Felicitaciones de Navidad

Para cualquier expatriado, la Navidad es una época del año que no pasa desapercibida. Pasar las fiestas en familia es algo que no todos pueden permitirse, sea por razones económicas, laborales, sanitarias, administrativas o vaya usted a saber por qué. Sea como sea, quienes viven fuera de su país asumen estas fiestas como parte del peaje que se ha de pagar por transitar la carretera del desarraigo. Y no podemos olvidar la tristeza de la familia que se ha quedado en el país de origen: mientras que el expatriado -o inmigrante- suele aprender a (sobre)vivir sin hacerse daño, para la familia la Navidad es un puñadito adicional de impotencia ya que a ellos la ida de su hijo o nieto les fue de algún modo impuesta y no siempre llegan a comprender por qué uno se marcha si en el fondo, ay, cualquier dolor lo es menos con los tuyos cerca.

El caso es que llega esta época y uno se da cuenta del poder terapéutico de las redes sociales. Ya sé que facebook, twitter y demás son también nido de otras muchas cosas menos elogiables, pero yo hoy he venido a hablar de amor y cariño: ojalá mi madre hubiera tenido, cuando emigró hace cincuenta años, las facilidades que tengo hoy en día para comunicarme con unos y otros. En estas semanas me han llegado decenas de mensajes de cariño de parte de gente con la que he tenido la suerte de compartir caricias y lamentos en unas cuantas partes del mundo. Vivo a no sé cuántos miles de kilómetros de donde me crié, pero las benditas redes sociales me han permitido enterarme de que uno de mis mejores amigos está pensando en su posible jubilación y otro ha encontrado trabajo en lo suyo. Ver las fotos de boda en bicicleta de una amiga me ha emocionado casi tanto como saber que alguien muy querido se está recuperando poco a poco de una enfermedad seria.

Algunos dicen que las redes sociales son frías, que son como contenedores de metacrilato en los que metemos nuestras cabezas virtuales de avestruz para no aferrarnos a la vida real, que está esperándonos en la calle con su olor a buenos días y a pan recién horneado. Eso es muy cierto, me temo: yo mismo me he sentido a veces un poco esclavo de la pestaña de menciones y de las actualizaciones de mi muro.

Pero ha sido, ya digo, a veces. Otras cuantas, quizás la mayoría desde que vivo aquí, me ha conmovido el calor humano que hay detrás de esos ciento cuarenta caracteres y de esos estados a los que ponemos un simple “me gusta” porque sería imposible llegar a expresar el agradecimiento que sentimos al comprobar que aquel bolero que decía que la distancia es el olvido mentía como un bellaco. Y es que además de los bits y los algoritmos y las invitaciones para jugar al Candy Crush, las redes sociales están llenas de avatares. Y detrás de los avatares hay gente. Buena gente. Como @juaneckel, por ejemplo, a quien le he robado este tuit para escribir este párrafo. O como @laliliquelee o como @senorcito o como @08181 o tantos otros tuiteros anónimos a los que no tengo el placer de conocer en persona pero cuyos tuits son tan parte inseparable de este año y medio en Canadá como mi experiencia haciendo salchichas.

La distancia no es el olvido, claro que no. Pero, por muy de perogrullo que suene, la distancia siempre es distancia. Y cualquier expatriado sabe que la distancia no se mide en kilómetros ni en millas sino en reuniones de amigos en las que tu silla está vacía. Por eso, porque nos hemos acostumbrado a que ciento cuarenta caracteres o un rato de skype sean el mejor sustituto del tenerse delante y del respirar profundamente durante un abrazo, es necesario recordar cómo hacían nuestros mayores para sosegar esa distancia.

Ayer recibí en mi buzón un sobre que venía desde España. Lo enviaba @tuices, una tuitera a la que he visto ¿dos? ¿tres? veces en mi vida y con la que sin embargo me siento más cercano que con mucha gente con la que he trabajado durante años. La buena de @tuices se había encargado de poner en marcha junto a otros cuantos amigos del tuiter lo que han bautizado como pandillismo postal. Yo les había oído hablar de ello (sería mejor decir les he leído, claro) y no me quedaba muy claro lo que era. Hasta ayer.

El sobre tenía once postales de otros tantos tuiteros amigos. Solo dos de ellos son amigos al uso, de esos con los que he compartido una vida real y por los que sería capaz de hacer [inserte aquí la exageración que le parezca conveniente] si me lo pidieran. A otros cuatro los he visto tantas veces como a @tuices, y a los otros cinco no los conozco en persona. Pero tengo tantas anécdotas de todos ellos que podría escribir los versos más emotivos y ridículos esta noche.

