La culpa no era nuestra

Amelia y Victoria van a cumplir tres años y medio a final de mes. Se han convertido en dos charlatanas incorregibles que se pasan el día entero explicando a mamá y a papá todo lo que ven, lo que descubren, lo que imaginan. Ya empiezan incluso a construir sus primeras frases en inglés, su segundo idioma, con el que interactuarán diariamente en el colegio en este país al que llegamos hace casi tres años. Todavía son muy pequeñas para comprender conceptos como emigración, arraigo o nostalgia, pero para ellas sus abuelos son una gente muy graciosa que aparece de vez en cuando en la pantalla del ordenador haciendo monerías. “Mamá, mamá, vamos a ver a los yayos por Skype”, dicen de vez en cuando, y cuando la diferencia horaria nos permite conectarnos sus risas iluminan a la vez dos viviendas alejadas entre sí por un océano tan grande que un avión tarda ocho horas en cruzarlo.

Tras tanto tiempo en Canadá –dos años y ocho meses, exactamente- por fin vamos a tener la ocasión de volver a España, aunque solo será por vacaciones. Será la primera vez que nos reencontremos con tanta gente querida, con aquella luz cotidiana que apenas recordamos, con ese país añorado y algo ingrato donde nacieron Amelia y Victoria y del que tuvimos que emigrar para buscar la salida que no conseguíamos encontrar. Tres de los cuatro abuelos han conseguido saltar el charco al menos una vez para venir a vernos, pero este viernes –apenas puedo creerlo- será la primera vez que pueda abrazar a mi padre en todo este tiempo. El último abrazo nos lo dimos ente lágrimas en la zona de salidas de Barajas y el próximo nos lo daremos en la zona de llegadas, presumiblemente entre lágrimas también.

Una ocasión así, como os podéis imaginar, nos tiene nerviosos a todos. Llevamos semanas hablando con unos y con otros para cuadrar agendas y ver a la máxima cantidad de gente posible. No sé cuántos planes llenos de cocido y croquetas hemos escuchado desde que anunciamos nuestras vacaciones, y este fin de semana pasado nos hemos encerrado en casa a preparar las maletas para no dejarlo para el último minuto. En uno de los descansos que nos tomamos echamos un ojo a las noticias y leímos algo que nos dejó algo tocados: según El Confidencial, Rodrigo Rato recurrió al despacho panameño Mossack Fonseca para borrar el rastro del patrimonio que ocultaba en el exterior. Más de tres millones y medio de euros que necesitaba esconder para que Hacienda no le pillara.

¿Y por qué, os preguntaréis, nos dejó tocados esta noticia? No es que nos pillara de sorpresa, claro que no. Era una cuestión de fechas, básicamente: la primera de las dos sociedades opacas de Rato se cerró el 12 de julio de 2013, poco más de un mes antes de aquella despedida en Barajas. La última transferencia con la que se culminó el tinglado tiene fecha del 11 de febrero de 2014, una semana después de que nos confirmaran que por fin íbamos a tener un apartamento propio tras un año y pico de vivir en España en casa de mis suegros y seis meses viviendo en casa de mi hermano, aquí en Canadá. Dicen que hay noticias que se entienden mejor cuando las lees en conjunto con otras, así que a todos aquellos que no conozcáis nuestras andanzas canadienses os puede interesar leer este texto que publiqué por aquel entonces en este mismo blog una vez que hayáis leído lo de Rato. Quizás al leer ambas cosas comprenderéis un poco mejor los sentimientos mezclados que me pasaron por la cabeza. Que el gran artífice del milagro económico español era un bluf ya lo sabíamos desde hacía un tiempo, pero las fechas ayudan a que todo tenga un poco más de sentido.

Nosotros, por ejemplo, emigramos el 16 de agosto de 2013. El día antes tuiteé esto, cuando –siempre según El Confidencial- el apaño ya estaba más que en marcha.

 

Aunque ya llevábamos pensándolo desde hacía un tiempo, decidimos hacer las maletas cuando se nos acabó la famosa prestación de 425 euros para los que ya no tenían derecho a paro. Todo ello con Amelia y Victoria recién nacidas, y tras dos años seguidos en los que mi esposa estuvo trabajando en el extranjero para dos ministerios españoles. Pero ambos contratos eran de becaria, con lo que no llegó a cotizar nada por ello y, por tanto, con poco podíamos contar cuando debido a la crisis esos ministerios decidieron incluso recortar aquellos puestos. Eran los tiempos del “todos tenemos que apretarnos el cinturón”, del “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Nos hicieron creer que la culpa era nuestra, de los ciudadanos, que éramos unos despilfarradores por querer tener una tele HD. Y es ahora, tres años de mis hijas sin abuelos después, que confirmamos la sospecha de que en esas mismas fechas –en esas mismas fechas, insisto- alguien se lo estaba llevando por debajo de la mesa.

Hablamos de un señor que estuvo ocupado moviendo dinero de un lugar a otro mientras yo esperaba el autobús a -35º para ir a hacer salchichas, y mientras tantos otros como yo –miles, decenas de miles de emigrantes como nosotros- estaban emprendiendo nuevas vidas por causas ajenas. Lo que ninguno de nosotros sabíamos entonces es que esa causa fuera tan cutre, pero estoy seguro de que tanto ellos como los que no pudieron ni siquiera marcharse (y por supuesto también todos aquellos que apretaron los puños mientras veían a los suyos marcharse con solo un billete de ida) habrán sentido estos días un sentimiento agridulce: una cierta satisfacción por que se sepa todo esto pero teñida a su vez por una amargura que ojalá nunca se nos convierta en rencor hacia nadie. Ni siquiera hacia esos patriotas de pega que se dan golpes de pecho con sus pulseritas de España mientras a causa de sus delitos fiscales miles de compatriotas tienen que marcharse fuera.

Pero no quiero que este texto suene a resentimiento. Que odien ellos si quieren. A nosotros, a esos centenares de miles, no nos hace falta porque estamos satisfechos de saber que, pese a todo, pudimos salir adelante mediante nuestro esfuerzo. Tenemos claro que en esta historia nosotros somos los buenos y ellos los delincuentes. En nuestro caso particular, por ejemplo, el vuelo Toronto-Madrid para cuatro personas nos ha salido por un buen pico, pero volaremos con la certeza de que lo hemos pagado con nuestro trabajo. Habrá, imagino, quien lea esto pensando que somos unos ingenuos o unos muertos de hambre y no se me escapa que, mientras tecleo, algún otro gran preboste patrio estará brindando con Moët & Chandon por un nuevo pufo del que quizás nunca llegaremos a saber. Me da igual, nos da igual. Lo único que nos quita el sueño es que alguna de nuestras hijas se despierte con sed en mitad de la noche. Otros, sin embargo, sospecho que no podrán dormir tranquilamente.

En los últimos meses, Amelia y Victoria han empezado a comprender que a veces las personas nos sentimos de formas diferentes. Ya saben que ellas mismas a veces están contentas, a veces tristes, a veces sorprendidas y a veces frustradas. Cada vez que les sucede algo intentan explicárselo a sí mismas mediante alguno de esos estados de ánimo, y su madre y yo estamos haciendo lo posible por ampliarles su abanico de sentimientos con otros nuevos. Es muy posible que durante nuestras vacaciones aprendan unos cuantos. Tendremos que explicarles en el aeropuerto, por ejemplo, que papá y el abuelo no están tristes sino emocionados porque hace casi tres años que cruzamos aquel maldito detector de metales con ellas en brazos y que ahora no paran de saltar y correr de un lado a otro. Y aunque ahora sea un poco pronto para que comprendan conceptos como emigración o nostalgia, son suficientemente inteligentes para apreciar que sus padres regresan a casa con la cabeza bien alta.

4814758w-640x640x80.jpg      (Foto: http://www.que.es)
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El sabor de un falafel

No sé dónde leí hace años que a partir de los cuarenta las interconexiones neuronales ya están tan establecidas que no es posible crear nuevas. El artículo en cuestión concluía que a causa de eso el cerebro humano no es tan moldeable y que por tanto no podemos adaptarnos a los cambios a partir de esa edad. Ya por aquel entonces pensé que aquello era un disparate: yo trabajaba en un centro de educación de adultos dando clase de teatro a un grupo de alumnos de tercera edad y aún guardo como oro en paño algunas anécdotas sobre cómo el ir a clase les había cambiado la vida. Como la de Carmen, aquella mujer que al enviudar había perdió el apetito y diez kilos y estuvo dos meses sin salir de su casa. Alguien –su hija, su yerno, no recuerdo- la convenció para apuntarse a teatro porque otro alguien iba y decía que estaba muy bien. Eso había sido dos años antes de empezar yo a trabajar allí y cuando me lo contaron no me lo podía creer ya que en clase era una mujer tremendamente divertida. Cuando hacía buen tiempo Carmen casi nunca aparecía, provocando el cabreo de sus compañeros que no podían ensayar sus escenas con ella. Un día de lluvia se presentó con un paraguas de colores y la llamé aparte.

– Carmen, necesitamos que vengas a los ensayos – le dije-. ¿Ha sucedido algo para que faltes tanto?

– ¿Qué me va a pasar? Que me he echado un novio y prefiero irme con él al parque a darnos besos que quedarme aquí con estas viejas que están todo el día quejándose.

