganas de estar a tu lado…!”

Un violín subrayaba la tensión
mientras daba cobijo a una contralto
que acentuaba el eco de sus almas.

Él, que por cortesía cambió de habitación
cediendo intimidad a quien no conocía
(alguien que con su voz
le hacía sonreír sinceramente
de una forma que él no recordaba)
se vistió con desdén mientras pensaba
lo absurdo y lo patético que era
todo aquel cambalache,
marcando en su interior punto final
a la vez que se ataba los zapatos.

Al despedirse, sólo besos fríos
(sin duda aún peor que los de Judas)
dejaron que adornaran sus mejillas
y evitar así que, en vez del cuerpo,
terminaran prendiéndose las almas
sufriendo entre los dos otro calvario.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario Penúltimo momento. Hoy, Viernes Santo, @misspasternak ha escrito esto en Twitter y me he acordado de él. Así que aquí os lo dejo. Os recomiendo que lo leáis escuchando la música original en la que se basa el poema y que es la del vídeo que os he puesto. Feliz Viernes Santo y feliz Pésaj)

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El año en que aprendimos a sobrevivir

Querido Ernesto:

Faltan solo unas horas para cambiar de año y junto al repaso de noticias que se hacen en todos los medios nos vienen (a ti y a mí, que para eso somos la misma persona) a la cabeza imágenes de lo que hemos vivido en este 2017 tan, digamos, peculiar. Nada extraordinario, pues seguro que esto le pasará a mucha gente. En nuestro caso, este año ha sido un año importante por lo que hemos conseguido dejar atrás y todo lo que ello nos ha supuesto de aprendizaje, por decirlo así. Te/nos conozco lo suficiente como para saber que algunas veces, cuando nos ponemos nostálgicos, nos da por releer entradas antiguas de este blog.  Por eso yo, el Ernesto del 31 de diciembre de 2017, te estoy escribiendo ahora estas líneas deprisa y corriendo como si fuera una nota a pie de página que te sirva para recordar que este año ha sido complicado pero hemos aprendido a sobrevivir.

El año empezó, lo recordarás, quedándonos en paro tras varios años en un trabajo en el que llevaban tiempo haciéndonos acoso laboral. Ha pasado un año de eso y, fíjate, todavía nos da vergüenza escribir esas dos palabras juntas, como si fuera una enfermedad contagiosa o yo qué sé qué. No sé qué pensarás de esto cuando releas estas líneas, pero quiero que sepas que es ahora cuando empiezo, por fin, a comprender que nosotros no tuvimos la culpa de esos gritos, esos insultos, esos contratos irregulares y abusivos, ese malmeter en la oficina y ese estrés continuo que tanto mal provocó no solo en el trabajo sino también en casa. Hicimos lo que pudimos, quizás por miedo, quizás porque nos educaron en que los hombres tenemos que soportar y no podemos expresar nuestras emociones porque eso es de blandengues. Tampoco te sientas culpable por los primeros meses de paro en los que no teníamos ganas de hacer nada. Podríamos haber encontrado otras formas de pedir ayuda, de salir de ahí sin autocompasiones gratuitas, pero, recuerda, la culpa de aquello no fue nuestra. Espero que esto lo tengas cada vez más claro, sea cuando sea que leas esto.

El 2017 también fue el año en que estuvimos a punto de morir. No es una metáfora, como recordarás. Una peritonitis aguda que nos hizo llegar al quirófano justo a tiempo. Durante la semana de postoperatorio que estuvimos ingresados en el hospital la cirujana pakistaní que nos operó tenía como costumbre decirnos cada día “de verdad que no sabes lo mal que estaba eso cuando abrimos, nunca había visto nada parecido”. Seguramente era una broma para relajar la tensión y el miedo, pero el susto fue importante. Y Amelia y Victoria nos dieron una lección de vida cuando, el primer día que vinieron a visitarnos al hospital, nos dijeron entre risas que querían ver “tu pupa de la tripa” y preguntaron todo lo preguntable sobre el funcionamiento de las máquinas de la habitación.

Pero esta no fue la única vez que pasamos por quirófano en el 2017: la cicatriz de la laparoscopia decidió hacer vida propia y tuvimos una hernia umbilical que nos supuso otras cuantas semanas de baja. Por suerte, parece que todo quedó en una sesión de “chapa y pintura”, aunque a veces nos siga tirando un poco el ombligo cuando tosemos muy fuerte.

