Alguien tiene que hacerlo

Para mi madre.

Cuando hace unas semanas publiqué «Metáforas, realidades y salchichas» no podía imaginar que se convertiría en solo tres días en el texto más visitado de mi blog: casi cinco mil visitas y unas cuantas docenas de mensajes a través del mismo blog, twitter o facebook llenos de apoyo, esperanzas, ilusiones, agradecimiento y mucho cariño. Entre los comentarios se repetía mucho la idea de que mi cambio de vida tiene mucho mérito y es un ejemplo a seguir. Lo cual me halaga, por supuesto. Pero, y esto no es falsa humildad, creo que hago lo que haría cualquier padre en mi lugar: luchar por el pan de mi familia. Es algo que he visto en casa desde pequeño. Especialmente en mi madre, cuya vida no ha sido lo que se dice un jardín de rosas. Permitidme que os hable de ella para explicar mejor lo que quiero decir.

Mi madre quedó huérfana en plena posguerra antes de cumplir los diez años. Aparte de recorrer el camino hacia el altar vestida de negro para recibir la primera comunión, eso le supuso no poder estudiar por mucho que las profesoras dijeran que era una lástima sacar a una chica tan inteligente del colegio. Pero mi abuela trabajaba limpiando suelos y su sueldo no era suficiente para poder mantener a sus dos hijos. Mi madre tardó poco en aprender en la escuela de la vida que Dios aprieta pero no ahoga, pero que cuando aprieta hay que echarse las penas a la espalda, arremangarse y meterse en el fango de tu realidad –sea la que sea- hasta la cintura. Porque alguien tiene que hacerlo.

Así que comenzó a trabajar. Y lo hizo lo mejor posible porque era muy eficiente y consiguió salir adelante más o menos dignamente. Pasó el tiempo, conoció a un chico con el que peló la pava, se casaron, tuvieron un crío y luego otro más. Él trabajaba en la Base Aérea de Torrejón, y de tanto escuchar a sus compañeros hablar de las maravillas de Norteamérica decidió que lo mejor era marcharse a probar suerte. Habló con mi madre y llegaron a la conclusión de que era más práctico que él se marchara primero. Unos meses, decía, para que cuando ya tenga casa puedas venir con los críos. Y así lo hizo. Se marchó a Canadá y unos meses después escribió a mi madre diciendo que todo estaba listo. Que podían comenzar su nueva vida en un país frío pero lleno de oportunidades.

Mi madre se fue a Canadá con una maleta y dos niños que apenas habían aprendido a hablar. Cuando llegó, un 24 de diciembre por la noche, no había nadie en el aeropuerto esperando. Esperó y esperó, pero su marido no aparecía. Como tenía escrito en un papel su número de teléfono, consiguió como pudo algunas monedas y contactar con él. “Ah, ¿ya estás aquí? Se me había olvidado que venías hoy”, fue la respuesta. Un rato después, ya en el coche, él le explicó que estaba viviendo con otra mujer. Que se había enamorado y que quería que vivieran juntos los cinco. Las dos mujeres, los dos críos y él.

No hace falta explicar que esa fue la Nochebuena más triste de mi madre. Cuando llegaron a la casa conoció a la otra mujer, le mostraron la habitación que ellos habían montado para mi madre y los niños y se marcharon a la suya. Han pasado cincuenta años de eso y mi madre todavía recuerda las risas y los gemidos mezclados con su llanto y el de mis hermanos. No podía permitirse el derrumbarse porque tenía dos hijos que la necesitaban. Había que cuidar de ellos y alguien tenía que hacerlo. Pero no sabía cómo porque ni siquiera sabía dónde estaba y, por supuesto, no hablaba ni una palabra de inglés.

Aguantó en esa casa un tiempo hasta que pudo conocer a personas maravillosas (algunas de las cuales siguen todavía en contacto con ella) que le cambiaron la vida para siempre: la ayudaron a salir de allí, a encontrar un hogar, un trabajo para ir tirando, una escuela gratuita de inglés y un divorcio que en España hubiera sido impensable. En ese momento tuvo que afrontar la decisión más trascendente de su vida: una opción era quedarse con dos niños pequeños en un país desconocido, con unos inviernos durísimos y sin más compañía y afecto que la de otros emigrantes que ya iría conociendo. La otra opción era regresar a España: al calor del cobijo familiar, pero al precio de cargar durante toda su vida el estigma de ser, en la España franquista de los años 60, la pobre mujer abandonada con dos críos.