Las demás, que sabían de lo que estábamos hablando y conocían al susodicho, refunfuñaban delante de mí. Pero cuando Carmen volvió a su asiento la miraron con una sonrisa de complicidad, como deseando que les pusiera al día y acaso con un poquito de envidia.

Han pasado casi veinte años de aquello. Ahora vivo en Toronto, una ciudad multicultural en la que, cuando dos personas se conocen, la primera pregunta suele ser cuál es su país de origen. He escrito unas cuantas entradas en mi blog sobre nuestra experiencia de emigrantes. Sin embargo, ya que ahora estamos instalados en nuestra nueva rutina lo que podamos contar de nosotros en este lado del océano es más carne de muro de Facebook para familia y amigos que otra cosa. No puedo prometer una determinada periodicidad, pero a partir de ahora mis entradas serán acerca de otros. Gente fascinante que he conocido por aquí, cuyas historias me han hecho reflexionar hasta qué punto el ser humano puede adaptarse a una nueva realidad, aunque no siempre sea la deseada.

Hace unos días estuvimos en un restaurante de Oriente medio en el que hacen unos shawarmas buenísimos. Amelia y Victoria estaban tan encantadas comiéndose unos falafel cuando oímos dos mesas más allá una voz que decía en inglés: «¡Hola, hola! ¿Nos veis bien? ¿Seguro que nos veis? ¡Hola!» Era un hombre joven y robusto que miraba su móvil con los ojos húmedos mientras no dejaba de gritar y sonreír. Sentado en su regazo había un chico de unos siete años que miraba el móvil con un gesto tan sorprendido como feliz. El hombre abrazaba al chico con fuerza y ternura al mismo tiempo, como si fuera el tesoro más preciado que uno puede imaginar. Por supuesto que todo hijo es un tesoro, pero ese abrazo era mucho más intenso y dulce que lo que yo jamás había visto en un hombre como aquél. El chico también saludaba a los interlocutores del teléfono: «Hola, soy Henry, ¿tú quién eres?», decía.

Alguien dijo algo al otro lado del teléfono y el hombre robusto se echó a reír. «Esa es tu abuela», le dijo al chico. Este sonrió fascinado y dijo «¿Tú eres mi abuela de verdad? ¡Hola, abuela, soy tu nieto Henry!» El hombre seguía riendo con la boca bien abierta. Abrazó al chico, que no tenía ni posibilidad ni ganas de soltarse y le revolvió el pelo con su mano enorme mientras decía a la pantalla «Sí, mamá, este es tu nieto. ¿Has visto qué grande y qué guapo está?»

Entendí que era un momento suficientemente privado, aunque sus gritos se oyeran en todo el local. También es cierto que apenas había nadie en ese momento. Intenté concentrarme en lo sabrosa que estaba nuestra comida, pero no pude evitar mirar cada vez menos de reojo en cada ocasión en la que el chico o el hombre decían algo a sus interlocutores, mezclando frases en inglés con algunas palabras en árabe. «¿Y tú quién eres has dicho? ¿Mi tío? ¡No sabía que tenía un tío tan joven!», decía el chico, cada vez más involucrado en la conversación con aquellos hasta entonces desconocidos. Y el hombre reía, «Sí es verdad que es muy joven para ser tu tío», decía, ya con lágrimas de ternura mientras abrazaba a su hijo, seguramente sintiendo latir la espalda del pequeño en su pecho.

Durante toda aquella conversación aquel hombre y yo nos miramos unas cuantas veces. Yo sonreía casi avergonzado porque no quería meterme donde no me llamaban. No sé si él se daría cuenta de eso, pero en una de las veces en que nuestras miradas se volvieron a cruzar giró el móvil hacia mí con una sonrisa claramente amiga. En la pantalla había una mujer con la cabeza cubierta por un hiyab. Por supuesto, ni ella sabía quién era ese señor alto de Toronto con barba que tenía frente a ella ni yo tenía idea de qué debía decir. El hombre contento gritó a carcajadas: «Es mi familia de Bagdad. Dígale hola, por favor». Saludé a la señora y ella me respondió en inglés con un acento muy marcado. Victoria –que al igual que su hermana ya ha aprendido el vocabulario de los estados de ánimo- señaló hacia el chico y me dijo «¡Papá, papá, niño contento!».

El hombre me preguntó en inglés qué había dicho la niña. Se lo traduje, y mientras el chico volvía hablar con aquella familia a la que no conocía, el padre le dio un beso en la cabeza -casi podría asegurar que se la olió- y le dijo a Victoria: «Sí, niño contento. Y su papá más contento». Y las dos, Victoria y Amelia, se echaron a reír porque les hace mucha gracia comprender a la gente que habla en inglés.

– ¿Cuántos años tienen? –me preguntó.

– Van a cumplir tres.

– Henry tiene ya siete. Hacía más de cinco años que yo no lo veía –dijo, mientras el chico ponía ahora a su abuela al día sobre su comida favorita y otros de esos datos que tanto les gusta saber a las abuelas de todo el mundo.

No es la primera vez que conocemos aquí a alguien que haya estado años sin ver a un hijo. Soraya y yo le miramos y le sonreímos: sabemos que cuando alguien explica algo tan íntimo a un desconocido es muy posible que lo haga porque necesita hacer las paces con la realidad.

«Llegué de Irak hace unas semanas. Estuve en la cárcel unos años porque, bueno, al gobierno no le gustamos los suníes. La política allí… En fin. Mi mujer se vino a Canadá cuando me detuvieron y se trajo al niño con ella. Mi madre esto de internet no lo entiende bien y Henry nunca había podido hablar con su abuela como ahora. Una vecina tiene un smartphone y gracias a ella estamos hablando. Estaba preocupado porque desde que llegué no había sabido nada de ellos, y en Bagdad ha habido unos cuantos atentados estos días. Ahora mismo debería estar trabajando detrás de la barra, pero esta es la única hora a la que mi madre podía conectarse y el jefe me ha dicho que me tome el tiempo que necesite» Entonces miró a Victoria y añadió: «por eso estoy tan contento. Porque estoy aquí con mi hijo y él está hablando con su abuela por primera vez»

Las dos volvieron a reírse. Ya digo que les hace gracia entender a la gente, y aún son tan pequeñas que no han descubierto que hay cosas que ni siquiera los adultos pueden comprender. Amelia se acercó a él y le dio el falafel que tenía en la mano, que es algo que solo hace con la gente que le cae bien. El hombre le dio las gracias, se lo comió, Amelia se volvió a reír y Victoria se puso a celebrar tanta alegría dando vueltas alrededor de la mesa. Henry seguía a lo suyo, cantándole a su familia su canción favorita.

«Nunca me han gustado mucho los falafel, pero aquí cualquier cosa me sabe a gloria», añadió. «Aquí puedo salir a la calle sin tener miedo, allí no podía ni imaginarlo. Antes nos mataba Sadam, luego nos mataban los americanos y ahora nos mata el gobierno este que tenemos o nos matan los del Estado Islámico. Yo no he conocido otra cosa más que vivir con miedo, pero para Henry estando aquí va a ser distinto. Va a crecer como deberían crecer todos los niños del mundo: sin ver cuerpos despedazados en la calle cada día».

Amelia y Victoria empezaron a decir que querían ir al parque, así que nos despedimos de Henry y de su padre, del que no llegamos a saber el nombre. Un rato después, mientras las veíamos ir cogidas de la mano hacia los columpios, su madre y yo seguíamos pensando en algo a lo que llevamos dando vueltas desde hace meses: nosotros somos emigrantes, sí, y a mucha honra. Estamos saliendo adelante y nos sentimos orgullosos de ello. Pero no tenemos ningún derecho a llamarnos refugiados.

Digo esto no solo porque mucha gente confunde ambos términos, sino porque bastantes veces hemos visto y leído a emigrantes llamarse a sí mismos refugiados o exiliados. Imagino que el motivo es el halo de grandeza poética o yo qué sé qué que desprende la palabra cuando pensamos en la historia reciente de España. Refugiado era Machado cruzando la frontera con su maleta húmeda, o los españoles a los que salvó Neruda cuando fletó el Winnipeg. Pero emigrante era el pobre currito anónimo que se marchaba a Alemania con un hato y dos mudas y  claro, puestos a elegir hoy en día es más resultón compararse con el primero.

Pero no. Los que hemos salido de España a buscarnos las castañas no somos refugiados: somos emigrantes. Nuestra vida no corría peligro en nuestro país, nadie quería encarcelarnos ni estábamos amenazados de muerte. Muchos podríamos incluso habernos quedado y habríamos conseguido tirar para adelante, aunque fuera tras muchas penalidades. Pero nuestro gobierno, por muy mal que lo esté haciendo, no nos persigue para matarnos. En otros países sí sucede esto. En demasiados, de hecho. De ahí que un refugiado necesite ayuda de otro país, y de ahí que los países desarrollados necesiten ponerse de acuerdo para conseguir ayudar a esta gente. Soraya, Amelia, Victoria y yo podríamos volver a España si quisiéramos y ya veríamos cómo nos las apañaríamos. Tal como están las cosas no sería fácil, pero podríamos. El padre de Henry no puede, y como ser humano que es necesita un país que le dé aquello que el suyo le niega.

Aquello fue hace unos días. Desde entonces he encontrado noticias que no sé cómo casar con todo esto. He leído que Rusia está bombardeando Siria y que Estados Unidos ha bombardeado un hospital en Afganistán. He leído que en la ciudad donde me he criado hay un partido con representación en el ayuntamiento que critica las ayudas a los refugiados. Que primero hay que ayudar a los españoles, dicen, y luego, si acaso, a los extranjeros, como si la solidaridad y la cooperación se basaran solo en unas líneas puestas en un mapa. He leído también que en Finlandia unos extremistas vestidos del Ku Kux Klan han agredido a unos refugiados, y que en Hungría se ha legalizado que se les detenga, sabiendo que su único delito ha sido recorrerse miles de kilómetros a pie para encontrar un lugar donde poder dormir sin miedo a que su propio gobierno les mate.

Nunca me gustaron demasiado los falafel. Los encuentro un poco pastosos y algo insípidos. Tras escuchar esas risas y ver esa ternura tan de cerca, sin embargo, los comeré con más frecuencia. No es que ahora me vayan a saber a esperanza y felicidad ni cursilerías de esas. Pero la próxima vez que lea según qué noticias en la prensa sabré qué pedir para quitarme el mal sabor de boca.

Amelia y Victoria de la mano

Las dos caras de la moneda

Para Gloria Montero y Yazmín Páez,

porque sin ellas no sería lo que soy.

 Hace ya año y medio que emigramos a Canadá. Un año y medio lleno de nieve y de autobuses, pero sobre todo de triunfos pequeños y grandes. Estamos muy orgullosos de lo que hemos conseguido en este tiempo, pero también tenemos claro que nadie consigue nada sin ayuda. Por eso, más que contar nuestros logros os quiero hablar hoy de los trabajadores sociales y otras profesiones similares en las que normalmente no reparamos cuando pensamos en el desarrollo y el bienestar de un país y sus habitantes. Hoy, por tanto, os voy a presentar a Gloria y Yazmín, dos mujeres extraordinarias que no se conocen pero que tienen muchas cosas en común a pesar de que las historias que voy a contar de una y de otra están separadas por cuarenta años.

Cuando mi madre llegó a Canadá no sabía lo que le esperaba. Era la década de los sesenta y nada más bajar del avión, con mis dos hermanos aún en pañales, comenzó una experiencia digamos complicada que ya os resumí aquí. Ella, al igual que tantos emigrantes que habrán venido a Canadá en todo este tiempo, contactó con un centro comunitario multicultural de los muchos que hay en este país y que son el verdadero lugar de encuentro para los recién llegados. En uno de estos centros consiguió la ayuda necesaria para, entre otras cosas, que alguien cuidara a los niños mientras ella iba a clase de inglés.

Gloria es una australiana encantadora de ojos oscuros y palabras claras a la que mi madre conoció años después, cuando ya había conseguido sacarse un título universitario y conseguir un trabajo para sacar adelante a mis hermanos. Gloria, por tanto, no fue la asesora de mi madre, pero sí quién más le ayudó a entender quién era y qué quería en esta vida. Además de su trabajo en el Centro para Gente de Habla Hispana, centro que ella misma ayudó a fundar, Gloria también era parte activa del comité antifranquista en Toronto. Gracias a ella mi madre entabló amistad con muchos veteranos de las Brigadas Internacionales, descubrió que existían otros tipos de gobierno además de la dictadura, conoció a la viuda de Allende, leyó por primera vez a Lorca, a Machado y a otros autores prohibidos en España…

Algunos diréis que menuda pajarraca esa tal Gloria e incluso habrá quien deje de leer aquí mismo, encolerizado por haber malgastado su tiempo en leer sobre mi madre, una señora que emigró en los sesenta con una mano atrás y otra delante para terminar siendo una roja de esas que le ponían a sus hijos el nombre del Che Guevara. Pero no es ahí donde quiero llegar. Para lo que os quiero contar, hubiera dado igual que Gloria hubiera encaminado a mi madre hacia la apatía política o hacia la presidencia del club de fans de la División Azul. Y es que aparte de la logística, la burocracia y la nostalgia, todo migrante se enfrenta tarde o temprano a la terrible dicotomía de la identidad. A lo largo de su vida, mi madre había sido hija, huérfana, esposa y madre soltera: categorías todas ellas en función de su madre, su padre, su marido y sus hijos. Pero una vez que consiguió su independencia personal y económica tras evitar tener que regresar a la España de los sesenta y convertirse en la mujer abandonada con niños, ¿quién era realmente ella? ¿A qué aspiraba? ¿Quería regresar alguna vez a España o prefería quedarse para siempre en Canadá? Tuvo que ser Gloria, una australiana en Canadá, quien le mostrara la mitad de España prohibida por la otra mitad. Solo así, abriendo el abanico de posibilidades, podría elegir teniendo toda la información necesaria para ello. Y eligió regresar para luchar por una España mejor tras la muerte de Franco.

toronto-baldwin9(Toronto, 1970. Foto: Charles Dobie)

Gloria vive desde hace décadas en Barcelona y se dedica a su pasión de siempre: la escritura. Como todo aquel que desafía profesionalmente al vértigo del folio en blanco, ella sabe dónde hay una buena historia. Durante años, mientras trabajaba en aquel centro, escuchó muchas que merecían la pena ser contadas. Así que pidió permiso a sus protagonistas y en 1977 publicó «The Immigrants», un buen reflejo de la multiculturalidad que ya se respiraba en Canadá en esa época. Entre las muchas historias que hay en ese libro se encuentra la de mi madre, con lo que en casa teníamos un ejemplar que yo siempre miraba de forma casi reverencial cuando era un niño porque, uy, lo había escrito una amiga. Una amiga nuestra que escribía libros, qué locura. Y nosotros teníamos uno, un objeto casi mágico que, además, estaba escrito en inglés y hablaba de nosotros, de nuestra familia. Incluso era posible que hablara de mí. Me recuerdo de pequeño leyendo ese libro a escondidas con un diccionario para desvelar el misterio de mi familia, como un Génesis enigmático del que un niño no alcanza a comprender ni el idioma ni el contenido ni mucho menos un concepto tan grande como el de tener que emigrar para dar una vida mejor a tus hijos.

Pasaron muchos años y fui yo el que se convirtió en escritor, sobre todo gracias a las clases de don Miguel. Estrené mi primera obra de teatro, estrené mi segunda y otras tantas más. Un día, casi treinta años después de que Gloria publicara su libro, mi amiga Déborah Vukušić me pidió que le escribiera un texto teatral para su proyecto de final de carrera de la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD) de Madrid, donde yo mismo había estudiado unos años antes. El único requisito era que debía ser una obra para cuatro actrices que girara en torno a la emigración. Acepté, claro, porque con un encargo así era ella quien me estaba haciendo un favor.

Y decidí adaptar «The Immigrants». Era la época de la preburbuja en la que España era un país lleno de posibilidades y de gente que decía que los emigrantes venían a llevarse el dinero. Ahora que sabemos que quienes se llevaron el dinero fueron otros, es posible que muchos de esos patriotas de boca grande y corazón pequeño estén trabajando de quién sabe qué en algún país en el que les llaman gallegos o PIGS o bloody spaniards, y ya no les harán tanta gracia esos motes tipo panchito o machupichu. Pero qué más da. El caso es que por aquella época la emigración era un tema a la orden del día porque éramos un país que, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes, presumía de tener migas de pan en la casaca.

En mi caso, la emigración era un tema conocido pero que me tocaba de lado. Mis padres regresaron a España cuando yo tenía dos años, y todo lo que sabía de su vida en Canadá era de oídas, como sucede con cualquier batallita familiar de la que uno se siente orgulloso solo porque a quien te la contó le brillaban los ojos al hacerlo. Aun así, me sentía bastante concienciado sobre el tema como para afrontar un texto así. En la obra, a la que titulé «Lo que dejé por ti», planteé una doble trama con dos mujeres protagonistas: una de ellas me serviría para tratar el drama del desarraigo y la identidad perdida mientras que la otra se enfrentaría a todo tipo de problemas legales y administrativos. Dos caras distintas para hablar de esas dos grandes cruces a las que se enfrenta todo migrante. El libro de Gloria estaba lleno de testimonios sobre ambos aspectos, y fue un placer doloroso bucear en todos ellos para ponerlos en boca de unos personajes que se relacionaran entre ellos sin que el resultado fuera una mera acumulación de historias. En un momento determinado de la obra, por ejemplo, unas cuantas mujeres coincidían en un locutorio para compartir sus penas cuando la protagonista estaba a punto de tirar la toalla y regresar a casa. La dueña del locutorio entonces le respondía con un texto que alguien le dijo a Gloria allá por los años setenta:

Hace tiempo me llamó alguien de inmigración diciéndome que meses antes había llegado un matrimonio de mi país que no hablaba bien el idioma. Me pidieron que fuera a visitarles porque estaban muy deprimidos con lo que habían encontrado. Cuando llegué a su casa, les vi empaquetando sus cosas. Me dijeron que se volvían, que llevaban tres meses aquí y no aguantaban más. Esperad un momento, les dije, os prometo que de aquí a un año vais a tener un trabajo y una casa y un coche. Quedaos un año y prometedme que cuando tengáis el coche me llevaréis a dar una vuelta a la ciudad. Pensaron que estaba loca, pero el case es que se quedaron. Un día, al año siguiente, llamaron a mi puerta y eran ellos. Venían a visitarme con frecuencia, pero ese día no les esperaba. Les dije que entraran. No, no entramos, eres tú la que tiene que salir, me dijeron. Salí con ellos y me enseñaron su coche nuevo. De segunda mano, pero para ellos como nuevo. Sólo habían venido para cumplir su promesa.

La obra se estrenó hace años y funcionó muy bien, aunque fue una pena que Gloria no pudiera verla por cuestiones de agenda. Hace dos años mi gran amiga Iria Márquez la adaptó para volver a representarla con un grupo de alumnos de teatro, y esta vez ni siquiera yo pude asistir porque acababan de nacer mis hijas. Es un texto al que tengo mucho cariño, por supuesto, y que está disponible por si algún productor está leyendo esto y le pica la curiosidad. Aunque solo sea para darle la alegría a Gloria, claro.

Lo+que+dejé+por+ti+010(Imagen del estreno de «Lo que dejé por ti»)

Pero pasó el tiempo y llegó el día en que tuve que decirle a mi madre, igual que ella se lo dijo a mi abuela, que ahora era yo quien tenía que marcharse a hacer las Américas. Aterrizamos en Canadá los cuatro con nuestras maletas y ahí comenzó nuestra aventura. Bastaron unas pocas semanas para comprender que no todo iba a ser tan fácil como pensábamos en un primer momento. Tras muchas vueltas y revueltas alguien me sugirió acudir a uno de esos centros comunitarios multiculturales que, ¡oh, sorpresa!, seguían existiendo tanto tiempo después. Allí llegué con mis papeles y mis preguntas, y allí conocí a Yazmín Páez, una colombiana de gafas pequeñas y sonrisa grande.

Durante las semanas que me ha llevado escribir este texto en el metro que me lleva al trabajo cada día, he reflexionado mucho sobre este año y medio. Además del (imprescindible) apoyo familiar y de los amigos, hay dos o tres personas sin las que nos hubiera sido imposible salir adelante. Y una de ellas es, sin duda alguna, Yazmín. Ella fue la que nos desentrañó los entresijos burocráticos, quien se informó debidamente para ayudarme ya que mi caso era un poco especial. Yazmín me puso en contacto con unos y con otros e incluso nos trajo a casa regalos de Navidad de parte del centro multicultural: pañales, potitos y juguetes para las niñas que nos vinieron más que bien por aquel entonces, cuando aún no teníamos ingresos de ningún tipo. Pero lo más importante es que supo decirme en cada momento lo que yo necesitaba escuchar. A veces yo llegaba a su oficina ilusionado con un proyecto y ella decía que no me esforzara porque eso no me iba a servir para nada. Otras era yo quien no lo veía claro y Yazmín me animaba a seguir porque veía luz al final de ese camino.

Recuerdo una vez en que estuve tentado de bajar la cabeza y comprar el billete de vuelta para los cuatro. Llevábamos meses allí y no había conseguido trabajo porque con casi cuarenta años mi experiencia laboral previa en Canadá era cero. Había empapelado media ciudad con mi currículum, del que había eliminado previamente mis títulos académicos para que no consideraran que estaba sobrecualificado. Recorrí gasolineras, tiendas de ropa, supermercados, bazares chinos, cafeterías, papelerias, restaurantes… En algunos centros comerciales los dependientes ya me conocían y me deseaban buena suerte cuando me veían aparecer. Pero pasaron semanas y nunca conseguí que me llamaran para ninguna entrevista. Me fui a ver a Yazmín más para desahogarme que para pedirle consejo. Y no sé cómo lo hizo, pero el caso es que consiguió animarme prometiéndome que un día iba a encontrar mi sitio. “Este es un país enorme lleno de posibilidades, solo que las posibilidades aún no te han encontrado a ti. Pero créeme, llevo años trabajando en esto y no eres el primero ni el último en sentirse así. Encontrarás tu sitio”.

Poco después empecé a hacer salchichas y otros trabajos a través de una agencia temporal, pero esta historia ya os la he contado antes. Tuvieron que pasar unos meses aun hasta que, gracias a la ayuda de Yazmín, me inscribí en un evento de networking en el que conocí a Minerva, una española tan encantadora como profesional que trabaja en Centennial College, el college más antiguo de Toronto. Le dejé mi CV (o, como lo llaman aquí, resumé) y al cabo de unos días ya estaba trabajando con ella como asistente de admisión de estudiantes internacionales. Unos meses después de llegar a Centennial me ofrecieron cubrir una baja de maternidad de un año, y ahí es donde estoy ahora. Soy el gerente de la oficina de movilidad exterior y me dedico a enviar estudiantes a otros países para que adquieran experiencia internacional. Lo que es la vida, ¿verdad? Yo, que siempre tuve la espinita de no haber estudiado en el extranjero; yo, que tanto he disfrutado siendo un extraño en países en los que he vivido; yo, emigrante hijo de emigrantes, me dedico a convencer a gente de que lo mejor que puede hacer uno es marcharse un tiempo a otro país. El mismo día en que me dieron mi identificación personal lo celebré, por supuesto, bajándome a la cafetería a comerme una salchicha.

Podría acabar aquí poniendo una imagen de mi oficina con su asiento reclinable y sus fotos de lugares exóticos. Sería un final adecuado para esta aventura, claro, aunque no sería el mejor porque, como he dicho al principio, eso es solo lo que se ve desde fuera. Podría también dar un golpe de efecto diciendo que nos compramos un coche e invitamos a Yazmín a dar una vuelta, como hizo aquel inmigrante en el libro de Gloria. Pero tampoco es eso: el seguro de automóvil es aquí carísimo (hasta cuatrocientos dólares al mes para alguien sin experiencia previa como conductor en Canadá), así que hemos preferido mudarnos a un apartamento en Toronto cerca del metro.

Lo que hice, en cambio, fue escribir a Yazmín para decirle que por fin había conseguido trabajo en lo mío, pero sin especificar más. En educación, en un college. Me respondió enseguida diciendo que se alegraba mucho, que le diera más detalles. Y entonces no respondí por escrito, sino que me acerqué a su oficina para darle la noticia en persona. Ella, que lo último que sabía de mí era que trabajaba horas sueltas en una planta de reciclaje desmontando televisiones, se encontró de repente con mi nueva tarjeta de visita y mi flamante título de gerente en ella.

Un momento tan hermoso se describe por sí mismo, así que os ahorraré las palabras innecesarias. Dejadme decir tan solo que no recuerdo haber dicho nunca un muchas gracias que significara tantas cosas.

Estábamos a finales de noviembre, y en el centro multicultural estaban terminando de preparar los regalos de navidad para todos los recién llegados inscritos allí, igual que el año anterior nosotros habíamos recibido los pañales y todo lo demás. Ese año, además, querían añadir algo más en el paquete de regalos: una carta de alguien que, tras vivir esa incertidumbre, hubiera llegado a buen puerto. Alguien que compartiera su testimonio para pasar el testigo del claro que se puede aunque ahora te cueste creerlo. Tanto Yazmín como su jefa, Jimena, pensaron que yo era el candidato ideal para escribir esa carta. Y la escribí, claro. No la incluyo en este post para no extenderme aún más, pero por si acaso os apetece echarle un vistazo la tenéis aquí.

Me gusta escribir y tengo la suerte de haber recibido cierto reconocimiento por ello. Aparte de mis obras teatrales estrenadas he ganado algún que otro premio literario, he publicado dos libros de poesía, colaboro en Jot Down y espero algún día escribir la palabra “Fin” en esta novela que tengo entre manos. En cuanto a mis textos en primera persona, hace años que (man)tengo este blog y no se me escapa que escribir sobre uno mismo es, ante todo, un desahogo autocomplaciente. Mis últimos textos sobre nuestra vida de emigrantes han tenido cierta repercusión en redes sociales y no puedo negar que eso me provoca cierto placer ombliguista (aunque, siendo esto un blog, quizás la palabra adecuada sería ombloguista). He recibido comentarios de ánimo de familia, amigos y, aún mejor, mensajes de agradecimiento de desconocidos que están en situaciones similares o están tentados de hacer la maleta. Con todo, creo que mi mayor satisfacción como escritor sería conocer a alguien dentro de unos meses que me dijera que gracias a ese texto que escribí para Yazmín decidió darse una oportunidad más y que ahora ha encontrado, por fin, su sitio.

Ser escritor, ya digo, me ha proporcionado satisfacciones de todo tipo. No me cabe duda de que la mejor parte ha sido haber conseguido transmitir a mis lectores cualquier tipo de emoción. Qué poco es todo eso, sin embargo si lo comparo con la enorme satisfacción que deben sentir todos aquellos que trabajan duro para ayudar a otros a encontrar su sitio. Y sobre todo, qué poco reconocimiento obtienen por ello. Gente anónima y sencilla cuyo propósito en la vida es hacer que otras personas vivan más dignamente. Qué sería de nosotros si no existieran los maestros, las enfermeras, los bomberos o los trabajadores sociales, por poner solo algunos ejemplos.

Si cada uno de nosotros tiene un lugar al que pertenecer, personas como Gloria o Yazmín son quienes se encargan de buscar el modo de encajar ese puzzle de dos piezas que somos los emigrantes. Y hoy, desde este humilde blog de otro emigrante más, quiero darles las gracias. A ellas y a todos sus compañeros de profesión en el mundo entero. Por su tiempo y su dedicación. Por ayudarnos a encontrar nuestro camino y, sobre todo, por mostrarnos que somos mucho más fuertes de lo que creíamos.

Sin hacerse daño

Para @oh_rus.

 Ya hace un año que llegamos a Canadá. Un año desde que mi mujer y yo nos marchamos de España para dar a Amelia y Victoria un futuro digno. Pero futuro digno es un concepto muy abstracto y nuestra historia es una historia concreta, como la de miles de españoles más que han tenido que emigrar. Así que será mejor decir, por ejemplo, que mi mujer y yo nos marchamos de España para darles a Amelia y Victoria una habitación. Hace ya un año por tanto que escribí este post en el que explicaba nuestra situación, asemejándola a una suerte de condena centenaria demasiado común en la historia reciente de España. Ahora, un año después, echo la vista atrás y no puedo dejar de alegrarme al ver el camino recorrido. Me gusta más mirar hacia delante, claro. Sobre todo en la habitación de Amelia y Victoria, donde ahora están sus juguetes, sus camas y sus peluches.

Siempre sonrío cuando entro en esa habitación, porque es la mejor demostración de que lo estamos haciendo bien y que mi mujer y yo hicimos lo que teníamos que hacer. Y sobre todo sonrío al verlas a ellas, y pienso cómo irán creciendo -ellas, que aún no han cumplido dos años- y ocupando más espacio en esas camas que ahora parecen gigantescas a su lado. Las imagino, por ejemplo, volviendo del colegio y tirando sus mochilas sobre el colchón, o leyendo a deshoras bajo las sábanas o haciendo un castillo de almohadas y cojines. Ninguna de estas imágenes es muy original, claro. Ni falta que hace. Me interesa más ser feliz que ser original, y es en estas pequeñas cosas donde radica la felicidad: en las cosas concretas. Imagino que sabéis a lo que me refiero, pero dejadme que os explique.

Hace un año esas camas eran solo una idea. Sabíamos, por supuesto, que algún día Amelia y Victoria tendrían una habitación para ellas y dormirían en unas camas. También imaginábamos que al menos uno de los dos tendría trabajo para que el otro se encargara de las niñas y que por las noches, cuando estuvieran durmiendo, veríamos nuestra serie favorita. No hay nada de extraordinario en esto, al menos en el primer mundo. Una vida de lo más común la que queríamos, como podéis ver. No hay nada de extraordinario y sin embargo hace un año no nos lo podíamos plantear. Hace un año, digo, esas camas eran una idea. Un concepto abstracto, general. Y ahora están delante de mí. Las puedo tocar, me tumbo en ellas. Y nuestro futuro ahora es un poco más concreto porque en él aparecen esas camas y también el sofá azul en el que vemos The good wife, y el conductor de autobús que cada día me saluda cuando voy al trabajo, y los vecinos que nos invitan a las fiestas de cumpleaños de sus hijos y nuestra cerveza canadiense favorita y los columpios de debajo de casa en los que Amelia y Victoria se ríen juntas cuando una se tira por el tobogán y la otra aplaude. Hace unos meses este país era para nosotros un camino por recorrer y hoy ya es un proyecto de vida en el que las cosas tienen una forma concreta y las personas una cara reconocible.

Lo último que escribí en este blog sobre mi vida laboral es que conseguimos independizarnos gracias a que yo había estaba trabajando en una fábrica de salchichas. Esto fue a través de una empresa de trabajo temporal con la que también hice hamburguesas, carne picada, botellas de plástico para líquido de lentillas, envases de cartón e incluso desmonté televisores en una planta de reciclaje. Fue una etapa de mi vida que siempre recordaré con mucho cariño: Canadá es un país de muchas oportunidades, pero para acceder a ellas necesitas tener experiencia laboral canadiense. Eso obliga en muchas ocasiones a hacer una cura de humildad y aceptar cualquier trabajo que encuentres. Imagino que esa cura de humildad habrá quienes la llevarán mejor y otros peor. En mi caso, como ya os dije, me sirvió para sentirme muy orgulloso de mí mismo.

Pero de eso hace ya unos cuantos meses. Ahora trabajo en el departamento de estudiantes internacionales de Centennial College, en Toronto. El college que mayor cantidad de estudiantes internacionales recibe de todo Canadá. Si alguno de los que estáis leyendo esto os planteáis estudiar en Centennial, es muy posible que paséis por mi mesa en algún momento. Así que estoy de nuevo en un entorno laboral que me gusta, que conozco, en el que me muevo con comodidad y para el que sé que valgo. Además de eso, sigo escribiendo para Jot Down, sigo haciendo traducciones, y tengo entre manos algunos proyectos teatrales y literarios que parece que van a salir adelante.

(Lo que son las cosas: el párrafo anterior es el más corto de los que llevo escritos en este post, y es el que más me hubiera gustado leer hace un año)

En los primeros meses fuera de su país, un emigrante se enfrenta simultáneamente a dos aspectos que tiene que solucionar. Por un lado está el aspecto práctico: el trabajo, la vivienda, las facturas, el móvil, el transporte… Todas aquellas cuestiones necesarias para comenzar una nueva vida y que en nuestro caso ya están bien encarriladas. El otro aspecto es el emocional. Es decir, la asimilación de una nueva cultura y el darse cuenta de que para bien o para mal ya no estás en casa. Nunca se escribirá suficiente sobre este aspecto emocional, ya que cada persona lo vive de distinta forma. Hay quienes a los cinco años siguen deseando regresar y quien a los dos meses ya ni se acuerda de dónde venía. Además, es un proceso que en algunos aspectos es más complejo que el tener cubiertas tus necesidades económicas porque, como digo, se vive de forma individual: conozco parejas bien establecidas aquí en los que uno no ve la hora de marcharse y el otro está encantado de la vida, con lo que no siempre se puede contar con el apoyo de la pareja. Por si acaso alguien lo duda, no es este nuestro caso.

Sea como sea, ese sentimiento agridulce y pendenciero al que llamamos morriña suele cobrar gran protagonismo en la vida del expatriado: como ya escribí en este poema, todos los que nos hemos ido a vivir a otro lugar cargamos siempre con la maldición de echar de menos a alguien. Ahora mismo yo estoy en Canadá y echo de menos a mucha de mi gente en España. Pero si alguna vez logro recuperar una vida laboral estable en España sé que echaré de menos a otras cuantas personas que ahora tengo aquí. Es lo que tenemos las personas: que nos encariñamos de otras personas. Yo me enfrenté a esa maldición por primera vez hace unos años, y ahora puedo sonreír con la seguridad del que sabe que está consiguiendo vencerla.

¿Pero cómo es eso, Filardi? ¿Es que acaso ya no echas de menos a toda esa gente imprescindible en tu vida? Sí, pero no. La echo de menos, por supuesto. Pagaría (casi) cualquier cosa por estar ahora mismo tomándome una caña -o comiéndome unas croquetas- con alguna gente que no necesito mencionar, porque ellos saben quiénes son. Gente que estoy seguro que al leer esta misma frase sentirán que les estoy guiñando un ojo cómplice. A algunas de esas personas, incluso, no las conozco en persona sino que han arraigado en mi corazón gracias a las redes sociales. Pero de eso hablaremos otro día con más calma. Lo que quiero decir ahora es que a todas esas personas las echo de menos, pero en este año he aprendido a asumir que casi nadie es imprescindible. Para bien o para mal, por supuesto, y habida cuenta de que en ese casi solo hay lugar para tres personas que viven en mi casa. Yo me marché de España y mi gente sigue su vida, igual que aquí sigue la mía sin ellos. Es cierto que ya no es la misma vida, pues su ausencia es como un pequeño hoyito donde a veces se queda incrustada la arena de la melancolía y de los recuerdos de aquellos tiempos. Ya no es la misma vida, pero es vida a fin de cuentas. Contamos con la tecnología suficiente para estar en contacto, aunque no siempre se dispone del tiempo ni la entereza suficiente como para ponerse a escribir: hay veces que por fatiga, por rutina o por dejarlo para un mejor momento se aplaza el escribir unas palabras para mantener el contacto, pero también es cierto que una verdadera amistad no se desvanece así como así. Todo esto es un poco como aquel terrible tango de Gardel: “Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando”. Siempre me ha provocado una terrible angustia esa segunda parte de la frase. Y ahora, ay, ya la he comprendido.

Pero no. He dicho ay y no es así. Ay es una palabra reservada a los que sufren, y tengo la suerte de que ese no es el caso. O en todo caso es un ay pequeñito y juguetón. Porque uno es uno y sus circunstancias, y cuando se marcha a otro país cambian las circunstancias. Así que el silogismo está claro: cuando uno se marcha a otro país, uno deja de ser ese yo para convertirse en otro yo distinto. Mi yo está ahora impregnado de una estabilidad laboral que hace años que no tenía, lo que me ayuda a ser el Ernesto más sereno que recuerdo de los últimos años. Especialmente a raíz de este tuit, que es el causante de toda esta parrafada y -aunque suene exagerado- de una buena parte de mi estabilidad en todo esto de lo que estoy hablando.

OhRus

Echar de menos sin hacerse daño. Qué genialidad, ¿verdad? Esa es la clave en todo esto. Ese es el objetivo. Yo no quiero olvidarme de mis amigos ni de mi familia. Claro que no. Me niego a olvidar las cenas multitudinarias de Nochebuena, las gachas de mi suegra, las horas de ensayos o los cafés a deshoras. Pero he asumido la certeza de que es muy posible que no vea crecer a los hijos de mis mejores amigos igual que ellos quizás no verán crecer a mis hijas, o que una de las personas a las que más quiero en este mundo vive en Tokyo y no tengo la más remota idea de cuándo ni dónde volveremos a coincidir. Ya lo veis: escribo estas líneas y no puedo contener las lágrimas al imaginar el abrazo que daré a cualquiera de esas personas cuando pueda volver a verlas.

Pero poco a poco esas lágrimas están dejando de provocarme dolor para convertirse en otra cosa. Ahora son parte de esas nuevas circunstancias en las que me hallo, y por tanto ya son parte de mí. No es ya un dolor, no, sino más bien una pequeña marca que nos caracteriza a los expatriados: aprendemos a llevarnos bien con nuestras nostalgias, igual que otros aprenden a llevarse bien con sus canas, sus estrías, sus lunares o sus manchas de nacimiento. Preferiríamos no tener esas marcas, pero son parte innegable de nosotros.

Y esto es todo lo que puedo contaros, que no es poco. Quizás esperabais otro texto emotivo y melancólico de esos que de vez en cuando me da por escribir, no lo sé. Hoy no traigo nada de eso porque no tengo lágrimas para compartir con vosotros. Solo felicidad. En un año, nuestra vida ha cambiado lo suficiente como para dar gracias por ella: escribo estas líneas en el autobús que me lleva al trabajo, y cuando regrese me iré al parque a encontrarme con mis tres mujeres. Cenaremos allí -al menos mientras dure el buen tiempo-, jugaremos un rato, ellas disfrutarán de los columpios y mi chica y yo con sus risas. Las dos irán diciendo adiós con la manita a los coches y a los aviones de camino a casa, y una vez allí uno las bañará mientras el otro recoge la casa. Se irán a dormir a sus camas y su madre y yo nos tomaremos nuestra cerveza viendo un capítulo más. Después seremos nosotros los que nos iremos a la cama. Pero antes echaremos un último vistazo a la habitación de Amelia y Victoria para verlas dormir, y volveremos a sonreír con la certeza de que lo estamos haciendo bien y que hicimos lo que teníamos que hacer.

Ya lo veis, nada original. Ni falta que hace.

Lago (2)

 

Alguien tiene que hacerlo

Para mi madre.

Cuando hace unas semanas publiqué «Metáforas, realidades y salchichas» no podía imaginar que se convertiría en solo tres días en el texto más visitado de mi blog: casi cinco mil visitas y unas cuantas docenas de mensajes a través del mismo blog, twitter o facebook llenos de apoyo, esperanzas, ilusiones, agradecimiento y mucho cariño. Entre los comentarios se repetía mucho la idea de que mi cambio de vida tiene mucho mérito y es un ejemplo a seguir. Lo cual me halaga, por supuesto. Pero, y esto no es falsa humildad, creo que hago lo que haría cualquier padre en mi lugar: luchar por el pan de mi familia. Es algo que he visto en casa desde pequeño. Especialmente en mi madre, cuya vida no ha sido lo que se dice un jardín de rosas. Permitidme que os hable de ella para explicar mejor lo que quiero decir.

Mi madre quedó huérfana en plena posguerra antes de cumplir los diez años. Aparte de recorrer el camino hacia el altar vestida de negro para recibir la primera comunión, eso le supuso no poder estudiar por mucho que las profesoras dijeran que era una lástima sacar a una chica tan inteligente del colegio. Pero mi abuela trabajaba limpiando suelos y su sueldo no era suficiente para poder mantener a sus dos hijos. Mi madre tardó poco en aprender en la escuela de la vida que Dios aprieta pero no ahoga, pero que cuando aprieta hay que echarse las penas a la espalda, arremangarse y meterse en el fango de tu realidad –sea la que sea- hasta la cintura. Porque alguien tiene que hacerlo.

Así que comenzó a trabajar. Y lo hizo lo mejor posible porque era muy eficiente y consiguió salir adelante más o menos dignamente. Pasó el tiempo, conoció a un chico con el que peló la pava, se casaron, tuvieron un crío y luego otro más. Él trabajaba en la Base Aérea de Torrejón, y de tanto escuchar a sus compañeros hablar de las maravillas de Norteamérica decidió que lo mejor era marcharse a probar suerte. Habló con mi madre y llegaron a la conclusión de que era más práctico que él se marchara primero. Unos meses, decía, para que cuando ya tenga casa puedas venir con los críos. Y así lo hizo. Se marchó a Canadá y unos meses después escribió a mi madre diciendo que todo estaba listo. Que podían comenzar su nueva vida en un país frío pero lleno de oportunidades.

Mi madre se fue a Canadá con una maleta y dos niños que apenas habían aprendido a hablar. Cuando llegó, un 24 de diciembre por la noche, no había nadie en el aeropuerto esperando. Esperó y esperó, pero su marido no aparecía. Como tenía escrito en un papel su número de teléfono, consiguió como pudo algunas monedas y contactar con él. “Ah, ¿ya estás aquí? Se me había olvidado que venías hoy”, fue la respuesta. Un rato después, ya en el coche, él le explicó que estaba viviendo con otra mujer. Que se había enamorado y que quería que vivieran juntos los cinco. Las dos mujeres, los dos críos y él.

No hace falta explicar que esa fue la Nochebuena más triste de mi madre. Cuando llegaron a la casa conoció a la otra mujer, le mostraron la habitación que ellos habían montado para mi madre y los niños y se marcharon a la suya. Han pasado cincuenta años de eso y mi madre todavía recuerda las risas y los gemidos mezclados con su llanto y el de mis hermanos. No podía permitirse el derrumbarse porque tenía dos hijos que la necesitaban. Había que cuidar de ellos y alguien tenía que hacerlo. Pero no sabía cómo porque ni siquiera sabía dónde estaba y, por supuesto, no hablaba ni una palabra de inglés.

Aguantó en esa casa un tiempo hasta que pudo conocer a personas maravillosas (algunas de las cuales siguen todavía en contacto con ella) que le cambiaron la vida para siempre: la ayudaron a salir de allí, a encontrar un hogar, un trabajo para ir tirando, una escuela gratuita de inglés y un divorcio que en España hubiera sido impensable. En ese momento tuvo que afrontar la decisión más trascendente de su vida: una opción era quedarse con dos niños pequeños en un país desconocido, con unos inviernos durísimos y sin más compañía y afecto que la de otros emigrantes que ya iría conociendo. La otra opción era regresar a España: al calor del cobijo familiar, pero al precio de cargar durante toda su vida el estigma de ser, en la España franquista de los años 60, la pobre mujer abandonada con dos críos.

Decidió quedarse, por supuesto. Y puso tanto empeño en sacar a sus hijos adelante que poco tiempo después ya estaba trabajando en un ministerio canadiense a pesar de que entre el trabajo y la escuela de inglés apenas tenía tiempo para cuidar a los niños. Por eso mi abuela decidió vender su casa y se marchó a Canadá con su maleta de cartón y su deseo irrenunciable de ayudar a su hija. Cuando mi madre le preguntó cómo era posible que hubiera vendido la casa que había conseguido pagar tras muchos años limpiando las de otra gente, mi abuela le respondió con sinceridad: mi madre necesitaba ayuda y alguien tenía que hacerlo.

Con el tiempo, la situación fue mejorando. Mi madre conoció a mi padre, peló la pava con él, se casaron y nací yo. Poco tiempo después murió Franco y mis padres decidieron regresar a España, ilusionados con una democracia que nunca habían conocido. Compraron una casa y mi abuela vivió siempre con ellos porque le era imposible a su edad conseguir un trabajo que le permitiera mantenerse por sí misma. Mis padres estuvieron encantados de poder tenerla en casa porque sin su ayuda en Canadá nada habría sido posible. Ahora era mi abuela la que necesitaba que le echaran una mano y, cómo no, alguien tenía que hacerlo.

Mi madre encontró trabajo, qué casualidad, en la misma Base de Torrejón que había sido el origen de su odisea particular. Ahora mismo, si pienso en mi infancia, no recuerdo desayunar con mi madre de lunes a viernes porque se levantaba a las cinco de la mañana para irse a trabajar. No éramos ricos en absoluto, pero mis hermanos y yo tuvimos la suerte de gozar de una vida sin preocupaciones económicas gracias al esfuerzo de nuestros padres. Era mi padre quien se encargaba de las cuentas; años después, cuando se fue de casa, a mi madre se le cayó el mundo encima porque nunca había sabido de legalismos, hipotecas, letras, plazos, préstamos ni tipos de interés. Lo único que tenía claro es que, tantos años después de lo que había sucedido en Canadá, no quería quedarse de nuevo en la calle. Haría lo que fuera necesario para no perder el piso. Mi abuela tenía casi noventa años y tanto mis hermanos como yo vivíamos una situación personal que no nos permitía ayudar tanto como nos hubiera gustado. En este caso fue mi tío, el hermano pequeño de mi madre, quien se encargó de todas las gestiones y papeleos necesarios. Habló con abogados, con notarios, con directores de banco y otra gente de corbatas gris marengo hasta que finalmente consiguió que mi madre pudiera respirar tranquila.

Pasaron varios años y todos pudimos ver las cosas con más perspectiva. Un día, tomando un café con mi tío en su casa, salió el tema y aproveché para darle de nuevo las gracias por todo lo que hizo. Me contestó que fue una gran satisfacción poder ayudarla: hacía muchos años que le acompañaba el remordimiento de no haber podido echar una mano cuando mi madre decidió quedarse en Canadá, y la separación de mis padres fue la posibilidad que permitió a mi tío limpiarse esa sensación de culpa. Mi tío ya estaba mayor y por aquel entonces comenzaba a sentirse cada día más cansado, pero aún me conmueve recordar su gesto tranquilo y satisfecho. La mirada serenamente orgullosa del que sabe que ha hecho lo necesario cuando alguien tiene que hacerlo.

Ese ejemplo que recibí de mi abuela, de mi madre y de mi tío es un rasgo característico del adulto que ahora soy. Hace ocho meses que emigré a Canadá con mi mujer y mis hijas y mi madre ya no tiene claro si odia o ama este país que ahora me acoge, pues es un país que le recuerda unos años que para ella fueron durísimos pero es a la vez el país en el que crecieron sus hijos y ahora crecen sus nietos. Cada vez que hablamos por skype me pregunta si existe la posibilidad de que volvamos a España alguna vez. Yo sé que ella se guarda sus ganas de preguntarme si echo de menos el estar cerca de mi familia y de mis amigos, y ella sabe que yo me muerdo la lengua para responderle que no estoy aquí por gusto sino porque ahora soy yo el que tiene que hacerlo.

 

Esta es la historia de mi madre. Una vida complicada que es parte irrenunciable de la mía y de la que, como tal, me siento orgulloso (si es que puede llamarse orgullo a esa extraña mezcla de admiración y compasión que uno siente hacia las personas queridas que están en paz tras mucho sufrimiento­). Esta es la historia de mi madre, sí. Pero estoy convencido de que, al igual que mi historia es la de muchos de vosotros, la de mi madre es también la de muchas otras madres porque en todas partes cuecen habas y en todas las familias ha habido caricias y lamentos.

Por eso me gustaría que de vez en cuando hiciéramos como los actores de teatro con el director después del estreno: echarnos a un lado en el escenario de nuestra vida para pedir el aplauso para ellas, que nos dieron el pecho, el biberón o la papilla y cuando éramos mayorcitos nos preguntaban si preferíamos pollo o macarrones. Para las que nos limpiaron los pañales y la sangre de la nariz y pasaron noches en vela por nuestros cólicos lactantes, nuestras paperas y nuestras anginas. Para las que nos traspasaron sus temores y sus complejos y para las que se enfrentaron a ellos para que no las viéramos llorar. Para las que se llenaron de hijos, para las que abortaron porque no se veían capaces de hacerse cargo de más, para las que murieron en el parto y para las que no pudieron quedarse embarazadas y entregaron su amor incondicional a gatos y a sobrinos. Para las madres solteras, las que alquilaron su vientre y las inseminadas artificialmente por cuestiones de infertilidad o por ser pareja de otra mujer. Para las que lloraron de alegría al enterarse y para aquellas a las que se les cayó el cielo encima. Para las madres adoptivas y para las que dieron un hijo en adopción. Para las que sufrieron un aborto espontáneo, para aquellas a las que les robaron el hijo en el hospital y para las que alguna vez sufrieron el dolor incalculable de tener en sus brazos un hijo muerto. Para las madres que lo hicieron mejor, para las madres que lo hicieron peor, para las madres que se quedaron en el camino. Para aquellas madres que hoy, cuando sus hijos pronuncian palabras como incertidumbre, paro, ERE, recortes o emigrar se sienten impotentes porque saben que ya no surten efecto ni la sopa calentita ni el cura sana ni la tirita con mercromina ni el vaso de agua por la noche. Y, por supuesto, para las madres que aprietan los puños con fuerza mientras intentan disimular la frustración de ver a su hijo atravesar la puerta de embarque con un billete solo de ida.

Todas esas madres merecen que alguien les dé su eterno agradecimiento. Alguien tiene que hacerlo. Y es justo que seamos nosotros, frutos dulces y sufridos de sus ilusiones y sus desvelos.

Terraza con preciosas

Metáforas, realidades y salchichas

(Nota: Este texto, como todos los de mi blog, puede leerse de forma individual. Pero es muy posible que para comprenderlo en su totalidad necesites leer antes mi texto «El fin de la condena»)

Para @tanirockk, @estefaldina,
@ruben_caviedes y @CondedeGondomar,
que siempre están al otro lado de la pantalla.

Hace seis meses que llegamos a Canadá buscando un futuro mejor para Amelia y Victoria que el que parecía esperarles en España. Seis meses intensos llenos de nuevas experiencias y cosas que aprender: ahora saben pulsar botones para que suene la música en sus juguetes favoritos, estirar los brazos y las piernas para ayudar cuando mamá o papá les ponen la ropa y hasta plantan sus pies en el suelo, comenzando a dar sus primeros pasos sin apoyarse. Soltándose poco a poco de las personas que les ayudan a tenerse en pie.

Esta es la realidad. Pero también es una metáfora de la nueva vida de sus padres.

Es una metáfora porque tras todo este tiempo ya sabemos a qué timbres llamar para conseguir lo que necesitamos, hemos aprendido qué ponernos para sobrevivir a -30º y, lo mejor de todo, nos hemos mudado a un piso en el que Amelia y Victoria no solo tienen un dormitorio sino también una terraza acristalada que hemos convertido en su habitación de jugar.

Durante estos meses hemos estado viviendo en casa de mi hermano y su mujer, cuya generosidad y paciencia infinita son solo comparables a las de mis suegros, que nos alojaron durante algo más de un año, cuando Amelia y Victoria aún no habían nacido. Esto significa que hemos vivido más de año y medio en casa(s) ajena(s), y esos primeros pasos que estamos dando sin ayuda en un país en el que comenzar de nuevo son, como les sucede a ellas, tan complicados como satisfactorios, tan imprecisos como hermosos: nos hemos enfrentado al invierno más duro de los últimos treinta años pero también hemos conocido de primera mano la calidez humana de los canadienses, una gente siempre dispuesta a echar una mano porque saben lo árido que puede ser este país para un recién llegado. Hemos tenido que poner un océano de distancia entre nosotros y nuestros seres queridos, pero hemos encontrado aquí una segunda familia que nos ha hecho comprender el significado profundo de Acción de Gracias. Hemos renunciado a la vida que habíamos construido durante años en España, pero ahora tenemos un proyecto de futuro que allí nos era imposible cumplir.

No hemos empezado de cero porque nunca se empieza desde tan abajo cuando se comienza una nueva vida en otro país: siempre hay un mínimo conocimiento previo de cómo funciona el mercado laboral, y tus habilidades adquiridas previamente (versatilidad, capacidad de realizar varias tareas al mismo tiempo, planificación previa…) siempre te van a acompañar adonde vayas. No hemos empezado de cero, pero sí nos hemos tenido que acostumbrar a no ser nadie durante un tiempo. Oficialmente hablando, claro, pero nadie a fin de cuentas. Eso implica, por ejemplo, que tu experiencia laboral previa no cuenta porque nunca has trabajado aquí y nadie se va a preocupar de llamar a España para preguntar si eres de fiar o no. Por supuesto, eso supone tener que aceptar cualquier trabajo. El que haya, aunque tenemos la suerte de haber llegado a un país en el que trabajo no falta. En mi caso, y aquí abandono el nosotros porque a mi mujer aún no le han concedido permiso de trabajo, estoy ahora en proceso de convalidar mis títulos académicos. Mientras tanto, tengo que quitarlos de mi CV si no quiero que me rechacen cuando pido trabajo en una librería o en una fábrica. Las primeras veces pica un poco, para qué negarlo. Especialmente cuando ves que hay otros a los que les va de maravilla inflando un CV falso. Pero llega un momento en que ves todo con otra perspectiva y comprendes que lo importante es, como dicen aquí, llevar el bacon a casa. ¿Y en qué trabajo entonces? ¿Cómo ha sido posible “independizarnos” en solo unos meses? Muy sencillo: hago salchichas.

Esto no es una metáfora de nada. Es la realidad.

A través de una empresa de trabajo temporal he conseguido trabajo en una fábrica de comida preparada. No solo salchichas, eh. Carne picada, hamburguesas, albóndigas, alitas de pollo con salsa barbacoa… También he trabajado estos meses repartiendo periódicos, trabajando en una cartonera y empaquetando botellas de plástico. Pero a mí me gusta decir que hago salchichas porque es más sonoro y más gráfico a la hora de describir mi nueva vida.

Es posible que al leer esto alguno se burle de mi situación (fíjate qué pringao, que se pone a hacer salchichas con la formación que tiene); o todo lo contrario, sienta algo parecido a la compasión (fíjate qué pena, que tenga que ponerse a hacer salchichas con la formación que tiene) o incluso la indignación (fíjate que por culpa de estos cabrones tenga que ponerse a hacer salchichas, con la formación que tiene). Otros se encogerán de hombros (pues que se ponga a hacer salchichas, tenga la formación que tenga) y, tal como está el cotarro, alguien sentirá algo de envidia (qué suerte tiene, que yo también tengo buena formación y ni siquiera consigo hacer salchichas). Y todos tendríais razón. Cada uno a su manera, claro. Yo, que en estos meses he transitado todos esos estados de ánimo, he llegado a un punto que me gustaría explicaros para compartir con vosotros mi satisfacción.