Quizás por todo eso este año no nos ha apetecido mucho escribir. En este blog, por ejemplo, solo hemos publicado dos entradas y apenas dos o tres colaboraciones en los medios en los que solíamos publicar de vez en cuando. No teníamos muchas ganas de estructurar un texto de varios miles de palabras porque primero teníamos que darle una nueva estructura a nuestra propia vida. Lo que sí hemos hecho, y mucho, ha sido dar la tabarra en twitter (¿sigue existiendo twitter en la época en la que me estás leyendo?) contando cosas que hemos aprendido leyendo a otra gente. Porque este año hemos leído cosas nuevas, hemos descubierto nuevos puntos de vista y hemos aprendido juntos que muchas de las convenciones sociales en las que nos habíamos criado eran más que cuestionables y, como tal, nos las hemos cuestionado. Y qué interesante es lo que estamos descubriendo, amigo. Qué de visiones del mundo estamos leyendo y qué rabia que por el motivo que sea no lo hayamos descubierto hasta ahora.

Quizás por deformación profesional de profesor o quizás por la emoción de compartir ideas que has descubierto en otros libros (o porque somos muy pesados, que todo hay que decirlo) algunas veces hemos pecado de vehementes en lo que contábamos. Aparte, el hecho de que cada vez nos lea más gente hace que también crezca el número de gente -sobre todo gente anónima a la que no conocemos- a la que le da por insultarnos porque sí, porque quieren casito (qué gran concepto este del casito, también del 2017) o porque les pica un pie. Puede sonar un poco ridículo basar nuestros principios en una cita de Spiderman, pero si es cierto que un gran poder conlleva una gran responsabilidad entonces un gran poder mediático conlleva una gran responsabilidad mediática. Por eso hemos intentado rebajar el tono, dejar las descalificaciones, intentar escuchar antes de opinar y no hablar de lo que no sabemos o cuando no nos toca porque es el momento de que lo hagan las y los protagonistas de la historia. Y también hemos intentado compartir belleza y buen rollo y crear proyectos colaborativos para que nuestra tristeza (y presumiblemente la de quien nos haga el regalo de leernos) se diluya al menos un poquito. Nos marchamos de eso que te digo que se llama twitter unos meses (entre otros motivos) a causa de una serie de personas que comenzaron a insultarnos a causa de algo que escribimos. Pero de eso ya hace tiempo y sospecho que nos encontramos mejor de todo aquello porque hace poco volvió a pasar algo similar y lo único que hicimos fue soltar una risotada al verlo.

Dolores aparte, este año también ha sido estupendo por muchos motivos: ahora mismo escribo estas líneas desde España, por ejemplo, en las primeras Navidades con la familia en cinco años. También hemos conocido a gente estupenda y formado parte de proyectos increíbles con gente a la que admirábamos cuando éramos pequeños. Hemos visto de nuevo a gente con la que habíamos perdido el contacto, hemos hecho turismo, hemos conseguido un trabajo estable que por primera vez en muuuuchos años nos permite terminar la jornada a las cuatro y media y no tener que preocuparnos por nada hasta el día siguiente. Y aunque las penas hayan sido unas cuantas, recuerda también que gente a la que conocemos lo ha pasado bastante peor: ha habido muertes y enfermedades crónicas. Nadie nos ha pegado una paliza por nuestra identidad de género ni nos ha amenazado de muerte por escribir. Vivimos en un país frío pero civilizado que permite que nuestras amistades y familia vengan a visitarnos cuando quieran o puedan, a diferencia de lo que le pasa a amigos nuestros que viven en nuestra misma ciudad pero que por venir de un país distinto sufren problemas de visado y de permisos de entrada.

Hemos sobrevivido, querido mío. Y por eso hemos tenido la suerte de crecer. No sé lo que nos deparará este 2018, pero estoy haciendo lo posible para afrontarlo del mejor modo posible. Ya me contarás si lo he conseguido o no.

Un fuerte abrazo y feliz año,

Ernesto

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Los duros de mi abuela

En el arranque de Ana Karenina, Tolstoi escribe que todas las familias felices se parecen pero que cada familia infeliz tiene un motivo distinto para ser desdichada. La frase es muy bonita, sí, pero yo no estoy de acuerdo con ella. Al menos con la primera parte. Porque hay muchos motivos muy distintos para ser felices.