Decidió quedarse, por supuesto. Y puso tanto empeño en sacar a sus hijos adelante que poco tiempo después ya estaba trabajando en un ministerio canadiense a pesar de que entre el trabajo y la escuela de inglés apenas tenía tiempo para cuidar a los niños. Por eso mi abuela decidió vender su casa y se marchó a Canadá con su maleta de cartón y su deseo irrenunciable de ayudar a su hija. Cuando mi madre le preguntó cómo era posible que hubiera vendido la casa que había conseguido pagar tras muchos años limpiando las de otra gente, mi abuela le respondió con sinceridad: mi madre necesitaba ayuda y alguien tenía que hacerlo.

Con el tiempo, la situación fue mejorando. Mi madre conoció a mi padre, peló la pava con él, se casaron y nací yo. Poco tiempo después murió Franco y mis padres decidieron regresar a España, ilusionados con una democracia que nunca habían conocido. Compraron una casa y mi abuela vivió siempre con ellos porque le era imposible a su edad conseguir un trabajo que le permitiera mantenerse por sí misma. Mis padres estuvieron encantados de poder tenerla en casa porque sin su ayuda en Canadá nada habría sido posible. Ahora era mi abuela la que necesitaba que le echaran una mano y, cómo no, alguien tenía que hacerlo.

Mi madre encontró trabajo, qué casualidad, en la misma Base de Torrejón que había sido el origen de su odisea particular. Ahora mismo, si pienso en mi infancia, no recuerdo desayunar con mi madre de lunes a viernes porque se levantaba a las cinco de la mañana para irse a trabajar. No éramos ricos en absoluto, pero mis hermanos y yo tuvimos la suerte de gozar de una vida sin preocupaciones económicas gracias al esfuerzo de nuestros padres. Era mi padre quien se encargaba de las cuentas; años después, cuando se fue de casa, a mi madre se le cayó el mundo encima porque nunca había sabido de legalismos, hipotecas, letras, plazos, préstamos ni tipos de interés. Lo único que tenía claro es que, tantos años después de lo que había sucedido en Canadá, no quería quedarse de nuevo en la calle. Haría lo que fuera necesario para no perder el piso. Mi abuela tenía casi noventa años y tanto mis hermanos como yo vivíamos una situación personal que no nos permitía ayudar tanto como nos hubiera gustado. En este caso fue mi tío, el hermano pequeño de mi madre, quien se encargó de todas las gestiones y papeleos necesarios. Habló con abogados, con notarios, con directores de banco y otra gente de corbatas gris marengo hasta que finalmente consiguió que mi madre pudiera respirar tranquila.

Pasaron varios años y todos pudimos ver las cosas con más perspectiva. Un día, tomando un café con mi tío en su casa, salió el tema y aproveché para darle de nuevo las gracias por todo lo que hizo. Me contestó que fue una gran satisfacción poder ayudarla: hacía muchos años que le acompañaba el remordimiento de no haber podido echar una mano cuando mi madre decidió quedarse en Canadá, y la separación de mis padres fue la posibilidad que permitió a mi tío limpiarse esa sensación de culpa. Mi tío ya estaba mayor y por aquel entonces comenzaba a sentirse cada día más cansado, pero aún me conmueve recordar su gesto tranquilo y satisfecho. La mirada serenamente orgullosa del que sabe que ha hecho lo necesario cuando alguien tiene que hacerlo.

Ese ejemplo que recibí de mi abuela, de mi madre y de mi tío es un rasgo característico del adulto que ahora soy. Hace ocho meses que emigré a Canadá con mi mujer y mis hijas y mi madre ya no tiene claro si odia o ama este país que ahora me acoge, pues es un país que le recuerda unos años que para ella fueron durísimos pero es a la vez el país en el que crecieron sus hijos y ahora crecen sus nietos. Cada vez que hablamos por skype me pregunta si existe la posibilidad de que volvamos a España alguna vez. Yo sé que ella se guarda sus ganas de preguntarme si echo de menos el estar cerca de mi familia y de mis amigos, y ella sabe que yo me muerdo la lengua para responderle que no estoy aquí por gusto sino porque ahora soy yo el que tiene que hacerlo.

 

Esta es la historia de mi madre. Una vida complicada que es parte irrenunciable de la mía y de la que, como tal, me siento orgulloso (si es que puede llamarse orgullo a esa extraña mezcla de admiración y compasión que uno siente hacia las personas queridas que están en paz tras mucho sufrimiento­). Esta es la historia de mi madre, sí. Pero estoy convencido de que, al igual que mi historia es la de muchos de vosotros, la de mi madre es también la de muchas otras madres porque en todas partes cuecen habas y en todas las familias ha habido caricias y lamentos.

