Los duros de mi abuela

En el arranque de Ana Karenina, Tolstoi escribe que todas las familias felices se parecen pero que cada familia infeliz tiene un motivo distinto para ser desdichada. La frase es muy bonita, sí, pero yo no estoy de acuerdo con ella. Al menos con la primera parte. Porque hay muchos motivos muy distintos para ser felices.

Hoy, once de septiembre de 2014, hace diez años que mi esposa y yo nos casamos. Y para celebrarlo quiero contaros la historia más bonita de mi familia. La que más nos hace sonreír. Hay historias más bellas, más intensas y más memorables que esta que os voy a contar. Pero esta es mi historia y como tal es parte de mí. Y por eso quiero compartirla con vosotros.

La protagonista es mi abuela, de quien ya os hablé cuando escribí sobre mi madre aquí. Era una mujer maravillosa a la que jamás oí hablar mal de nadie, igual que jamás he oído a nadie hablar mal de ella. Era, en el sentido más amplio de la palabra, una persona buena. Le tocó una vida complicada, pero siempre supo sonreír porque alguien tenía que hacerlo; y así lo hizo hasta el fin de sus días, cuando ya tenía 94 años y estaba casi ciega.

Allá por los tiempos de la Segunda República, mi abuela y mi abuelo se dedicaban a pelar la pava. Él era alto y espigado y ella tenía unos ojos tan bonitos que era imposible no quedarse mirándolos. Un día en que ambos estaban dando una vuelta un hombre se quedó mirando a mi abuela quizás más tiempo de lo que se consideraba correcto, y mi abuelo se enfadó y comenzó a pedirle explicaciones a mi abuela. Fue una pelea de enamorados en la que ella le intentó explicar que no había hecho nada. Mi abuelo, que debía ser fino, le respondió que la culpa de que la miraran así era suya por tener ojos de puta. Mi abuela, que nunca en su vida se dejó pisar por nadie, le respondió con una frase antológica:

– Pues vete con tu madre, que los tiene de santa.

Y se marchó, dejando a mi abuelo plantado ahí mismo. Estuvieron un tiempo sin hablarse durante el cual él le pidió perdón varias veces. Cuando a mi abuela se le pasó el cabreo se fueron a dar una vuelta al Retiro para arreglarlo. Y allí mismo, en un banco, hicieron las paces. Mi abuelo se puso cabezón con que quería un beso de reconciliación y finalmente mi abuela se lo dio. Pero con tan mala suerte que un guardia les vio y les puso una multa por escándalo público. Un duro de multa. Cinco pesetazas que en aquella época debía ser una cantidad considerable. Mi abuelo había salido de casa sin dinero y fue mi abuela la que tuvo que pagar la multa. Desde entonces, el duro de multa fue una broma de pareja entre ellos dos.

Pasó el tiempo y se casaron. Tras muchos contratiempos nació mi madre y luego mi tío. Mi abuelo fue detenido tras la guerra, y cuando salió cogió una tuberculosis y murió muy pronto. Mi abuela se quedó viuda antes de los cuarenta años y nunca volvió a besar a otro hombre. Siempre le tuvo en su memoria e hizo lo que pudo por sacar a sus hijos adelante.

Pasó aún más tiempo. Nacieron mis hermanos y mi abuela dejó su casa de España para irse a vivir a Canadá y así ayudar a mi madre cuando se quedó sola con ellos. Entonces llegó mi padre, y llegué yo, y mi abuela se quedó a vivir con nosotros para siempre. Tengo muchos recuerdos de ella, pero uno de mis favoritos es que cada vez -cada vez- que mis hermanos o yo le preguntábamos por nuestro abuelo, al que nunca llegamos a conocer, nos contaba cualquier historia para siempre terminar con la misma frase:

– Tú abuelo muy majo, sí. Pero el duro lo tuve que pagar yo. Que nunca se me ha olvidado.

Y entonces le daba un ataque de risa recordando todo aquello. Esa era su forma de echarse las penas a la espalda: con una risa sincera que provenía de lo más profundo de su dolor.