Hoy, once de septiembre de 2014, hace diez años que mi esposa y yo nos casamos. Y para celebrarlo quiero contaros la historia más bonita de mi familia. La que más nos hace sonreír. Hay historias más bellas, más intensas y más memorables que esta que os voy a contar. Pero esta es mi historia y como tal es parte de mí. Y por eso quiero compartirla con vosotros.

La protagonista es mi abuela, de quien ya os hablé cuando escribí sobre mi madre aquí. Era una mujer maravillosa a la que jamás oí hablar mal de nadie, igual que jamás he oído a nadie hablar mal de ella. Era, en el sentido más amplio de la palabra, una persona buena. Le tocó una vida complicada, pero siempre supo sonreír porque alguien tenía que hacerlo; y así lo hizo hasta el fin de sus días, cuando ya tenía 94 años y estaba casi ciega.

Allá por los tiempos de la Segunda República, mi abuela y mi abuelo se dedicaban a pelar la pava. Él era alto y espigado y ella tenía unos ojos tan bonitos que era imposible no quedarse mirándolos. Un día en que ambos estaban dando una vuelta un hombre se quedó mirando a mi abuela quizás más tiempo de lo que se consideraba correcto, y mi abuelo se enfadó y comenzó a pedirle explicaciones a mi abuela. Fue una pelea de enamorados en la que ella le intentó explicar que no había hecho nada. Mi abuelo, que debía ser fino, le respondió que la culpa de que la miraran así era suya por tener ojos de puta. Mi abuela, que nunca en su vida se dejó pisar por nadie, le respondió con una frase antológica:

– Pues vete con tu madre, que los tiene de santa.

Y se marchó, dejando a mi abuelo plantado ahí mismo. Estuvieron un tiempo sin hablarse durante el cual él le pidió perdón varias veces. Cuando a mi abuela se le pasó el cabreo se fueron a dar una vuelta al Retiro para arreglarlo. Y allí mismo, en un banco, hicieron las paces. Mi abuelo se puso cabezón con que quería un beso de reconciliación y finalmente mi abuela se lo dio. Pero con tan mala suerte que un guardia les vio y les puso una multa por escándalo público. Un duro de multa. Cinco pesetazas que en aquella época debía ser una cantidad considerable. Mi abuelo había salido de casa sin dinero y fue mi abuela la que tuvo que pagar la multa. Desde entonces, el duro de multa fue una broma de pareja entre ellos dos.

Pasó el tiempo y se casaron. Tras muchos contratiempos nació mi madre y luego mi tío. Mi abuelo fue detenido tras la guerra, y cuando salió cogió una tuberculosis y murió muy pronto. Mi abuela se quedó viuda antes de los cuarenta años y nunca volvió a besar a otro hombre. Siempre le tuvo en su memoria e hizo lo que pudo por sacar a sus hijos adelante.

Pasó aún más tiempo. Nacieron mis hermanos y mi abuela dejó su casa de España para irse a vivir a Canadá y así ayudar a mi madre cuando se quedó sola con ellos. Entonces llegó mi padre, y llegué yo, y mi abuela se quedó a vivir con nosotros para siempre. Tengo muchos recuerdos de ella, pero uno de mis favoritos es que cada vez -cada vez- que mis hermanos o yo le preguntábamos por nuestro abuelo, al que nunca llegamos a conocer, nos contaba cualquier historia para siempre terminar con la misma frase:

– Tú abuelo muy majo, sí. Pero el duro lo tuve que pagar yo. Que nunca se me ha olvidado.

Y entonces le daba un ataque de risa recordando todo aquello. Esa era su forma de echarse las penas a la espalda: con una risa sincera que provenía de lo más profundo de su dolor.

Pasaron muchos más años y conocí a Soraya, mi esposa. Mi abuela ya tenía noventa y un años y, como dije antes, ya estaba casi ciega. Las dos hicieron muy buenas migas desde el mismo día en que se conocieron. Y cuando los nervios de la presentación familiar se pasaron, Soraya y yo nos dimos un beso. Un simple beso de cariño y complicidad. Y ahí empezó todo:

–   ¡Os he pillado! -gritó mi abuela riéndose- ¡Me debéis un duro!

