Del amor, lo cursi y demás hierbas

Con la perspectiva de mis treinta y seis años, a veces me da por pensar que, socialmente hablando, eso del amor no se tiene aún del todo claro: recuerdo que primero, en el cole, nos hablaban de él como algo distante, lejano, a lo que sólo tenían acceso los príncipes y las princesas que vivían en castillos con hadas y malísimas madrastras. Luego crecimos un poquito, y según cambiábamos el brazo de nuestros padres por el balón de fútbol, los chicos presumíamos de saberlo todo -qué inocentes los doce años- y nos reíamos de las chicas, que empezaban a soñar con casarse y tener hijos de carne y hueso en lugar de sus muñecas, cuando la verdad era que nosotros habíamos cambiado radicalmente de conceptos y únicamente pensábamos a escondidas en tetas y culos muy grandes: al igual que un movimiento artístico siempre destruye el anterior, nosotros habíamos sustituido la cursilería rosa de Walt Disney por lo que suponíamos que era sexo duro, y tuvimos nuestras primeras experiencias en el “amor” a solas.

Y seguimos creciendo, y un mal día descubrimos -unos y otras- que la tonta de la Nuri, a la que siempre hemos tirado del pelo llamándola piojosa, se ha quitado el aparato y ahora tiene una sonrisa preciosa; o que el Juanjo, con lo bruto que es, que siempre ha disfrutado capando gatos, pues como quien no quiere la cosa, ha echado unas buenas espaldas. Y así, de repente, fue cuando sentimos por primera vez ese gusanillo por entre los pulmones que nos deja tontos cuando vemos a “él” o “ella”, según los casos, y medio empezamos a entender qué es eso del pecado del que tanto nos hablaban. Nosotros, ilusos, nos negamos a creer que eso es algo pasajero -válgame el cielo, yo con quince años, que ya tengo granos y todo, que ya soy todo un adulto- y, claro, como es algo que apetece tanto, unos tenían suerte y conseguían sus primeros besitos dulces como preciados trofeos de guerra, y algunos hasta rozaban un culo. Otros lloraban por primera vez, presumiendo de ser más desgraciados que nadie, sin saber ni unos ni otros lo que aún les quedaba en esta vida. Era el turno de las canciones melosas que nos hacen soñar a base de creernos los protagonistas; los padres, a los que les hace gracia que su pequeñín haya crecido -tú no te preocupes, hijo, que como tus padres no te va a querer nadie-; los amigos, que parece que esas historias les resbalan y que son inmunes a todo eso -lo que tienes que hacer es olvidarlo y pensar en tal otra/o, que está bien buena/o-…

Así, con mejor o peor suerte, pasamos la adolescencia según podemos. Y un día que nos paramos y miramos alrededor haciendo recuento de cuanto hemos pasado, vemos a parejitas perfectas que con dieciocho añitos parece que llevan juntos toda la vida, pobres desgraciados que por más que lo intentan no ligan ni a la de tres, deprimidos, ilusionados, presuntuosos, expectantes, pendencieros, cariñosos, egoístas, polígamos secretos, quimeristas, besucones, humillados, cornudos, tímidos, babosos, vencedores y vencidos, embusteros, ignorados, aburridos, soñadores… Y todos ellos enamorados más o menos locamente. Queramos o no, por maravillosas y singulares que parezcan nuestras historias, todas ellas se repiten hasta la eternidad. Y es que, amigos, en esta vida todo está escrito.