Todos ellos son buena gente de esa que se esconde detrás de un avatar, como lo demuestran sus mensajes de cariño escritos a mano. Con letra urgente, dulce, sonriente. Y todos ellos mandando abrazos y bares desde Madrid, Granada y qué sé yo qué otros sitios. Amigos, sí, que han comprendido mejor que yo mismo que me hacía falta tener en las manos algo que ellos tocaron con sus manos. Un trocito de ellos, aunque sea un trocito en el que han escrito “caca” o dibujado un pene con patas. Y yo ahora intento con estas líneas darles las gracias por esos trocitos, aunque sé que me voy a quedar corto escriba lo que escriba.

Uno sabe que madura cuando comienzan a emocionarle ciertas cosas que siempre pensó que eran para viejos. A mí me pasó la primera vez que lloré viendo “Sonrisas y lágrimas”, una película que odiaba de pequeño, o aquella tarde en que disfruté por primera vez tomando un helado de vainilla y fresa. Por eso ayer maduré un poco cuando descubrí también que las felicitaciones de Navidad de toda la vida (esas que ya nadie manda porque, total, ya está el Internet) son mucho más que una tradición sosa y cursi. Y que los amigos siempre están ahí. En los bares, en las fiestas con sillas vacías, en los algoritmos, en los ciento cuarenta caracteres o en las tarjetas de Navidad.

Ser expatriado significa, literalmente, estar fuera de la patria, que es un concepto muy serio que no tiene que ver con las banderas ni con los pasaportes ni con los topónimos ni con todo eso que te enseñan y te reseñan unos y otros. La patria es donde está la gente querida. Y con gente tan buena, que diría @juaneckel, es imposible sentirse completamente expatriado.

Tarjetas de Navidad Blog

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Los duros de mi abuela

En el arranque de Ana Karenina, Tolstoi escribe que todas las familias felices se parecen pero que cada familia infeliz tiene un motivo distinto para ser desdichada. La frase es muy bonita, sí, pero yo no estoy de acuerdo con ella. Al menos con la primera parte. Porque hay muchos motivos muy distintos para ser felices.

Hoy, once de septiembre de 2014, hace diez años que mi esposa y yo nos casamos. Y para celebrarlo quiero contaros la historia más bonita de mi familia. La que más nos hace sonreír. Hay historias más bellas, más intensas y más memorables que esta que os voy a contar. Pero esta es mi historia y como tal es parte de mí. Y por eso quiero compartirla con vosotros.

La protagonista es mi abuela, de quien ya os hablé cuando escribí sobre mi madre aquí. Era una mujer maravillosa a la que jamás oí hablar mal de nadie, igual que jamás he oído a nadie hablar mal de ella. Era, en el sentido más amplio de la palabra, una persona buena. Le tocó una vida complicada, pero siempre supo sonreír porque alguien tenía que hacerlo; y así lo hizo hasta el fin de sus días, cuando ya tenía 94 años y estaba casi ciega.

Allá por los tiempos de la Segunda República, mi abuela y mi abuelo se dedicaban a pelar la pava. Él era alto y espigado y ella tenía unos ojos tan bonitos que era imposible no quedarse mirándolos. Un día en que ambos estaban dando una vuelta un hombre se quedó mirando a mi abuela quizás más tiempo de lo que se consideraba correcto, y mi abuelo se enfadó y comenzó a pedirle explicaciones a mi abuela. Fue una pelea de enamorados en la que ella le intentó explicar que no había hecho nada. Mi abuelo, que debía ser fino, le respondió que la culpa de que la miraran así era suya por tener ojos de puta. Mi abuela, que nunca en su vida se dejó pisar por nadie, le respondió con una frase antológica:

– Pues vete con tu madre, que los tiene de santa.

Y se marchó, dejando a mi abuelo plantado ahí mismo. Estuvieron un tiempo sin hablarse durante el cual él le pidió perdón varias veces. Cuando a mi abuela se le pasó el cabreo se fueron a dar una vuelta al Retiro para arreglarlo. Y allí mismo, en un banco, hicieron las paces. Mi abuelo se puso cabezón con que quería un beso de reconciliación y finalmente mi abuela se lo dio. Pero con tan mala suerte que un guardia les vio y les puso una multa por escándalo público. Un duro de multa. Cinco pesetazas que en aquella época debía ser una cantidad considerable. Mi abuelo había salido de casa sin dinero y fue mi abuela la que tuvo que pagar la multa. Desde entonces, el duro de multa fue una broma de pareja entre ellos dos.

Pasó el tiempo y se casaron. Tras muchos contratiempos nació mi madre y luego mi tío. Mi abuelo fue detenido tras la guerra, y cuando salió cogió una tuberculosis y murió muy pronto. Mi abuela se quedó viuda antes de los cuarenta años y nunca volvió a besar a otro hombre. Siempre le tuvo en su memoria e hizo lo que pudo por sacar a sus hijos adelante.

