Acción de Gracias

Para Amparo González,

que sabe que las personas

son bastante más que un porcentaje.

  

Una de las tradiciones más conocidas de Norteamérica es la cena de Acción de Gracias. En Estados Unidos se celebra en noviembre, pero en Canadá es hoy: el segundo lunes de octubre. Muchas familias celebran este día el mismo lunes mientras que otras prefieren celebrarlo el domingo porque el lunes es festivo nacional y así pueden descansar tras el ajetreo de organizar una cena para toda la familia.

Por lo general, todo lo que sabemos en España sobre el día de Acción de Gracias es lo que aparece en las series tipo Friends, donde todo el mundo se reúne y hacen chistes y se ponen nerviosos porque algo puede fallar en el último momento; en el mejor de los casos, conocemos la historia original de los colonos que llegaron al Nuevo Mundo para empezar una nueva vida y los nativos les ofrecieron comida y les ayudaron a adaptarse al frío. Reconozco que yo siempre he sido de los que pensaba que era hipócrita celebrar la bondad de unos nativos que después fueron masacrados por los descendientes de esos colonos. Pero hoy no quiero hablar de historia, ni de política, ni de diferencias culturales. Hoy solo quiero dar las gracias.

“Empezar una nueva vida” es algo que suena muy bien. Lo hemos escuchado mil veces y nos lo hemos jurado otras tantas en nuestros caducos propósitos de año nuevo. Es el típico final feliz, cuando Hugh Grant se da cuenta de sus errores y gracias a la chica se convierte en alguien completamente distinto y suena esa música pop empalagosa que nos hace sonreír porque, oh-la-la, todos sabíamos que en el fondo él quería hacer eso y no se daba cuenta. Ha empezado una nueva vida. Qué suerte. Cómo nos gustaría a cada uno de nosotros comenzar otra vez de cero, tirando por la ventana todo aquello que no nos gusta de nosotros: las manías personales, las rutinas, los “qué hubiera pasado si…”, las facturas, los contratos de permanencia, el camino de vuelta a casa…

Lo que casi nunca nos cuentan es que empezar una nueva vida no es fácil. Los bebés lo saben bien: tienen miedo, incertidumbre, hambre, sueño, sospechas, intuiciones y una vida nueva por construir. Quizás por eso se pasan el día llorando. Nosotros, los adultos, lo vivimos de otra forma pero con el mismo miedo y la misma incertidumbre. Entre otras cosas, porque una nueva vida significa que la anterior ya no vale. Al menos al principio.

Cuando llegas a otro país apenas eres alguien. Tienes que acostumbrarte al idioma, a las costumbres, al clima. A todo lo que te rodea. Pero también –y esto no solemos recordarlo- tienes que acostumbrarte a no ser lo que eras. En un nuevo país no existes. Ni para bien ni para mal. No constas en los registros. No tienes experiencia laboral, tus credenciales académicas no sirven hasta que no las convalides, nadie sabe si eres una persona de fiar o no. Así que tienes que empezar a crearte de nuevo. Empiezas, en efecto, una nueva vida con todas las ilusiones y sueños que te quepan entre pecho y espalda. A fin de cuentas, tienes todas las posibilidades abiertas delante de ti. ¿Cómo no estar contento, a pesar de todas las dudas que te acechan?

Este año he tenido mi primera cena de Acción de Gracias. Una cena deliciosa preparada por mi familia canadiense (familia política, pero familia al fin y al cabo) que me ha hecho entender el significado profundo de esta celebración. Este año nosotros hemos sido los colonos que vienen al Nuevo Mundo para empezar una nueva vida y ellos, los nativos, nos han ofrecido comida y nos están ayudando a adaptarnos al frío, a buscar trabajo y a conseguir que Amelia y Victoria se sientan como en casa. Porque esta, ahora, es nuestra casa. Una vida nueva, un país nuevo, una casa nueva.

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El fin de la condena

Amelia y Victoria aún no han cumplido los diez meses. Son dos hermanas gemelas dulces, tranquilas y sonrientes. Desde hace unas semanas sus manos diminutas pretenden agarrar todo, aunque se frustran cuando no lo consiguen; y ahora que comienzan a gatear, el mundo (su pequeño e inocente mundo) comienza a quedárseles pequeño. Inmersas en un presente continuo, apenas han tenido tiempo todavía para atesorar muchos recuerdos, aunque gracias a sus pequeñas rutinas cotidianas no tienen problema en identificar como suyo todo lo que les rodea. Hay pocas cosas tan tiernas como el verlas acurrucarse contra sus padres cuando tienen sueño, aparte de ver cómo  sonríen cuando presienten que ellos están cerca.

Amelia y Victoria son tan pequeñas que aún no saben que un tatarabuelo suyo fue enviado a luchar a Filipinas para defender el poder colonial de España. En los cuatro años que estuvo allí vio morir a sus compañeros y tuvo que matar a desconocidos cuyo único delito había sido, en origen, pretender que Filipinas tuviera los mismos derechos que cualquier otro territorio español; fue apresado en una emboscada, encarcelado, torturado y condenado a muerte en nombre de un país que jamás se lo agradeció. Mientras esperaba que llegara el día de su ejecución se prometió a sí mismo que no moriría. No fue fácil, pero lo consiguió: escapó, regresó a España -donde todos le daban por muerto-, fue a casa de su novia, la besó delante de todo el pueblo y pidió su mano a sus padres. Tras formar una familia, el resto de su vida lo pasó solicitando una pensión que nunca le fue concedida mientras los gobernantes que habían llevado el país a la ruina se alternaban en el poder en un sistema bipartidista que continúa hoy, más de un siglo después. “En momentos como este”, le decían, “España necesita héroes que sepan dar hasta la última gota de sangre si fuera necesario”. Nunca fue reconocido oficialmente como “héroe”, pero las fiebres tropicales que sufrió en Filipinas le hicieron crónica una enfermedad del hígado de la que terminó muriendo años después.

En plena Guerra Civil, una bisabuela de Amelia y Victoria dio a luz un niño muerto mientras su marido luchaba en el frente. Las únicas palabras que dijeron los facultativos fueron “un rojo menos”. Deseosos de salvar a España de la “amenaza comunista”, dejaron el cadáver del bebé tirado en el suelo del aseo de la habitación. Ella consiguió aguantar varios días sin asearse ni limpiarse los restos de sangre para no tener que ver cómo se pudría lentamente aquel hijo con el que tantos planes había hecho durante el embarazo. Fue en el Hospital Santa Cristina de Madrid, que años después se haría tristemente célebre por los casos de niños robados. La complicación del parto complicó las posibilidades para quedarse embarazada de nuevo. Por eso fue tan grande la alegría cuando años después nació una hermosa niña, abuela de Amelia y Victoria. La carestía durante la guerra les impidió alimentarla debidamente, pero se prometieron a sí mismos que a su hija nunca les faltaría lo necesario. Fue España quien les impidió cumplir su promesa dejando a la niña sin padre: al acabar la guerra, él fue internado en un campo de concentración por haber defendido la democracia. Consiguió el indulto meses después gracias a que durante la contienda ayudó a algunos amigos franquistas a no ser capturados por los leales a la República. A cambio, le ofrecieron que trabajara como carcelero y torturador de los suyos para poder dar de comer a su familia. Nunca llegó a aceptarlo y, tras mucho suplicar, logró un simple trabajo de pintor de brocha gorda que apenas disfrutó porque la tuberculosis que contrajo en el campo de concentración se lo llevó por delante unos meses antes de que su hija hiciera la comunión vestida de luto.

El principal sueño de esa hija (abuela de Amelia y Victoria) fue siempre estudiar. No lo pudo cumplir, pues necesitó trabajar para ayudar a su madre, viuda de un rojo en la posguerra. Con el tiempo, además, se vio obligada a emigrar para buscar un futuro mejor. Ya en su nuevo país conoció al abuelo de Amelia y Victoria: un joven que, huyendo de su destino de capital de provincias (según el cual, si buscaba una formación debía elegir entre falange o seminario), terminó recolectando tabaco. Ninguno de los dos superó nunca el dejar a sus familias en España. Como todos los emigrantes de la historia, tuvieron que escuchar mil veces que volvieran a su país y dejaran de quitar el trabajo a la gente honrada que lo merecía más. Quizás por eso se sentían especialmente satisfechos enviando algo de dinero cada mes: sabían que, gracias a su esfuerzo diario, los suyos podían vivir un poco más desahogados y comprarse una casa decente. En su frío país de acogida descubrieron también que el único modo de gobierno que habían conocido era en realidad una dictadura. Movidos por el sueño de construir una España mejor, ambos participaron activamente en comités de lucha antifranquista. A la muerte del dictador, ambos regresaron. Él militó en un célebre sindicato del que fue expulsado por firmar una circular interna en la que se ponía en duda la necesidad de que el líder nacional tuviera chófer, y en un no menos célebre partido de izquierdas del que fue apartado para dar paso a unas nuevas generaciones que afirmaban en privado que la cultura no era más que un lujo para los burgueses mientras gritaban en público que la cultura nos haría libres.

Algo peor le fueron las cosas a la otra abuela de Amelia y Victoria, hija de familia tan numerosa como pobre, que llegó a compartir habitación con sus padres y sus cinco hermanos. Ocho personas en una mísera habitación sin ningún tipo de ayuda social. Alguno de ellos tenía que dormir en un baúl porque, según dice todavía sonriendo, “creíamos que eso era lo normal”. Pero había que esforzarse por el bien de España, farfullaba el dictador mientras su esposa atesoraba joyas y más joyas. Por su parte, el que años después se convertiría en su marido, abuelo de Amelia y Victoria, jamás pudo ir al colegio porque a los cinco años ya trabajaba como pastor. Ahora que está prejubilado, por fin ha conseguido cumplir su sueño de matricularse en un curso de educación de adultos, aunque los actuales recortes en educación le hacen pensar que tampoco ahora lo podrá cumplir. Hay que apretarse el cinturón, dicen desde arriba, porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Cada vez que escuchan eso recuerdan que ellos no han hecho más que vivir dignamente, sacrificando el ver crecer a sus hijos para poder darles una cama y una mochila escolar en lugar de un baúl y un cayado. Aún así, no dudan que mereció la pena: cada aprobado de los chicos, cada foto de fin de curso, fue para ellos mucho más satisfactorio que el dinero nunca cobrado de tanta hora extra.

Los cuatro abuelos de Amelia y Victoria tienen muchas cosas en común. La principal es que siempre hicieron lo indecible para que sus hijos tuvieran la educación universitaria que ellos no pudieron tener. La mejor formación posible para poder aspirar a un trabajo digno, decían, convencidos de que la consigna iba a cumplirse a base de repetirla. Una consigna en la que sus hijos confiaron ciegamente, y se esforzaron durante años para cumplir con su parte.

El padre de Amelia y Victoria tiene dos carreras y un doctorado. La madre, una carrera y un máster oficial. Ambos hablan varios idiomas y tienen experiencia laboral internacional en puestos de docencia y gestión. Hace años, él perdió el trabajo en cierto ayuntamiento popular días después de pronunciarse públicamente en contra de la guerra de Irak. Hace meses, ella tuvo problemas para conseguir el derecho a la asistencia sanitaria mientras estaba embarazada de Amelia y Victoria. De nada sirvió aportar documentos que demostraban que llevaba años trabajando para varios ministerios difundiendo la Marca España en el extranjero: su contrato era de becaria y, por tanto, llevaba sin cotizar más de cuatro meses. Confiando en el nuevo mensaje lanzado desde arriba, también intentaron hacerse emprendedores. Pero la subida desproporcionada del IVA cultural y la costumbre de la administración de pagar con varios meses de retraso sumieron a su empresa en una situación bastante insostenible. Todo esto les ha obligado a vivir con los padres de ella desde antes del parto en una habitación que comparten con Amelia y Victoria. Una habitación para cuatro en la que no caben dos cunas y una cama de matrimonio. Hay espacio suficiente para que nadie tenga que dormir en un baúl, pero saben que no pueden seguir así: los algo más de cuatrocientos euros del subsidio por desempleo no serían suficientes para volver a emanciparse.

Ahora que Amelia y Victoria ya han crecido lo suficiente, sus padres se marchan con ellas a buscarse la vida en un país que valore un perfil como el suyo. No lo hacen por impulso aventurero ni consideran que lo suyo sea movilidad exterior. No. Ellos tienen muy claro que lo que van a hacer es emigrar. Emigran, sí, porque es la única posibilidad real que tienen hoy por hoy para poder dar a Amelia y Victoria, al menos, una habitación propia dentro de unos meses. No se sienten especialmente desgraciados, pues saben que historias así son tan comunes en España hoy en día que es muy posible, amable lector, que usted o alguien de su familia haya pasado por alguna situación similar. Tampoco sienten que vayan a vivir peor que lo hicieron sus padres, pues ambos han tenido todas las comodidades que ellos ni siquiera pudieron soñar.

No se sienten desgraciados. No. Pero los padres de Amelia y Victoria –al igual que sus abuelos, sus bisabuelos y sus tatarabuelos…- sí están cansados de sentirse fracasados en un país en el que no parece haber lugar para ellos. Porque el fracaso es la peor de las soledades posibles, y ambos han leído lo suficiente para saber que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ninguno de los dos quiere pasarse a pensar si esa estirpe condenada es la suya, la de sus antepasados, o la de miles de españoles anónimos que están abandonando el país con historias similares a las suyas. Ahora, tras más de cien años de fracasos y derrotas personales, ambos emigran con la ilusión de poder librarse, por fin, de esa condena. Les gusta pensar que, en el país que les acoja, Amelia y Victoria podrán tener todas las oportunidades que en este se les están negando.

 

Rompiendo la condena(Foto: Imprav Images)

Bienvenidas

Como un invitado ilustre al que hace tiempo que se espera
aún no habéis llegado y ya sois parte de la casa.
Por eso nos estamos encargando
de que los últimos retoques satisfagan
todas vuestras necesidades, que son muchas.
 
Las normas por aquí son, sin embargo, muy distintas
a aquellas que vosotras conocéis:
los grises son más grises, por ejemplo,
pero la luz es también mucho más intensa, y quema a veces.
Contado así parece complicado,
pero nosotros estaremos sonriendo
en todos los caminos que el azar os proporcione.
Yo, por mi parte, desde ya me comprometo
a que nunca os falte nada que yo pueda conseguir:
cualquier necesidad, cualquier apoyo,
cualquier metro cuadrado de ternura.
 
Tan solo me reservo para mí
un momento imprescindible que jamás me quitarán:
este sol de media tarde iluminando a vuestra madre
que sonríe adormecida con la mano sobre el vientre.
 
Esta imagen, lo lamento, será siempre para mí.
Una imagen de ternura
tan frágil, tan hermosa y tan fugaz
como el mundo al que aún no habéis llegado
y del que pronto seréis protagonistas.