Soraya no sabía de qué iba la historia, claro. Y se quedó más sorprendida aún cuando yo, siguiendo la broma, saqué un duro del bolsillo y se lo di a mi abuela, que comenzó a mondarse de la risa y se marchó a su habitación murmurando que vaya nieto más salado que tenía. Le expliqué a Soraya la historia y le pareció que en esa familia estábamos todos locos. Pero no debió asustarle demasiado, imagino, ya que hoy estoy aquí hablándoos de nuestro décimo aniversario de boda. Así que el duro se convirtió en una tradición entre mi abuela, Soraya y yo. Cada vez que íbamos a casa de mi madre y nos dábamos un beso, mi abuela aparecía como un ninja silencioso y nos exigía el duro. A veces, incluso, yo le decía:

– Abuela, que no tengo cambio y te tengo que dar una moneda de cinco duros. ¿Qué hago? ¿Me devuelves cuatro o me das permiso para darle cinco besos a Soraya?

Yo siempre le pagaba el duro. Religiosamente. Recuerdo que siempre hacía lo que fuera para tener cambio disponible en la cartera y así mantener la broma. Y así lo hicimos durante años, hasta que mi abuela se fue apagando poco a poco y nos dejó, unos meses antes de que Soraya y yo decidiéramos casarnos. No es que fuera la crónica de una muerte anunciada, pero estando casi centenaria todos sabíamos que nos daría el susto un día u otro. Aún así, fue un mal trago que pasamos como pudimos. Mi madre, por ejemplo, no pudo entrar a su habitación durante meses y yo arrastré durante un tiempo cierto complejo de culpa por no haber pasado más tiempo con aquella mujer tan extraordinaria.

El caso es que unos meses después decidimos casarnos. Quien haya pasado por eso sabe el jaleo que es, así que no será necesario explicar la marabunta de cosas en las que hay que pensar. En nuestro caso, y por razones que no vienen a cuento, necesitábamos casarnos en tres o cuatro meses. Y con un verano de por medio, sabiendo que España es un país que cierra en agosto. Sí, se nos ocurrió esa gracia pero en aquel momento tenía mucho sentido. Así que nos pusimos a pensar en cómo diseñar una boda a nuestra medida.

Digo a nuestra medida porque ni Soraya ni yo queríamos casarnos por la iglesia -yo, de hecho, ni siquiera estoy bautizado- y las bodas en el jugado nos parecían y nos siguen pareciendo demasiado burocráticas para nuestro gusto. Como ambos nos dedicábamos al mundo del arte dramático, decidimos que lo mejor era casarnos en un teatro. Montar nuestra boda como la mejor función que jamás hubiéramos representado. Uno de nuestros mejores amigos fue el maestro de ceremonias y otros cuatro ejercieron de padrinos y madrinas. Todos aquellos que alguna vez habían compartido escenario con nosotros estarían en escena, mientras que aquellos familiares y amigos ajenos a la farándula pasarían al patio de butacas. Por supuesto que esa ceremonia no tenía validez legal, así que dos semanas más tarde fuimos con seis u ocho invitados a cierto pueblo a que el alcalde, amigo de un amigo, nos casara.

Pero la ceremonia buena, a la que asistieron casi trescientas personas, fue la del teatro. Y por eso queríamos prepararla pensando en todos los detalles, prescindiendo de protocolos establecidos porque, total, era nuestra obra y la escribíamos, la dirigíamos y la interpretábamos nosotros mismos. Así que nos quedamos con lo que nos gustaba de las bodas al uso y prescindimos de todo aquello que no iba con nosotros. ¿Lectura de un texto de la Biblia o, en todo caso, de un poema de Benedetti? No. Preferimos pedir a unas cuantas personas importantes en nuestras vidas que escribieran unas líneas contando alguna anécdota graciosa nuestra y que las leyeran durante la ceremonia. ¿Vestido de novia? Pues no lo teníamos pensado, pero un día que Soraya iba con su madre por la calle vieron un vestido precioso en una tienda y no se pudieron contener, así que encontramos un frac a juego para mí y tan contentos. ¿Que el novio no vea a la novia vestida de novia hasta el día de la boda? Sí, eso nos parecía algo romántico. Así que lo dejamos. ¿Las arras? No teníamos ni idea de qué demonios era eso de las arras, pero en la familia de Soraya había unas con cierto valor sentimental así que dijimos que bueno, que las buscaran para poder decidir. ¿Aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre»? En absoluto. Quienes teníamos algo que decir, en todo caso, éramos nosotros, así que eso se quedaba fuera. ¿Banquete con las típicas peleas de con quién siento a Fulanito para que no vea a Menganita? A tomar por saco. Un catering con camareros y todos los invitados de pie en un salón de tres pisos, y el que no quiera verse que no se vea. ¿La música? Ni Mendelssohn ni Wagner. La banda sonora de nuestra vida. Soraya eligió la música con la que yo entraba a escena y yo elegí la suya. Y así con todo. Como toda buena obra, hubo programa de mano, cartel y estrellas invitadas. Lo único que nos faltaba para que todo fuera perfecto era mi abuela, que ya hacía un año que había muerto, y a quien le hubiera encantado estar con nosotros y habría iluminado la ceremonia con sus ocurrencias y su buen humor.