Por eso me gustaría que de vez en cuando hiciéramos como los actores de teatro con el director después del estreno: echarnos a un lado en el escenario de nuestra vida para pedir el aplauso para ellas, que nos dieron el pecho, el biberón o la papilla y cuando éramos mayorcitos nos preguntaban si preferíamos pollo o macarrones. Para las que nos limpiaron los pañales y la sangre de la nariz y pasaron noches en vela por nuestros cólicos lactantes, nuestras paperas y nuestras anginas. Para las que nos traspasaron sus temores y sus complejos y para las que se enfrentaron a ellos para que no las viéramos llorar. Para las que se llenaron de hijos, para las que abortaron porque no se veían capaces de hacerse cargo de más, para las que murieron en el parto y para las que no pudieron quedarse embarazadas y entregaron su amor incondicional a gatos y a sobrinos. Para las madres solteras, las que alquilaron su vientre y las inseminadas artificialmente por cuestiones de infertilidad o por ser pareja de otra mujer. Para las que lloraron de alegría al enterarse y para aquellas a las que se les cayó el cielo encima. Para las madres adoptivas y para las que dieron un hijo en adopción. Para las que sufrieron un aborto espontáneo, para aquellas a las que les robaron el hijo en el hospital y para las que alguna vez sufrieron el dolor incalculable de tener en sus brazos un hijo muerto. Para las madres que lo hicieron mejor, para las madres que lo hicieron peor, para las madres que se quedaron en el camino. Para aquellas madres que hoy, cuando sus hijos pronuncian palabras como incertidumbre, paro, ERE, recortes o emigrar se sienten impotentes porque saben que ya no surten efecto ni la sopa calentita ni el cura sana ni la tirita con mercromina ni el vaso de agua por la noche. Y, por supuesto, para las madres que aprietan los puños con fuerza mientras intentan disimular la frustración de ver a su hijo atravesar la puerta de embarque con un billete solo de ida.

Todas esas madres merecen que alguien les dé su eterno agradecimiento. Alguien tiene que hacerlo. Y es justo que seamos nosotros, frutos dulces y sufridos de sus ilusiones y sus desvelos.

Terraza con preciosas

Anuncios

Metáforas, realidades y salchichas

(Nota: Este texto, como todos los de mi blog, puede leerse de forma individual. Pero es muy posible que para comprenderlo en su totalidad necesites leer antes mi texto «El fin de la condena»)

Para @tanirockk, @estefaldina,
@ruben_caviedes y @CondedeGondomar,
que siempre están al otro lado de la pantalla.

Hace seis meses que llegamos a Canadá buscando un futuro mejor para Amelia y Victoria que el que parecía esperarles en España. Seis meses intensos llenos de nuevas experiencias y cosas que aprender: ahora saben pulsar botones para que suene la música en sus juguetes favoritos, estirar los brazos y las piernas para ayudar cuando mamá o papá les ponen la ropa y hasta plantan sus pies en el suelo, comenzando a dar sus primeros pasos sin apoyarse. Soltándose poco a poco de las personas que les ayudan a tenerse en pie.

Esta es la realidad. Pero también es una metáfora de la nueva vida de sus padres.

Es una metáfora porque tras todo este tiempo ya sabemos a qué timbres llamar para conseguir lo que necesitamos, hemos aprendido qué ponernos para sobrevivir a -30º y, lo mejor de todo, nos hemos mudado a un piso en el que Amelia y Victoria no solo tienen un dormitorio sino también una terraza acristalada que hemos convertido en su habitación de jugar.

Durante estos meses hemos estado viviendo en casa de mi hermano y su mujer, cuya generosidad y paciencia infinita son solo comparables a las de mis suegros, que nos alojaron durante algo más de un año, cuando Amelia y Victoria aún no habían nacido. Esto significa que hemos vivido más de año y medio en casa(s) ajena(s), y esos primeros pasos que estamos dando sin ayuda en un país en el que comenzar de nuevo son, como les sucede a ellas, tan complicados como satisfactorios, tan imprecisos como hermosos: nos hemos enfrentado al invierno más duro de los últimos treinta años pero también hemos conocido de primera mano la calidez humana de los canadienses, una gente siempre dispuesta a echar una mano porque saben lo árido que puede ser este país para un recién llegado. Hemos tenido que poner un océano de distancia entre nosotros y nuestros seres queridos, pero hemos encontrado aquí una segunda familia que nos ha hecho comprender el significado profundo de Acción de Gracias. Hemos renunciado a la vida que habíamos construido durante años en España, pero ahora tenemos un proyecto de futuro que allí nos era imposible cumplir.