Hace tiempo escribí un texto en este mismo blog en el que hablaba de lo importante que es cambiar de país para ver el tuyo desde cierta perspectiva. Por aquel entonces yo decía lo siguiente:

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

En aquel momento algo en mí necesitaba irse. Cambiar. Comprender el significado de ese lugar tan común llamado «conocer otras formas de pensar». Así que lo hice. Estuve fuera unos meses. Regresé sin saber que años después tendría que volver a irme por motivos muy distintos para aprenderme de memoria nuevas calles, otro horario de trenes y autobuses e incluso otro olor de otra panadería.

En los últimos seis meses he estado demasiado ocupado buscando trabajo como para empaparme de otros puntos de vista o de otros modos de concebir y explicar la vida, pero han sido suficientes para comprender que no es ninguna vergüenza trabajar haciendo salchichas teniendo un doctorado: la vergüenza es que haya profesores universitarios en España que cobren casi tres veces menos que yo (y sin cotizar) sabiendo que el sueldo mínimo en Canadá no llega al doble. La vergüenza es que mis amigos allí tengan asumido que nunca van a cobrar las horas extra mientras que aquí cuando llega la hora suena un timbre y el jefe me dice sonriendo que muchas gracias y que ya me puedo ir a casa. La vergüenza es que mi mujer no tuviera derecho a asistencia sanitaria cuando estaba embarazada tras años trabajando para varios ministerios, mientras que aquí el gobierno nos concede una ayuda mensual -con la que pagamos la mitad del piso- hasta que Amelia y Victoria cumplan dieciocho años.

Esta es la realidad que nos hemo encontrado, pero también es una metáfora que explica la España salerosa de la que hemos huido.

No estoy diciendo que este sea el mejor país del mundo: aquí tenemos senadores puestos a dedo que cobran sueldos vitalicios y representantes políticos que, ejem, no están a la altura de las circunstancias. Tampoco digo que lo dejéis todo y os vengáis mañana mismo para acá: conseguir los papeles canadienses lleva muchísimo tiempo y aquí son muy estrictos con eso. Lo que quiero decir es que aquí es más fácil crear una familia, y tengo la suerte de hacerlo. Haciendo salchichas o lo que sea.

Pero no quisiera que mis palabras sonaran a despecho, porque este es un texto de amor aunque no lo parezca. De amor incondicional a mi mujer y a mis hijas, que me han ayudado a comprender que ellas –las tres- son lo mejor de mi vida: tengo un currículo bastante decente, hablo varios idiomas y he vivido y trabajado en cinco países. Un espectáculo mío superó las doscientas representaciones, otro fue estrenado en la Casa Museo de Tolstói y por otro fui nominado a un importante premio teatral. He ganado un premio nacional de poesía, he demostrado la autoría de Lope de Vega en una obra que no se consideraba suya desde hacía setenta años y escribo de vez en cuando en una de las más prestigiosas revistas culturales de hoy en día. Conozco cuatro continentes, he hecho submarinismo recorriendo los camarotes de un pecio, he surcado el Mekong, he recorrido la carretera del Pacífico, me he bañado en un río rodeado de elefantes, me he empapado en Iguazú y he estado en la cima de un volcán en erupción. He plantado dos árboles, he publicado dos libros, he montado dos veces en globo y, ya lo sabéis, tengo dos hijas. Aún no he cumplido los cuarenta y puedo decir en voz alta que tengo una vida de la que estoy muy satisfecho. ¿Cómo no estarlo si incluso te tengo ahora a ti, quienquiera que seas, que pudiendo hacer cualquier otra cosa has decidido invertir un rato de tu tiempo leyendo estas líneas?

Pero ya veis: de nada me siento tan orgulloso como de la sonrisa de mi mujer cuando el otro día, al terminar la mudanza, se cerró la puerta y nos quedamos los cuatro en una casa a la que por fin podíamos llamar nuestra.

No pretendo seguir con las salchichas toda la vida: cuando estemos más asentados buscaré otro trabajo. A ser posible relacionado con la educación, porque es con lo que verdaderamente disfruto y en lo que creo que puedo ser más útil. Hasta entonces seguiré haciendo salchichas (o botellas de plástico o cajas de cartón o lo que sea) con la cabeza bien alta. Tuve la suerte de estudiar lo que me gustaba, tuve el privilegio de poder vivir de ello durante años y sé que tendré la fortuna de volver a hacerlo. Pero antes que profesor o escritor soy padre y marido y de ello estoy ejerciendo con notable éxito, ya que solo hemos necesitado unos meses para lograr el objetivo que nos habíamos propuesto. Objetivo que cuando nacieron Amelia y Victoria nos parecía aún más lejano que este país que nos está ayudando a llevarlo a cabo. Solo unos meses ­-quién nos lo iba a decir- para terminar con esa condena, con esa sensación de fracaso centenaria a la que me refería aquí. Estoy convencido de que no soy el único. Que hay miles de titulados que se han marchado fuera y están viviendo dignamente desempeñando otras tareas que aquellas para las que se formaron. Pero otro gallo nos cantaría si cada uno de los responsables de educación y empleo a nivel nacional, autonómico y municipal pudiera compartir sinceramente con nosotros esa sensación de misión cumplida.

Y aquí os dejo, porque se ha quedado muy buena tarde para ir a dar una vuelta. Hoy solo estamos a -8º, con una sensación térmica de -12º. Aunque no lo parezca, es una buena noticia porque eso significa que poco a poco está llegando la primavera. Esa es la gran lección que hemos aprendido en este, a pesar de todo, cálido país: que por muy largo que sea el invierno de nuestro descontento siempre sale el sol.

Esto es una metáfora, por supuesto. Pero también, os lo aseguro, una realidad.

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Acción de Gracias

Para Amparo González,

que sabe que las personas

son bastante más que un porcentaje.

  

Una de las tradiciones más conocidas de Norteamérica es la cena de Acción de Gracias. En Estados Unidos se celebra en noviembre, pero en Canadá es hoy: el segundo lunes de octubre. Muchas familias celebran este día el mismo lunes mientras que otras prefieren celebrarlo el domingo porque el lunes es festivo nacional y así pueden descansar tras el ajetreo de organizar una cena para toda la familia.

Por lo general, todo lo que sabemos en España sobre el día de Acción de Gracias es lo que aparece en las series tipo Friends, donde todo el mundo se reúne y hacen chistes y se ponen nerviosos porque algo puede fallar en el último momento; en el mejor de los casos, conocemos la historia original de los colonos que llegaron al Nuevo Mundo para empezar una nueva vida y los nativos les ofrecieron comida y les ayudaron a adaptarse al frío. Reconozco que yo siempre he sido de los que pensaba que era hipócrita celebrar la bondad de unos nativos que después fueron masacrados por los descendientes de esos colonos. Pero hoy no quiero hablar de historia, ni de política, ni de diferencias culturales. Hoy solo quiero dar las gracias.

“Empezar una nueva vida” es algo que suena muy bien. Lo hemos escuchado mil veces y nos lo hemos jurado otras tantas en nuestros caducos propósitos de año nuevo. Es el típico final feliz, cuando Hugh Grant se da cuenta de sus errores y gracias a la chica se convierte en alguien completamente distinto y suena esa música pop empalagosa que nos hace sonreír porque, oh-la-la, todos sabíamos que en el fondo él quería hacer eso y no se daba cuenta. Ha empezado una nueva vida. Qué suerte. Cómo nos gustaría a cada uno de nosotros comenzar otra vez de cero, tirando por la ventana todo aquello que no nos gusta de nosotros: las manías personales, las rutinas, los “qué hubiera pasado si…”, las facturas, los contratos de permanencia, el camino de vuelta a casa…

Lo que casi nunca nos cuentan es que empezar una nueva vida no es fácil. Los bebés lo saben bien: tienen miedo, incertidumbre, hambre, sueño, sospechas, intuiciones y una vida nueva por construir. Quizás por eso se pasan el día llorando. Nosotros, los adultos, lo vivimos de otra forma pero con el mismo miedo y la misma incertidumbre. Entre otras cosas, porque una nueva vida significa que la anterior ya no vale. Al menos al principio.

Cuando llegas a otro país apenas eres alguien. Tienes que acostumbrarte al idioma, a las costumbres, al clima. A todo lo que te rodea. Pero también –y esto no solemos recordarlo- tienes que acostumbrarte a no ser lo que eras. En un nuevo país no existes. Ni para bien ni para mal. No constas en los registros. No tienes experiencia laboral, tus credenciales académicas no sirven hasta que no las convalides, nadie sabe si eres una persona de fiar o no. Así que tienes que empezar a crearte de nuevo. Empiezas, en efecto, una nueva vida con todas las ilusiones y sueños que te quepan entre pecho y espalda. A fin de cuentas, tienes todas las posibilidades abiertas delante de ti. ¿Cómo no estar contento, a pesar de todas las dudas que te acechan?

Este año he tenido mi primera cena de Acción de Gracias. Una cena deliciosa preparada por mi familia canadiense (familia política, pero familia al fin y al cabo) que me ha hecho entender el significado profundo de esta celebración. Este año nosotros hemos sido los colonos que vienen al Nuevo Mundo para empezar una nueva vida y ellos, los nativos, nos han ofrecido comida y nos están ayudando a adaptarnos al frío, a buscar trabajo y a conseguir que Amelia y Victoria se sientan como en casa. Porque esta, ahora, es nuestra casa. Una vida nueva, un país nuevo, una casa nueva.

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