Faltaban unas dos semanas cuando recibimos una llamada de mi madre pidiéndonos que fuéramos a su casa a toda prisa. No sabíamos qué era, pero parecía importante. Cuando llegamos nos dijo, riendo y llorando al mismo tiempo, que estaba muy nerviosa con todo lo de la boda, y que para pensar en otra cosa por fin se había decidido a entrar en la habitación de mi abuela. Llevaba todo el día ordenando y tirando trastos y había encontrado algo en el armario que era para nosotros. Y entonces nos dio una bolsita de tela bordada que yo desde niño había visto en casa. La abrimos, y Soraya y yo no nos podíamos creer lo que había dentro.

Eran nuestros duros. Mi abuela los había ido guardando uno a uno cada vez que nos dábamos un beso. Y ahí estaban, casi cien monedas de casi cien multas. Casi cien besos cómplices que mi abuela no quiso que se perdieran.

Y fue entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado las arras ideales para nuestra boda. Dicen que las arras son unas monedas que se entregan como símbolo de la riqueza que se va a compartir. Y mi abuela, que había estado viuda más de la mitad de su vida, nos estaba diciendo desde yo qué sé dónde que no hay mayor riqueza en un matrimonio que los besos impregnados de risas.

Llegó el día de la boda y apenas dos o tres personas sabían la historia. Una de ellas era el maestro de ceremonias al que le pedimos que antes de dar paso a las arras contara la historia por nosotros para que familia y amigos -el público de la mejor obra del mundo- pudieran disfrutar de un momento tan especial. Y así lo hizo, y se produjo uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida. Porque todos los asistentes se pusieron a aplaudir para, de algún modo, agradecerle a mi abuela una lección tan especial.

Así era ella. Genio y figura hasta la sepultura y más allá.

Así que Soraya y yo nos hicimos entrega mutua de aquellos duros tan especiales ante la emoción compartida de nuestras personas más queridas. Y como aquella era nuestra obra y la podíamos representar como quisiéramos, también cambiamos el texto típico de esa escena: mirándonos el uno al otro nos ofrecimos esas monedas en nombre de los besos que íbamos a compartir.

Hoy hace diez años de eso y puedo asegurar que cada día hemos tenido en cuenta la lección de los duros. Ha habido momentos más complicados que otros, por supuesto, pero no hemos olvidado llenar nuestra vida de besos y risas. Cuando hace un año nos vinimos a vivir a Canadá pensamos que era mejor no traernos aquellos duros hasta que no estuviéramos bien asentados. Por nada del mundo queríamos que se perdieran en alguna mudanza o alguna cosa así. Pero ahora que hemos encontrado una casa tan especial aprovecharemos que los padres de Soraya vienen en unas semanas a visitarnos para pedirles que nos traigan la bolsa bordada con los casi cien duros de mi abuela. Porque ya que no sabemos dónde van los besos que no se dan, al menos tener la certeza de que los besos que sí nos dimos -y los que nos quedan por darnos- nos acompañarán para siempre.

