Erbarme Dich, meine Liebe

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Erbarme dich, Mein Gott,
Um meiner Zähren willen!
Schaue hier, Herz und Auge
Weint vor dir Bitterlich.
Erbarme dich, Mein Gott.

Acariciándose, desnudos ambos
con la ternura a flor de piel, buscando
limpiar de sus conciencias todo aquello
que una vez ensuciaron con rencores
cuando fueron pareja.

Por el aire, de algún sitio llegaba
una pasión de Bach que asemejaba
la muerte del Señor y la esperanza
de su resurrección
con la de aquel amor suyo que ahora
yacía entre penachos de ternura,
retales de dolor no compartido
y nudos de pasión sin esperanza,
eterno agonizante.

Con nervios acerados y dispuestos
Jesús de Nazaret era apresado
en el momento justo en que sus dedos
prendían cada punto de sus cuerpos
despertando la lumbre de otros días,
Getesemaní ardiente de recuerdos.

Se preguntaron luego uno a otro
-pues habían marcado como pacto
entre los dos completa confianza-
si alguien ocupaba ya ese hueco
que se horadaron mutuamente entonces,
y aunque ambos portaban nuevos sueños
y otros labios dormían en sus ojos,
decidieron mentirse sin saberlo
y tres veces negaron sus deseos
guardando sus traiciones y rompiendo
por tanto su promesa.

Entonces el teléfono sonó
y ella respondió al instante.
Mientras ella reía, Pedro se lamentaba.
De sus labios surgían frases como:
“¿Cuándo nos vemos? ¿Por qué no dormimos
juntos? ¿Y qué tal te viene esta noche?
¡Tengo unas ganas de estar a tu lado…!”

Un violín subrayaba la tensión
mientras daba cobijo a una contralto
que acentuaba el eco de sus almas.

Él, que por cortesía cambió de habitación
cediendo intimidad a quien no conocía
(alguien que con su voz
le hacía sonreír sinceramente
de una forma que él no recordaba)
se vistió con desdén mientras pensaba
lo absurdo y lo patético que era
todo aquel cambalache,
marcando en su interior punto final
a la vez que se ataba los zapatos.

Al despedirse, sólo besos fríos
(sin duda aún peor que los de Judas)
dejaron que adornaran sus mejillas
y evitar así que, en vez del cuerpo,
terminaran prendiéndose las almas
sufriendo entre los dos otro calvario.

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario Penúltimo momento. Hoy, Viernes Santo, @misspasternak ha escrito esto en Twitter y me he acordado de él. Así que aquí os lo dejo. Os recomiendo que lo leáis escuchando la música original en la que se basa el poema y que es la del vídeo que os he puesto. Feliz Viernes Santo y feliz Pésaj)

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El año en que aprendimos a sobrevivir

Querido Ernesto:

Faltan solo unas horas para cambiar de año y junto al repaso de noticias que se hacen en todos los medios nos vienen (a ti y a mí, que para eso somos la misma persona) a la cabeza imágenes de lo que hemos vivido en este 2017 tan, digamos, peculiar. Nada extraordinario, pues seguro que esto le pasará a mucha gente. En nuestro caso, este año ha sido un año importante por lo que hemos conseguido dejar atrás y todo lo que ello nos ha supuesto de aprendizaje, por decirlo así. Te/nos conozco lo suficiente como para saber que algunas veces, cuando nos ponemos nostálgicos, nos da por releer entradas antiguas de este blog.  Por eso yo, el Ernesto del 31 de diciembre de 2017, te estoy escribiendo ahora estas líneas deprisa y corriendo como si fuera una nota a pie de página que te sirva para recordar que este año ha sido complicado pero hemos aprendido a sobrevivir.

El año empezó, lo recordarás, quedándonos en paro tras varios años en un trabajo en el que llevaban tiempo haciéndonos acoso laboral. Ha pasado un año de eso y, fíjate, todavía nos da vergüenza escribir esas dos palabras juntas, como si fuera una enfermedad contagiosa o yo qué sé qué. No sé qué pensarás de esto cuando releas estas líneas, pero quiero que sepas que es ahora cuando empiezo, por fin, a comprender que nosotros no tuvimos la culpa de esos gritos, esos insultos, esos contratos irregulares y abusivos, ese malmeter en la oficina y ese estrés continuo que tanto mal provocó no solo en el trabajo sino también en casa. Hicimos lo que pudimos, quizás por miedo, quizás porque nos educaron en que los hombres tenemos que soportar y no podemos expresar nuestras emociones porque eso es de blandengues. Tampoco te sientas culpable por los primeros meses de paro en los que no teníamos ganas de hacer nada. Podríamos haber encontrado otras formas de pedir ayuda, de salir de ahí sin autocompasiones gratuitas, pero, recuerda, la culpa de aquello no fue nuestra. Espero que esto lo tengas cada vez más claro, sea cuando sea que leas esto.

El 2017 también fue el año en que estuvimos a punto de morir. No es una metáfora, como recordarás. Una peritonitis aguda que nos hizo llegar al quirófano justo a tiempo. Durante la semana de postoperatorio que estuvimos ingresados en el hospital la cirujana pakistaní que nos operó tenía como costumbre decirnos cada día “de verdad que no sabes lo mal que estaba eso cuando abrimos, nunca había visto nada parecido”. Seguramente era una broma para relajar la tensión y el miedo, pero el susto fue importante. Y Amelia y Victoria nos dieron una lección de vida cuando, el primer día que vinieron a visitarnos al hospital, nos dijeron entre risas que querían ver “tu pupa de la tripa” y preguntaron todo lo preguntable sobre el funcionamiento de las máquinas de la habitación.

Pero esta no fue la única vez que pasamos por quirófano en el 2017: la cicatriz de la laparoscopia decidió hacer vida propia y tuvimos una hernia umbilical que nos supuso otras cuantas semanas de baja. Por suerte, parece que todo quedó en una sesión de “chapa y pintura”, aunque a veces nos siga tirando un poco el ombligo cuando tosemos muy fuerte.

Quizás por todo eso este año no nos ha apetecido mucho escribir. En este blog, por ejemplo, solo hemos publicado dos entradas y apenas dos o tres colaboraciones en los medios en los que solíamos publicar de vez en cuando. No teníamos muchas ganas de estructurar un texto de varios miles de palabras porque primero teníamos que darle una nueva estructura a nuestra propia vida. Lo que sí hemos hecho, y mucho, ha sido dar la tabarra en twitter (¿sigue existiendo twitter en la época en la que me estás leyendo?) contando cosas que hemos aprendido leyendo a otra gente. Porque este año hemos leído cosas nuevas, hemos descubierto nuevos puntos de vista y hemos aprendido juntos que muchas de las convenciones sociales en las que nos habíamos criado eran más que cuestionables y, como tal, nos las hemos cuestionado. Y qué interesante es lo que estamos descubriendo, amigo. Qué de visiones del mundo estamos leyendo y qué rabia que por el motivo que sea no lo hayamos descubierto hasta ahora.

Quizás por deformación profesional de profesor o quizás por la emoción de compartir ideas que has descubierto en otros libros (o porque somos muy pesados, que todo hay que decirlo) algunas veces hemos pecado de vehementes en lo que contábamos. Aparte, el hecho de que cada vez nos lea más gente hace que también crezca el número de gente -sobre todo gente anónima a la que no conocemos- a la que le da por insultarnos porque sí, porque quieren casito (qué gran concepto este del casito, también del 2017) o porque les pica un pie. Puede sonar un poco ridículo basar nuestros principios en una cita de Spiderman, pero si es cierto que un gran poder conlleva una gran responsabilidad entonces un gran poder mediático conlleva una gran responsabilidad mediática. Por eso hemos intentado rebajar el tono, dejar las descalificaciones, intentar escuchar antes de opinar y no hablar de lo que no sabemos o cuando no nos toca porque es el momento de que lo hagan las y los protagonistas de la historia. Y también hemos intentado compartir belleza y buen rollo y crear proyectos colaborativos para que nuestra tristeza (y presumiblemente la de quien nos haga el regalo de leernos) se diluya al menos un poquito. Nos marchamos de eso que te digo que se llama twitter unos meses (entre otros motivos) a causa de una serie de personas que comenzaron a insultarnos a causa de algo que escribimos. Pero de eso ya hace tiempo y sospecho que nos encontramos mejor de todo aquello porque hace poco volvió a pasar algo similar y lo único que hicimos fue soltar una risotada al verlo.

Dolores aparte, este año también ha sido estupendo por muchos motivos: ahora mismo escribo estas líneas desde España, por ejemplo, en las primeras Navidades con la familia en cinco años. También hemos conocido a gente estupenda y formado parte de proyectos increíbles con gente a la que admirábamos cuando éramos pequeños. Hemos visto de nuevo a gente con la que habíamos perdido el contacto, hemos hecho turismo, hemos conseguido un trabajo estable que por primera vez en muuuuchos años nos permite terminar la jornada a las cuatro y media y no tener que preocuparnos por nada hasta el día siguiente. Y aunque las penas hayan sido unas cuantas, recuerda también que gente a la que conocemos lo ha pasado bastante peor: ha habido muertes y enfermedades crónicas. Nadie nos ha pegado una paliza por nuestra identidad de género ni nos ha amenazado de muerte por escribir. Vivimos en un país frío pero civilizado que permite que nuestras amistades y familia vengan a visitarnos cuando quieran o puedan, a diferencia de lo que le pasa a amigos nuestros que viven en nuestra misma ciudad pero que por venir de un país distinto sufren problemas de visado y de permisos de entrada.

Hemos sobrevivido, querido mío. Y por eso hemos tenido la suerte de crecer. No sé lo que nos deparará este 2018, pero estoy haciendo lo posible para afrontarlo del mejor modo posible. Ya me contarás si lo he conseguido o no.

Un fuerte abrazo y feliz año,

Ernesto

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El sabor de un falafel

No sé dónde leí hace años que a partir de los cuarenta las interconexiones neuronales ya están tan establecidas que no es posible crear nuevas. El artículo en cuestión concluía que a causa de eso el cerebro humano no es tan moldeable y que por tanto no podemos adaptarnos a los cambios a partir de esa edad. Ya por aquel entonces pensé que aquello era un disparate: yo trabajaba en un centro de educación de adultos dando clase de teatro a un grupo de alumnos de tercera edad y aún guardo como oro en paño algunas anécdotas sobre cómo el ir a clase les había cambiado la vida. Como la de Carmen, aquella mujer que al enviudar había perdió el apetito y diez kilos y estuvo dos meses sin salir de su casa. Alguien –su hija, su yerno, no recuerdo- la convenció para apuntarse a teatro porque otro alguien iba y decía que estaba muy bien. Eso había sido dos años antes de empezar yo a trabajar allí y cuando me lo contaron no me lo podía creer ya que en clase era una mujer tremendamente divertida. Cuando hacía buen tiempo Carmen casi nunca aparecía, provocando el cabreo de sus compañeros que no podían ensayar sus escenas con ella. Un día de lluvia se presentó con un paraguas de colores y la llamé aparte.

– Carmen, necesitamos que vengas a los ensayos – le dije-. ¿Ha sucedido algo para que faltes tanto?

– ¿Qué me va a pasar? Que me he echado un novio y prefiero irme con él al parque a darnos besos que quedarme aquí con estas viejas que están todo el día quejándose.

Las demás, que sabían de lo que estábamos hablando y conocían al susodicho, refunfuñaban delante de mí. Pero cuando Carmen volvió a su asiento la miraron con una sonrisa de complicidad, como deseando que les pusiera al día y acaso con un poquito de envidia.

Han pasado casi veinte años de aquello. Ahora vivo en Toronto, una ciudad multicultural en la que, cuando dos personas se conocen, la primera pregunta suele ser cuál es su país de origen. He escrito unas cuantas entradas en mi blog sobre nuestra experiencia de emigrantes. Sin embargo, ya que ahora estamos instalados en nuestra nueva rutina lo que podamos contar de nosotros en este lado del océano es más carne de muro de Facebook para familia y amigos que otra cosa. No puedo prometer una determinada periodicidad, pero a partir de ahora mis entradas serán acerca de otros. Gente fascinante que he conocido por aquí, cuyas historias me han hecho reflexionar hasta qué punto el ser humano puede adaptarse a una nueva realidad, aunque no siempre sea la deseada.

Hace unos días estuvimos en un restaurante de Oriente medio en el que hacen unos shawarmas buenísimos. Amelia y Victoria estaban tan encantadas comiéndose unos falafel cuando oímos dos mesas más allá una voz que decía en inglés: «¡Hola, hola! ¿Nos veis bien? ¿Seguro que nos veis? ¡Hola!» Era un hombre joven y robusto que miraba su móvil con los ojos húmedos mientras no dejaba de gritar y sonreír. Sentado en su regazo había un chico de unos siete años que miraba el móvil con un gesto tan sorprendido como feliz. El hombre abrazaba al chico con fuerza y ternura al mismo tiempo, como si fuera el tesoro más preciado que uno puede imaginar. Por supuesto que todo hijo es un tesoro, pero ese abrazo era mucho más intenso y dulce que lo que yo jamás había visto en un hombre como aquél. El chico también saludaba a los interlocutores del teléfono: «Hola, soy Henry, ¿tú quién eres?», decía.

Alguien dijo algo al otro lado del teléfono y el hombre robusto se echó a reír. «Esa es tu abuela», le dijo al chico. Este sonrió fascinado y dijo «¿Tú eres mi abuela de verdad? ¡Hola, abuela, soy tu nieto Henry!» El hombre seguía riendo con la boca bien abierta. Abrazó al chico, que no tenía ni posibilidad ni ganas de soltarse y le revolvió el pelo con su mano enorme mientras decía a la pantalla «Sí, mamá, este es tu nieto. ¿Has visto qué grande y qué guapo está?»

Entendí que era un momento suficientemente privado, aunque sus gritos se oyeran en todo el local. También es cierto que apenas había nadie en ese momento. Intenté concentrarme en lo sabrosa que estaba nuestra comida, pero no pude evitar mirar cada vez menos de reojo en cada ocasión en la que el chico o el hombre decían algo a sus interlocutores, mezclando frases en inglés con algunas palabras en árabe. «¿Y tú quién eres has dicho? ¿Mi tío? ¡No sabía que tenía un tío tan joven!», decía el chico, cada vez más involucrado en la conversación con aquellos hasta entonces desconocidos. Y el hombre reía, «Sí es verdad que es muy joven para ser tu tío», decía, ya con lágrimas de ternura mientras abrazaba a su hijo, seguramente sintiendo latir la espalda del pequeño en su pecho.

Durante toda aquella conversación aquel hombre y yo nos miramos unas cuantas veces. Yo sonreía casi avergonzado porque no quería meterme donde no me llamaban. No sé si él se daría cuenta de eso, pero en una de las veces en que nuestras miradas se volvieron a cruzar giró el móvil hacia mí con una sonrisa claramente amiga. En la pantalla había una mujer con la cabeza cubierta por un hiyab. Por supuesto, ni ella sabía quién era ese señor alto de Toronto con barba que tenía frente a ella ni yo tenía idea de qué debía decir. El hombre contento gritó a carcajadas: «Es mi familia de Bagdad. Dígale hola, por favor». Saludé a la señora y ella me respondió en inglés con un acento muy marcado. Victoria –que al igual que su hermana ya ha aprendido el vocabulario de los estados de ánimo- señaló hacia el chico y me dijo «¡Papá, papá, niño contento!».

El hombre me preguntó en inglés qué había dicho la niña. Se lo traduje, y mientras el chico volvía hablar con aquella familia a la que no conocía, el padre le dio un beso en la cabeza -casi podría asegurar que se la olió- y le dijo a Victoria: «Sí, niño contento. Y su papá más contento». Y las dos, Victoria y Amelia, se echaron a reír porque les hace mucha gracia comprender a la gente que habla en inglés.

– ¿Cuántos años tienen? –me preguntó.

– Van a cumplir tres.

– Henry tiene ya siete. Hacía más de cinco años que yo no lo veía –dijo, mientras el chico ponía ahora a su abuela al día sobre su comida favorita y otros de esos datos que tanto les gusta saber a las abuelas de todo el mundo.

No es la primera vez que conocemos aquí a alguien que haya estado años sin ver a un hijo. Soraya y yo le miramos y le sonreímos: sabemos que cuando alguien explica algo tan íntimo a un desconocido es muy posible que lo haga porque necesita hacer las paces con la realidad.

«Llegué de Irak hace unas semanas. Estuve en la cárcel unos años porque, bueno, al gobierno no le gustamos los suníes. La política allí… En fin. Mi mujer se vino a Canadá cuando me detuvieron y se trajo al niño con ella. Mi madre esto de internet no lo entiende bien y Henry nunca había podido hablar con su abuela como ahora. Una vecina tiene un smartphone y gracias a ella estamos hablando. Estaba preocupado porque desde que llegué no había sabido nada de ellos, y en Bagdad ha habido unos cuantos atentados estos días. Ahora mismo debería estar trabajando detrás de la barra, pero esta es la única hora a la que mi madre podía conectarse y el jefe me ha dicho que me tome el tiempo que necesite» Entonces miró a Victoria y añadió: «por eso estoy tan contento. Porque estoy aquí con mi hijo y él está hablando con su abuela por primera vez»

Las dos volvieron a reírse. Ya digo que les hace gracia entender a la gente, y aún son tan pequeñas que no han descubierto que hay cosas que ni siquiera los adultos pueden comprender. Amelia se acercó a él y le dio el falafel que tenía en la mano, que es algo que solo hace con la gente que le cae bien. El hombre le dio las gracias, se lo comió, Amelia se volvió a reír y Victoria se puso a celebrar tanta alegría dando vueltas alrededor de la mesa. Henry seguía a lo suyo, cantándole a su familia su canción favorita.

«Nunca me han gustado mucho los falafel, pero aquí cualquier cosa me sabe a gloria», añadió. «Aquí puedo salir a la calle sin tener miedo, allí no podía ni imaginarlo. Antes nos mataba Sadam, luego nos mataban los americanos y ahora nos mata el gobierno este que tenemos o nos matan los del Estado Islámico. Yo no he conocido otra cosa más que vivir con miedo, pero para Henry estando aquí va a ser distinto. Va a crecer como deberían crecer todos los niños del mundo: sin ver cuerpos despedazados en la calle cada día».

Amelia y Victoria empezaron a decir que querían ir al parque, así que nos despedimos de Henry y de su padre, del que no llegamos a saber el nombre. Un rato después, mientras las veíamos ir cogidas de la mano hacia los columpios, su madre y yo seguíamos pensando en algo a lo que llevamos dando vueltas desde hace meses: nosotros somos emigrantes, sí, y a mucha honra. Estamos saliendo adelante y nos sentimos orgullosos de ello. Pero no tenemos ningún derecho a llamarnos refugiados.

Digo esto no solo porque mucha gente confunde ambos términos, sino porque bastantes veces hemos visto y leído a emigrantes llamarse a sí mismos refugiados o exiliados. Imagino que el motivo es el halo de grandeza poética o yo qué sé qué que desprende la palabra cuando pensamos en la historia reciente de España. Refugiado era Machado cruzando la frontera con su maleta húmeda, o los españoles a los que salvó Neruda cuando fletó el Winnipeg. Pero emigrante era el pobre currito anónimo que se marchaba a Alemania con un hato y dos mudas y  claro, puestos a elegir hoy en día es más resultón compararse con el primero.

Pero no. Los que hemos salido de España a buscarnos las castañas no somos refugiados: somos emigrantes. Nuestra vida no corría peligro en nuestro país, nadie quería encarcelarnos ni estábamos amenazados de muerte. Muchos podríamos incluso habernos quedado y habríamos conseguido tirar para adelante, aunque fuera tras muchas penalidades. Pero nuestro gobierno, por muy mal que lo esté haciendo, no nos persigue para matarnos. En otros países sí sucede esto. En demasiados, de hecho. De ahí que un refugiado necesite ayuda de otro país, y de ahí que los países desarrollados necesiten ponerse de acuerdo para conseguir ayudar a esta gente. Soraya, Amelia, Victoria y yo podríamos volver a España si quisiéramos y ya veríamos cómo nos las apañaríamos. Tal como están las cosas no sería fácil, pero podríamos. El padre de Henry no puede, y como ser humano que es necesita un país que le dé aquello que el suyo le niega.

Aquello fue hace unos días. Desde entonces he encontrado noticias que no sé cómo casar con todo esto. He leído que Rusia está bombardeando Siria y que Estados Unidos ha bombardeado un hospital en Afganistán. He leído que en la ciudad donde me he criado hay un partido con representación en el ayuntamiento que critica las ayudas a los refugiados. Que primero hay que ayudar a los españoles, dicen, y luego, si acaso, a los extranjeros, como si la solidaridad y la cooperación se basaran solo en unas líneas puestas en un mapa. He leído también que en Finlandia unos extremistas vestidos del Ku Kux Klan han agredido a unos refugiados, y que en Hungría se ha legalizado que se les detenga, sabiendo que su único delito ha sido recorrerse miles de kilómetros a pie para encontrar un lugar donde poder dormir sin miedo a que su propio gobierno les mate.

Nunca me gustaron demasiado los falafel. Los encuentro un poco pastosos y algo insípidos. Tras escuchar esas risas y ver esa ternura tan de cerca, sin embargo, los comeré con más frecuencia. No es que ahora me vayan a saber a esperanza y felicidad ni cursilerías de esas. Pero la próxima vez que lea según qué noticias en la prensa sabré qué pedir para quitarme el mal sabor de boca.

Amelia y Victoria de la mano

Alguien tiene que hacerlo

Para mi madre.

Cuando hace unas semanas publiqué «Metáforas, realidades y salchichas» no podía imaginar que se convertiría en solo tres días en el texto más visitado de mi blog: casi cinco mil visitas y unas cuantas docenas de mensajes a través del mismo blog, twitter o facebook llenos de apoyo, esperanzas, ilusiones, agradecimiento y mucho cariño. Entre los comentarios se repetía mucho la idea de que mi cambio de vida tiene mucho mérito y es un ejemplo a seguir. Lo cual me halaga, por supuesto. Pero, y esto no es falsa humildad, creo que hago lo que haría cualquier padre en mi lugar: luchar por el pan de mi familia. Es algo que he visto en casa desde pequeño. Especialmente en mi madre, cuya vida no ha sido lo que se dice un jardín de rosas. Permitidme que os hable de ella para explicar mejor lo que quiero decir.

Mi madre quedó huérfana en plena posguerra antes de cumplir los diez años. Aparte de recorrer el camino hacia el altar vestida de negro para recibir la primera comunión, eso le supuso no poder estudiar por mucho que las profesoras dijeran que era una lástima sacar a una chica tan inteligente del colegio. Pero mi abuela trabajaba limpiando suelos y su sueldo no era suficiente para poder mantener a sus dos hijos. Mi madre tardó poco en aprender en la escuela de la vida que Dios aprieta pero no ahoga, pero que cuando aprieta hay que echarse las penas a la espalda, arremangarse y meterse en el fango de tu realidad –sea la que sea- hasta la cintura. Porque alguien tiene que hacerlo.

Así que comenzó a trabajar. Y lo hizo lo mejor posible porque era muy eficiente y consiguió salir adelante más o menos dignamente. Pasó el tiempo, conoció a un chico con el que peló la pava, se casaron, tuvieron un crío y luego otro más. Él trabajaba en la Base Aérea de Torrejón, y de tanto escuchar a sus compañeros hablar de las maravillas de Norteamérica decidió que lo mejor era marcharse a probar suerte. Habló con mi madre y llegaron a la conclusión de que era más práctico que él se marchara primero. Unos meses, decía, para que cuando ya tenga casa puedas venir con los críos. Y así lo hizo. Se marchó a Canadá y unos meses después escribió a mi madre diciendo que todo estaba listo. Que podían comenzar su nueva vida en un país frío pero lleno de oportunidades.

Mi madre se fue a Canadá con una maleta y dos niños que apenas habían aprendido a hablar. Cuando llegó, un 24 de diciembre por la noche, no había nadie en el aeropuerto esperando. Esperó y esperó, pero su marido no aparecía. Como tenía escrito en un papel su número de teléfono, consiguió como pudo algunas monedas y contactar con él. “Ah, ¿ya estás aquí? Se me había olvidado que venías hoy”, fue la respuesta. Un rato después, ya en el coche, él le explicó que estaba viviendo con otra mujer. Que se había enamorado y que quería que vivieran juntos los cinco. Las dos mujeres, los dos críos y él.

No hace falta explicar que esa fue la Nochebuena más triste de mi madre. Cuando llegaron a la casa conoció a la otra mujer, le mostraron la habitación que ellos habían montado para mi madre y los niños y se marcharon a la suya. Han pasado cincuenta años de eso y mi madre todavía recuerda las risas y los gemidos mezclados con su llanto y el de mis hermanos. No podía permitirse el derrumbarse porque tenía dos hijos que la necesitaban. Había que cuidar de ellos y alguien tenía que hacerlo. Pero no sabía cómo porque ni siquiera sabía dónde estaba y, por supuesto, no hablaba ni una palabra de inglés.

Aguantó en esa casa un tiempo hasta que pudo conocer a personas maravillosas (algunas de las cuales siguen todavía en contacto con ella) que le cambiaron la vida para siempre: la ayudaron a salir de allí, a encontrar un hogar, un trabajo para ir tirando, una escuela gratuita de inglés y un divorcio que en España hubiera sido impensable. En ese momento tuvo que afrontar la decisión más trascendente de su vida: una opción era quedarse con dos niños pequeños en un país desconocido, con unos inviernos durísimos y sin más compañía y afecto que la de otros emigrantes que ya iría conociendo. La otra opción era regresar a España: al calor del cobijo familiar, pero al precio de cargar durante toda su vida el estigma de ser, en la España franquista de los años 60, la pobre mujer abandonada con dos críos.

Decidió quedarse, por supuesto. Y puso tanto empeño en sacar a sus hijos adelante que poco tiempo después ya estaba trabajando en un ministerio canadiense a pesar de que entre el trabajo y la escuela de inglés apenas tenía tiempo para cuidar a los niños. Por eso mi abuela decidió vender su casa y se marchó a Canadá con su maleta de cartón y su deseo irrenunciable de ayudar a su hija. Cuando mi madre le preguntó cómo era posible que hubiera vendido la casa que había conseguido pagar tras muchos años limpiando las de otra gente, mi abuela le respondió con sinceridad: mi madre necesitaba ayuda y alguien tenía que hacerlo.

Con el tiempo, la situación fue mejorando. Mi madre conoció a mi padre, peló la pava con él, se casaron y nací yo. Poco tiempo después murió Franco y mis padres decidieron regresar a España, ilusionados con una democracia que nunca habían conocido. Compraron una casa y mi abuela vivió siempre con ellos porque le era imposible a su edad conseguir un trabajo que le permitiera mantenerse por sí misma. Mis padres estuvieron encantados de poder tenerla en casa porque sin su ayuda en Canadá nada habría sido posible. Ahora era mi abuela la que necesitaba que le echaran una mano y, cómo no, alguien tenía que hacerlo.

Mi madre encontró trabajo, qué casualidad, en la misma Base de Torrejón que había sido el origen de su odisea particular. Ahora mismo, si pienso en mi infancia, no recuerdo desayunar con mi madre de lunes a viernes porque se levantaba a las cinco de la mañana para irse a trabajar. No éramos ricos en absoluto, pero mis hermanos y yo tuvimos la suerte de gozar de una vida sin preocupaciones económicas gracias al esfuerzo de nuestros padres. Era mi padre quien se encargaba de las cuentas; años después, cuando se fue de casa, a mi madre se le cayó el mundo encima porque nunca había sabido de legalismos, hipotecas, letras, plazos, préstamos ni tipos de interés. Lo único que tenía claro es que, tantos años después de lo que había sucedido en Canadá, no quería quedarse de nuevo en la calle. Haría lo que fuera necesario para no perder el piso. Mi abuela tenía casi noventa años y tanto mis hermanos como yo vivíamos una situación personal que no nos permitía ayudar tanto como nos hubiera gustado. En este caso fue mi tío, el hermano pequeño de mi madre, quien se encargó de todas las gestiones y papeleos necesarios. Habló con abogados, con notarios, con directores de banco y otra gente de corbatas gris marengo hasta que finalmente consiguió que mi madre pudiera respirar tranquila.

Pasaron varios años y todos pudimos ver las cosas con más perspectiva. Un día, tomando un café con mi tío en su casa, salió el tema y aproveché para darle de nuevo las gracias por todo lo que hizo. Me contestó que fue una gran satisfacción poder ayudarla: hacía muchos años que le acompañaba el remordimiento de no haber podido echar una mano cuando mi madre decidió quedarse en Canadá, y la separación de mis padres fue la posibilidad que permitió a mi tío limpiarse esa sensación de culpa. Mi tío ya estaba mayor y por aquel entonces comenzaba a sentirse cada día más cansado, pero aún me conmueve recordar su gesto tranquilo y satisfecho. La mirada serenamente orgullosa del que sabe que ha hecho lo necesario cuando alguien tiene que hacerlo.

Ese ejemplo que recibí de mi abuela, de mi madre y de mi tío es un rasgo característico del adulto que ahora soy. Hace ocho meses que emigré a Canadá con mi mujer y mis hijas y mi madre ya no tiene claro si odia o ama este país que ahora me acoge, pues es un país que le recuerda unos años que para ella fueron durísimos pero es a la vez el país en el que crecieron sus hijos y ahora crecen sus nietos. Cada vez que hablamos por skype me pregunta si existe la posibilidad de que volvamos a España alguna vez. Yo sé que ella se guarda sus ganas de preguntarme si echo de menos el estar cerca de mi familia y de mis amigos, y ella sabe que yo me muerdo la lengua para responderle que no estoy aquí por gusto sino porque ahora soy yo el que tiene que hacerlo.

 

Esta es la historia de mi madre. Una vida complicada que es parte irrenunciable de la mía y de la que, como tal, me siento orgulloso (si es que puede llamarse orgullo a esa extraña mezcla de admiración y compasión que uno siente hacia las personas queridas que están en paz tras mucho sufrimiento­). Esta es la historia de mi madre, sí. Pero estoy convencido de que, al igual que mi historia es la de muchos de vosotros, la de mi madre es también la de muchas otras madres porque en todas partes cuecen habas y en todas las familias ha habido caricias y lamentos.

Por eso me gustaría que de vez en cuando hiciéramos como los actores de teatro con el director después del estreno: echarnos a un lado en el escenario de nuestra vida para pedir el aplauso para ellas, que nos dieron el pecho, el biberón o la papilla y cuando éramos mayorcitos nos preguntaban si preferíamos pollo o macarrones. Para las que nos limpiaron los pañales y la sangre de la nariz y pasaron noches en vela por nuestros cólicos lactantes, nuestras paperas y nuestras anginas. Para las que nos traspasaron sus temores y sus complejos y para las que se enfrentaron a ellos para que no las viéramos llorar. Para las que se llenaron de hijos, para las que abortaron porque no se veían capaces de hacerse cargo de más, para las que murieron en el parto y para las que no pudieron quedarse embarazadas y entregaron su amor incondicional a gatos y a sobrinos. Para las madres solteras, las que alquilaron su vientre y las inseminadas artificialmente por cuestiones de infertilidad o por ser pareja de otra mujer. Para las que lloraron de alegría al enterarse y para aquellas a las que se les cayó el cielo encima. Para las madres adoptivas y para las que dieron un hijo en adopción. Para las que sufrieron un aborto espontáneo, para aquellas a las que les robaron el hijo en el hospital y para las que alguna vez sufrieron el dolor incalculable de tener en sus brazos un hijo muerto. Para las madres que lo hicieron mejor, para las madres que lo hicieron peor, para las madres que se quedaron en el camino. Para aquellas madres que hoy, cuando sus hijos pronuncian palabras como incertidumbre, paro, ERE, recortes o emigrar se sienten impotentes porque saben que ya no surten efecto ni la sopa calentita ni el cura sana ni la tirita con mercromina ni el vaso de agua por la noche. Y, por supuesto, para las madres que aprietan los puños con fuerza mientras intentan disimular la frustración de ver a su hijo atravesar la puerta de embarque con un billete solo de ida.

Todas esas madres merecen que alguien les dé su eterno agradecimiento. Alguien tiene que hacerlo. Y es justo que seamos nosotros, frutos dulces y sufridos de sus ilusiones y sus desvelos.

Terraza con preciosas

Los pergaminos de colores de don Miguel

Corrían los despreocupados años ochenta. Se inauguraba el Cristóbal Colón, el colegio público en el que pasé los últimos años de mi EGB. Muchos de los alumnos estábamos orgullosos porque no solo estrenábamos cartera y zapatos sino también un colegio nuevo. Era, además, el primer colegio de integración de Alcalá de Henares, lo que le añadía un toque de exclusividad aunque muchos no tuviéramos claro qué significaba eso. Fue en ese colegio donde me enamoré de la chica por la que aprendí francés, pero sobre todo fue el colegio en el que don Miguel me hizo amar para siempre la escritura.

Se llamaba Miguel Gallego, pero todos le llamábamos don Miguel. Tenía fama de serio pero también de buena persona. Era el profesor de Lengua Española o como se llamara por aquel entonces la asignatura. Nos explicaba cosas como el sintagma nominal y las oraciones concesivas, pero lo que a todos nos volvía locos eran los concursos de escritura que organizaba en clase cada vez que el temario indicaba que había que explicar alguna noción de expresión escrita. Don Miguel explicaba la teoría y después nos invitaba a ponerla en práctica en casa. Decía, por ejemplo, «las características de la descripción son esta, esta y esta. Hala, ¿quién se anima a hacer una descripción para la semana que viene y hacemos concurso?» Y nosotros íbamos escribiendo descripciones, narraciones, diálogos, fábulas, poemas o lo que tocara para leerlos en voz alta en clase unos días después.

Una vez leídos, votábamos a mano alzada para decidir los tres mejores. Los tres que más nos habían gustado. Libremente. Más allá de cuestiones literaria, estéticas o teóricas. Algunas veces votábamos al más gracioso o al que más tonterías dijera, pero don Miguel siempre se mantenía al margen, respetando nuestra decisión. «Votos para el cuento de Julio. De acuerdo», se le oía decir. «Votos para el cuento de Patricia. De acuerdo». Tan solo intervenía cuando había demasiados voluntarios para leer. Cuando eso sucedía, solía elegir a quien casi nunca se presentaba para aprovechar su motivación y que todos tuviéramos las mismas oportunidades.

Después de la votación, a los ganadores les esperaban los pergaminos de colores de don Miguel: unos simples folios blancos en los que había impreso en color una orla imitando un pergamino antiguo. Los azules eran para el primer premio, los rojos para el segundo y los verdes para el tercero. Eran unos pergaminos especiales porque en aquella época no existían las fotocopias en color (los hacía con una ciclostil en sus ratos libres con ayuda del conserje), pero sobre todo eran maravillosos porque eran los pergaminos en los que teníamos que pasar a limpio nuestros textos para luego colgarlos en la pared. Ese era el único premio del concurso: algo escrito por nosotros a la vista de todos y puesto de largo gracias a esos pergaminos tan coloridos.

Escribir era una tarea voluntaria, pero, y esto es algo que todavía me sorprende al recordarlo, nunca faltaron candidatos para los muchos concursos que hicimos durante esos años. Y todo para conseguir uno de esos pergaminos. A ser posible, por supuesto, el azul.

Yo me recuerdo encerrado en mi habitación estrujándome la cabeza para escribir algo realmente bueno. Con el tiempo aprendí algunos trucos que solían funcionar: convertir a mis compañeros en protagonistas del relato para ganar sus votos, por ejemplo, o leer poniendo voces distintas a cada uno de los personajes para que nadie se distrajera demasiado. Había cierto prestigio en juego, pues ganar el concurso era un modo fantástico de ser aceptado entre los demás. No por ser el más listo o el más divertido, sino porque mientras leías en voz alta podías ver quién sonreía con tu texto, o quién bostezaba o quién se emocionaba. Y sobre todo porque a veces a algún compañero le gustaba lo suficiente tu texto como para votarte aunque ese mismo día hubierais discutido en el recreo.

No sé si por aquel entonces ya se hablaba de educación transversal, pero no tengo la menor duda de que don Miguel sabía muy bien lo que estaba haciendo. A pesar de mantenerse al margen, o quizás precisamente por eso, los concursos no eran solo una práctica para la clase de Lengua a través de la expresión escrita y la expresión oral. Nos estaba enseñando sin que nos diéramos cuenta a esforzarnos para dar lo mejor de nosotros mismos. Nos estaba enseñando a hablar en público contando algo escrito por nosotros y no simplemente memorizado. Nos estaba enseñando a escuchar y a participar. Nos estaba enseñando la satisfacción propia por el trabajo bien hecho y la admiración por el de nuestros compañeros. Nos estaba enseñando que nosotros éramos capaces de crear. Nos estaba enseñando que querer es poder. Nos estaba enseñando que teníamos poder de decisión y que nuestra opinión era tan importante como la de los demás.

Teníamos trece años y no podíamos saber que nos estaba enseñando el valor de la Democracia. Y fue una enseñanza que nunca se nos olvidó.

Terminó el colegio y yo seguí escribiendo. Nada más terminar el instituto estrené mi primera obra de teatro. Don Miguel estaba entre el público, pero con la emoción del estreno no pude apenas hablar con él. Recuerdo su sonrisa al darme la enhorabuena, aunque no recuerdo si llegué a saber cómo se enteró del estreno. Pero allí estaba, viendo en escena unos personajes que decían frases escritas por un alumno suyo.

Algunas veces mi madre se encontraba con don Miguel por la calle. Ya estaba jubilado y siempre preguntaba por mí. En una de esas veces, poco antes de marcharme a vivir a otro país, mi madre le contó que yo había ganado un premio nacional de poesía y se puso muy contento. Antes de irme, le dejé a mi madre algo para él por si acaso alguna vez volvía a encontrárselo: un ejemplar del libro con una dedicatoria en la que le agradecía sus clases y sus pergaminos de colores. Mi madre buscó su dirección y su teléfono para dárselo en persona. Me dijo que don Miguel se había emocionado y que le pidió que me diera un fuerte abrazo. Cuando me lo contó, yo también me emocioné y me prometí que algún día le llamaría para darle ese abrazo. Pero no pudo ser. Ayer me enteré de que don Miguel falleció hace poco más de un mes. Tranquilamente, en su cama. Cerró los ojos y no los volvió a abrir.

Alguien me dijo una vez que el sino de los profesores de primaria es ayudar a los niños a situarse en el mundo y luego ser olvidados por esos alumnos, porque ese mundo nos sumerge de nuevas personas e ilusiones pero también de prisas y rutinas. Pero no quiero pensar eso. Porque yo jamás me olvidé de don Miguel, y sé que muchos de sus alumnos tampoco le han olvidado.

Todo el mundo ha tenido muchos profesores pero pocos maestros. De los que no solo te enseñan el temario sino también te dotan de herramientas para enfrentarte a la vida. Nunca pude agradecerle en persona sus clases, su pasión por la educación. Nunca le pude decir que sus concursos me convirtieron en el escritor que ahora soy. Pero él fue mi primer maestro. Y a partir de ahora me perseguirá siempre el remordimiento de no haber tenido tiempo para escribirle o llamarle o acercarme a su casa para que pudiera saber que cada vez que escribo un texto –este, por ejemplo- me planteo si sería merecedor de uno de sus pergaminos de colores. Del color que fuera.

Aula Colegio

La casa de la abuela

Mamá no tiene fuerzas (los recuerdos
tienden a ser molestos invitados)
y te ha pedido a ti que te hagas cargo
para poder estar a solas con papá
después del velatorio.

La casa de la abuela resume su existencia.
¿Cómo empezar, por tanto, a recogerla?

No tardas más que un rato en encontrarte
pedazos de ti misma:
la taza que trajiste de Venecia
para su colección, dos o tres fotos
(tu orla, cumpleaños, navidades…)
y el dibujo del árbol y la casa
en el que a los seis años escribiste
“te quiero, yaya” en témpera amarilla.

La mujer de las fotos,
esa mujer que hablaba tan despacio
mientras que tú querías marcharte a toda prisa
si alguna vez tenías tiempo de visitarla
se ha marchado, y ahora te das cuenta
que desconoces todo de su vida:
si fue tenaz, si fue desconcertante,
si soñaba al besar cuando era joven,
si miraba el final al empezar un libro,
si debió claudicar algunas veces
para vivir tranquila entre los suyos…
Nunca podrás saberlo.
Al menos no estará para contártelo
ni para preguntarle por canciones
antiguas, por recetas, por historias
que son parte de ti aunque las desconozcas.

Comprendes que una puerta se ha cerrado
mientras lo metes todo en una bolsa,
y asumes ese cargo de conciencia
que te acompañará toda la vida
como un ángel guardián
tan arrogante como inoportuno,
tan insolente como justiciero.

La casa de la abuela

(Nota: este poema se encuentra en mi poemario “La niña y el mar“)