Pasó aún más tiempo. Nacieron mis hermanos y mi abuela dejó su casa de España para irse a vivir a Canadá y así ayudar a mi madre cuando se quedó sola con ellos. Entonces llegó mi padre, y llegué yo, y mi abuela se quedó a vivir con nosotros para siempre. Tengo muchos recuerdos de ella, pero uno de mis favoritos es que cada vez -cada vez- que mis hermanos o yo le preguntábamos por nuestro abuelo, al que nunca llegamos a conocer, nos contaba cualquier historia para siempre terminar con la misma frase:

– Tú abuelo muy majo, sí. Pero el duro lo tuve que pagar yo. Que nunca se me ha olvidado.

Y entonces le daba un ataque de risa recordando todo aquello. Esa era su forma de echarse las penas a la espalda: con una risa sincera que provenía de lo más profundo de su dolor.

Pasaron muchos más años y conocí a Soraya, mi esposa. Mi abuela ya tenía noventa y un años y, como dije antes, ya estaba casi ciega. Las dos hicieron muy buenas migas desde el mismo día en que se conocieron. Y cuando los nervios de la presentación familiar se pasaron, Soraya y yo nos dimos un beso. Un simple beso de cariño y complicidad. Y ahí empezó todo:

–   ¡Os he pillado! -gritó mi abuela riéndose- ¡Me debéis un duro!

Soraya no sabía de qué iba la historia, claro. Y se quedó más sorprendida aún cuando yo, siguiendo la broma, saqué un duro del bolsillo y se lo di a mi abuela, que comenzó a mondarse de la risa y se marchó a su habitación murmurando que vaya nieto más salado que tenía. Le expliqué a Soraya la historia y le pareció que en esa familia estábamos todos locos. Pero no debió asustarle demasiado, imagino, ya que hoy estoy aquí hablándoos de nuestro décimo aniversario de boda. Así que el duro se convirtió en una tradición entre mi abuela, Soraya y yo. Cada vez que íbamos a casa de mi madre y nos dábamos un beso, mi abuela aparecía como un ninja silencioso y nos exigía el duro. A veces, incluso, yo le decía:

– Abuela, que no tengo cambio y te tengo que dar una moneda de cinco duros. ¿Qué hago? ¿Me devuelves cuatro o me das permiso para darle cinco besos a Soraya?

Yo siempre le pagaba el duro. Religiosamente. Recuerdo que siempre hacía lo que fuera para tener cambio disponible en la cartera y así mantener la broma. Y así lo hicimos durante años, hasta que mi abuela se fue apagando poco a poco y nos dejó, unos meses antes de que Soraya y yo decidiéramos casarnos. No es que fuera la crónica de una muerte anunciada, pero estando casi centenaria todos sabíamos que nos daría el susto un día u otro. Aún así, fue un mal trago que pasamos como pudimos. Mi madre, por ejemplo, no pudo entrar a su habitación durante meses y yo arrastré durante un tiempo cierto complejo de culpa por no haber pasado más tiempo con aquella mujer tan extraordinaria.

El caso es que unos meses después decidimos casarnos. Quien haya pasado por eso sabe el jaleo que es, así que no será necesario explicar la marabunta de cosas en las que hay que pensar. En nuestro caso, y por razones que no vienen a cuento, necesitábamos casarnos en tres o cuatro meses. Y con un verano de por medio, sabiendo que España es un país que cierra en agosto. Sí, se nos ocurrió esa gracia pero en aquel momento tenía mucho sentido. Así que nos pusimos a pensar en cómo diseñar una boda a nuestra medida.

Digo a nuestra medida porque ni Soraya ni yo queríamos casarnos por la iglesia -yo, de hecho, ni siquiera estoy bautizado- y las bodas en el jugado nos parecían y nos siguen pareciendo demasiado burocráticas para nuestro gusto. Como ambos nos dedicábamos al mundo del arte dramático, decidimos que lo mejor era casarnos en un teatro. Montar nuestra boda como la mejor función que jamás hubiéramos representado. Uno de nuestros mejores amigos fue el maestro de ceremonias y otros cuatro ejercieron de padrinos y madrinas. Todos aquellos que alguna vez habían compartido escenario con nosotros estarían en escena, mientras que aquellos familiares y amigos ajenos a la farándula pasarían al patio de butacas. Por supuesto que esa ceremonia no tenía validez legal, así que dos semanas más tarde fuimos con seis u ocho invitados a cierto pueblo a que el alcalde, amigo de un amigo, nos casara.

Pero la ceremonia buena, a la que asistieron casi trescientas personas, fue la del teatro. Y por eso queríamos prepararla pensando en todos los detalles, prescindiendo de protocolos establecidos porque, total, era nuestra obra y la escribíamos, la dirigíamos y la interpretábamos nosotros mismos. Así que nos quedamos con lo que nos gustaba de las bodas al uso y prescindimos de todo aquello que no iba con nosotros. ¿Lectura de un texto de la Biblia o, en todo caso, de un poema de Benedetti? No. Preferimos pedir a unas cuantas personas importantes en nuestras vidas que escribieran unas líneas contando alguna anécdota graciosa nuestra y que las leyeran durante la ceremonia. ¿Vestido de novia? Pues no lo teníamos pensado, pero un día que Soraya iba con su madre por la calle vieron un vestido precioso en una tienda y no se pudieron contener, así que encontramos un frac a juego para mí y tan contentos. ¿Que el novio no vea a la novia vestida de novia hasta el día de la boda? Sí, eso nos parecía algo romántico. Así que lo dejamos. ¿Las arras? No teníamos ni idea de qué demonios era eso de las arras, pero en la familia de Soraya había unas con cierto valor sentimental así que dijimos que bueno, que las buscaran para poder decidir. ¿Aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre»? En absoluto. Quienes teníamos algo que decir, en todo caso, éramos nosotros, así que eso se quedaba fuera. ¿Banquete con las típicas peleas de con quién siento a Fulanito para que no vea a Menganita? A tomar por saco. Un catering con camareros y todos los invitados de pie en un salón de tres pisos, y el que no quiera verse que no se vea. ¿La música? Ni Mendelssohn ni Wagner. La banda sonora de nuestra vida. Soraya eligió la música con la que yo entraba a escena y yo elegí la suya. Y así con todo. Como toda buena obra, hubo programa de mano, cartel y estrellas invitadas. Lo único que nos faltaba para que todo fuera perfecto era mi abuela, que ya hacía un año que había muerto, y a quien le hubiera encantado estar con nosotros y habría iluminado la ceremonia con sus ocurrencias y su buen humor.

Faltaban unas dos semanas cuando recibimos una llamada de mi madre pidiéndonos que fuéramos a su casa a toda prisa. No sabíamos qué era, pero parecía importante. Cuando llegamos nos dijo, riendo y llorando al mismo tiempo, que estaba muy nerviosa con todo lo de la boda, y que para pensar en otra cosa por fin se había decidido a entrar en la habitación de mi abuela. Llevaba todo el día ordenando y tirando trastos y había encontrado algo en el armario que era para nosotros. Y entonces nos dio una bolsita de tela bordada que yo desde niño había visto en casa. La abrimos, y Soraya y yo no nos podíamos creer lo que había dentro.

Eran nuestros duros. Mi abuela los había ido guardando uno a uno cada vez que nos dábamos un beso. Y ahí estaban, casi cien monedas de casi cien multas. Casi cien besos cómplices que mi abuela no quiso que se perdieran.

Y fue entonces cuando comprendimos que habíamos encontrado las arras ideales para nuestra boda. Dicen que las arras son unas monedas que se entregan como símbolo de la riqueza que se va a compartir. Y mi abuela, que había estado viuda más de la mitad de su vida, nos estaba diciendo desde yo qué sé dónde que no hay mayor riqueza en un matrimonio que los besos impregnados de risas.

Llegó el día de la boda y apenas dos o tres personas sabían la historia. Una de ellas era el maestro de ceremonias al que le pedimos que antes de dar paso a las arras contara la historia por nosotros para que familia y amigos -el público de la mejor obra del mundo- pudieran disfrutar de un momento tan especial. Y así lo hizo, y se produjo uno de los momentos más hermosos que recuerdo de mi vida. Porque todos los asistentes se pusieron a aplaudir para, de algún modo, agradecerle a mi abuela una lección tan especial.

Así era ella. Genio y figura hasta la sepultura y más allá.

Así que Soraya y yo nos hicimos entrega mutua de aquellos duros tan especiales ante la emoción compartida de nuestras personas más queridas. Y como aquella era nuestra obra y la podíamos representar como quisiéramos, también cambiamos el texto típico de esa escena: mirándonos el uno al otro nos ofrecimos esas monedas en nombre de los besos que íbamos a compartir.

Hoy hace diez años de eso y puedo asegurar que cada día hemos tenido en cuenta la lección de los duros. Ha habido momentos más complicados que otros, por supuesto, pero no hemos olvidado llenar nuestra vida de besos y risas. Cuando hace un año nos vinimos a vivir a Canadá pensamos que era mejor no traernos aquellos duros hasta que no estuviéramos bien asentados. Por nada del mundo queríamos que se perdieran en alguna mudanza o alguna cosa así. Pero ahora que hemos encontrado una casa tan especial aprovecharemos que los padres de Soraya vienen en unas semanas a visitarnos para pedirles que nos traigan la bolsa bordada con los casi cien duros de mi abuela. Porque ya que no sabemos dónde van los besos que no se dan, al menos tener la certeza de que los besos que sí nos dimos -y los que nos quedan por darnos- nos acompañarán para siempre.

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(Actualización: tal como explica el texto, a los pocos meses los padres de Soraya vinieron a visitarnos y trajeron consigo los duros, que llevan desde entonces con nosotros)

 

 

Metáforas, realidades y salchichas

(Nota: Este texto, como todos los de mi blog, puede leerse de forma individual. Pero es muy posible que para comprenderlo en su totalidad necesites leer antes mi texto «El fin de la condena»)

Para @tanirockk, @estefaldina,
@ruben_caviedes y @CondedeGondomar,
que siempre están al otro lado de la pantalla.

Hace seis meses que llegamos a Canadá buscando un futuro mejor para Amelia y Victoria que el que parecía esperarles en España. Seis meses intensos llenos de nuevas experiencias y cosas que aprender: ahora saben pulsar botones para que suene la música en sus juguetes favoritos, estirar los brazos y las piernas para ayudar cuando mamá o papá les ponen la ropa y hasta plantan sus pies en el suelo, comenzando a dar sus primeros pasos sin apoyarse. Soltándose poco a poco de las personas que les ayudan a tenerse en pie.

Esta es la realidad. Pero también es una metáfora de la nueva vida de sus padres.

Es una metáfora porque tras todo este tiempo ya sabemos a qué timbres llamar para conseguir lo que necesitamos, hemos aprendido qué ponernos para sobrevivir a -30º y, lo mejor de todo, nos hemos mudado a un piso en el que Amelia y Victoria no solo tienen un dormitorio sino también una terraza acristalada que hemos convertido en su habitación de jugar.

Durante estos meses hemos estado viviendo en casa de mi hermano y su mujer, cuya generosidad y paciencia infinita son solo comparables a las de mis suegros, que nos alojaron durante algo más de un año, cuando Amelia y Victoria aún no habían nacido. Esto significa que hemos vivido más de año y medio en casa(s) ajena(s), y esos primeros pasos que estamos dando sin ayuda en un país en el que comenzar de nuevo son, como les sucede a ellas, tan complicados como satisfactorios, tan imprecisos como hermosos: nos hemos enfrentado al invierno más duro de los últimos treinta años pero también hemos conocido de primera mano la calidez humana de los canadienses, una gente siempre dispuesta a echar una mano porque saben lo árido que puede ser este país para un recién llegado. Hemos tenido que poner un océano de distancia entre nosotros y nuestros seres queridos, pero hemos encontrado aquí una segunda familia que nos ha hecho comprender el significado profundo de Acción de Gracias. Hemos renunciado a la vida que habíamos construido durante años en España, pero ahora tenemos un proyecto de futuro que allí nos era imposible cumplir.

No hemos empezado de cero porque nunca se empieza desde tan abajo cuando se comienza una nueva vida en otro país: siempre hay un mínimo conocimiento previo de cómo funciona el mercado laboral, y tus habilidades adquiridas previamente (versatilidad, capacidad de realizar varias tareas al mismo tiempo, planificación previa…) siempre te van a acompañar adonde vayas. No hemos empezado de cero, pero sí nos hemos tenido que acostumbrar a no ser nadie durante un tiempo. Oficialmente hablando, claro, pero nadie a fin de cuentas. Eso implica, por ejemplo, que tu experiencia laboral previa no cuenta porque nunca has trabajado aquí y nadie se va a preocupar de llamar a España para preguntar si eres de fiar o no. Por supuesto, eso supone tener que aceptar cualquier trabajo. El que haya, aunque tenemos la suerte de haber llegado a un país en el que trabajo no falta. En mi caso, y aquí abandono el nosotros porque a mi mujer aún no le han concedido permiso de trabajo, estoy ahora en proceso de convalidar mis títulos académicos. Mientras tanto, tengo que quitarlos de mi CV si no quiero que me rechacen cuando pido trabajo en una librería o en una fábrica. Las primeras veces pica un poco, para qué negarlo. Especialmente cuando ves que hay otros a los que les va de maravilla inflando un CV falso. Pero llega un momento en que ves todo con otra perspectiva y comprendes que lo importante es, como dicen aquí, llevar el bacon a casa. ¿Y en qué trabajo entonces? ¿Cómo ha sido posible “independizarnos” en solo unos meses? Muy sencillo: hago salchichas.

Esto no es una metáfora de nada. Es la realidad.

A través de una empresa de trabajo temporal he conseguido trabajo en una fábrica de comida preparada. No solo salchichas, eh. Carne picada, hamburguesas, albóndigas, alitas de pollo con salsa barbacoa… También he trabajado estos meses repartiendo periódicos, trabajando en una cartonera y empaquetando botellas de plástico. Pero a mí me gusta decir que hago salchichas porque es más sonoro y más gráfico a la hora de describir mi nueva vida.