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(Actualización: tal como explica el texto, a los pocos meses los padres de Soraya vinieron a visitarnos y trajeron consigo los duros, que llevan desde entonces con nosotros)

 

 

Carta de amor a Macondo

Querida mía,

Estos días andarás muy ajetreada y llena de turistas, de curiosos y devotos que estarán recorriendo tus calles, tus plazas y tus páginas. Habrá quien llegue a ti por primera vez, incrédulo y excitado el mismo tiempo, y quien al pasear por tus caseríos y tus galleras se sienta como un peregrino que regresa al hogar. Habrá quien te cubra de halagos —a ti, que nunca recibirás los suficientes— y quien intente tomarte medidas para hacerte un traje gris con olor a estantería académica. Unos y otros haremos lo indecible por…

Así comienza la Carta de amor a Macondo que he escrito para Jot Down y que puedes leer completa aquí.

Macondo

Los pergaminos de colores de don Miguel

Corrían los despreocupados años ochenta. Se inauguraba el Cristóbal Colón, el colegio público en el que pasé los últimos años de mi EGB. Muchos de los alumnos estábamos orgullosos porque no solo estrenábamos cartera y zapatos sino también un colegio nuevo. Era, además, el primer colegio de integración de Alcalá de Henares, lo que le añadía un toque de exclusividad aunque muchos no tuviéramos claro qué significaba eso. Fue en ese colegio donde me enamoré de la chica por la que aprendí francés, pero sobre todo fue el colegio en el que don Miguel me hizo amar para siempre la escritura.

Se llamaba Miguel Gallego, pero todos le llamábamos don Miguel. Tenía fama de serio pero también de buena persona. Era el profesor de Lengua Española o como se llamara por aquel entonces la asignatura. Nos explicaba cosas como el sintagma nominal y las oraciones concesivas, pero lo que a todos nos volvía locos eran los concursos de escritura que organizaba en clase cada vez que el temario indicaba que había que explicar alguna noción de expresión escrita. Don Miguel explicaba la teoría y después nos invitaba a ponerla en práctica en casa. Decía, por ejemplo, «las características de la descripción son esta, esta y esta. Hala, ¿quién se anima a hacer una descripción para la semana que viene y hacemos concurso?» Y nosotros íbamos escribiendo descripciones, narraciones, diálogos, fábulas, poemas o lo que tocara para leerlos en voz alta en clase unos días después.

Una vez leídos, votábamos a mano alzada para decidir los tres mejores. Los tres que más nos habían gustado. Libremente. Más allá de cuestiones literaria, estéticas o teóricas. Algunas veces votábamos al más gracioso o al que más tonterías dijera, pero don Miguel siempre se mantenía al margen, respetando nuestra decisión. «Votos para el cuento de Julio. De acuerdo», se le oía decir. «Votos para el cuento de Patricia. De acuerdo». Tan solo intervenía cuando había demasiados voluntarios para leer. Cuando eso sucedía, solía elegir a quien casi nunca se presentaba para aprovechar su motivación y que todos tuviéramos las mismas oportunidades.

Después de la votación, a los ganadores les esperaban los pergaminos de colores de don Miguel: unos simples folios blancos en los que había impreso en color una orla imitando un pergamino antiguo. Los azules eran para el primer premio, los rojos para el segundo y los verdes para el tercero. Eran unos pergaminos especiales porque en aquella época no existían las fotocopias en color (los hacía con una ciclostil en sus ratos libres con ayuda del conserje), pero sobre todo eran maravillosos porque eran los pergaminos en los que teníamos que pasar a limpio nuestros textos para luego colgarlos en la pared. Ese era el único premio del concurso: algo escrito por nosotros a la vista de todos y puesto de largo gracias a esos pergaminos tan coloridos.

Escribir era una tarea voluntaria, pero, y esto es algo que todavía me sorprende al recordarlo, nunca faltaron candidatos para los muchos concursos que hicimos durante esos años. Y todo para conseguir uno de esos pergaminos. A ser posible, por supuesto, el azul.

Yo me recuerdo encerrado en mi habitación estrujándome la cabeza para escribir algo realmente bueno. Con el tiempo aprendí algunos trucos que solían funcionar: convertir a mis compañeros en protagonistas del relato para ganar sus votos, por ejemplo, o leer poniendo voces distintas a cada uno de los personajes para que nadie se distrajera demasiado. Había cierto prestigio en juego, pues ganar el concurso era un modo fantástico de ser aceptado entre los demás. No por ser el más listo o el más divertido, sino porque mientras leías en voz alta podías ver quién sonreía con tu texto, o quién bostezaba o quién se emocionaba. Y sobre todo porque a veces a algún compañero le gustaba lo suficiente tu texto como para votarte aunque ese mismo día hubierais discutido en el recreo.