Hoy es catorce de febrero, y ante ese día, desde que tengo memoria y seguro que mucho más, los ejércitos de enamorados se reparten en dos bandos bien diferenciados: la novia de un buen amigo mío acaba de telefonearme urgentemente porque le apetece tener un detalle con él, y duda entre unas cuantas cosas, así que le he sugerido que no hay nada mejor que olvidarse por un día de todo y tener una jornada íntima para recordar mejor ese hoyuelo de la barbilla, el brillo de los ojos, cómo suena la palabra “cariño” dicha de cerca… Al colgar, otra amiga -que estaba oyendo la conversación- ha sentado cátedra: “Pues yo hoy no pienso regalar nada. Mi novio sabe que le quiero igual que ayer y que mañana, sin que nadie nos diga cuándo tenemos que decirlo; y, es más, yo me enfadaría mucho con él si decide hacer una ñoñería así.” Y de nada me ha valido decirle eso de que a nadie le amarga un dulce.

Es curioso: si yo de pequeño era amigo de las chicas me llamaban mariquita; pasado el tiempo, si no iba con chicas, me lo volvían a llamar; pero si por culpa de, digamos, Cupido, me apetecía mandar rosas a su casa, me llamaban cursi. Ante lo cual opté por hacer lo que me dio la real gana, sin que nadie me coartara en ningún momento, y si me apetecía mandar un poema robado a la dueña de esos ojos que no me dejaban dormir, pues a ver quién era el machito que me lo iba a prohibir. Y es que no lo entienden. O no quieren entenderlo, que es peor. Parece ser que ahora lo que está de moda es ser autista, una ameba insensible que castre los impulsos primarios del hombre, la necesidad de abrazar y sentirse abrazado.

En una sociedad -zoociedad, que diría Mafalda- como la que nos ha tocado en suerte, en la que los únicos códigos válidos son la competitividad, las prisas, el stress (esa palabra tan de moda), Internet, los teléfonos móviles y facebook, San Valentín debe ser para todos nosotros un recordatorio de que el amor, como la vida y la muerte, son cosas eternas que el paso del tiempo no podrá nunca tirar por tierra, y si ésta es la única forma que tenemos de recordarlo, como si el mundo fuera una agenda, pues bienvenido sea.

Veamos: tenemos un día del padre, de la madre, del niño, del voluntariado especial, del sida, de la paz, de la ecología, del árbol, de la mujer trabajadora, de la Constitución, del Pilar, del Señor, de la Hispanidad -de la raza, que se decía antes-, del no fumador, del Amazonas, de los damnificados, del deporte, de Santa Cecilia, Santo Tomás de Aquino, Santo Domingo de Guzmán y San Bartolomé, de la Comunidad Autónoma que corresponda, de los tetrabriks de leche caducados y de las vendedoras de Avón. ¿Es que no tenemos derecho los enamorados a tener un día, por simbólico y frío que parezca, para reivindicar nuestro derecho a suspirar por las calles?

Relájense. Tómense hoy cinco minutos libres, caramba, y piensen un poco en esa persona que siempre está en cartelera. Después salgan a la calle silbando un bolerito, olviden la idea absurda de que para demostrar amor hay que ir al Corte Inglés, y proclamen a los cuatro vientos que sí, que efectivamente, digan lo que digan, siempre hay alguien ahí por quien seguir adelante. Verán cómo, después de todo, no es tan malo.

(Nota: este texto se publicó hace exactamente 15 años en el Diario de Alcalá. He tenido que cambiar algunas cosas para publicarlo hoy -antes tenía veintiuno, ahora treinta y seis, por ejemplo-, pero me gusta saber que sigo pensando lo mismo: tras todo este tiempo, nada ha cambiado sustancialmente en mi forma de concebir el amor. Y tengo claro que eso se lo debo a mi mujer, pues entre los dos, y a pesar de la distancia, hemos sabido mantener día a día la hoguera de los besos y las miradas traviesas)

Garibaldi

Antes te prefiero volando feliz

que mirando al cielo desde mis manos.