Pasaron muchos más años y conocí a Soraya, mi esposa. Mi abuela ya tenía noventa y un años y, como dije antes, ya estaba casi ciega. Las dos hicieron muy buenas migas desde el mismo día en que se conocieron. Y cuando los nervios de la presentación familiar se pasaron, Soraya y yo nos dimos un beso. Un simple beso de cariño y complicidad. Y ahí empezó todo:

–   ¡Os he pillado! -gritó mi abuela riéndose- ¡Me debéis un duro!

Soraya no sabía de qué iba la historia, claro. Y se quedó más sorprendida aún cuando yo, siguiendo la broma, saqué un duro del bolsillo y se lo di a mi abuela, que comenzó a mondarse de la risa y se marchó a su habitación murmurando que vaya nieto más salado que tenía. Le expliqué a Soraya la historia y le pareció que en esa familia estábamos todos locos. Pero no debió asustarle demasiado, imagino, ya que hoy estoy aquí hablándoos de nuestro décimo aniversario de boda. Así que el duro se convirtió en una tradición entre mi abuela, Soraya y yo. Cada vez que íbamos a casa de mi madre y nos dábamos un beso, mi abuela aparecía como un ninja silencioso y nos exigía el duro. A veces, incluso, yo le decía:

– Abuela, que no tengo cambio y te tengo que dar una moneda de cinco duros. ¿Qué hago? ¿Me devuelves cuatro o me das permiso para darle cinco besos a Soraya?

Yo siempre le pagaba el duro. Religiosamente. Recuerdo que siempre hacía lo que fuera para tener cambio disponible en la cartera y así mantener la broma. Y así lo hicimos durante años, hasta que mi abuela se fue apagando poco a poco y nos dejó, unos meses antes de que Soraya y yo decidiéramos casarnos. No es que fuera la crónica de una muerte anunciada, pero estando casi centenaria todos sabíamos que nos daría el susto un día u otro. Aún así, fue un mal trago que pasamos como pudimos. Mi madre, por ejemplo, no pudo entrar a su habitación durante meses y yo arrastré durante un tiempo cierto complejo de culpa por no haber pasado más tiempo con aquella mujer tan extraordinaria.

El caso es que unos meses después decidimos casarnos. Quien haya pasado por eso sabe el jaleo que es, así que no será necesario explicar la marabunta de cosas en las que hay que pensar. En nuestro caso, y por razones que no vienen a cuento, necesitábamos casarnos en tres o cuatro meses. Y con un verano de por medio, sabiendo que España es un país que cierra en agosto. Sí, se nos ocurrió esa gracia pero en aquel momento tenía mucho sentido. Así que nos pusimos a pensar en cómo diseñar una boda a nuestra medida.

Digo a nuestra medida porque ni Soraya ni yo queríamos casarnos por la iglesia -yo, de hecho, ni siquiera estoy bautizado- y las bodas en el jugado nos parecían y nos siguen pareciendo demasiado burocráticas para nuestro gusto. Como ambos nos dedicábamos al mundo del arte dramático, decidimos que lo mejor era casarnos en un teatro. Montar nuestra boda como la mejor función que jamás hubiéramos representado. Uno de nuestros mejores amigos fue el maestro de ceremonias y otros cuatro ejercieron de padrinos y madrinas. Todos aquellos que alguna vez habían compartido escenario con nosotros estarían en escena, mientras que aquellos familiares y amigos ajenos a la farándula pasarían al patio de butacas. Por supuesto que esa ceremonia no tenía validez legal, así que dos semanas más tarde fuimos con seis u ocho invitados a cierto pueblo a que el alcalde, amigo de un amigo, nos casara.

Pero la ceremonia buena, a la que asistieron casi trescientas personas, fue la del teatro. Y por eso queríamos prepararla pensando en todos los detalles, prescindiendo de protocolos establecidos porque, total, era nuestra obra y la escribíamos, la dirigíamos y la interpretábamos nosotros mismos. Así que nos quedamos con lo que nos gustaba de las bodas al uso y prescindimos de todo aquello que no iba con nosotros. ¿Lectura de un texto de la Biblia o, en todo caso, de un poema de Benedetti? No. Preferimos pedir a unas cuantas personas importantes en nuestras vidas que escribieran unas líneas contando alguna anécdota graciosa nuestra y que las leyeran durante la ceremonia. ¿Vestido de novia? Pues no lo teníamos pensado, pero un día que Soraya iba con su madre por la calle vieron un vestido precioso en una tienda y no se pudieron contener, así que encontramos un frac a juego para mí y tan contentos. ¿Que el novio no vea a la novia vestida de novia hasta el día de la boda? Sí, eso nos parecía algo romántico. Así que lo dejamos. ¿Las arras? No teníamos ni idea de qué demonios era eso de las arras, pero en la familia de Soraya había unas con cierto valor sentimental así que dijimos que bueno, que las buscaran para poder decidir. ¿Aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre»? En absoluto. Quienes teníamos algo que decir, en todo caso, éramos nosotros, así que eso se quedaba fuera. ¿Banquete con las típicas peleas de con quién siento a Fulanito para que no vea a Menganita? A tomar por saco. Un catering con camareros y todos los invitados de pie en un salón de tres pisos, y el que no quiera verse que no se vea. ¿La música? Ni Mendelssohn ni Wagner. La banda sonora de nuestra vida. Soraya eligió la música con la que yo entraba a escena y yo elegí la suya. Y así con todo. Como toda buena obra, hubo programa de mano, cartel y estrellas invitadas. Lo único que nos faltaba para que todo fuera perfecto era mi abuela, que ya hacía un año que había muerto, y a quien le hubiera encantado estar con nosotros y habría iluminado la ceremonia con sus ocurrencias y su buen humor.

Faltaban unas dos semanas cuando recibimos una llamada de mi madre pidiéndonos que fuéramos a su casa a toda prisa. No sabíamos qué era, pero parecía importante. Cuando llegamos nos dijo, riendo y llorando al mismo tiempo, que estaba muy nerviosa con todo lo de la boda, y que para pensar en otra cosa por fin se había decidido a entrar en la habitación de mi abuela. Llevaba todo el día ordenando y tirando trastos y había encontrado algo en el armario que era para nosotros. Y entonces nos dio una bolsita de tela bordada que yo desde niño había visto en casa. La abrimos, y Soraya y yo no nos podíamos creer lo que había dentro.

Eran nuestros duros. Mi abuela los había ido guardando uno a uno cada vez que nos dábamos un beso. Y ahí estaban, casi cien monedas de casi cien multas. Casi cien besos cómplices que mi abuela no quiso que se perdieran.

Y fue entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado las arras ideales para nuestra boda. Dicen que las arras son unas monedas que se entregan como símbolo de la riqueza que se va a compartir. Y mi abuela, que había estado viuda más de la mitad de su vida, nos estaba diciendo desde yo qué sé dónde que no hay mayor riqueza en un matrimonio que los besos impregnados de risas.

Llegó el día de la boda y apenas dos o tres personas sabían la historia. Una de ellas era el maestro de ceremonias al que le pedimos que antes de dar paso a las arras contara la historia por nosotros para que familia y amigos -el público de la mejor obra del mundo- pudieran disfrutar de un momento tan especial. Y así lo hizo, y se produjo uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida. Porque todos los asistentes se pusieron a aplaudir para, de algún modo, agradecerle a mi abuela una lección tan especial.

Así era ella. Genio y figura hasta la sepultura y más allá.

Así que Soraya y yo nos hicimos entrega mutua de aquellos duros tan especiales ante la emoción compartida de nuestras personas más queridas. Y como aquella era nuestra obra y la podíamos representar como quisiéramos, también cambiamos el texto típico de esa escena: mirándonos el uno al otro nos ofrecimos esas monedas en nombre de los besos que íbamos a compartir.

Hoy hace diez años de eso y puedo asegurar que cada día hemos tenido en cuenta la lección de los duros. Ha habido momentos más complicados que otros, por supuesto, pero no hemos olvidado llenar nuestra vida de besos y risas. Cuando hace un año nos vinimos a vivir a Canadá pensamos que era mejor no traernos aquellos duros hasta que no estuviéramos bien asentados. Por nada del mundo queríamos que se perdieran en alguna mudanza o alguna cosa así. Pero ahora que hemos encontrado una casa tan especial aprovecharemos que los padres de Soraya vienen en unas semanas a visitarnos para pedirles que nos traigan la bolsa bordada con los casi cien duros de mi abuela. Porque ya que no sabemos dónde van los besos que no se dan, al menos tener la certeza de que los besos que sí nos dimos -y los que nos quedan por darnos- nos acompañarán para siempre.

04. Commitment Ceremony

Carta de amor a Macondo

Querida mía,

Estos días andarás muy ajetreada y llena de turistas, de curiosos y devotos que estarán recorriendo tus calles, tus plazas y tus páginas. Habrá quien llegue a ti por primera vez, incrédulo y excitado el mismo tiempo, y quien al pasear por tus caseríos y tus galleras se sienta como un peregrino que regresa al hogar. Habrá quien te cubra de halagos —a ti, que nunca recibirás los suficientes— y quien intente tomarte medidas para hacerte un traje gris con olor a estantería académica. Unos y otros haremos lo indecible por…

Así comienza la Carta de amor a Macondo que he escrito para Jot Down y que puedes leer completa aquí.

Macondo

Los pergaminos de colores de don Miguel

Corrían los despreocupados años ochenta. Se inauguraba el Cristóbal Colón, el colegio público en el que pasé los últimos años de mi EGB. Muchos de los alumnos estábamos orgullosos porque no solo estrenábamos cartera y zapatos sino también un colegio nuevo. Era, además, el primer colegio de integración de Alcalá de Henares, lo que le añadía un toque de exclusividad aunque muchos no tuviéramos claro qué significaba eso. Fue en ese colegio donde me enamoré de la chica por la que aprendí francés, pero sobre todo fue el colegio en el que don Miguel me hizo amar para siempre la escritura.

Se llamaba Miguel Gallego, pero todos le llamábamos don Miguel. Tenía fama de serio pero también de buena persona. Era el profesor de Lengua Española o como se llamara por aquel entonces la asignatura. Nos explicaba cosas como el sintagma nominal y las oraciones concesivas, pero lo que a todos nos volvía locos eran los concursos de escritura que organizaba en clase cada vez que el temario indicaba que había que explicar alguna noción de expresión escrita. Don Miguel explicaba la teoría y después nos invitaba a ponerla en práctica en casa. Decía, por ejemplo, «las características de la descripción son esta, esta y esta. Hala, ¿quién se anima a hacer una descripción para la semana que viene y hacemos concurso?» Y nosotros íbamos escribiendo descripciones, narraciones, diálogos, fábulas, poemas o lo que tocara para leerlos en voz alta en clase unos días después.

Una vez leídos, votábamos a mano alzada para decidir los tres mejores. Los tres que más nos habían gustado. Libremente. Más allá de cuestiones literaria, estéticas o teóricas. Algunas veces votábamos al más gracioso o al que más tonterías dijera, pero don Miguel siempre se mantenía al margen, respetando nuestra decisión. «Votos para el cuento de Julio. De acuerdo», se le oía decir. «Votos para el cuento de Patricia. De acuerdo». Tan solo intervenía cuando había demasiados voluntarios para leer. Cuando eso sucedía, solía elegir a quien casi nunca se presentaba para aprovechar su motivación y que todos tuviéramos las mismas oportunidades.

Después de la votación, a los ganadores les esperaban los pergaminos de colores de don Miguel: unos simples folios blancos en los que había impreso en color una orla imitando un pergamino antiguo. Los azules eran para el primer premio, los rojos para el segundo y los verdes para el tercero. Eran unos pergaminos especiales porque en aquella época no existían las fotocopias en color (los hacía con una ciclostil en sus ratos libres con ayuda del conserje), pero sobre todo eran maravillosos porque eran los pergaminos en los que teníamos que pasar a limpio nuestros textos para luego colgarlos en la pared. Ese era el único premio del concurso: algo escrito por nosotros a la vista de todos y puesto de largo gracias a esos pergaminos tan coloridos.

Escribir era una tarea voluntaria, pero, y esto es algo que todavía me sorprende al recordarlo, nunca faltaron candidatos para los muchos concursos que hicimos durante esos años. Y todo para conseguir uno de esos pergaminos. A ser posible, por supuesto, el azul.

Yo me recuerdo encerrado en mi habitación estrujándome la cabeza para escribir algo realmente bueno. Con el tiempo aprendí algunos trucos que solían funcionar: convertir a mis compañeros en protagonistas del relato para ganar sus votos, por ejemplo, o leer poniendo voces distintas a cada uno de los personajes para que nadie se distrajera demasiado. Había cierto prestigio en juego, pues ganar el concurso era un modo fantástico de ser aceptado entre los demás. No por ser el más listo o el más divertido, sino porque mientras leías en voz alta podías ver quién sonreía con tu texto, o quién bostezaba o quién se emocionaba. Y sobre todo porque a veces a algún compañero le gustaba lo suficiente tu texto como para votarte aunque ese mismo día hubierais discutido en el recreo.

No sé si por aquel entonces ya se hablaba de educación transversal, pero no tengo la menor duda de que don Miguel sabía muy bien lo que estaba haciendo. A pesar de mantenerse al margen, o quizás precisamente por eso, los concursos no eran solo una práctica para la clase de Lengua a través de la expresión escrita y la expresión oral. Nos estaba enseñando sin que nos diéramos cuenta a esforzarnos para dar lo mejor de nosotros mismos. Nos estaba enseñando a hablar en público contando algo escrito por nosotros y no simplemente memorizado. Nos estaba enseñando a escuchar y a participar. Nos estaba enseñando la satisfacción propia por el trabajo bien hecho y la admiración por el de nuestros compañeros. Nos estaba enseñando que nosotros éramos capaces de crear. Nos estaba enseñando que querer es poder. Nos estaba enseñando que teníamos poder de decisión y que nuestra opinión era tan importante como la de los demás.

Teníamos trece años y no podíamos saber que nos estaba enseñando el valor de la Democracia. Y fue una enseñanza que nunca se nos olvidó.

Terminó el colegio y yo seguí escribiendo. Nada más terminar el instituto estrené mi primera obra de teatro. Don Miguel estaba entre el público, pero con la emoción del estreno no pude apenas hablar con él. Recuerdo su sonrisa al darme la enhorabuena, aunque no recuerdo si llegué a saber cómo se enteró del estreno. Pero allí estaba, viendo en escena unos personajes que decían frases escritas por un alumno suyo.

Algunas veces mi madre se encontraba con don Miguel por la calle. Ya estaba jubilado y siempre preguntaba por mí. En una de esas veces, poco antes de marcharme a vivir a otro país, mi madre le contó que yo había ganado un premio nacional de poesía y se puso muy contento. Antes de irme, le dejé a mi madre algo para él por si acaso alguna vez volvía a encontrárselo: un ejemplar del libro con una dedicatoria en la que le agradecía sus clases y sus pergaminos de colores. Mi madre buscó su dirección y su teléfono para dárselo en persona. Me dijo que don Miguel se había emocionado y que le pidió que me diera un fuerte abrazo. Cuando me lo contó, yo también me emocioné y me prometí que algún día le llamaría para darle ese abrazo. Pero no pudo ser. Ayer me enteré de que don Miguel falleció hace poco más de un mes. Tranquilamente, en su cama. Cerró los ojos y no los volvió a abrir.

Alguien me dijo una vez que el sino de los profesores de primaria es ayudar a los niños a situarse en el mundo y luego ser olvidados por esos alumnos, porque ese mundo nos sumerge de nuevas personas e ilusiones pero también de prisas y rutinas. Pero no quiero pensar eso. Porque yo jamás me olvidé de don Miguel, y sé que muchos de sus alumnos tampoco le han olvidado.

Todo el mundo ha tenido muchos profesores pero pocos maestros. De los que no solo te enseñan el temario sino también te dotan de herramientas para enfrentarte a la vida. Nunca pude agradecerle en persona sus clases, su pasión por la educación. Nunca le pude decir que sus concursos me convirtieron en el escritor que ahora soy. Pero él fue mi primer maestro. Y a partir de ahora me perseguirá siempre el remordimiento de no haber tenido tiempo para escribirle o llamarle o acercarme a su casa para que pudiera saber que cada vez que escribo un texto –este, por ejemplo- me planteo si sería merecedor de uno de sus pergaminos de colores. Del color que fuera.

Aula Colegio

La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)

Allegri, Kyoto, Azúa y JotDown

Hace ya casi siete años que visité Japón. Estuve cinco semanas en Kobe, dirigiendo unos entremeses de Cervantes para los alumnos del Departamento de Español de la Universidad de Estudios Extranjeros de Kobe. Plasmé mis experiencias en un blog que dejé inconcluso y en el que faltan las tildes en la mayoría de los posts porque el ordenador del que disponía allí tenía teclado asiático. Guardo buen recuerdo de ese blog, aunque, por supuesto, guardo mejor recuerdo de todo lo que viví allí.

Hoy he leído en JotDown un artículo delicioso sobre Mozart y el Miserere de Allegri firmado por Félix de Azúa. Fue precisamente ese miserere, compuesto para dos coros a capella, el causante de una de las mayores experiencias personales en ese viaje a Japón y, por qué no decirlo, de toda mi vida. Muy corta, por supuesto: poco más de once minutos. Pero tras leer el artículo he vuelto a leer el post de ese día, y, más concretamente, lo que escribí para intentar explicar dicha experiencia:

En esto me hallaba cuando llegue al último edificio que me había propuesto visitar hoy: el templo de Ryoanji, que según mis noticias era distinto de todo lo que había visto hasta entonces (y aquí tampoco me refiero solo a Japón), pues el jardín interior es un recinto de grava rastrillada sobre el que se levantan 15 rocas de distinto tamaño y forma. Construido a finales del siglo XV, se habla de este templo como inicio de todas las tendencias minimalistas occidentales desde que gente como Gropius o Brook se entusiasmaran hasta los tuétanos con algo tan simple y profundo a la vez. Algo escéptico por lo que voy a ver, me sitúo en la puerta del templo, me descalzo, me muero de frío porque hoy hace una rasca espantosa y el templo no tiene puerta alguna.

Como imaginaba, el jardín esta lleno de gente hablando y cuchicheando y hablando por el móvil en ese sonsonete wakarimasen que me vuelve loco desde hace ya la friolera de dos semanas, pero para no perderme la sensación primera decido mirar al suelo (un simple tatami de madera) mientras espero a que se abra un hueco entre la gente que admira las delicias de la grava. Cuando noto que alguien se ha marchado me coloco, me siento cómodamente, y una vez instalado busco el Miserere de Allegri, que es tan bello que hace llorar a los vientos del sureste.

De tal modo que levanto la vista según suena el primer acorde, y lo que se presenta ante mí es tan sólo lo que me imaginaba: un conjunto de piedras mal puestas y aburridas como no veía desde aquella exposición de Tapies en el Reina Sofía. Pero algo me dice que me quede los más de diez minutos que dura el Miserere. Subo un poco el volumen para aislarme de las voces a mi alrededor, pensando que la meditación que sin duda buscaba Soami (el pintor y jardinero que lo diseñó) no puede llegar en diez segundos.

Y sucedió que, en una curiosa mezcla de polifonía renacentista y jardines Zen, al cabo de un pequeño rato me empiezan a sacudir algunos pensamientos, no todos definibles, pero que producen una emoción real, casi tangible. Pienso en don Rodrigo rechazado por doña Inés, en que yo soy una simple pieza de grava, en las hojas que mueren en otoño sin que nadie lo sepa, en que el mar no siempre tiene la culpa, en mi madre cabizbaja y en un presente en el que todo vale. Y por un segundo, y por diez segundos, e incluso por algo más, quiero romper a llorar. A llorar de la emoción, a llorar de simpleza, a llorar compungido por no saber recordar siempre que la pena dura tanto como uno le permita. Quiero abrazarme al señor que tengo al lado, enroscarme a él como una salamandra y llorarle a gritos aunque no me entienda o no quiera entenderme.

De repente, mientras todo esto me acomete, un rayo de sol me ciega por un instante, y cuando consigo abrir los ojos noto que algo esta cayendo. Me froto los ojos para comprobar que no es un efecto del deslumbramiento, y me basta estirar la mano para notar que no se trata de eso, sino que comienza a llover, a chispear, a orvallar. Pero el sol no se esconde, sino que hace brillar las poquitas gotas que se atreven a deslizarse hasta mi rostro, y, de nuevo, tan fugaz como vinieron, se marchan.

El Miserere de Allegri ha terminado. Han sido los mejores once minutos dieciocho segundos desde que llegué a este archipiélago tan loco como paradisíaco.

Me giré, disfruté del resto del jardín, volví a calzarme, salí del recinto, y, con las mismas, apagué la música que sonaba en ese momento (Bach, Grieg, qué mas da…) para dirigirme hacia la estación, silbando la grandeza que tenemos los seres anónimos.

No sé si este post de urgencia que estáis leyendo es un ejercicio de nostalgia asiática, o es que me estoy haciendo mayor. Dejadme pensar que se trata de una excusa como otra cualquiera para compartir con vosotros una de las obras de arte más hermosas que ha compuesto el ser humano. Una prueba más de que la belleza quizás no es el motor que mueve el mundo, pero sí el poso que permanece después de todo lo demás.

Glosa de la ternura merecida

Para Amalia, por la letra.
Para Soraya, por el alma.

Ahora que me tienes y te tengo
debajo del calor de mi cintura;
ahora que, por fin, no me detengo
a calcular, escéptica, si dura
esto de ser felices, te prevengo;
no pienso hacer el rol de chica dura
que va a exigirte más de lo que eres:
yo no soy de ese tipo de mujeres.

Lo digo, más que nada, porque quiero
saber que sabes que ni soy divina
ni pretendo intentarlo, y que prefiero
un tête a tête fregando en la cocina
a que me muestres siempre en candelero
como a esas niñas monas de oficina
que son, cuando les quitas la armadura,
incapaces de amor y de ternura.

Por eso ahora, por favor, intenta
no imitar ni de lejos a esa gente
que piensa que lo ajeno es una afrenta
dispuesta a ser vengada, y ten en mente
que nunca es el más macho el que más cuenta.
No necesito un vengador valiente
que de amor en la calle se desangre:
yo se lo que es valor y lo que es sangre.

Bésame más, amor, dime al oído
“vamos a amarnos siempre”, como aquellos
que no necesitaron otro nido,
sacrificando todos sus destellos
a la constancia, y que por eso han sido
héroes de un cuento bello entre los bellos;
aunque odies la constancia y te repugne,
aunque odie el sacrificio y me repugne,

prometo serte fiel de pensamiento,
de potencia, de acto y devaneo,
seré protagonista de tu cuento,
y no sospecharé si no te veo
ni sembraré reproches en el viento
si me hablan bien de ti, pues, según creo,
los celos suelen ser siempre, en esencia,
la vanidad que nace en la violencia.

Algunas noches puede que hasta veas
mis lágrimas bailar en tu mejilla.
Conquístame sin más: lo que deseas
lo tendrás frente a ti: soy muy sencilla
y digo la verdad; quiero que creas
que antes que estancarme ante la orilla
de un triste restregón de calendario
quiero ser la mujer de un mercenario.

Si el ardor me encuentra entretenida
rogando por favor a tu costado
estar dentro de ti, roba mi vida
y llévame a un rincón, apasionado,
para ser la constancia del suicida,
la urgencia sin piedad de un abogado;
por ser, seré la causa del abismo
de un poeta, de un mártir, es lo mismo.

Seré pues, sí, tu estatua, tu sorpresa,
tus medias de Berkshire, tu veintitantos,
tu zorra, tu abanico, tu princesa,
la pequeñaja musa de tus cantos
si clavas en mis ojos tu promesa.
Quizás porque he besado ya a unos cuantos
o quizás porque no supe sus nombres,
yo sé mirar los ojos de los hombres.

Y ahora que por fin cierro la boca
delante de tus lágrimas de santo
corramos el telón, porque ya toca
comenzar la función, y, por lo tanto,
recuerda siempre el texto de esta loca:
para que no se desgaste mi encanto
ni tu voz se convierta en mi tortura
conozco a quien merece mi ternura.

(Como indica el título de un poema, se trata de una glosa. Es decir, de una versión ampliada de un poema anterior. En este caso, un poema bellísimo de Amalia Bautista que podéis encontrar aquí. Si os apetece leer algo más sobre las glosas, podéis echar un ojo a este otro texto mío.)

El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.