No sé si por aquel entonces ya se hablaba de educación transversal, pero no tengo la menor duda de que don Miguel sabía muy bien lo que estaba haciendo. A pesar de mantenerse al margen, o quizás precisamente por eso, los concursos no eran solo una práctica para la clase de Lengua a través de la expresión escrita y la expresión oral. Nos estaba enseñando sin que nos diéramos cuenta a esforzarnos para dar lo mejor de nosotros mismos. Nos estaba enseñando a hablar en público contando algo escrito por nosotros y no simplemente memorizado. Nos estaba enseñando a escuchar y a participar. Nos estaba enseñando la satisfacción propia por el trabajo bien hecho y la admiración por el de nuestros compañeros. Nos estaba enseñando que nosotros éramos capaces de crear. Nos estaba enseñando que querer es poder. Nos estaba enseñando que teníamos poder de decisión y que nuestra opinión era tan importante como la de los demás.

Teníamos trece años y no podíamos saber que nos estaba enseñando el valor de la Democracia. Y fue una enseñanza que nunca se nos olvidó.

Terminó el colegio y yo seguí escribiendo. Nada más terminar el instituto estrené mi primera obra de teatro. Don Miguel estaba entre el público, pero con la emoción del estreno no pude apenas hablar con él. Recuerdo su sonrisa al darme la enhorabuena, aunque no recuerdo si llegué a saber cómo se enteró del estreno. Pero allí estaba, viendo en escena unos personajes que decían frases escritas por un alumno suyo.

Algunas veces mi madre se encontraba con don Miguel por la calle. Ya estaba jubilado y siempre preguntaba por mí. En una de esas veces, poco antes de marcharme a vivir a otro país, mi madre le contó que yo había ganado un premio nacional de poesía y se puso muy contento. Antes de irme, le dejé a mi madre algo para él por si acaso alguna vez volvía a encontrárselo: un ejemplar del libro con una dedicatoria en la que le agradecía sus clases y sus pergaminos de colores. Mi madre buscó su dirección y su teléfono para dárselo en persona. Me dijo que don Miguel se había emocionado y que le pidió que me diera un fuerte abrazo. Cuando me lo contó, yo también me emocioné y me prometí que algún día le llamaría para darle ese abrazo. Pero no pudo ser. Ayer me enteré de que don Miguel falleció hace poco más de un mes. Tranquilamente, en su cama. Cerró los ojos y no los volvió a abrir.

Alguien me dijo una vez que el sino de los profesores de primaria es ayudar a los niños a situarse en el mundo y luego ser olvidados por esos alumnos, porque ese mundo nos sumerge de nuevas personas e ilusiones pero también de prisas y rutinas. Pero no quiero pensar eso. Porque yo jamás me olvidé de don Miguel, y sé que muchos de sus alumnos tampoco le han olvidado.

Todo el mundo ha tenido muchos profesores pero pocos maestros. De los que no solo te enseñan el temario sino también te dotan de herramientas para enfrentarte a la vida. Nunca pude agradecerle en persona sus clases, su pasión por la educación. Nunca le pude decir que sus concursos me convirtieron en el escritor que ahora soy. Pero él fue mi primer maestro. Y a partir de ahora me perseguirá siempre el remordimiento de no haber tenido tiempo para escribirle o llamarle o acercarme a su casa para que pudiera saber que cada vez que escribo un texto –este, por ejemplo- me planteo si sería merecedor de uno de sus pergaminos de colores. Del color que fuera.

Aula Colegio

La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Allegri, Kyoto, Azúa y JotDown

Hace ya casi siete años que visité Japón. Estuve cinco semanas en Kobe, dirigiendo unos entremeses de Cervantes para los alumnos del Departamento de Español de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Plasmé mis experiencias en un blog que dejé inconcluso y en el que faltan las tildes en la mayoría de los posts porque el ordenador del que disponía allí tenía teclado asiático. Guardo buen recuerdo de ese blog, aunque, por supuesto, guardo mejor recuerdo de todo lo que viví allí.