(Soraya Gonzalo)

Era sólo un polluelo. El más hermoso,
pero sólo un polluelo al fin y al cabo
que un buen día, tirado en el asfalto,
fue encontrado por alguien que apreciaba
su porte, su viveza, su plumaje.
Le llevaron a casa, le cuidaron
poniéndole de nombre Garibaldi,
le dieron de comer como a otro hijo
y en poco tiempo fue uno más de ellos
hasta el punto de que un día la madre
reconoció que aquello era un problema:
“¿Qué va a pasar el día que nos deje
para echar a volar? ¡Hagamos algo!”
El padre sólo dijo, imperturbable,
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
y calló, melancólico y seguro
con un deje de orgullo en la mirada.

Tan solo un mes después, una mañana
hubo un gran alboroto en la familia
porque nadie encontraba a Garibaldi.
Los niños, pesimistas y llorones,
dejaron de comer. La pobre madre
dudaba entre acusar a su marido
o darle la razón como a los tontos
cada vez que el buen hombre repetía
“no hay que cortarle las alas a un pájaro.”
Pero ni ella ni nadie conocía
la verdad: hacía sólo algunas horas,
mientras todos dormían, inocentes,
el padre salió al campo con el pájaro
y le dijo, atusándole la cola:
“Echa a volar, que a mí me es imposible.”
Al volver hacia casa miró al cielo
y su orgullo lloró con gran ternura.

Pasó bastante tiempo. El suficiente.
Los niños casi ya no preguntaban
por Garibaldi. Sólo lo añoraban
y pensaban en él con estoicismo
aunque no comprendieran qué era eso,
hasta que un grito trajo la noticia:
“¡Mamá, papá, ha venido Garibaldi!
¡Vamos a hacerle un nido en algún árbol!”
Salieron hacia el patio, escopetados,
y lo vieron llegar, volando raso,
posándose en el hombro de su dueño
que sólo repetía para sí
“no hay que cortarle las alas a un pájaro”
mientras que, satisfecho y orgulloso,
veía en qué se había convertido
aquel polluelo chico pero hermoso:
un gavilán que, bello, inteligente,
valiente, luchador y responsable,
fue el motivo de orgullo de su casa,
fue el mejor gavilán que se haya visto.

Joan Sutherland

Debía yo tener 13 o 14 años, más o menos. Era la época en la que yo suspiraba por las esquinas al salir de clase de francés. Llegaba a casa y me refugiaba en el piano, en las piezas de Mozart que tenía que preparar para clase, y mientras los dedos trastabillaban yo soñaba que aquellas no eran teclas, sino plumas que se convertían en alas dispuestas a llevarme a un sitio lejano y mágico en el que la timidez fuera un grado y la melancolía una virtud. En aquel entonces, Mozart era para mí todo lo que una persona podía desear.

Fue gracias a él, por tanto, que llegué a la fascinación de la ópera, que me cautivó con sus arrebatados encantos pasionales y trágicos. Mientras la música sinfónica me parecía el caballero apuesto, decidido y sentimental en que yo quería convertirme algún día, la ópera fue la mujer madura en cuyos brazos quise descubrir los misterios que creía reservados para los elegidos por su gracia.

(Me costó años comprender que el arte no tiene que ver con una casta divina tocada por la mano de ningún dios, pero prefiero dejar esa historia para otro momento.)

En poco tiempo, y gracias al apoyo, al dinero y a la paciencia de mis padres conseguí hacerme con una colección de ópera bastante aceptable. Era tal mi obsesión que llegué a aprenderme óperas completas que iba cantando por la calle, que llevaba en el walkman, que escuchaba en diferentes versiones a altas horas en Radio 2. En carnavales me disfrazaba de Papageno, escribí poemas sobre personajes de ópera y una obra de teatro en la que aparecía una relación de amor anónima basada en la de los protagonistas de “La flauta mágica”, elegimos a Puccini para que sonara en el momento del beso en nuestra boda, bauticé a mis discos duros externos con nombres de personajes de óperas de Mozart… No miento, pues, si digo que la ópera ha sido y es un elemento importante en mi vida.

El pasado domingo calló para siempre una de las voces más fascinantes del siglo XX: la soprano australiana Joan Sutherland. No voy a detenerme en encontrar adjetivos que describan su voz, ni incluiré datos biográficos que deben ser fácilmente encontrables a un golpe de google. Prefiero dejar claro que ella fue una de las culpables de todo lo que acabo de contar. Sin su Lucia, su Olympia, su Marguerite, su Gilda, su Lakmé, su Turandot… no sabría explicar lo que ha sido mi vida, pues son, sin duda alguna, parte de su banda sonora.

De su inmensa carrera, como podéis imaginar, no es fácil seleccionar una pieza. Yo me he decantado por el aria de Julieta “Je veux vivre…” del Romeo et Juliette de Gounod. Buscad en youtube y encontraréis maravillas. Os lo aseguro. Yo, desde este pequeño blog, escribo estas líneas para darle las gracias de todo corazón, porque nadie (excepto, por supuesto, la Castafiore) supo reírse como ella al verse tan bella en un espejo.

Un camino de aquí al mar

Aún hoy en día, en las tierras de Carewall, todos cuentan aquel viaje. Cada uno a su manera. Todos sin haberlo visto nunca. Pero no importa. Nunca dejarán de contarlo. Para que nadie pueda olvidar lo agradable que sería si, para cada mar que nos espera, hubiese un río para nosotros. Y alguien -un padre, un amor, alguien- capaz de tomamos de la mano y encontrar aquel río -imaginarlo, inventarlo- y posarnos en su corriente, con la levedad de una sola palabra, adiós. Esto, por cierto, sería maravilloso. Sería dulce, la vida, cualquier vida. Y las cosas no harían daño, sino que se acercarían traídas por la corriente, podríamos primero rozarlas y luego tocarlas y sólo por último dejarnos tocar. Dejarnos herir, incluso. Morir por ellas. No importa. Pero todo finalmente sería humano. Sería suficiente la fantasía de alguien -un padre, un amor, alguien. Él sabría inventar un camino, aquí, en medio de este silencio, en esta tierra que no quiere hablar. Camino clemente y hermoso. Un camino desde aquí hasta el mar.

(Alessandro Baricco: Océano mar.)

La chica por la que aprendí francés

Este año ha sido el 25 aniversario del colegio Cristóbal Colón, donde estudié 6º, 7º y 8º de EGB. Entre las muchas actividades programadas, el ejercicio máximo de nostalgia fue hace unas semanas, con una fiesta encuentro de alumnos de estos 25 años. Desde el colegio se pusieron en contacto conmigo por si estaba interesado en echarles una mano con la organización. Como me cuesta poco apuntarme a un bombardeo, allí que me presenté. Lluvia de ideas, planificación, reparto de tareas… Ya había pisado alguna vez el colegio en todo este tiempo, así que la sorpresa no fue tanta. No pasó lo mismo cuando, desde el AMPA (nunca dejarán de hacerme gracia estas siglas), me dejaron acceder a las fichas de antiguos alumnos, en un intento de recordar nombres y apellidos de ex compañeros de clase para procurar localizarlos vía facebook, google o similar. Y allí, entre listas y listas, apareció el nombre de la chica por la que aprendí francés.

Debía ser 1987. Principios de 8º de EGB. Desde el año anterior, o quizás antes, yo no podía dejar de pensar en el azul sonriente de sus ojos. Se llamaba Ana. Ana Isabel, para ser más exactos, pero lo dejaremos en Ana. No me detendré en adjetivos, pues mis recuerdos no son demasiado nítidos. Si a mi timidez compulsiva de entonces le añadimos nuestros irreconciliables gustos musicales (a mí me llamaban Mozarín y ella compraba discos de Europe y Bon Jovi por Discoplay), me será más fácil explicar por qué jamás me atreví a decirle, por ejemplo, que era en ella en quien pensaba mientras practicaba en casa los valses melancólicos de Chopin que tenía que preparar para el Conservatorio. Imagino que sería vox populi en el patio lo pillado que estaba por ella, pero, como digo, nunca se lo dije en voz alta.

Era el principio de 8º, pues, y ese año, por primera vez, se ofreció francés como asignatura extraescolar. Mi padre, que era el presidente del APA, llegó un día a casa diciendo que quizás se tenía que cancelar el curso porque sólo se había matriculado una chica: Ana. Como podéis imaginar, no tardé ni un minuto en decirle que yo me quería apuntar. Creo recordar que utilicé como excusa algo de la música clásica (por aquel entonces yo quería ser director de orquesta), porque no podía desvelarle mis verdaderos motivos: por un lado, yo estaría a solas con ella, aunque fuera con un profesor al lado; por otro, ella no se llevaría el disgusto de que se cancelara el curso. Quién sabe. Quizás ella iba a clase obligada por sus padres y por mi culpa tuvo que ir.

En fin, durante un año, quizás menos, Ana y yo fuimos juntos a clase de francés. Mis recuerdos siguen siendo tan difusos que de hecho ni siquiera le pongo cara al profesor, así que no puedo describir lo felices que fueron aquellos tiempos. Imagino que lo fueron, por supuesto. Pero no quiero mentir en una historia como ésta. No me parece justo añadir algo sólo para hacerlo más literario. Al menos, no en este caso.

Terminó el curso. Acabó el colegio, por tanto, y comenzó el instituto. Ana y yo no fuimos al mismo, y jamás la volví a ver. Pero no se acaba aquí la historia, porque llegó el momento de hacer la matrícula. Y mi padre, que me estaba ayudando a rellenarla, vio la casilla de “Segundo idioma: Francés”, y la marcó. Yo le dije que no, que lo borrara. Que no quería apuntarme. Su respuesta fue algo así como: “Hemos estado un año pagándote esas clases. ¿Qué es eso de que no quieres aprender francés?”

¿Qué podía hacer? ¿Reconocerle que les había mentido durante un año? ¿Reconocerle, además, que su hijo era un cagoncete que no fue capaz en un curso entero de aprovechar la situación para hablar a una chica mirándole a los ojos?

El resultado, por supuesto, fue tomar clases de francés durante tres años. De primero a tercero de BUP. Para más inri, el francés de tercero lo suspendí (me suspendieron, podríamos decir, pero es una larga historia que no merece la pena ser contada aquí), y estuve todo el verano yendo a clases de refuerzo. Llegué a odiarlo como se odia a un enemigo feroz, y me maldije cientos de veces por culpa de esa historia que, con los años, me parecía una tontería de niños bobos.

Aprendí francés, al fin. Terminé el instituto, tras haberme enamorado de otras cuantas compañeras. Comencé a hacer teatro. Dejé el piano. Fui a la facultad. Comencé a trabajar como profesor de teatro. Y llegó el pluriempleo, y conocí a la que hoy es mi mujer, y nos compramos un piso. Para poder pagarlo, durante unos cuantos meses trabajé haciendo visitas guiadas a Alcalá de Henares. Muchas de ellas en francés. Y durante años tuvimos que alquilar una habitación a estudiantes extranjeros que venían a aprender español. Muchos de ellos, franceses. No puedo decir que el francés se convirtiera en mi modo de subsistencia, pero sí que fue una tremenda ayuda en su momento.

No volví a verla, ya lo he dicho. Y pensé que en el encuentro de antiguos alumnos podría hacerlo. Me hacía ilusión, la verdad. No desde un punto de vista sentimental, por supuesto. Me apetecía tan solo verla, saber qué fue de su vida, si volvió a estudiar francés. Contarle esta historia mientras nos reíamos y decirle algo así como je vous remercie, madame. Explicarle que, al igual que Casciari comenzó a ser humorista gracias a Paola, yo aprendí francés por ella. Sin embargo, no acudió al encuentro. O no nos vimos. No sé. La busqué en facebook, en google, ya por curiosidad, pero tampoco hubo suerte.

Esta historia acaba así. De un modo (demasiado) prosaico. Lo siento si esperabais un final más acorde con un blog de poesía. Yo, de hecho, aún no sé por qué llevo semanas queriendo escribir este texto. Quizás para compartir con vosotros mis miserias infantiles. Quizás con la secreta esperanza de que llegue a leerlo. Quizás para demostrarme a mí mismo que, después de tantos años, ya no soy tan cagoncete.

Aunque sé que, una vez publicado, si me la encuentro algún día no seré capaz de mirarle a esos ojos que espero que sigan sonriendo.

Sueña en la calle…

Sueña en la calle con otras nostalgias
que vuelvan como entonces, nauseabundas,
repletas de luciérnagas inertes
que nunca habrán de darte luz ninguna:
olvidas que entre todas las batallas
hay una, quizás dos, poco frecuentes,
y en la noche hay llamadas que se prestan
a comer de tu mano como alondras.

Voy a romper el muro de los muertos
y ver cómo de nuevo se construyen
las calles, las estufas, los dinteles
y los nervios que cierran una mano
en el momento justo de probar la derrota.

Quizás mientan las charcas o los ciervos
y nunca ha habido estampas ni claveles,
quizás es todo esto un simple nido
en que, mudos aún, nos esfumemos.
Has de buscar, no tardes, otros ríos
en que pueda tu afán humedecerse
y teñirse de almíbar a cantar versos frescos,
a pulir los rosales de la noche marchita.

Serán estrellas siempre lo que cuentes;
útil serás a todas, no lo dudes.
Mas piensa en no pensar, vuelve de lado
los ojos a los trinos de la mente,
sacude el polvo a miles de conceptos,
destroza sellos, frases, palcos y palacios,
no vaya a ser que un día te descubras
transformando elefantes en sombreros.

Fantasía

Donde vuelan las hadas sus cometas
y peinan los enanos a los astros.
Donde visten los duendes tornasoles
y llueven, por el día, frutos secos
y moras y luciérnagas y dulces.
Allá donde la muerte baile alegre
y me enseñe, desnuda, a comportarme
como siempre quisieron mis ancestros.
Allá, a lo lejos, siempre sin descanso
cada vez que regrese su recuerdo:
donde pueda olvidarme del ahora
y ella sepa mirarme como entonces.

Amor en la distancia

Dicen todos que menos da una piedra.
Que no me queje tanto, que ya muchos
darían lo que fuera por estar
siquiera tan despiertos como yo.

Y lo que más me jode de la historia
es que tienen razón, estoy seguro;
pero aún así no consigo conformarme
a una dosis diaria de tu voz,
esa voz que me anuda en el sofá
si el móvil pierde toda cobertura,
para ver si el teléfono (ese trasto
que empiezo a aborrecer por traicionero)
se decide a sonar enloquecido
trayéndome tu risa y mi descanso.

Raimundo Oñoro

Raimundo Oñoro es un hombre muy raro. Sus vecinos aún no se han acostumbrado a verle por la escalera. Es relativamente imposible cruzarse con él y no quedarse mirándole fijamente.

Raimundo Oñoro siempre camina mirando al suelo, con las manos metidas en los bolsillos de sus siempre perfectamente planchados pantalones bombachos, y sus pocos amigos ya consideran que es un caso perdido.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es lo que hace a Raimundo Oñoro parecer tan distinto de sus semejantes. La verdad es que Raimundo Oñoro no se considera distinto, pues ni tan siquiera se lo ha planteado nunca: está siempre muy ocupado buscando su felicidad por donde sea.

Y ese es precisamente el problema de Raimundo Oñoro: le obsesiona la felicidad. Siente la obligación de tener que encontrarla.

Raimundo Oñoro estudió desde pequeño en un colegio de moral rígida en el cual fue educado en unas costumbres un tanto extremas.

Raimundo Oñoro conoció el amor y la muerte de casualidad, con poca diferencia de tiempo y en la misma persona, en su pueblo natal, al cual hace cerca de veinte años que no regresa desde el accidente fatídico de aquella mujer, la mujer de su vida.

Raimundo Oñoro siente que nunca ha habido ni habrá una mujer capaz de hacer olvidar a aquella otra, que en el fondo fue un simple romance de verano que nunca hubiera llegado a más, aunque él desconozca esto.

Raimundo Oñoro se acostumbra a la idea de que la vida se acabó con ella y marcha a la capital a trabajar en algo con que ganar un sueldo decente y así refugiarse mejor en su dolor.

Un buen día, Raimundo Oñoro decide comprarse un libro de citas, pues es de la opinión de que los muertos saben más de la vida que nadie y puede aprender de ellos.

Raimundo Oñoro aprende de memoria en ocho meses las doscientas dieciocho páginas clasificadas por temas y decide aumentar su biblioteca adquiriendo más y más libros de citas. Considera que él no es nadie frente a la grandeza de los libros y se confía a ellos.

Raimundo Oñoro descubre una cita de cierto poeta japonés que afirma que la felicidad es el más preciado de los dones que el ser humano puede conseguir. Entusiasmado por la inteligencia de los muertos, Raimundo Oñoro decide de repente que tiene que ser feliz a costa de todo.

Raimundo Oñoro corre a comprar un televisor para ver comedias antiguas, pero tras visionar las obras completas de Laurel y Hardy se da cuenta de que eso no le hace en absoluto feliz.

Raimundo Oñoro lee en otro libro que la felicidad más grande radica en amar y ser amado; decepción de Raimundo Oñoro porque cree que nunca podrá amar.

Raimundo Oñoro sufre una pequeña crisis de personalidad al entrar en conflicto las opiniones de los muertos con la suya propia. Siente que debe amar y ser amado y siente que eso es imposible. Como consecuencia de esa crisis, Raimundo Oñoro enferma y está dos días en cama con gripe.

De repente, animado por la sabiduría de los muertos, Raimundo Oñoro baja las escaleras de su casa a toda velocidad para pedirle matrimonio a su portera, que escandalizada le rompe la escoba en la cabeza.

Raimundo Oñoro no entiende que ningún libro le explique por qué su portera, con la cual jamás había tenido trato alguno, no le ama y le corresponde para ser los dos felices en la eternidad.

Raimundo Oñoro busca a más mujeres cercanas para pedirles matrimonio. Su vecina, la pescadera, dos señoras que vienen de la peluquería en ese momento, una compañera del trabajo y algunas más le ratifican en su sorpresa.

Raimundo Oñoro no entiende que la vida no sea fácil.

Raimundo Oñoro cree que algo debe estar mal, y no deja de buscar libros de citas célebres sobre el amor, ni de pedir matrimonio a las mujeres con las que él cree que podrá ser feliz.

Raimundo Oñoro no se da cuenta de que así nunca podrá alcanzar la felicidad.

Quizás un día Raimundo Oñoro regrese a su pueblo y encuentre la muerte en el mismo sitio que aquella mujer perdida en el recuerdo que una vez le dio un beso de pasión y, viendo cara a cara a la de la guadaña, se crea el muy iluso que, por fin, ha encontrado la felicidad.

Determinación

Si ahora que te marchas de mi lado
vuelvo a sentir aquellas penas viejas,
permíteme regar mis tristes quejas
con el vino dulzón del desenfado.

Te confieso que estoy desorientado
en este gran desierto en que me dejas:
es duro contemplar cómo te alejas
quedándome en un poste encadenado.

Pero no voy a derramar el llanto,
ni hacer falsos alardes de lamento,
ni colgarme la túnica de santo.

Así como lo pienso te lo cuento:
prefiero que disfrutes de tu encanto
a que padezcas tú por lo que siento.