No hemos empezado de cero porque nunca se empieza desde tan abajo cuando se comienza una nueva vida en otro país: siempre hay un mínimo conocimiento previo de cómo funciona el mercado laboral, y tus habilidades adquiridas previamente (versatilidad, capacidad de realizar varias tareas al mismo tiempo, planificación previa…) siempre te van a acompañar adonde vayas. No hemos empezado de cero, pero sí nos hemos tenido que acostumbrar a no ser nadie durante un tiempo. Oficialmente hablando, claro, pero nadie a fin de cuentas. Eso implica, por ejemplo, que tu experiencia laboral previa no cuenta porque nunca has trabajado aquí y nadie se va a preocupar de llamar a España para preguntar si eres de fiar o no. Por supuesto, eso supone tener que aceptar cualquier trabajo. El que haya, aunque tenemos la suerte de haber llegado a un país en el que trabajo no falta. En mi caso, y aquí abandono el nosotros porque a mi mujer aún no le han concedido permiso de trabajo, estoy ahora en proceso de convalidar mis títulos académicos. Mientras tanto, tengo que quitarlos de mi CV si no quiero que me rechacen cuando pido trabajo en una librería o en una fábrica. Las primeras veces pica un poco, para qué negarlo. Especialmente cuando ves que hay otros a los que les va de maravilla inflando un CV falso. Pero llega un momento en que ves todo con otra perspectiva y comprendes que lo importante es, como dicen aquí, llevar el bacon a casa. ¿Y en qué trabajo entonces? ¿Cómo ha sido posible “independizarnos” en solo unos meses? Muy sencillo: hago salchichas.

Esto no es una metáfora de nada. Es la realidad.

A través de una empresa de trabajo temporal he conseguido trabajo en una fábrica de comida preparada. No solo salchichas, eh. Carne picada, hamburguesas, albóndigas, alitas de pollo con salsa barbacoa… También he trabajado estos meses repartiendo periódicos, trabajando en una cartonera y empaquetando botellas de plástico. Pero a mí me gusta decir que hago salchichas porque es más sonoro y más gráfico a la hora de describir mi nueva vida.

Es posible que al leer esto alguno se burle de mi situación (fíjate qué pringao, que se pone a hacer salchichas con la formación que tiene); o todo lo contrario, sienta algo parecido a la compasión (fíjate qué pena, que tenga que ponerse a hacer salchichas con la formación que tiene) o incluso la indignación (fíjate que por culpa de estos cabrones tenga que ponerse a hacer salchichas, con la formación que tiene). Otros se encogerán de hombros (pues que se ponga a hacer salchichas, tenga la formación que tenga) y, tal como está el cotarro, alguien sentirá algo de envidia (qué suerte tiene, que yo también tengo buena formación y ni siquiera consigo hacer salchichas). Y todos tendríais razón. Cada uno a su manera, claro. Yo, que en estos meses he transitado todos esos estados de ánimo, he llegado a un punto que me gustaría explicaros para compartir con vosotros mi satisfacción.

Hace tiempo escribí un texto en este mismo blog en el que hablaba de lo importante que es cambiar de país para ver el tuyo desde cierta perspectiva. Por aquel entonces yo decía lo siguiente:

Hacer turismo es muy bello, sí. Pero dejar tu país durante varios meses para empaparte de otros puntos de vista, de otros modos de concebir y explicar la vida, es casi imprescindible para comprender tanto sobre ti mismo y lo que te rodea. Alejarse voluntariamente de la familia, de los amigos, de tu pareja; pero también de las calles que conoces, de los ritos cotidianos, del olor de la panadería, de las mismas caras por la calle.

Huir de la seguridad y el confort que te aporta el conocer el idioma, las costumbres y el horario de los trenes y los autobuses. Y de ese modo, poder apreciar ese confort en su totalidad, o, quién sabe, para terminar de despreciarlo.

Entrar de golpe, sí, en otra cultura que te haga amar y odiar –a la vez- con más intensidad a la tuya. Darte cuenta de que el mundo casi nunca es como nos lo han explicado. Blanco o negro, según. Porque algo tan grande como el mundo no puede explicarse de modo unívoco. No hablo sólo de una escala infinita de grises, sino de todo un abanico de colores con sus infinitos matices, mezclas y contrastes. Para así, finalmente, ayudarte a ti mismo a tener una capacidad crítica que te ayude a crear tu propia explicación de qué es el mundo y qué es la vida y cuál su sentido final.

En aquel momento algo en mí necesitaba irse. Cambiar. Comprender el significado de ese lugar tan común llamado «conocer otras formas de pensar». Así que lo hice. Estuve fuera unos meses. Regresé sin saber que años después tendría que volver a irme por motivos muy distintos para aprenderme de memoria nuevas calles, otro horario de trenes y autobuses e incluso otro olor de otra panadería.

En los últimos seis meses he estado demasiado ocupado buscando trabajo como para empaparme de otros puntos de vista o de otros modos de concebir y explicar la vida, pero han sido suficientes para comprender que no es ninguna vergüenza trabajar haciendo salchichas teniendo un doctorado: la vergüenza es que haya profesores universitarios en España que cobren casi tres veces menos que yo (y sin cotizar) sabiendo que el sueldo mínimo en Canadá no llega al doble. La vergüenza es que mis amigos allí tengan asumido que nunca van a cobrar las horas extra mientras que aquí cuando llega la hora suena un timbre y el jefe me dice sonriendo que muchas gracias y que ya me puedo ir a casa. La vergüenza es que mi mujer no tuviera derecho a asistencia sanitaria cuando estaba embarazada tras años trabajando para varios ministerios, mientras que aquí el gobierno nos concede una ayuda mensual -con la que pagamos la mitad del piso- hasta que Amelia y Victoria cumplan dieciocho años.

Esta es la realidad que nos hemo encontrado, pero también es una metáfora que explica la España salerosa de la que hemos huido.

No estoy diciendo que este sea el mejor país del mundo: aquí tenemos senadores puestos a dedo que cobran sueldos vitalicios y representantes políticos que, ejem, no están a la altura de las circunstancias. Tampoco digo que lo dejéis todo y os vengáis mañana mismo para acá: conseguir los papeles canadienses lleva muchísimo tiempo y aquí son muy estrictos con eso. Lo que quiero decir es que aquí es más fácil crear una familia, y tengo la suerte de hacerlo. Haciendo salchichas o lo que sea.

Pero no quisiera que mis palabras sonaran a despecho, porque este es un texto de amor aunque no lo parezca. De amor incondicional a mi mujer y a mis hijas, que me han ayudado a comprender que ellas –las tres- son lo mejor de mi vida: tengo un currículo bastante decente, hablo varios idiomas y he vivido y trabajado en cinco países. Un espectáculo mío superó las doscientas representaciones, otro fue estrenado en la Casa Museo de Tolstói y por otro fui nominado a un importante premio teatral. He ganado un premio nacional de poesía, he demostrado la autoría de Lope de Vega en una obra que no se consideraba suya desde hacía setenta años y escribo de vez en cuando en una de las más prestigiosas revistas culturales de hoy en día. Conozco cuatro continentes, he hecho submarinismo recorriendo los camarotes de un pecio, he surcado el Mekong, he recorrido la carretera del Pacífico, me he bañado en un río rodeado de elefantes, me he empapado en Iguazú y he estado en la cima de un volcán en erupción. He plantado dos árboles, he publicado dos libros, he montado dos veces en globo y, ya lo sabéis, tengo dos hijas. Aún no he cumplido los cuarenta y puedo decir en voz alta que tengo una vida de la que estoy muy satisfecho. ¿Cómo no estarlo si incluso te tengo ahora a ti, quienquiera que seas, que pudiendo hacer cualquier otra cosa has decidido invertir un rato de tu tiempo leyendo estas líneas?

Pero ya veis: de nada me siento tan orgulloso como de la sonrisa de mi mujer cuando el otro día, al terminar la mudanza, se cerró la puerta y nos quedamos los cuatro en una casa a la que por fin podíamos llamar nuestra.

No pretendo seguir con las salchichas toda la vida: cuando estemos más asentados buscaré otro trabajo. A ser posible relacionado con la educación, porque es con lo que verdaderamente disfruto y en lo que creo que puedo ser más útil. Hasta entonces seguiré haciendo salchichas (o botellas de plástico o cajas de cartón o lo que sea) con la cabeza bien alta. Tuve la suerte de estudiar lo que me gustaba, tuve el privilegio de poder vivir de ello durante años y sé que tendré la fortuna de volver a hacerlo. Pero antes que profesor o escritor soy padre y marido y de ello estoy ejerciendo con notable éxito, ya que solo hemos necesitado unos meses para lograr el objetivo que nos habíamos propuesto. Objetivo que cuando nacieron Amelia y Victoria nos parecía aún más lejano que este país que nos está ayudando a llevarlo a cabo. Solo unos meses ­-quién nos lo iba a decir- para terminar con esa condena, con esa sensación de fracaso centenaria a la que me refería aquí. Estoy convencido de que no soy el único. Que hay miles de titulados que se han marchado fuera y están viviendo dignamente desempeñando otras tareas que aquellas para las que se formaron. Pero otro gallo nos cantaría si cada uno de los responsables de educación y empleo a nivel nacional, autonómico y municipal pudiera compartir sinceramente con nosotros esa sensación de misión cumplida.

Y aquí os dejo, porque se ha quedado muy buena tarde para ir a dar una vuelta. Hoy solo estamos a -8º, con una sensación térmica de -12º. Aunque no lo parezca, es una buena noticia porque eso significa que poco a poco está llegando la primavera. Esa es la gran lección que hemos aprendido en este, a pesar de todo, cálido país: que por muy largo que sea el invierno de nuestro descontento siempre sale el sol.

Esto es una metáfora, por supuesto. Pero también, os lo aseguro, una realidad.

Imagen

Acción de Gracias

Para Amparo González,

que sabe que las personas

son bastante más que un porcentaje.

  

Una de las tradiciones más conocidas de Norteamérica es la cena de Acción de Gracias. En Estados Unidos se celebra en noviembre, pero en Canadá es hoy: el segundo lunes de octubre. Muchas familias celebran este día el mismo lunes mientras que otras prefieren celebrarlo el domingo porque el lunes es festivo nacional y así pueden descansar tras el ajetreo de organizar una cena para toda la familia.

Por lo general, todo lo que sabemos en España sobre el día de Acción de Gracias es lo que aparece en las series tipo Friends, donde todo el mundo se reúne y hacen chistes y se ponen nerviosos porque algo puede fallar en el último momento; en el mejor de los casos, conocemos la historia original de los colonos que llegaron al Nuevo Mundo para empezar una nueva vida y los nativos les ofrecieron comida y les ayudaron a adaptarse al frío. Reconozco que yo siempre he sido de los que pensaba que era hipócrita celebrar la bondad de unos nativos que después fueron masacrados por los descendientes de esos colonos. Pero hoy no quiero hablar de historia, ni de política, ni de diferencias culturales. Hoy solo quiero dar las gracias.

“Empezar una nueva vida” es algo que suena muy bien. Lo hemos escuchado mil veces y nos lo hemos jurado otras tantas en nuestros caducos propósitos de año nuevo. Es el típico final feliz, cuando Hugh Grant se da cuenta de sus errores y gracias a la chica se convierte en alguien completamente distinto y suena esa música pop empalagosa que nos hace sonreír porque, oh-la-la, todos sabíamos que en el fondo él quería hacer eso y no se daba cuenta. Ha empezado una nueva vida. Qué suerte. Cómo nos gustaría a cada uno de nosotros comenzar otra vez de cero, tirando por la ventana todo aquello que no nos gusta de nosotros: las manías personales, las rutinas, los “qué hubiera pasado si…”, las facturas, los contratos de permanencia, el camino de vuelta a casa…

Lo que casi nunca nos cuentan es que empezar una nueva vida no es fácil. Los bebés lo saben bien: tienen miedo, incertidumbre, hambre, sueño, sospechas, intuiciones y una vida nueva por construir. Quizás por eso se pasan el día llorando. Nosotros, los adultos, lo vivimos de otra forma pero con el mismo miedo y la misma incertidumbre. Entre otras cosas, porque una nueva vida significa que la anterior ya no vale. Al menos al principio.

Cuando llegas a otro país apenas eres alguien. Tienes que acostumbrarte al idioma, a las costumbres, al clima. A todo lo que te rodea. Pero también –y esto no solemos recordarlo- tienes que acostumbrarte a no ser lo que eras. En un nuevo país no existes. Ni para bien ni para mal. No constas en los registros. No tienes experiencia laboral, tus credenciales académicas no sirven hasta que no las convalides, nadie sabe si eres una persona de fiar o no. Así que tienes que empezar a crearte de nuevo. Empiezas, en efecto, una nueva vida con todas las ilusiones y sueños que te quepan entre pecho y espalda. A fin de cuentas, tienes todas las posibilidades abiertas delante de ti. ¿Cómo no estar contento, a pesar de todas las dudas que te acechan?

Este año he tenido mi primera cena de Acción de Gracias. Una cena deliciosa preparada por mi familia canadiense (familia política, pero familia al fin y al cabo) que me ha hecho entender el significado profundo de esta celebración. Este año nosotros hemos sido los colonos que vienen al Nuevo Mundo para empezar una nueva vida y ellos, los nativos, nos han ofrecido comida y nos están ayudando a adaptarnos al frío, a buscar trabajo y a conseguir que Amelia y Victoria se sientan como en casa. Porque esta, ahora, es nuestra casa. Una vida nueva, un país nuevo, una casa nueva.

100_3838

El fin de la condena

Amelia y Victoria aún no han cumplido los diez meses. Son dos hermanas gemelas dulces, tranquilas y sonrientes. Desde hace unas semanas sus manos diminutas pretenden agarrar todo, aunque se frustran cuando no lo consiguen; y ahora que comienzan a gatear, el mundo (su pequeño e inocente mundo) comienza a quedárseles pequeño. Inmersas en un presente continuo, apenas han tenido tiempo todavía para atesorar muchos recuerdos, aunque gracias a sus pequeñas rutinas cotidianas no tienen problema en identificar como suyo todo lo que les rodea. Hay pocas cosas tan tiernas como el verlas acurrucarse contra sus padres cuando tienen sueño, aparte de ver cómo  sonríen cuando presienten que ellos están cerca.

Amelia y Victoria son tan pequeñas que aún no saben que un tatarabuelo suyo fue enviado a luchar a Filipinas para defender el poder colonial de España. En los cuatro años que estuvo allí vio morir a sus compañeros y tuvo que matar a desconocidos cuyo único delito había sido, en origen, pretender que Filipinas tuviera los mismos derechos que cualquier otro territorio español; fue apresado en una emboscada, encarcelado, torturado y condenado a muerte en nombre de un país que jamás se lo agradeció. Mientras esperaba que llegara el día de su ejecución se prometió a sí mismo que no moriría. No fue fácil, pero lo consiguió: escapó, regresó a España -donde todos le daban por muerto-, fue a casa de su novia, la besó delante de todo el pueblo y pidió su mano a sus padres. Tras formar una familia, el resto de su vida lo pasó solicitando una pensión que nunca le fue concedida mientras los gobernantes que habían llevado el país a la ruina se alternaban en el poder en un sistema bipartidista que continúa hoy, más de un siglo después. “En momentos como este”, le decían, “España necesita héroes que sepan dar hasta la última gota de sangre si fuera necesario”. Nunca fue reconocido oficialmente como “héroe”, pero las fiebres tropicales que sufrió en Filipinas le hicieron crónica una enfermedad del hígado de la que terminó muriendo años después.

En plena Guerra Civil, una bisabuela de Amelia y Victoria dio a luz un niño muerto mientras su marido luchaba en el frente. Las únicas palabras que dijeron los facultativos fueron “un rojo menos”. Deseosos de salvar a España de la “amenaza comunista”, dejaron el cadáver del bebé tirado en el suelo del aseo de la habitación. Ella consiguió aguantar varios días sin asearse ni limpiarse los restos de sangre para no tener que ver cómo se pudría lentamente aquel hijo con el que tantos planes había hecho durante el embarazo. Fue en el Hospital Santa Cristina de Madrid, que años después se haría tristemente célebre por los casos de niños robados. La complicación del parto complicó las posibilidades para quedarse embarazada de nuevo. Por eso fue tan grande la alegría cuando años después nació una hermosa niña, abuela de Amelia y Victoria. La carestía durante la guerra les impidió alimentarla debidamente, pero se prometieron a sí mismos que a su hija nunca les faltaría lo necesario. Fue España quien les impidió cumplir su promesa dejando a la niña sin padre: al acabar la guerra, él fue internado en un campo de concentración por haber defendido la democracia. Consiguió el indulto meses después gracias a que durante la contienda ayudó a algunos amigos franquistas a no ser capturados por los leales a la República. A cambio, le ofrecieron que trabajara como carcelero y torturador de los suyos para poder dar de comer a su familia. Nunca llegó a aceptarlo y, tras mucho suplicar, logró un simple trabajo de pintor de brocha gorda que apenas disfrutó porque la tuberculosis que contrajo en el campo de concentración se lo llevó por delante unos meses antes de que su hija hiciera la comunión vestida de luto.

El principal sueño de esa hija (abuela de Amelia y Victoria) fue siempre estudiar. No lo pudo cumplir, pues necesitó trabajar para ayudar a su madre, viuda de un rojo en la posguerra. Con el tiempo, además, se vio obligada a emigrar para buscar un futuro mejor. Ya en su nuevo país conoció al abuelo de Amelia y Victoria: un joven que, huyendo de su destino de capital de provincias (según el cual, si buscaba una formación debía elegir entre falange o seminario), terminó recolectando tabaco. Ninguno de los dos superó nunca el dejar a sus familias en España. Como todos los emigrantes de la historia, tuvieron que escuchar mil veces que volvieran a su país y dejaran de quitar el trabajo a la gente honrada que lo merecía más. Quizás por eso se sentían especialmente satisfechos enviando algo de dinero cada mes: sabían que, gracias a su esfuerzo diario, los suyos podían vivir un poco más desahogados y comprarse una casa decente. En su frío país de acogida descubrieron también que el único modo de gobierno que habían conocido era en realidad una dictadura. Movidos por el sueño de construir una España mejor, ambos participaron activamente en comités de lucha antifranquista. A la muerte del dictador, ambos regresaron. Él militó en un célebre sindicato del que fue expulsado por firmar una circular interna en la que se ponía en duda la necesidad de que el líder nacional tuviera chófer, y en un no menos célebre partido de izquierdas del que fue apartado para dar paso a unas nuevas generaciones que afirmaban en privado que la cultura no era más que un lujo para los burgueses mientras gritaban en público que la cultura nos haría libres.

Algo peor le fueron las cosas a la otra abuela de Amelia y Victoria, hija de familia tan numerosa como pobre, que llegó a compartir habitación con sus padres y sus cinco hermanos. Ocho personas en una mísera habitación sin ningún tipo de ayuda social. Alguno de ellos tenía que dormir en un baúl porque, según dice todavía sonriendo, “creíamos que eso era lo normal”. Pero había que esforzarse por el bien de España, farfullaba el dictador mientras su esposa atesoraba joyas y más joyas. Por su parte, el que años después se convertiría en su marido, abuelo de Amelia y Victoria, jamás pudo ir al colegio porque a los cinco años ya trabajaba como pastor. Ahora que está prejubilado, por fin ha conseguido cumplir su sueño de matricularse en un curso de educación de adultos, aunque los actuales recortes en educación le hacen pensar que tampoco ahora lo podrá cumplir. Hay que apretarse el cinturón, dicen desde arriba, porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Cada vez que escuchan eso recuerdan que ellos no han hecho más que vivir dignamente, sacrificando el ver crecer a sus hijos para poder darles una cama y una mochila escolar en lugar de un baúl y un cayado. Aún así, no dudan que mereció la pena: cada aprobado de los chicos, cada foto de fin de curso, fue para ellos mucho más satisfactorio que el dinero nunca cobrado de tanta hora extra.

Los cuatro abuelos de Amelia y Victoria tienen muchas cosas en común. La principal es que siempre hicieron lo indecible para que sus hijos tuvieran la educación universitaria que ellos no pudieron tener. La mejor formación posible para poder aspirar a un trabajo digno, decían, convencidos de que la consigna iba a cumplirse a base de repetirla. Una consigna en la que sus hijos confiaron ciegamente, y se esforzaron durante años para cumplir con su parte.

El padre de Amelia y Victoria tiene dos carreras y un doctorado. La madre, una carrera y un máster oficial. Ambos hablan varios idiomas y tienen experiencia laboral internacional en puestos de docencia y gestión. Hace años, él perdió el trabajo en cierto ayuntamiento popular días después de pronunciarse públicamente en contra de la guerra de Irak. Hace meses, ella tuvo problemas para conseguir el derecho a la asistencia sanitaria mientras estaba embarazada de Amelia y Victoria. De nada sirvió aportar documentos que demostraban que llevaba años trabajando para varios ministerios difundiendo la Marca España en el extranjero: su contrato era de becaria y, por tanto, llevaba sin cotizar más de cuatro meses. Confiando en el nuevo mensaje lanzado desde arriba, también intentaron hacerse emprendedores. Pero la subida desproporcionada del IVA cultural y la costumbre de la administración de pagar con varios meses de retraso sumieron a su empresa en una situación bastante insostenible. Todo esto les ha obligado a vivir con los padres de ella desde antes del parto en una habitación que comparten con Amelia y Victoria. Una habitación para cuatro en la que no caben dos cunas y una cama de matrimonio. Hay espacio suficiente para que nadie tenga que dormir en un baúl, pero saben que no pueden seguir así: los algo más de cuatrocientos euros del subsidio por desempleo no serían suficientes para volver a emanciparse.

Ahora que Amelia y Victoria ya han crecido lo suficiente, sus padres se marchan con ellas a buscarse la vida en un país que valore un perfil como el suyo. No lo hacen por impulso aventurero ni consideran que lo suyo sea movilidad exterior. No. Ellos tienen muy claro que lo que van a hacer es emigrar. Emigran, sí, porque es la única posibilidad real que tienen hoy por hoy para poder dar a Amelia y Victoria, al menos, una habitación propia dentro de unos meses. No se sienten especialmente desgraciados, pues saben que historias así son tan comunes en España hoy en día que es muy posible, amable lector, que usted o alguien de su familia haya pasado por alguna situación similar. Tampoco sienten que vayan a vivir peor que lo hicieron sus padres, pues ambos han tenido todas las comodidades que ellos ni siquiera pudieron soñar.

No se sienten desgraciados. No. Pero los padres de Amelia y Victoria –al igual que sus abuelos, sus bisabuelos y sus tatarabuelos…- sí están cansados de sentirse fracasados en un país en el que no parece haber lugar para ellos. Porque el fracaso es la peor de las soledades posibles, y ambos han leído lo suficiente para saber que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Ninguno de los dos quiere pasarse a pensar si esa estirpe condenada es la suya, la de sus antepasados, o la de miles de españoles anónimos que están abandonando el país con historias similares a las suyas. Ahora, tras más de cien años de fracasos y derrotas personales, ambos emigran con la ilusión de poder librarse, por fin, de esa condena. Les gusta pensar que, en el país que les acoja, Amelia y Victoria podrán tener todas las oportunidades que en este se les están negando.

 

Rompiendo la condena(Foto: Imprav Images)