Hoy he leído en JotDown un artículo delicioso sobre Mozart y el Miserere de Allegri firmado por Félix de Azúa. Fue precisamente ese miserere, compuesto para dos coros a capella, el causante de una de las mayores experiencias personales en ese viaje a Japón y, por qué no decirlo, de toda mi vida. Muy corta, por supuesto: poco más de once minutos. Pero tras leer el artículo he vuelto a leer el post de ese día, y, más concretamente, lo que escribí para intentar explicar dicha experiencia:

En esto me hallaba cuando llegue al último edificio que me había propuesto visitar hoy: el templo de Ryoanji, que según mis noticias era distinto de todo lo que había visto hasta entonces (y aquí tampoco me refiero solo a Japón), pues el jardín interior es un recinto de grava rastrillada sobre el que se levantan 15 rocas de distinto tamaño y forma. Construido a finales del siglo XV, se habla de este templo como inicio de todas las tendencias minimalistas occidentales desde que gente como Gropius o Brook se entusiasmaran hasta los tuétanos con algo tan simple y profundo a la vez. Algo escéptico por lo que voy a ver, me sitúo en la puerta del templo, me descalzo, me muero de frío porque hoy hace una rasca espantosa y el templo no tiene puerta alguna.

Como imaginaba, el jardín esta lleno de gente hablando y cuchicheando y hablando por el móvil en ese sonsonete wakarimasen que me vuelve loco desde hace ya la friolera de dos semanas, pero para no perderme la sensación primera decido mirar al suelo (un simple tatami de madera) mientras espero a que se abra un hueco entre la gente que admira las delicias de la grava. Cuando noto que alguien se ha marchado me coloco, me siento cómodamente, y una vez instalado busco el Miserere de Allegri, que es tan bello que hace llorar a los vientos del sureste.

De tal modo que levanto la vista según suena el primer acorde, y lo que se presenta ante mí es tan sólo lo que me imaginaba: un conjunto de piedras mal puestas y aburridas como no veía desde aquella exposición de Tapies en el Reina Sofía. Pero algo me dice que me quede los más de diez minutos que dura el Miserere. Subo un poco el volumen para aislarme de las voces a mi alrededor, pensando que la meditación que sin duda buscaba Soami (el pintor y jardinero que lo diseñó) no puede llegar en diez segundos.

Y sucedió que, en una curiosa mezcla de polifonía renacentista y jardines Zen, al cabo de un pequeño rato me empiezan a sacudir algunos pensamientos, no todos definibles, pero que producen una emoción real, casi tangible. Pienso en don Rodrigo rechazado por doña Inés, en que yo soy una simple pieza de grava, en las hojas que mueren en otoño sin que nadie lo sepa, en que el mar no siempre tiene la culpa, en mi madre cabizbaja y en un presente en el que todo vale. Y por un segundo, y por diez segundos, e incluso por algo más, quiero romper a llorar. A llorar de la emoción, a llorar de simpleza, a llorar compungido por no saber recordar siempre que la pena dura tanto como uno le permita. Quiero abrazarme al señor que tengo al lado, enroscarme a él como una salamandra y llorarle a gritos aunque no me entienda o no quiera entenderme.

De repente, mientras todo esto me acomete, un rayo de sol me ciega por un instante, y cuando consigo abrir los ojos noto que algo esta cayendo. Me froto los ojos para comprobar que no es un efecto del deslumbramiento, y me basta estirar la mano para notar que no se trata de eso, sino que comienza a llover, a chispear, a orvallar. Pero el sol no se esconde, sino que hace brillar las poquitas gotas que se atreven a deslizarse hasta mi rostro, y, de nuevo, tan fugaz como vinieron, se marchan.

El Miserere de Allegri ha terminado. Han sido los mejores once minutos dieciocho segundos desde que llegué a este archipiélago tan loco como paradisíaco.

Me giré, disfruté del resto del jardín, volví a calzarme, salí del recinto, y, con las mismas, apagué la música que sonaba en ese momento (Bach, Grieg, qué mas da…) para dirigirme hacia la estación, silbando la grandeza que tenemos los seres anónimos.

No sé si este post de urgencia que estáis leyendo es un ejercicio de nostalgia asiática, o es que me estoy haciendo mayor. Dejadme pensar que se trata de una excusa como otra cualquiera para compartir con vosotros una de las obras de arte más hermosas que ha compuesto el ser humano. Una prueba más de que la belleza quizás no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás.