La nueva Penélope

Para Florentino Ariza, maestro

El día en que Penélope no quiso
seguir con su costumbre tejedora,
escogió de su armario aquel vestido
cortado en telas mágicas y alegres
y pidió a su doncella que anunciara
que la reina quería diversiones.
Brotó entonces en Ítaca la danza
y el teatro y el canto y la poesía.
Penélope reía como nunca
desbordándose toda de alegría,
y era un prodigio verla entreteniendo
la fiesta con sus frases ocurrentes:
“Lo malo de casarse con un héroe
-decía a sus amigos más cercanos-
es que emplea sus fuerzas en batallas
que no tienen que ver con mi hermosura”.
Y de repente iba hacia la orquesta
para pedir el ritmo chispeante
de una canción entonces muy de moda
que hacía las delicias de la gente
“collige, virgo, rosas”, y bailaba
con locura la polca no inventada,
y en brazos de otro hombre halló el consuelo
de verse, con sus años, deseada.

Hasta el día en que Ulises llegó a puerto
y el aire se inundó de dalias frescas,
pues el amor eterno nunca muere
aunque a veces disfrute entre la espera.

La nueva Penélope(Nota: Este poema forma parte de mi poemario “Penúltimo momento“)

Don Quijote

Para José Manuel Lucía Megías

 

Yo vivía en un lugar que era como cualquier otro,
rodeado de costumbres, de semáforos y normas.
Es posible que tú fueras mi vecino
o viviéramos a cientos de kilómetros. No importa,
porque en esta historia “yo” podrías haber sido “tú”.

Yo vivía tan tranquilo, sin problemas,
porque no me interesaban las noticias
ni su torpe inmunidad reglamentada.
Yo era de esos que pensaba que las cosas son así
y qué voy a hacer yo si no soy nadie
y total para qué voy a hacer yo nada si, total,
no se puede hacer nada.

Un día me encontré con un amigo al que habían despedido:
su empresa prescindió de 400 empleados alegando un descenso en los ingresos
mientras que sus directivos terminaron repartiéndose
un 20% más de beneficios.
“Eso no puede ser cierto”, respondí, “lo habrían dicho en las noticias”
(me dio un poco de vergüenza admitirle que yo nunca las veía).
“No me creas si no quieres, pero esa es la verdad”.

Llegué a casa aquella noche, encendí el televisor,
y no decían nada en ningún sitio de la empresa de mi amigo.
Pero se me ocurrió buscar en Google
y encontré más de cien páginas que confirmaban la noticia.
Quise leerlo todo, porque no me lo creía
(una página me hizo entrar en otra y otro enlace y otro clic)
y cuando me di cuenta habían pasado ya tres horas.
Pero seguí leyendo. Ese día y muchos más.
Leí sobre el origen de la crisis en la banca americana,
leí que los responsables nunca habían ido a juicio,
leí que muchos gobiernos ayudaban a los bancos
con dinero que debía ser gastado en escuelas y hospitales,
leí que se recortaron los derechos de todos los ciudadanos,
leí que muchas familias se quedaron sin ningún tipo de ingreso,
leí que en todo el mundo había 30 millonarios
que ganaban más dinero que 52 países en un año,
30 millonarios que tenían más que mil millones de personas en el mundo.
Leí, leí, leí, leí, leí,
y no conseguí encontrar la respuesta a mi pregunta,
la pregunta que debiéramos hacernos
antes de que sea tarde.

Así que salí a la calle
por si alguien me podía responder.

DQ

 

Marco Polo


Para Luna Paredes

Hace ya tantos años que soñé que comenzaba este viaje
que ahora no recuerdo ni el motivo ni el destino.
Pero me encuentro aquí, dos continentes más allá,
en esta ciudad dorada cuyos ríos son deidades,
esta ciudad caótica y sensible cuya historia se escribió desde el silencio,
esta ciudad desnuda cuyo nombre tiene ásperos sonidos que no sé reconocer.

No es este, sin embargo, el lugar más admirable de la tierra;
el camino ha sido largo y la belleza, una constante bendición:
he descubierto bosques avanzando hacia las costas,
he sentido latir la compasión de antiguas ruinas imperiales,
he conversado con imágenes de dioses sonrientes
que reniegan de castigos y culpables,
he visto el despertar de las luciérnagas, la aurora boreal,
las danzas con antorchas en las noches del desierto,
la lágrima orgullosa del jinete, del pastor y del maestro.
Ante mí se han desplegado sin cesar la Tierra, el Agua, el Fuego, el Aire y el Metal
en dirección a los seis puntos cardinales del Espacio.
He conocido mucho más de lo que muchos creen que es mucho
y toda esa belleza es ahora parte de mi piel.

A lo largo del camino he compartido pan, anécdotas y sueños
con docenas de personas que quizás ya no veré.
Personas como yo que en un momento delicado
se cruzaron en mi vida. O yo me crucé en las suyas, no lo sé.
Amistades efímeras e intensas
gracias a la certeza de que es algo temporal.
Con ellas aprendí que el hombre es bueno,
que en poco tiempo se puede ser bastante para otro,
que la verdad no es nunca un dogma inamovible
que debamos acuñarnos con mayúsculas doradas e indelebles
sino un concepto amplio y permeable
dispuesto a cobijar a quien reniegue del cuchillo y la calumnia.

Soy un hombre afortunado en el sentido más hermoso que conozco.
Soy un hombre afortunado, aunque el precio de esta dicha
sea el no poder jamás abandonar esta nostalgia
que me empuja a echar de menos siempre a alguien.
No sólo a mi familia o a mis amigos de infancia.
También al mercader que cada día con un guiño
me ofrecía una bebida de textura inesperada,
o al chico sonriente que me hizo sonreír durante meses
creyendo que sabía saludarme en mi idioma.
Me encuentre donde me encuentre, en casa o fuera de ella,
siempre me faltará alguien. Es así.
Y sin embargo, ya lo he dicho, soy un hombre afortunado.

No es esta, por lo tanto, la ciudad que yo buscaba
– la más querida es aquella donde ha de estar mi tumba
y quiero pensar que aún no he conocido la ciudad más fascinante-,
pero aquí me he encontrado una rutina sosegada.
Ya no me fascina todo, pero no soy un intruso.
Me invitan a sentarme con ellos mientras comen
y conozco las palabras necesarias para ser agradecido.

No es esta la ciudad que yo buscaba.
Y sin embargo aún no sé cuál de todas estas calles,
estas voces y sonrisas que ahora son mi día a día,
será la que provoque, cuando esté ya entre los míos,
mi deseo incontrolable de volver a estar aquí.

(Foto: http://supermelion.com)

Casandra

Con tu gran clarividencia,
sibila desprestigiada,
no viste en lo nuestro nada.
Mas me pudo la impaciencia,
y, a pesar de tu advertencia,
al caballo abrí la puerta
sin estar la mente alerta
de cualquier posible daño.
Ese amor nuestro de antaño
es ahora Troya muerta.

(Nota: Este poema puede encontrarse en mi poemario “Penúltimo momento“. La foto es de greyguardian)

Prometeo

Para Sergio Balsera.

He tardado dos mil años en saberlo:
el águila que me devora las entrañas
cada día
no es mi enemiga.

Yo era un hombre satisfecho de mí mismo,
de mi formación y mis principios.
Todo en mí era equilibrio, estructura y realidad
y resumí con ellos mi carrera y mi apellido.
Tuve la suerte de aprender lo que es el fuego,
y me propuse ser el hombre que lograra
dar su luz a los hombres y mujeres de este mundo.
Pensaba que esa era mi misión. La única posible.
Desdeñé cualquier otra alternativa.
Me esforcé, lo logré -eso me gusta pensar-
y fui castigado por ello.

(Habéis escuchado la historia en tantos labios
que no me detendré ahora a explicarla.
Quisiera, sin embargo, matizar algunas cosas.)

He tardado dos mil años en saberlo,
pero ahora sé que fue soberbia lo que hice:
soberbia el suponer que había sólo un fuego y era el mío,
soberbia el renegar de cada fuego de los otros,
soberbia el no admirar en cada sitio su color,
soberbia el olvidarme de reír,
soberbia el convencerme de que esa gran tarea
era lo único que yo necesitaba.

No es mi enemiga, no:
no puedo llamar “enemiga”
a quien me ha ayudado a comprender
que estaba equivocado.

Miradme bien. Estoy aquí, encadenado en esta roca.
Sólo me recordais por mi castigo, y ni siquiera
es para mí un castigo: es una bendición.
¿Por qué olvidais que también me regenero cada día?

No es mi enemiga, no:
también es un animal que me acompaña
con el que, a veces, juego.

He tardado dos mil años en saberlo:
la luz del fuego no es la única verdad que me acompaña.
También traigo conmigo la belleza de la sombra.

Noé

Para Masao Arai.

El ángel más oscuro del Señor bajó a la Tierra
para darme la noticia.
Eran sólo tres palabras. Cuánto daño
puede caber en sólo tres palabras.
Maldije mi apellido cinco días con sus noches
hasta aquella mañana en que mojándome la cara y las muñecas
comprendí que era justo y necesario mi destino.
Abrí el portón, oí el bullicio de las calles
y empecé a caminar.

La gente, cabizbaja, se extrañaba de que yo les sonriera.
Ninguno imaginaba que quería despedirme.
El mundo como yo lo conocía estaba a punto de extinguirse;
en unas horas todos morirían y yo era el elegido,
el llamado a vivir y a dar la vida nuevamente.
El brazo ejecutor. El homicida necesario.

Recorrí callejuelas y portales, plazas, parques y mercados;
subí cien o doscientos tramos de escaleras.
Caminé y caminé hasta desgastarme los zapatos,
y al llegar al lugar que me habían indicado
pude observar el mundo una vez más. Mi mundo. Vuestro mundo.

Todo era tan hermoso y tan fugaz como yo mismo.

Rendirme a esa certeza era la única respuesta,
y comencé a llorar un llanto denso y turbio
nacido muchos años más atrás.
Lloré cada traición, cada enemigo, cada muerte,
cada punto final, cada dolor, cada venganza,
cada fiebre, cada guerra, cada sueño no cumplido,
cada orgullo, cada adiós, cada rencor, cada nostalgia.
Lloré por cada lágrima vertida desde el día en que nací,
y mi llanto obsesivo, feroz y necesario
cubrió todos los campos y ciudades y caminos
y todo lo que el hombre construyó durante siglos
y todo lo que el hombre suponía que era eterno.
En las siete semanas sin descanso que lloré
vi desde donde estaba como todo se cubría con mi llanto
y aún lloré la culpa de que todo pereciera.
Ojalá que lleguéis a perdonarme, vosotros que tuvisteis que morir.

Pero todo tiene un fin. También mi pena.
Y cuando llegó el día en que se agotaron mis lágrimas
y pude, poco a poco, abrir los ojos sin temor,
comprendí la verdad viendo el vacío ante mis ojos:
el fin nunca es el fin sino el principio de algo nuevo.
Ya no tendré derecho a lamentarme
si el futuro que me espera soy yo mismo.

Consciente de que esa era la única sentencia
bendije con el vaho mis manos fuertes y rugosas
y empecé a caminar.
Allá, en lo alto, el sol iluminaba mi camino
y el ángel más oscuro del Señor me sonreía.

(Foto: Angelo Spataro)

Penélope


El día en que de Ítaca zarpó con sus soldados
nacía la leyenda que el Poeta ha de cantar.
La mía, sin embargo, comenzó unos días antes:
no me hizo falta escuchar de sus labios la triste noticia
pues vi que sus ojos ardientes brillaban felices.
Me habló de su destino, de la gloria de la guerra,
del honor de luchar, del deber de ayudar a un amigo,
del ejemplo que un rey debería dar siempre a los suyos,
de cómo se esforzó desde muchacho para ser el guerrero que era hoy,
de su deseo irrefrenable de partir hacia otras tierras.

No habló ni un solo instante de nosotros.

Aun siendo reina sé que una mujer debe asentir mientras sonríe:
supe que mi papel en su leyenda era el de amar en la distancia,
el de observar el mar desde el balcón de este palacio
que juntos construimos y que ahora es mi sepulcro de diamantes.

Pero no quiero llantos. Me he cansado
de ser para vosotros sólo un símbolo romántico,
nostálgico, sereno, melancólico.
Detesto a la mujer en que me he convertido.
No quiero ser la reina poderosa y deseada
ni la triste mujer que cada noche entre suspiros
deshace en un momento lo que teje por el día.
Jamás he deseado ser ninguna de las dos. Y sin embargo…

Oídme bien: mi único deseo es ser la esposa de mi esposo.
Estar cerca de él cuando susurra y cuando tiembla,
cuando avanza, cuando pierde, cuando teme, cuando aprende,
cuando busca, cuando crece, cuando bebe, cuando escucha,
cuando vence, cuando vuela, cuando cae, cuando piensa,
cuando ríe, cuando llora, cuando sueña y cuando duerme.
Ya lo sabéis. Dejadme en paz. De nada sirven tantos pretendientes.
No quiero consolarme en unos brazos pasajeros
pues sé que él va a volver con su sonrisa poderosa.

No dudo de su amor ni del valor de su promesa.
Ahora lo que espero es que en su próximo viaje
me lleve de su mano a realizar nuevas hazañas
y al fin poder los dos reconquistar nuestro futuro.