Es posible que al leer esto alguno se burle de mi situación (fíjate qué pringao, que se pone a hacer salchichas con la formación que tiene); o todo lo contrario, sienta algo parecido a la compasión (fíjate qué pena, que tenga que ponerse a hacer salchichas con la formación que tiene) o incluso la indignación (fíjate que por culpa de estos cabrones tenga que ponerse a hacer salchichas, con la formación que tiene). Otros se encogerán de hombros (pues que se ponga a hacer salchichas, tenga la formación que tenga) y, tal como está el cotarro, alguien sentirá algo de envidia (qué suerte tiene, que yo también tengo buena formación y ni siquiera consigo hacer salchichas). Y todos tendríais razón. Cada uno a su manera, claro. Yo, que en estos meses he transitado todos esos estados de ánimo, he llegado a un punto que me gustaría explicaros para compartir con vosotros mi satisfacción.

Hace tiempo escribí un texto en este mismo blog en el que hablaba de lo importante que es cambiar de país para ver el tuyo desde cierta perspectiva. Por aquel entonces yo decía lo siguiente:

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

En aquel momento algo en mí necesitaba irse. Cambiar. Comprender el significado de ese lugar tan común llamado «conocer otras formas de pensar». Así que lo hice. Estuve fuera unos meses. Regresé sin saber que años después tendría que volver a irme por motivos muy distintos para aprenderme de memoria nuevas calles, otro horario de trenes y autobuses e incluso otro olor de otra panadería.

En los últimos seis meses he estado demasiado ocupado buscando trabajo como para empaparme de otros puntos de vista o de otros modos de concebir y explicar la vida, pero han sido suficientes para comprender que no es ninguna vergüenza trabajar haciendo salchichas teniendo un doctorado: la vergüenza es que haya profesores universitarios en España que cobren casi tres veces menos que yo (y sin cotizar) sabiendo que el sueldo mínimo en Canadá no llega al doble. La vergüenza es que mis amigos allí tengan asumido que nunca van a cobrar las horas extra mientras que aquí cuando llega la hora suena un timbre y el jefe me dice sonriendo que muchas gracias y que ya me puedo ir a casa. La vergüenza es que mi mujer no tuviera derecho a asistencia sanitaria cuando estaba embarazada tras años trabajando para varios ministerios, mientras que aquí el gobierno nos concede una ayuda mensual -con la que pagamos la mitad del piso- hasta que Amelia y Victoria cumplan dieciocho años.

Esta es la realidad que nos hemo encontrado, pero también es una metáfora que explica la España salerosa de la que hemos huido.

No estoy diciendo que este sea el mejor país del mundo: aquí tenemos senadores puestos a dedo que cobran sueldos vitalicios y representantes políticos que, ejem, no están a la altura de las circunstancias. Tampoco digo que lo dejéis todo y os vengáis mañana mismo para acá: conseguir los papeles canadienses lleva muchísimo tiempo y aquí son muy estrictos con eso. Lo que quiero decir es que aquí es más fácil crear una familia, y tengo la suerte de hacerlo. Haciendo salchichas o lo que sea.

Pero no quisiera que mis palabras sonaran a despecho, porque este es un texto de amor aunque no lo parezca. De amor incondicional a mi mujer y a mis hijas, que me han ayudado a comprender que ellas –las tres- son lo mejor de mi vida: tengo un currículo bastante decente, hablo varios idiomas y he vivido y trabajado en cinco países. Un espectáculo mío superó las doscientas representaciones, otro fue estrenado en la Casa Museo de Tolstói y por otro fui nominado a un importante premio teatral. He ganado un premio nacional de poesía, he demostrado la autoría de Lope de Vega en una obra que no se consideraba suya desde hacía setenta años y escribo de vez en cuando en una de las más prestigiosas revistas culturales de hoy en día. Conozco cuatro continentes, he hecho submarinismo recorriendo los camarotes de un pecio, he surcado el Mekong, he recorrido la carretera del Pacífico, me he bañado en un río rodeado de elefantes, me he empapado en Iguazú y he estado en la cima de un volcán en erupción. He plantado dos árboles, he publicado dos libros, he montado dos veces en globo y, ya lo sabéis, tengo dos hijas. Aún no he cumplido los cuarenta y puedo decir en voz alta que tengo una vida de la que estoy muy satisfecho. ¿Cómo no estarlo si incluso te tengo ahora a ti, quienquiera que seas, que pudiendo hacer cualquier otra cosa has decidido invertir un rato de tu tiempo leyendo estas líneas?

Pero ya veis: de nada me siento tan orgulloso como de la sonrisa de mi mujer cuando el otro día, al terminar la mudanza, se cerró la puerta y nos quedamos los cuatro en una casa a la que por fin podíamos llamar nuestra.

No pretendo seguir con las salchichas toda la vida: cuando estemos más asentados buscaré otro trabajo. A ser posible relacionado con la educación, porque es con lo que verdaderamente disfruto y en lo que creo que puedo ser más útil. Hasta entonces seguiré haciendo salchichas (o botellas de plástico o cajas de cartón o lo que sea) con la cabeza bien alta. Tuve la suerte de estudiar lo que me gustaba, tuve el privilegio de poder vivir de ello durante años y sé que tendré la fortuna de volver a hacerlo. Pero antes que profesor o escritor soy padre y marido y de ello estoy ejerciendo con notable éxito, ya que solo hemos necesitado unos meses para lograr el objetivo que nos habíamos propuesto. Objetivo que cuando nacieron Amelia y Victoria nos parecía aún más lejano que este país que nos está ayudando a llevarlo a cabo. Solo unos meses ­-quién nos lo iba a decir- para terminar con esa condena, con esa sensación de fracaso centenaria a la que me refería aquí. Estoy convencido de que no soy el único. Que hay miles de titulados que se han marchado fuera y están viviendo dignamente desempeñando otras tareas que aquellas para las que se formaron. Pero otro gallo nos cantaría si cada uno de los responsables de educación y empleo a nivel nacional, autonómico y municipal pudiera compartir sinceramente con nosotros esa sensación de misión cumplida.

Y aquí os dejo, porque se ha quedado muy buena tarde para ir a dar una vuelta. Hoy solo estamos a -8º, con una sensación térmica de -12º. Aunque no lo parezca, es una buena noticia porque eso significa que poco a poco está llegando la primavera. Esa es la gran lección que hemos aprendido en este, a pesar de todo, cálido país: que por muy largo que sea el invierno de nuestro descontento siempre sale el sol.

Esto es una metáfora, por supuesto. Pero también, os lo aseguro, una realidad.

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El profesor que aprendió de sus alumnos

Para todos mis alumnos del Instituto Franklin,

y muy especialmente para Olympia Santana.

Llevo varios años dedicándome a la enseñanza. Se trata de una de las profesiones más hermosas que existen, por mucho que ahora esté de moda desprestigiarla. No existe sociedad alguna en la que no exista la figura del profesor; esa persona que, tras gozar del privilegio de haber adquirido un conocimiento, se encarga de transmitirlo a otros. 

Lo diré de otro modo: la educación es uno de los fundamentos básicos de cualquier sociedad, en tanto que éstas se caracterizan por unas reglas, una lengua y unos modelos de comportamiento determinados que han de ser transmitidos a los más jóvenes. Esta transmisión es la base de la educación. De ahí que en todo país civilizado la figura del profesor sea una figura respetada y valorada. 

Un maestro, no lo olvidemos, es quien hace que nuestros hijos sean mejores personas.

Además de enseñar, y sea cual sea la materia y el nivel educativo en el que trabajemos, todos los docentes sabemos que nuestros alumnos pueden sorprendernos en cualquier momento con una frase, una reflexión, un comentario cualquiera. Una chispa de conocimiento, podríamos decir, que prende en nosotros. Porque el saber no es un camino de una sola dirección, sino un geniecillo travieso que disfruta siendo un toma y daca entre aquellos que reflexionan juntos sobre un tema cualquiera. Hoy quiero hablaros de cómo cambió mi vida el geniecillo que husmeaba dentro de mis alumnos.

He tenido la suerte de poder dedicar muchos años de mi vida a estudiar, aunque prefiero decir “a aprender”. Estudiar puede ser tedioso, pero aprender es uno de los mayores regalos que uno puede obtener de la vida. En este mismo blog podéis leer que tengo dos carreras y un doctorado. Unos cuantos años, como podéis imaginar.

Pero no hablo de esos años para deciros lo listo que soy, sino todo lo contrario; y es que una de las cosas de las que más me arrepiento en mi vida es de lo tonto que fui. Porque en todos esos años, y a pesar de tener tantas oportunidades, yo nunca me marché a estudiar al extranjero. Estuve un mes en Japón, sí, pero no me refiero a eso. Una temporada larga, quiero decir. Nunca me fui de Erasmus ni fui auxiliar de conversación ni hice un lectorado ni pedí una beca postdoctoral. Por no irme, ni siquiera me fui un verano a Irlanda a trabajar para mejorar el inglés. Nada. Cero. Soy de las pocas personas que nunca lo hicieron.

Tuve razones para no irme, es cierto. Pero da lo mismo. Lo que quiero destacar ahora es que fui tonto al no marcharme.

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

Es posible que ese proceso sólo sirva para autoafirmar lo que ya pensabas. Eso no es malo, porque a fin de cuentas habrás sido tú quien lo haya confirmado, y no un dogma cualquiera.

Durante años, esa espinita mía germinó y se convirtió en una verdadera necesidad. No se me escapa que, desgraciadamente, vivimos en un mundo en el que hay tantas personas que se ven obligados a hacer todo esto para no morir en su tierra, que puede parecer un lujo o un snobismo querer hacerlo voluntariamente. Pero así es.

La espinita no germinó en vano. Durante los últimos años he sido profesor y tutor de estudiantes norteamericanos que vivían por uno o dos semestres en España. He sido director de una compañía de teatro universitaria cuya mayoría de miembros se marchaba antes o después a estudiar a otro lado. Mi mujer ha vivido dos veces en el extranjero, y cada vez que viajé a verla me rodeé de erasmus y expatriados de todo lugar y condición. Viví la paradoja de estar rodeado en todo momento –tanto en el trabajo como en mi vida privada- de gente que vivía y disfrutaba su experiencia en el extranjero. De gente que tenía lo que yo nunca me atreví a coger.

En todos y cada uno de ellos –cientos, quizá mil- veía la sonrisa del que viajaba en un tren que quizás yo ya no podría coger. Yo les veía llegar y marcharse. Perdidos, sonrientes, nostálgicos, soñadores, utópicos, tímidos… Pero siempre llegaban y siempre se marchaban en ese tren. Y yo me conformaba con ser el jefe de estación que cada noche vuelve a su vieja garita a soñar con el color del otoño en otro hemisferio.

Todos y cada uno de ellos me enseñaron algo. Pero nadie me enseñó la lección que me enseñó Olympia.

Llegó a España desde California en su silla de ruedas hace ahora algo más de cuatro años para estudiar un semestre. Digamos que su adaptación no fue fácil, en un país tan poco adaptado a las minusvalías como es España. A los dos meses tuvo que volver a casa por un problema familiar muy grave, y todos pensamos que sus huesos de cristal no soportarían un segundo viaje de ida y vuelta; que, por tanto, no regresaría para terminar el semestre. Pero volvió. Y terminó el curso. Y sacó unas notas espléndidas.

Yo, que siendo su profesor y su tutor tenía un poco más de confianza con ella, le pregunté por qué lo había hecho. Que si no iba a ser demasiado arriesgado para su salud tan delicada. Y su respuesta fue la lección que yo necesitaba.

He vuelto a casa para el funeral de mi hermano, que tenía la misma enfermedad degenerativa que yo. Y de buena gana me hubiera quedado en casa llorando el resto de mi vida. Pero recordé que él mismo me dijo muchas veces que vida sólo hay una, y que no podemos dejar de vivirla por miedo a lo que pueda pasar. Así que aquí estoy. Por mí y por él. Para vivir lo que yo aún puedo pero él no.

El semestre acabó. El día en que Olympia volvió a casa por segunda vez, el jefe de estación supo que tenía que cambiar de garita. Tardó un poco en hacerlo, pero al final lo consiguió.

Llevo cerca de dos meses viviendo en Vietnam, trabajando como profesor en la Universidad de Hanoi. Como mínimo, estaré aquí hasta el mes de julio. Casi todo un año para empaparme, alejarme, huir, apreciar, amar, odiar, darme cuenta, ayudarme a mí mismo y comprender.

Mentiría si dijera que no tengo miedo, o, al menos, incertidumbre. Pero ahora me ilumina la sonrisa del que viaja en el tren que, por fin, me he atrevido a coger.

El Barroco no es un coco

Algunos de vosotros ya conocéis el podcast llamado “La palabra con tapas“, que cada semana ¿hacen? ¿perpetran? Sergio y Fran. Se trata de un programa divertido y didáctico (sí, en efecto, se puede ser las dos cosas a la vez) en el que, entre otras secciones, se hace un repaso a la Literatura Universal.

La semana pasada asistí como invitado para hablar del Siglo de Oro Español, especialmente del teatro. Y nos dedicamos a destrozar mitos falsos, como que es algo aburrido, de difícil comprensión y machista.

Si alguien tiene media horita libre, sólo tiene que pinchar aquí:

http://www.ivoox.com/palabra-tapas-rompiendo-mitos_md_290106_1.mp3″ Ir a descargar

Gracias a todos

Desde que, hace unos días, me anunciaron que soy finalista de los Premios Mayte, no he dejado de repetir a todo el mundo, lugares comunes aparte, que, con semejante lista de nominados, el verdadero premio es la nominación.

Pero cuando reviso el blog, el correo o el facebook, me doy cuenta de que estaba equivocado. El verdadero premio es tener los amigos que tengo. Muchísimas gracias a todos por vuestros mensajes. Comprenderéis que no tengo tiempo para responderos uno a uno, así que, por favor, aceptad esta breve nota como abrazo y/o caña virtual hasta que nos vayamos encontrando y pueda ser un abrazo y/o caña real.

Eso sí: no dejéis de visitar el blog, que iré informando de lo que vaya pasando.

Mil besos y, de nuevo, mil gracias.